No a la conciliación entre clases antagónicas: ¡la rebelión se justifica!

No a la conciliación entre clases antagónicas: ¡la rebelión se justifica! 1

El Gobierno progresista de Gustavo Petro sueña con evaporar, como por arte de magia, o de «diálogos vinculantes», las profundas y antagónicas contradicciones de clase que emergen y pululan en la sociedad colombiana.

Eso es lo que se puede entender de las ilusas e inexactas declaraciones del ministro del Interior, Alfonso Prada, quien afirmó que: «En conjunto con la comunidad, identificamos que no se requiere, no hay justificación, para que haya ningún tipo de bloqueo porque el Gobierno va a llegar anticipadamente con diálogo social», en referencia al conflicto que se ocasionó en Ubalá, alrededor de la Hidroeléctrica El Guavio, en el que la comunidad exige la construcción de una carretera en óptimas condiciones.

No es cierto afirmar que lo fundamental es que gracias al diálogo con el Gobierno se lograron desbloquear las vías. Por el contrario, lo de destacar es que gracias a la presión ejercida por medio de los bloqueos de la comunidad, lograron sentar al Gobierno y a los directivos de la Hidroeléctrica y establecer compromisos. De no cumplirse tales compromisos, la comunidad estará obligada a salir nuevamente a bloquear las vías como ya lo advirtieron. Este, como todos los Gobiernos se vio obligado a dialogar con los afectados gracias a la lucha directa que, como siempre, nuevamente dio sus frutos.

De otro lado, sueña Prada y todo el nuevo Gobierno reformista si creen que a punta de diálogos en los que se prometen cosas que no se cumplen, van a desinflar la bomba de la lucha popular. Las contradicciones de clase en la sociedad obedecen a los intereses antagónicos de las principales clases sociales en Colombia: la burguesía y el proletariado. La primera, es una clase social parásita que vive de superexplotar trabajo ajeno para incrementar la plusvalía y usa todo el poder del Estado burgués-terrateniente para garantizar, por medio de la violencia organizada, que la sociedad así funcione. La segunda, es la clase social de los que no poseen nada más que su fuerza de trabajo, la clase obrera moderna que todo lo produce a cambio de salarios miserables, de sobrevivir en medio del desempleo, el hambre, las enfermedades curables y la más brutal represión por parte de las fuerzas armadas burguesas, pilar central sobre el que descansa todo el poder político del caduco Estado de los explotadores.

El reformismo, propio de la pequeña burguesía, sueña con un «capitalismo más humano» en el que patronos y obreros convivan pacíficamente. Con una sociedad en la que las contradicciones antagónicas, irreconciliables, se puedan resolver apelando a las “buenas intenciones” de los explotadores, al “diálogo social”, a la “paz total”, que no son otra cosa que la forma en que intentan velar los conflictos de clase, propios de la sociedad capitalista. A la par, usan todo el poder militar del Estado para reprimir la protesta social por medio del Ejército y el Esmad, como sucedió recientemente en las tomas de tierras en el Cauca o en diferentes universidades públicas que salieron a protestar en memoria de los que están presos por luchar durante el pasado Paro Nacional y que le recordaron al Gobierno que encarcelados “no se puede vivir sabroso”.

Lenin lo explicó muy bien en un pasaje de su obra El Estado y la revolución: “La república democrática es la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo; y, por lo tanto, el capital, al dominar […] esta envoltura, que es la mejor de todas, cimienta su poder de un modo tan seguro, tan firme, que no lo conmueve ningún cambio de personas, ni de instituciones, ni de partido dentro de la república democrática burguesa”. Para el caso, así en Colombia el poder político de la presidencia de la república y gran parte del parlamento esté en manos del llamado “Pacto Histórico” y sus aliados, las bases del Estado burgués-terrateniente siguen firmes, ese cambio en la forma del poder ─de la mafia a los reformistas─ no erosiona en nada la dictadura que las clases dominantes ejercen contra el pueblo. Es más, la mafia no desapareció, sigue ostentando parte del poder político en las regiones, conserva y defiende a sangre y fuego su poder económico haciendo uso del poder paramilitar; preparan paros como el del próximo 26 de septiembre, crean grupos armados para defender sus tierras de los mal llamados “invasores”. La burguesía continúa superexplotando al pueblo trabajador, tanto así que el Gobierno del cambio aplazó la reforma laboral ─que promete devolverle parte de los derechos perdidos a los trabajadores─ hasta que no se concerten con los empresarios las reformas que piensan realizar.

La conciliación y la concertación entre clases antagónicas es una ilusión reformista que nada tiene que ver con la realidad. El capitalismo y la dictadura de las clases dominantes funcionan de otro modo. Sólo la clase que esté mejor preparada, mejor organizada, que movilice las fuerzas para el combate directo, que logre ganar más y mejores aliados será la vencedora en la lucha de clases. No es hora de escuchar los cantos de sirena que invitan al pueblo a confiar en la benevolencia de los explotadores, o en los caminos “decentes” de la democracia burguesa para “solicitar amablemente” unas cuantas reformas: ¡la rebelión se justifica!

Por ello, la tarea más importante del momento es avanzar en la construcción del Partido político de la clase obrera. Se necesita ese Partido que logre unir las luchas dispersas del pueblo, canalizarlas en un solo torrente revolucionario y movilizar las masas populares para que asesten un duro golpe a la dictadura de los explotadores, que logre demoler los cimientos del caduco Estado burgués-terrateniente por medio de la violencia revolucionaria. Se necesita otra sociedad, una sociedad basada en la cooperación y ayuda mutua entre las clases trabajadoras y los pueblos del mundo, ese sistema social se llama Socialismo y es, nada más y nada menos, que la Dictadura del proletariado. ¡Sí!, la dictadura de la mayoría de la sociedad que produce, sobre la minoría explotadora que vive parasitando trabajo ajeno y cuyo “castigo” más terrible será someterse a la máxima socialista que afirma que: “el que no trabaja, no come”.

La situación es perfecta para avanzar en la unidad de los revolucionarios, para que estos logren penetrar entre las masas, vinculándose a ellas para lograr movilizarlas en la vía revolucionaria del Paro, de la Huelga Política de Masas, de la conformación de los Grupos de Choque y las Milicias Populares, de extraer de los conflictos obreros y populares a los mejores elementos que, sin duda, deben dar el paso adelante para comprometerse con la construcción del Partido de vanguardia de la clase obrera en Colombia.

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