LOS SINDICATOS Y LAS ELECCIONES BURGUESAS

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En las pasadas elecciones regionales, desde las direcciones de algunos sindicatos, muchos de ellos de los más grandes del país, así como de las direcciones de las centrales obreras, orientaban a sus afiliados y al pueblo en general votar por uno u otro candidato. Es el caso de los jefes de Fecode, quienes indicaron a sus bases votar en Bogotá por Clara López, candidata apoyada por los partidos politiqueros pequeñoburgueses como el Polo Democrático, Unión Patriótica, Progresistas, Marcha Patriótica y un sector de Alianza Verde. Este es solo un ejemplo de lo sucedido a nivel nacional en donde se inclinaban por uno u otro candidato para Gobernación, Alcaldía, Concejo, etc.

Pero, ¿qué la actitud que deben asumir los sindicatos frente a la política, es decir, frente a los asuntos del Estado en general? Existen tres puntos de vista y de actuar. El primero es el camino y punto de vista de la burguesía, que finalmente se impuso en las direcciones de las centrales obreras y de los principales sindicatos, y que consiste básicamente en ser directorios politiqueros de uno u otro Partido que participa dentro de la rancia democracia burguesa. Es así como muchos no solo orientaban a sus bases votar por un candidato determinado, sino que además, derrocharon sus recursos en campañas politiqueras realizando viajes y gastando viáticos para convencerlas; destinaron gran parte de sus medios de comunicación (programas radiales, páginas web, periódicos, etc.) en hacerle propaganda a su candidato de interés; hicieron reuniones como asambleas, cursos, conferencias… todo con el mismo propósito: satisfacer los intereses de los Partidos democrático burgueses y revisionistas que amarran las organizaciones de masas a sus intereses de participar dentro del establo parlamentario, dejando la lucha y la educación revolucionaria de sus bases, en un lugar sin importancia.

La politiquería es un veneno ideológico para la conciencia de clase de los obreros y campesinos, pues termina centrando sus esperanzas de cambio social, político y económico en uno u otro candidato que salga elegido en las estrechas urnas de la democracia burguesa, desconfiando en la fuerza poderosa que tiene el proletariado cuando logra unirse, organizarse y luchar como una sola clase, por unos mismos objetivos y contra unos mismos enemigos.

El sindicalismo burgués ve en los cargos de dirección de las organizaciones sindicales un trampolín que los catapultará hacia «importantes» cargos dentro del Estado burgués, terrateniente y proimperialista. El camino a seguir es el de famosos oportunistas que se incrustaron dentro del Estado de los enemigos del proletariado para vivir de él, como Luis Eduardo Garzón o Angelino Garzón, ambos ex directivos sindicales, representantes del rancio sindicalismo arrodillado al capital, del sindicalismo que no incomoda a los dueños de las fábricas, bancos o cultivos; del sindicalismo que entregó valiosos puntos de las convenciones colectivas o sedes sindicales a cambio de ventajas pasajeras y sin mucha importancia para el movimiento, a cambio de renunciar al camino de la lucha directa de los obreros por conquistar más y mejores libertades y derechos.

Otro punto de vista, exige la independencia total de las organizaciones de masas frente a la política, «blindando» los sindicatos de cualquier expresión que implique tomar posición frente a los asuntos del Estado. Esta concepción errónea desde el punto de vista de los intereses del proletariado, plantea que los obreros no deben inmiscuirse en estos asuntos en aras de la unidad de la organización sindical. Gran favor le hacen a las clases dominantes estas posiciones «neutrales», pues presuponen una clase obrera que no piensa, que solo debe interesarle los asuntos exclusivamente relacionados con la esfera de la lucha económica, dejando los asuntos de la política, o del Estado, para los «grandes intelectuales» de otras clases, desarmando el espíritu de lucha del proletariado y despreciando el papel de las masas en la historia de la lucha de clases, el cual plantea que las masas son las hacedoras de la historia: de los grandes cambios sociales, económicos y científicos. Esto incluye también, los grandes cambios que en la esfera del Estado han dado obreros y campesinos por su emancipación del yugo del capital (Comuna de París en 1871, construcción del socialismo en la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas desde 1917 y en China desde 1949, por ejemplo) en los cuales los trabajadores han gobernado de verdad, bajo la Dictadura del Proletariado.

El otro es el camino planteado por los comunistas revolucionarios, que plantean que debe haber una estrecha unión entre el Partido de la clase obrera y los sindicatos, donde éstos deben ser escuelas de socialismo, siendo las correas de transmisión de esa ideología de la clase obrera hacia sus bases. Esto no significa de ningún modo que los revolucionarios quieran imponer en los sindicatos, por el contrario, luchan por que se rijan por el centralismo democrático, ejerzan la más plena democracia de la base, se eleven como organizaciones de la clase obrera, no solo para que resistan contra los abusos del capital, sino al objetivo supremo de la emancipación del trabajo asalariado y la construcción de la economía socialista, sin perder nunca de vista la unidad de la organización sindical.

Dicha política de actuación dentro de los sindicatos, expresada conscientemente en la política de reestructuración del Movimiento Sindical sobre la base de la independencia de clase, plantea a las organizaciones sindicales la unidad consciente, por la base y al calor de la lucha, una táctica de lucha de lucha de clases, no de conciliación y concertación entre éstas, unos correctos métodos y estilos de trabajo y una centralización de su dirección independiente en federaciones regionales y en una Central Sindical.

Esta actuación basada en la conciencia, en la defensa de los intereses generales de la clase obrera y en la lucha directa de la base, exige usar los recursos de los sindicatos para oponerse y debilitar el poder del capital, hasta acabarlo de la faz de la tierra, no para fortalecerlo; para denunciar la dictadura de los ricos, no para maquillarla reivindicando su amputada democracia. Los obreros no pueden ser ajenos a dicho problema, pero además, el Partido político de la clase obrera y todos los revolucionarios deben -desde afuera-, difundir los nobles propósitos del Socialismo: cómo llegar a él, su justeza y el por qué debe ser el faro que guie la actuación de las organizaciones sindicales. De este modo las organizaciones obreras podrán abandonar la política burguesa que impera en su dirección, transformándose en verdaderas escuelas de Socialismo.

«La clase obrera posee ya un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber. La experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales que deben existir entre los trabajadores de los diferentes países y que deben incitarles a sostenerse unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, es castigado con la derrota común de sus esfuerzos aislados.» Carlos Marx

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