IGNACIO TORRES GIRALDO UN LUCHADOR QUE VALE LA PENA EMULAR

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IGNACIO TORRES GIRALDO UN LUCHADOR QUE VALE LA PENA EMULAR 1
A cincuenta años del fallecimiento de Ignacio Torres Giraldo, publicamos el importante documento «Liquidando el Pasado», el cual revive el gran valor que tiene para los comunistas la sincera autocrítica ante los errores cometidos en el trabajo; un valor que permite sintetizar la actividad revolucionaria y corregir para avanzar en la causa del proletariado. La autocrítica presentada en este documento por el camarada Ignacio Torres, da cuenta de su entereza y valor como revolucionario, al señalar sin titubeos que fue el esponstaneísmo el causante de muchos errores cometidos, que inevitablemente influyeron en la lucha del proletariado que se desarrollaba en aquella época; es así que si bien intervenía el poco conocimiento del marxismo-leninismo y la inexperiencia, Torres Giraldo ubica como principal causa de los errores cometidos dicho espontaneísmo, que impidió tener en cuenta el análisis de la realidad concreta y con ello un plan acorde a las necesidades de esa realidad, es decir una táctica apropiada a las condiciones de la lucha de clases.

Liquidando el Pasado, hace parte del arsenal que tenemos los comunistas, no solo para disminuir los errores en la lucha por la causa proletaria, sino para alentar la lucha de líneas necesaria en la construcción del Partido Comunista en Colombia, que represente los intereses de los proletarios y dirija la emancipación de los desposeídos bajo la guía del marxismo leninismo maoísmo. Liquidando el pasado, constituye para los comunistas, una de las poderosas armas para el combate al espontaneísmo, por ello los camaradas de la Unión Obrera Comunista (mlm) empuñamos esta arma, convencidos de la necesidad de luchar contra un asqueroso mal que Ignacio Torres Giraldo condenó y que hoy debemos vencer.

LIQUIDANDO EL PASADO

Liquidemos todo el pasado
de nuestros errores si queremos
ser dignos de luchar bajo la
bandera del Proletariado.
T.G.

El proceso revolucionario de Colombia se desenvuelve sobre la base de un proletariado igualmente explotado como clase, pero de un proletariado cuya estructura no está todavía determinada por una conformación homogénea, al cual corresponda una conciencia desarrollada.

De 1925 a 1927, es para Colombia un período durante el cual, las fuerzas económicas —desfiguradas por el capital imperialista en el sentido de servir los fines dé las metrópolis— son desarrolladas de tal manera, y con ellas los elementos contradictorios del sistema que las explota, que les conduce a la creación y desarrollo acelerado de factores objetivamente revolucionarios. Estas fuerzas económicas desarrolladas en desproporción de las fuerzas sociales que se desenvuelven relativamente lento, nos ofrecen un fondo en el cual las condiciones objetivas de la lucha de clases están creadas, pero sin que todavía exista una diferenciación completa de las clases mismas, y naturalmente, cuando no era posible hablar de la existencia de factor subjetivo.

El movimiento obrero colombiano, muy impulsado en el período de crisis económica y política de 1919-1921, entró al nuevo período de 1923, época en que el imperialismo norteamericano organizó su ofensiva sobre la economía del país. Y que naturalmente se imponían métodos y tácticas de acuerdo a la situación, con sus viejos sistemas mutualistas, corporativistas y anarco-sindicalistas.

Yo participé en los sindicatos y en las huelgas. Organizaciones y luchas primitivas, pero organizaciones y luchas que correspondían a formas elementales de un proletariado en formación que se inicia en el proceso de sus experiencias; de un proletariado que entraba retrasado a la lucha en momentos en que un factor tal como el imperialismo daba a esta lucha proporciones extraordinariamente grandes. Entonces mis ideas estaban también en formación. No tenía una base teórica siquiera mínima, y naturalmente una tal situación era la que predominaba en los elementos obreros de aquella época. Claro que una semejante carencia de ideología revolucionara no era la causa fundamental del primitivismo del movimiento, como no lo es más adelante del oportunismo consciente y mismo de la traición. Es que Colombia es todavía un país en donde el artesanado es una fuerza, en donde los intelectuales liberales y las masas estudiantiles tienen el sitio de «avanzadas», es decir, en donde la pequeña burguesía dirige todos los movimientos «progresivos».

¿Quiénes componían nuestros sindicatos? Artesanos y obreros de la pequeña industria. Las organizaciones campesinas contenían por igual a obreros agrícolas que a pequeños propietarios. En las grandes empresas teníamos solamente grupos sindicales; no sabíamos atraer y organizar a los obreros de base, a pesar de que todas las huelgas eran dirigidas por nosotros, de tal suerte que las masas estuvieron repetidas veces en nuestros campamentos. ¿Por qué pasan las cosas de tal manera? Seguramente porque nuestro movimiento tenía una influencia Burguesa y porque era dirigido por la pequeña burguesía. Porque no era un movimiento de una sola clase; porque los semi-proletarios y los pequeños burgueses no serán jamás una fuerza organizada, homogénea, disciplinada y consecuente en «sus luchas» contra el capitalismo. Porque solo un proletariado cuya estructura clasista sólida le presente en lucha independiente y como hegémono de la Revolución, comprende el valer de la organización incluso de semi-proletarios y pequeños burgueses urbanos y rurales. Un tal proletariado no existía en la época a que me refiero.

Nuestro movimiento obrero era un movimiento proletario en el cual el proletariado no tenía la dirección.

Este movimiento llegó a tener más de 50.000 obreros organizados en 1923. Si podemos decir que tal calidad de organización ha merecido bien llamarse simple «agrupación de trabajadores», debemos agregar que sus perspectivas eran magníficas, tanto hacia un viraje de métodos y tácticas internacionales, como hacia una ampliación organizativa. Un hecho que nos da la medida de sus posibilidades, es el de haber contado con una organización de carácter nacional en condiciones de unidad sindical en momentos en que se adhirió a la I.S.R. [Internacional Sindical Roja].

En 1926 la influencia del movimiento obrero se podía apreciar en diez veces mayor a su organización. Y fue entonces cuando se creó el partido sobre una plataforma que pretendía ser marxista.

¿Cómo nació el partido? Como organización de los cuadros del movimiento obrero. Esto es, como una denominación política de la cima del movimiento. Ni era un partido de masas ni podía ser un partido proletario. Su composición social fue la misma —al nacer— que tenían los sindicatos y ligas campesinas en sus direcciones, esto es, artesanos, dueños de pequeños talleres, campesinos pobres y medios, intelectuales «revolucionarios» y obreros de pequeñas industrias. El partido naturalmente era el dirigente del movimiento obrero en ascenso, y operaba sobre la base de la organización sindical y de la grande influencia que movilizaba las masas, incluso indígenas, semiproletarias agrícolas y artesanas.

Este partido compuesto de varias clases, tenía razonablemente varios modos de pensar: la revolución y el reformismo fueron sus dos principales fisonomías. Pero es preciso subrayar que la fuerza revolucionaria tenía toda la masa. ¿Qué hacemos, entonces, los elementos revolucionarios de los cuadros de dirección? Hacer una falsa apreciación de la situación y planear una insurrección! Era un demasiado optimismo que conducía a la sobreestimación de las fuerzas, pero antes que esto, era una ausencia completa del marxismo-leninista. ¿Qué hace la dirección del movimiento una vez que pasa a la preparación de la insurrección? Adoptar una línea política oportunista, dentro de la cual se aplicaba una serie de tácticas absurdas. Con objeto de seguir aliados en todas las «oposiciones» sin partir en ningún caso del análisis de clase de estos aliados. Ajustar los planes de insurrección a las perspectivas de hechos que se habrían de forjar, mezcla jacobina y blanquista de las revoluciones a lo idealista.

Planear una insurrección sin estudiar el carácter de la revolución y sus fuerzas motrices; sin un análisis justo sobre los aliados del proletariado; SIN LA HEGEMONÍA del proletariado y sobre todo sin un partido comunista que represente la vanguardia de ese proletariado, es decir su dirección revolucionaria, consecuente y bien constituido sobre la base de las amplias masas de obreros, era naturalmente separar ese partido de bloque de la realidad, colocarlo en la posición sin control de un partido pequeño burgués propio a las combinaciones de dominio capitalista.

En 1927, cuando la reacción disolvía los sindicatos, abaleaba las manifestaciones obreras y masacraba las huelgas; cuando todos los elementos obreros revolucionarios estábamos en las prisiones, los cuadros del partido bloque se reforzaban de gente ajena al proletariado: liberales que se hacían llamar revolucionarios, intelectuales oportunistas y todas las gentes desplazadas que veían en la política del “frente único” la oportunidad de un fin determinado.

A pesar de la desfiguración que a cada día tomaba esta política, gracias a ciertas formas con que ellas se cubrían, no se desprestigiaba ante las masas. Los elementos obreros revolucionarios estábamos por la política del frente rojo único a condición de realizar nuestra política en frente de las personas y grupos no proletarios. Pero esta política no se realizó. Nuestra posición se hizo enteramente oportunista frente a la línea política del bloque que ya había dejado, mismo el partido, para actuar en un terreno puramente conspirativo. En momentos que los cuadros se habían transformado en grupos de hombres de confianza al mando de una jerarquía militar. No supimos romper con esa situación; hicimos toda clase de concesiones creyendo en la revolución y que en ésta las masas decidirían. Sosteníamos el bloque ante las masas y no hacíamos nada por nuestra política de clase: llegamos a creer que tal era la política proletaria en las condiciones de la insurrección! Naturalmente el proletariado no tenía su política en el bloque pero en cambio la burguesía tenía la suya.

No obstante el proceso de transformación del partido en bloque de carácter específico y de misión limitada al acto insurreccional, debo hablar del partido, porque éste creía en su existencia, yo sostuve esa existencia, obré siempre sobre la base del partido, que naturalmente tenía su teoría.

La «espontaneidad» seguramente ha sido «el fuerte» en el conjunto de sus teorías, que significa en primer término la negación de toda organización y dirección de masas. Pero como ser mi propósito esta vez examinar aquellas cuestiones en las cuales he participado más directamente, para condenarlas con toda energía, me referiré a puntos concretos.

Yo sostuve en 1922-1927 la abstención electoral. Esto fue un error en la época en que nuestro movimiento carecía de un partido, un error explicable —no excusable— en momentos dados. Pero, cuando el partido hizo de tal error una consigna y colocó a su rededor toda una cuestión política fundamental, tal como la interpretación de un «acto reformista» que quitaba fuerza a la política de la insurrección consistente en todo o nada, y cuando esa consigna se convirtió en dogma hasta tal punto que cuando hablamos de campaña electoral el proletariado no nos entendió incluso vio en nosotros una contradicción, entonces es cuando este error se convierte en uno de los más grandes errores políticos del partido.

Una posición absurda que adoptó el partido, en la cual participé, consistió en no hacer ninguna lucha por defender la legalidad del movimiento sindical, incluso —en lo que se refiere al partido— de ir a la ilegalidad antes de que la situación concreta nos llevase. Este error se convirtió en una «política» del partido cuya síntesis, mientras peor mejor, llegó a ser toda una teoría popular.

En 1928 por obra de la reacción que mantenía en las prisiones a la casi totalidad de los obreros que habíamos tenido sitios de dirección, sobre todo en provincia, el movimiento aparece concentrado en un comité central reducido que dirige Tomás Uribe Márquez. Estos momentos son característicos por un abandono en el trabajo sindical, por un menosprecio de las reivindicaciones de carácter inmediato y por una casi completa renunciación a las huelgas y de todos los medios de lucha revolucionaria permanente. En julio de tal año, cuando la cifra de prisioneros (todos militantes obreros y campesinos pobres) pasaba de 300, el partido ratificó el paso a la insurrección en una asamblea plenaria en la cual se fijaron las condiciones de la simultaneidad sobre los puntos importantes del país e incluso se adoptaron medidas de orden técnico-militar. En esta asamblea perfectamente conspirativa, a la cual asistieron 57 delegados de los diversos sectores del país, 30 obreros militantes y 27 personas extrañas, entre ellas militares liberales, la dirección del partido, lo que en ella había de proletario, perdió completamente el sentido de toda responsabilidad política. Ocultó el partido debajo de un comité central decorativo; creó un comité central efectivo con intelectuales y un aparato especial conspirativo (CCCC) encargado de preparar el golpe, pero que efectivamente manejaba todos los hilos de la política general del partido. Por más que se trate de explicar aquella división del «trabajo» hecha en forma que desarticulaba el cuerpo del partido, con razones de conspiración, esto creó confusión.

En tal año se estrechaban las relaciones de la dirección con los generales liberales representantes de la tradición guerrillera del país, cuyo «prestigio militar» se proponía el partido utilizar en el momento de la insurrección. Pero este hecho en tales momentos tenía una significación especial. Él obedecía a la influencia que la burguesía había ganado en el movimiento obrero a través de la pequeña burguesía militante que le servía de agente directo, y sobre todo a su dominio en la dirección. En estas condiciones la línea del partido había llegado a una encubierta colaboración de clases bajo la dirección de la burguesía agente del imperialismo. Los generales liberales, UTILIZANDO AMPLIAMENTE sus posesiones en el partido y por este conducto en las masas, organizaban las combinaciones con los grupos petroleros de Wall Street, es decir, negociaban la insurrección por anticipado. Así llega el partido a convenirse en un instrumento de la burguesía nacional vendida a los imperialistas, y quienes militamos en sitios de dirección, en agentes de la burguesía y de los imperialistas en las propias filas del proletariado!

Por las declaraciones de Tomás Uribe Márquez al plenum de julio de 1930 esas combinaciones no eran desconocidas por elementos que entonces gozaban de toda la confianza del proletariado. El mismo Uribe Márquez, eje de la planeada insurrección, resulta haber sido el lazo que unía la política del imperialismo y de sus agentes la burguesía y los caudillos liberales, al movimiento revolucionario de las masas! Es así como este proceso de predominio de la pequeña burguesía en nuestro movimiento obrero, nos ha conducido a participar de la traición y la vergüenza de una política infame de combinación con los asesinos del proletariado.

Yo sostenía hasta hace poco tiempo que una de las causas principales de los errores consumados en el movimiento obrero colombiano, era el bajo nivel político del partido. Esto fue un error muy grave, porque naturalmente la causa fundamental era la composición del partido; porque no era un partido proletario, partido de una sola clase con una línea política proletaria. Porque era un bloque oportunista. Este error se hace mayor porque yo planteaba la cuestión sobre los «errores» del partido y no sobre la línea del partido. Porque no se trata de que la línea del partido era una «baja línea política»; se trata sencillamente de que era otra línea política que no por baja era mala sino porque era la del enemigo de clase: la línea política del imperialismo que ondulaba a través de las combinaciones con la burguesía nacional; la línea política traidora que hizo sus agentes en las propias filas del proletariado. Por otra parte, el «bajo nivel político» puede ser entendido como una justificación a la dirección de la pequeña burguesía, como la negación de la hegemonía proletaria en la lucha revolucionaria. Creo necesario subrayar muy fuertemente, que nunca he dado lugar a dudas en mi intransigencia sobre la dirección, sobre la hegemonía del proletariado colombiano en su lucha por la revolución.

La ausencia del partido y de los sindicatos en la gran huelga de las plantaciones de bananos, y el hecho de que yo caractericé aquella heroica batalla como un «conflicto económico», todo esto me indujo a pensar que los «errores» en lo general de nuestro movimiento se debían fundamentalmente a la incapacidad de comprender una situación concreta, a la falta de análisis marxista-leninista de la realidad. Pero ahora, después que he conocido las declaraciones de Uribe Márquez Julio Buriticá hechas al plenum de julio de 1930, me explico perfectamente el proceso que nos condujo a la traición de la huelga de las plantaciones de bananos.

Así como sabía yo hasta cierto punto el contacto con los elementos militares del liberalismo cuya base social se halla naturalmente en la burguesía a cuya clase sirven, sabía sobre la preparación de la huelga de la Zona Bananera. Esta huelga se concebía simultáneamente en toda la costa del Mar Atlántico, con centrales en Ciénaga, Cartagena y Barranquilla. Esto significaba mover el país por su base principal. Significaba movilizar la navegación del Río Magdalena en una extensión de 1.000 kilómetros. Si se agrega que la costa del Pacífico, incluso el Valle del Cauca y sus vías de enlace con el interior del país, estaba en poder del movimiento organizativamente, la cuestión se presenta bajo perspectivas de una huelga general nacional. Pero esta preparación estaba retrasada en los departamentos de Bolívar y Atlántico, sobre todo en éste último.

¿Qué se maduraba en esta gran huelga? De una parte, no se supo explicar «por razones conspirativas» su significación a las amplias masas del país, pero de otra parte podemos deducir que ésta no era la política de las combinaciones, y que por esta causa la preparación de la huelga se reducía a pequeños grupos de Bolívar y el Magdalena.

En un período de tiempo en que se hacían pocas huelgas por no desperdiciar energías ni avizorar al gobierno, se «adelantó» la Zona bananera que no estaba, seguramente, bien al corriente de las combinaciones. En estos momentos (fines de 1928) entraba el bloque en una precipitada descomposición. La lucha contra la «ley heroica» que procuró una alianza pública entre el partido y el liberalismo, hecho sumado a una serie de delaciones, dio por resultado que se apoderasen de la dirección un grupo de liberales reformistas enmascarados de comunistas, tales como Prieto, Bernal Azula, Lleras Camargo, Dávila, Echeverri. Claro que la huelga metió miedo a una tal dirección que pensó que ya era la revolución. Mientras tanto, Uribe Márquez, los generales y los hombres de confianza veían en la huelga un adelanto que podía producir el aborto de la «revolución».

No había un criterio del partido para las condiciones en que estalló la huelga; se la vio de los sindicatos como a una de las muchas huelgas locales, regionales del país; los sindicatos no conocían condiciones especiales de una huelga agrícola en las plantaciones de los imperialistas, naturalmente a causa de que sus dirigentes oportunistas no lo enseñaron, de que las direcciones no les movilizaban. El modo provincialista de ver la lucha proletaria era todavía una herencia viva de los tiempos del mutualismo, del primitivismo general.

Yo vi una huelga parcial que podría obtener, relativamente fácil, un éxito parcial. Yo partía del pliego de exigencias, que conocía, de la manera de conducir la dirección local la huelga en sus primeros momentos y de una situación muy favorable. Suponía que se obtendría el éxito en el período del arreglo directo. La huelga era «legal» y contaba con el apoyo popular de la región. En mi apreciación, por mínimo que fuese el éxito, desde el punto de las exigencias del pliego, el sería un grade éxito que consolidaría nuestras fuerzas organizativas en los departamentos del Mar Atlántico.

No podía ser más provincialista una tal apreciación, con la cual me limité la huelga reduciéndola a un simple «conflicto económico». Este error me condujo a ocultar el contenido político de la huelga y su carácter antiimperialista, y constituyó una falta muy grave que restó solidaridad al proletariado en lucha, que frenó el medio en donde yo actuaba no movilizando las masas con métodos revolucionarios en momentos que la clase obrera se hallaba en una batalla contra el imperialismo, la burguesía nacional y el aparato del Estado. Pero ¿es que la dirección del partido y la dirección sindical no sabían la magnitud de la huelga? ¿Y qué hicieron por la solidaridad, por la movilización de las masas, por la lucha abierta contra el imperialismo, la burguesía nacional y el Estado? Tal es el momento de la traición abierta al proletariado en lucha, al proletariado asesinado en masa por el Estado sirviente del imperialismo. Esas direcciones, de un lado por miedo al movimiento revolucionario y de otro porque no era tiempo de dar el golpe, han conducido a los sindicatos y a quienes hemos participado en la pasividad criminal frente a la huelga, a participar de la traición consumada contra el proletariado de las plantaciones de bananos.

Duras experiencias son estas que sabrá aprovechar el proletariado colombiano, que sabrá analizar profundamente su vanguardia, el Partido Comunista, para extraer las enseñanzas necesarias a las luchas del próximo futuro, luchas que guiará UN VERDADERO PARTIDO DE REVOLUCIÓN PROLETARIA, un Partido leninista.

¡El partido socialista revolucionario de bloque con la burguesía vendida al imperialismo, fue naturalmente el mayor obstáculo para la organización de clase del proletariado!

¡El Partido Comunista, guía leninista de la revolución proletaria, es la organización política de las masas, es la vanguardia de la clase cuya misión es ir al combate, por el derrocamiento violento de la burguesía, por la Dictadura del Proletariado!

¡El Partido Comunista de Colombia está unido a todos los partidos comunistas del mundo que componen la III Internacional, es hermano del Partido Bolchevique que guía la construcción victoriosa del socialismo en la Unión Soviética!

¡Viva el Partido Comunista de Colombia!

¡Viva la unión de los obreros y los campesinos pobres!

Berlín, marzo de 1931
Torres Giraldo

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