Coca-Cola y los despidos en España. Una historia de guerra entre los ricos y las familias obreras

La sección sindical en la planta de Coca-Cola en Fuenlabrada y otras 4 plantas de Coca Cola en España entraron en huelga completa desde enero de 2014. Pero los huelguistas veían cómo sus esfuerzos por mantenerse en lucha eran burlados por la empresa que lograba mantener el producto a la venta, a pesar del cierre de las plantas de Fuenlabrada, Alicante, Palma de Mallorca y Asturias.

Al cierre de estas cuatro plantas se acompañaba el aumento de productividad y plantilla en las fábricas restantes, situadas en La Coruña, Bilbao, Barcelona, Málaga, Sevilla, Santa Cruz de Tenerife y Valencia; y mientras no se unieran a través de la huelga solidaridad, estas 7 plantas seguirían inundando de producto a Madrid desde la costa; ¡a Coca-Cola no le afecta la huelga de Fuenlabrada y 3 más, mientras logre por diferentes medios mantener a salvo sus ganancias, si la huelga no afecta sus amadas ventas! Y gracias a una detallada planificación, la administración había logrado aumentar sus inventarios, incluso traía producto de Francia y Portugal, de forma que sin importar qué tanto se prolongara la lucha de sus trabajadores, el suministro estuviera garantizado.

Se necesitaba una huelga de solidaridad del resto de trabajadores de Coca-Cola, de todas las demás embotelladoras. Ahora más que nunca pesaba la actuación de su central obrera Comisiones Obreras (CCOO), con presencia en todas las plantas de la empresa. Si ellos anunciaban la huelga de solidaridad la embotelladora Iberian Partner estaría paralizada completamente, se vería obligada a desistir de los despidos y ceder. Pero en vez de un apoyo contundente e inmediato, Comisiones Obreras (equivalente español de la CUT) informa que «habrá conflicto, y duro», y Feagra, la federación agroalimentaria de CCOO, anunció «una convocatoria de paros generales la semana del 3 de febrero» advirtiendo que «hay que preservar los plazos legales». Estos «paros» iban a ser «las dos primeras semanas de dos horas por turno y trabajador, los martes y los jueves y la tercera semana, paros completos el martes y jueves». Preservando los plazos legales y reduciendo los paros a unas pocas horas de la semana, hicieron de la huelga un cuchillo sin filo. En vez de bloquear completamente la producción de la empresa y apoyar incondicionalmente los huelguista que dejaban el pellejo en el alambrado, la Central obrera CCOO prefirió los paros parciales, a medias, inservibles para los trabajadores, inofensivos para el patrón.

¿Qué hacían los trabajadores de Fuenlabrada y las otras plantas cerradas, mientras las directivas de la Central jugaban a quedar bien con dios y con el diablo? Se la jugaban toda por el futuro de sus familias. Sin tener acceso directo a los sucesos, a través de internet nos llegan impresiones vivas del ambiente entre los obreros a inicio de 2014:

«Nos quedamos noqueados —relata Mercedes— Salimos de allí a mediodía, y a mí es algo que me sigue emocionando, tengo la imagen grabada: esa misma tarde nos vinimos para la puerta de la fábrica y los compañeros y las mujeres de los compañeros iban llegando con los carritos de los niños. Nos juntamos en la puerta, entramos dentro de la fábrica y se paró todo, porque veíamos que se caía todo por lo que habíamos luchado, todo lo que habíamos construido año a año… Como un acuerdo tácito decidimos que no iban a cerrar Fuenlabrada. Esto se va a parar. No, no vas a cerrar Fuenlabrada».

No fue necesario decidir que se iba a la huelga, cuenta Mercedes. «Nadie dijo nada. Fue una llamada que salió de aquí, de esta parte del hígado.»

La iniciativa visceral y espontánea fue apoyada masivamente. El campamento empezó a montarse ese mismo día. Reprimidos por la brutal fuerza policial que intentó desalojarlos de la planta, resistieron enconadamente y no solo los repelieron sino que montaron frente a la planta el campamento base, una construcción levantada por los trabajadores despedidos para evitar la salida de la maquinaria y el deshuese de la infraestructura, que empezó con un bidón, una tienda de campaña y unos cuantos palos para quemar. En días iba a crecer hasta convertirse en una construcción de madera que permite albergar sin problemas a más de 20 personas alrededor de una mesa alargada, también de madera. Fuera, entre barricadas que cortan la entrada de la fábrica, se acumulaba la leña. Las gallinas en un corral servían con sus huevos para la alimentación ocasional. Dos casetas de control en cada una de las entradas de la planta sirven de puntos de guardias de más de 15 personas en cada turno.

Coca-Cola aprovechaba la figura de Expediente de Regulación de Empleo (ERE), un plan de salvamento para empresas en quiebra que permite despedir fácilmente a sus trabajadores, para echar a la calle a 1.253 trabajadores. Pero rápidamente la verdad se difundió por mercados, bares, tabernas y centros comerciales. Lejos de perdidas, Coca-Cola obtenía del trabajo de sus asalariados en España, unas ganancias de 900 millones de euros, que así, de entrada, hacen difícil justificar despidos con el argumento de que se hace imprescindible» para que la empresa gane en «eficiencia y competitividad». Más aún cuando saltan noticias como que la jefa del embotellador de Coca-Cola España, Sol Daurella, controla su fortuna desde Luxemburgo y su patrimonio suma 150 millones de euros. La avaricia burguesa terrible e insaciable, puesta al descubierto en esos días, generó la repugnancia y el rechazo social de los consumidores, algo que se vio reflejado en las ventas desde el primer momento, llevando a pique las ganancias. Coca-Cola entonces tuvo que cambiar «»despidos por bajas voluntarias y recolocaciones, manteniendo el cierre de las cuatro plantas que sigue en pie. El 19 de febrero los sindicatos de base de las plantas** rechazaron la propuesta, argumentando que «no se compromete a mantener el empleo» y que «sólo mejora las condiciones para salir de la empresa». Lo que parecía una victoria fácil y rápida para Coca-Cola, se convertiría en una guerra. La lucha continua…

Coca-Cola: frente a la avaricia de los ricos, ¡el boicot de los obreros!

El 12 de abril de 2014 impulsaron el día mundial sin Coca-Cola, y el 4 de mayo trabajadores de toda Europa se manifestaron en mítines: la «más profunda solidaridad y apoyo a todos los compañeros que han perdido su empleo como consecuencia de las iniciativas de productividad en Austria, Bélgica, Francia, Alemania, Grecia, Italia, Noruega, Polonia, Portugal, España y Reino Unido». El 24 de mayo las plantillas laborales de Coca-Cola llevaron sus movilizaciones hasta Lisboa, en la vecina Portugal, donde se celebraba la final de la Champions League entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid. Los trabajadores se manifestaron con una marcha por la capital lusa entre Campos das Cebolas y Rossio.

Brigadas de propagandistas se tomaron los centros comerciales, los bares y tabernas, con volantes que apelaban a la conciencia, informando sobre la terrible situación de los trabajadores e invitando de los consumidores para que no bebieran ningún producto de la marca Coca-Cola. A través de las redes sociales publicaban agresivas campañas de boicot a través de memes, el más famoso y difundido de todos aquel que dice: “»si Madrid no produce, Madrid no consume» que se publicó en forma de escarapelas, botones y camisetas y se vendió a los jóvenes y los activistas de todo el país como un artículo de moda irreverente. Hasta en las tribunas del Santiago Bernaue, estadio del Real Madrid, se vieron pancartas con el eslogan. El conflicto se difundió, se lograron valiosos recursos económicos y la imagen de Coca-Cola empezó a resentirse.

Ni el enorme árbol de navidad de la empresa estaba a salvo. Con plantones permanentes, llamando a no consumir el producto a través de la pancarta «el árbol de la vergüenza», despertaron un sentimiento de solidaridad, con red de activistas en todo el país. En esa navidad, recibieron toneladas de mercado y regalo para sus hijos venidos de todos los rincones de España, especialmente empacados para las familias en resistencia.

«Vamos a seguir aquí resistiendo hasta que cumpla la sentencia del Tribunal Supremo», decía en el campamento los trabajadores a un reportero. Similares campamentos se levantaron en Palma de Mallorca, Asturias y Alicante. Solo Fuenlabrada se mantendría firme 24 horas del día, por 20 largos meses. Pero lo hicieron con altura y sus agresivas e ingeniosas campañas les valieron el apodo de los Espartanos de Fuenlabrada, porque fueron los únicos en mantenerse en pie hasta el final, contra la enorme empresa, símbolo del imperialismo norteamericano.

Este heroísmo de los obreros sin embargo no ha sido suficiente, porque falta la dirección de un auténtico partido revolucionario de la clase obrera en ese país que se ponga al frente, que denuncie las traiciones de los llamados a sí mismos «amigos» «aliados» y «compañeros de lucha»; que garantice la independencia de clase de este movimiento y lo ligue a la lucha general del pueblo de ese país, contra el ataque del capital y por la revolución socialista, como parte de la Revolución Proletaria Mundial.

Corresponsal de Bogotá.

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