Afganistán: se necesita un fuerte Partido Comunista para desatar la Guerra Popular

Afganistán: se necesita un fuerte Partido Comunista para desatar la Guerra Popular

Han pasado 20 años de la invasión militar de Estados Unidos a Afganistán, y luego de esos 4 lustros la arrogancia de los imperialistas yanquis ha quedado tendida en el piso, viéndose obligados a salir con el rabo entre las patas y sumando a su lista otra derrota más en el campo militar, con un alto costo económico y político.

Quienes miran solo la apariencia de los hechos recientes, juzgando solamente de manera superficial lo ocurrido en Afganistán, llegan a la conclusión de que allí el pueblo triunfó sobre el imperialismo. Un análisis que tiene un aspecto de verdad, los yanquis fueron derrotados y la derrota de un enemigo de los pueblos lo debilita, y si ese enemigo es precisamente un coloso imperialista, esa debilidad tiene un aspecto de triunfo para las masas, en la medida en que demuestra la posibilidad de la derrota definitiva de todos los imperialistas. Sin embargo, la salida de los imperialistas yanquis de Afganistán no significa el triunfo y la liberación del pueblo afgano.

Los imperialistas yanquis salieron derrotados en su intención de extender su dominio en la carrera enfermiza de ser el gendarme imbatible en el mundo, y que encontró en el ataque a las torres gemelas la disculpa perfecta para lanzar su invasión en el año 2001. Pero con el paso de los años lo que se refrendó es que los imperialistas son “gigantes con pies de barro”, “tigres de papel”, como solo pueden serlo los representantes de un sistema moribundo, que se sostiene, no por su vitalidad, sino por la debilidad de las fuerzas revolucionarias y por la muleta que encuentra en el oportunismo y la socialdemocracia, quienes viven para curarle las heridas al capitalismo en lugar de contribuir a empujarlo a su tumba.

Fueron 20 años donde las fuerzas armadas gringas se cebaron sobre el pueblo afgano, dejando decenas de miles de muertos, millones de desplazados, ciudades enteras en escombros, decenas de mujeres violadas y asesinadas, millones de niños impedidos de vivir digna y plenamente su niñez, privados del acceso a la educación y sí convertidos desde muy jóvenes en carne de cañón en una disputa entre los explotadores.

La derrota del imperialismo yanqui en Afganistán es un triunfo que para las masas pesa poco en la balanza del camino revolucionario. Sobre todo por dos razones muy importantes:

La primera, porque quienes se han hecho al poder en el país son las fuerzas talibanes que rápidamente y con gran capacidad lanzaron una operación militar de grandes proporciones para tomar en unas pocas semanas el lugar del gobierno títere pro-yanqui que abandonó el poder. Pero los talibanes no son ni comunistas, ni revolucionarios, ni progresistas y mucho menos tienen alguna pizca de antimperialistas como algunos engañados piensan y otros malintencionados pretenden hacer creer. Son una fuerza político-religiosa de las más retardatarias, que no solo ha convivido con el imperialismo, sino que fue prácticamente creada por los gringos como fuerza de choque a finales de los 70s del siglo pasado para enfrentar la invasión del socialimperialismo ruso en 1979. Estados Unidos junto con otros apoyó a varios grupos muhaydines para enfrentar a los rusos; posteriormente financió a los talibanes que se hicieron al poder y establecieron su régimen reaccionario; luego rompieron con ellos y, con el pretexto de la guerra al terrorismo, después del 11S, invadieron apoyándose en la OTAN y otras fuerzas reaccionarias nativas.

Esos reaccionarios que hoy detentan el poder en Afganistán no pueden ser considerados una fuerza liberadora del pueblo, todo lo contrario, son tan peores como los imperialistas. El que alguna parte de la población los haya apoyado en su guerra contra Estados Unidos no es motivo para considerarlos del lado de la revolución o amigos del pueblo.

Ahora bien, no es extraño y sí muy posible, que la salida de las tropas yanquis y la rápida y extensa operación militar de los talibanes, haya sido previamente acordada como parte de ese mal llamado proceso de paz; no sería la primera vez que Estados Unidos haga sus negociaciones por debajo de la mesa con fuerzas tan reaccionarias como ellos, en este caso con los talibanes. Es muy diciente que los talibanes, una pequeña fuerza en comparación a las fuerzas oficiales, hayan llegado a Kabul sin mayor repulsa de las fuerzas militares títeres creadas por Estados Unidos.

Y la segunda razón, porque el aspecto principal de la guerra en Afganistán es reaccionario. Allí no hay una fuerza armada revolucionaria que tenga un peso importante en la confrontación militar. Los revolucionarios están dispersos, luchando por consolidar un fuerte Partido Comunista y unas fuerzas armadas que avancen hacia la construcción de un verdadero ejército revolucionario del pueblo. Los comunistas han tenido que trabajar por construir el Partido y organizar las fuerzas revolucionarias de las masas en medio de las terribles condiciones impuestas por unos ejércitos reaccionarios, financiados y promovidos por los imperialistas de oriente y occidente, untados hasta la médula del asqueroso negocio del narcotráfico, que tiene a Afganistán como el mayor productor de heroína en el mundo, con más del 90% de la producción total del planeta.

El artículo “Los talibanes son los nuevos narcos: heroína, miles de millones y geopolítica”, presenta un informe de la magnitud que ha tomado el negocio del narcotráfico en Afganistán y el vínculo directo y creciente de los talibanes en este sucio negocio que ha sumado a su ya conocido financiamiento con el contrabando, la extorsión y a través de impuestos a los comerciantes. Entre otras, allí se dice que: «La heroína talibán abastece a la Camorra, ‘Ndrangheta y Cosa Nostra, abastece a los carteles rusos y abastece a la Cosa Nostra estadounidense y a todas las organizaciones de distribución en Estados Unidos, excepto a los mexicanos que intentan independizarse del opio afgano (con dificultad, porque la heroína de Sinaloa es más cara que la heroína afgana). A través de la ruta Afganistán-Pakistán-Mombasa (Kenia), los talibanes también abastecen a los carteles de Johannesburgo en Sudáfrica, otro gran mercado».

Y el pueblo ¿qué participación ha tenido?

Como en muchas partes del mundo y en toda guerra reaccionaria, el pueblo pone los muertos, los desplazados, las mujeres violadas… Una guerra reaccionaria que no podía dar otro resultado que el triunfo de una fuerza de la misma catadura.

Afganistán es un país condenado por décadas a ser una presa muy apetecida por la mayoría de países imperialistas, secundados por sus socios regionales que han participado en esta aberrante carrera asesina contra el pueblo afgano y contra sus territorios, sistemáticamente destruidos, manteniendo al pueblo en extremas condiciones de miseria, y sometido a todas las formas posibles de opresión, destacándose con vehemencia el sufrimiento de las mujeres.

En el pasado bajo el control de los ingleses, luego bajo la invasión militar del socialimperialismo ruso, después bajo el régimen talibán y la última con la invasión de los yanquis. La mujer en Afganistán ha cargado sobre sus espaldas uno de los tratos más brutales, exacerbados por el fundamentalismo religioso, que ha sido siempre respetado por las fuerzas invasoras, las cuales no han dejado de expresar hipócritamente su desacuerdo con ese trato al sexo femenino; hipócrita porque en los hechos, no solo lo han permitido, sino que se han aprovechado de esa condición para cebarse sobre las mujeres afganas cometiendo todo tipo de vejámenes. Y eso no es extraño, es parte de la formación de los ejércitos reaccionarios en el trato hacia la población.

El pueblo de Afganistán tiene, como los demás pueblos de los países oprimidos, la gran tarea de luchar contra los imperialistas de todos los colores, y aunado a ello, luchar contra las clases reaccionarias internas. Para triunfar sobre sus enemigos, debe destacar sobre todo a los obreros revolucionarios para fortalecer al Partido Comunista, orientado por el marxismo-leninismo-maoísmo, que en Afganistán es el destacamento llamado a dirigir la revolución. Solo consolidando esa fuerza dirigente, podrá conquistarse para el camino revolucionario de la Guerra Popular a los miles de hombres y mujeres que hoy armados serán el nutriente del Ejército Popular, ese sí cristalización real del poder armado de las masas, único capaz de poner fin a la dominación imperialista y a la explotación del pueblo afgano.

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