Un nuevo presidente comprometido con Dios y con el Diablo

Prepararse para el inevitable estallido social

Terminó la campaña electoral para elegir presidente, mostrando como nunca antes que bajo el divino ropaje de la libertad democrática burguesa, las clases dueñas del poder económico acuden a las más endemoniadas maquinaciones y trampas, para decidir cuál ha de ser el gobierno que mejor proteja y preserve sus privilegios explotadores.

Ante la crisis política del gobierno de Duque, agudizada de forma extraordinaria por los poderosos levantamientos sociales en los últimos años contra el régimen de la mafia uribista odiado y repudiado por el pueblo, las clases dominantes necesitan un nuevo gobierno cuyo programa y aceptación popular, amortigüe las contradicciones entre las clases y aleje el peligro de nuevos estallidos sociales. Un nuevo gobierno respetuoso de la propiedad privada de los capitalistas, y soporte ejecutivo de su poder político estatal, es decir, defensor del privilegio de una minoría a vivir de la explotación del trabajo de la mayoría, y cuya envoltura política oculte la dictadura de los capitalistas parapetada tras la constitución burguesa, y permita disimular el gran poder económico, político, militar y paramilitar, que conserva la mafia uribista para impedir la intervención en sus negocios con la cocaína, la minería y la corrupción estatal.

Ese es el nuevo gobierno del Pacto Histórico que con el candidato Petro ungido en la Presidencia, promete gobernar en acuerdo con los intereses de los capitalistas y al propio tiempo resolver por la vía constitucional los graves problemas del pueblo.

De ahí que el puntal programático del nuevo gobierno de Petro sea el pacto social con los empresarios, para promover el crecimiento del capitalismo, con la promesa de que, si aumenta la producción, si crece la economía, si hay más inversión de capital extranjero, habrá menos pobreza y más igualdad social. Un remedio que agrava la enfermedad, porque el capitalismo es precisamente la causa profunda de la desigualdad social, la causa principal de los sufrimientos y carencias del pueblo colombiano, por ser un sistema cuyas relaciones sociales de producción son de explotación asalariada del trabajo, donde la riqueza producida no se distribuye entre los productores sino entre los propietarios de los medios de producción, entre los empresarios que acaparan las grandes ganancias mientras condenan a los trabajadores a subsistir con miserables salarios de hambre.

Defender el capitalismo significa mantener y multiplicar la desigualdad social que echará a pique las esperanzas de los trabajadores en el nuevo gobierno, y atizará las contradicciones entre las clases sociales cuya inevitable lucha dará al traste con los deseos de paz social de los explotadores.

Desde hace tiempos, el pueblo colombiano se debate entre dos caminos para resolver sus graves problemas: el camino de la lucha directa en las calles donde la fuerza social y política de los trabajadores exija e imponga sus condiciones, y el camino de la lucha electoral y parlamentaria donde unos representantes politiqueros entablen alegatos intranscendentes para las necesidades de los trabajadores. Si en los estallidos sociales de los últimos años el pueblo acogió la táctica de la lucha directa, de la huelga política de masas… en la reciente campaña electoral muchos trabajadores decidieron depositar sus esperanzas en que un gobierno del Pacto Histórico pueda resolver sus apremiantes necesidades.

El nuevo gobierno ofrece paz, perdón y pacto social para zanjar la crisis política gobernante de los capitalistas, pero ese será un intento vano y pasajero pues estará sometido a la inestabilidad permanente por la presión de los de arriba de arreciar la explotación, y la exigencia de los de debajo de solventar su angustiosa situación como se les prometió en la campaña. Inestabilidad además por la exigencia de la burguesía y los terratenientes de garantizar los compromisos internacionales económicos, políticos y militares, y la lucha del pueblo trabajador contra el saqueo, la dominación e imposiciones de los imperialistas.

En esas condiciones, la paz social prometida por el nuevo gobierno de Petro, será temporal porque los problemas del pueblo continuarán sin una solución de fondo, y no habrá más salida que retornar al camino de la lucha directa para exigir sus reivindicaciones, donde las amarras constitucionales no podrán contener el avance de la lucha de clases hacia nuevos estallidos sociales.

Esa es la inevitable tendencia del movimiento social que exige mantener en alto las banderas de lucha por la vida y la libertad, contra el hambre, contra la privatización de la salud, por la educación pública universal y gratuita, por vivienda digna para el pueblo, por la protección especial a la mujer y los niños, por auxilios a los pequeños y medianos propietarios, por ayuda y respeto a las minorías, contra la destrucción de la naturaleza. Y esas reivindicaciones no se conquistan con un pacto social con los explotadores, sino en la lucha frontal contra la explotación y la dictadura de los capitalistas. La experiencia demostrará nuevamente que no se puede servir a Dios y al diablo al mismo tiempo.

Es entonces necesario aprovechar este letargo temporal para continuar la preparación y organización de las fuerzas del pueblo, para avanzar en la alianza de los pobres de la ciudad y del campo, para retomar las formas de organización asamblearias y las formas de lucha directa. El pueblo colombiano sí necesita de un nuevo poder para resolver por la fuerza sus problemas; un nuevo poder no surgido de las componendas electorales con la burguesía sino de la lucha revolucionaria en las calles; no soportado en las fuerzas militares del Estado reaccionario sino en el armamento general del pueblo. El poder de un nuevo gobierno de los obreros y los campesinos, no de los explotadores.

Declaración del Comité de Dirección 
Unión Obrera Comunista (mlm)
Junio 21 de 2022

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