En el Centenario de la Revolución de Octubre (IV)

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En el Centenario de la Revolución de Octubre (IV) 1

A finales de 2016 y comienzo de 2017 se publicaron las 3 primeras entregas de un trabajo que está realizando un camarada de la Unión Obrera Comunista (mlm) con ocasión del aniversario de la Revolución de Octubre. Para quienes deseen consultar estos documentos, los pueden encontrar en Revolución Obrera: No. 456 El Marxismo en Rusia, 457 La Lucha del Partido Bolchevique Contra las Corrientes Oportunistas y 458 El Papel de los Bolcheviques en la Revolución de 1905. Dando continuidad a este trabajo, publicamos su continuación.


La Reacción Stolypiniana

Derrotada la revolución de 1905, el zar despliega todas sus fuerzas con el fin de aplastar la revolución. Encarcela, asesina, deporta, persigue y esparce el terror reaccionario, ajusta cuentas con los sindicatos y las organizaciones políticas del proletariado, las liquida, deporta a sus dirigentes o los envía al presidio. La Duma fue disuelta y la fracción de diputados revolucionarios (socialdemócratas, según el término de la época) fue condenada al destierro o presidio. El ministro zarista Stolypin cubrió de horcas y patíbulos todo el país. Millares de revolucionarios fueron ejecutados. A este periodo de repliegue de las fuerzas revolucionarias y de ofensiva zarista, los bolcheviques le dieron el nombre de reacción stolypiniana, periodo que además estuvo acompañado de la descomposición de gran parte de la intelectualidad revolucionaria, de aquellos quienes circunstancialmente se habían unido a la revolución y que ahora se pasaban al bando de los renegados o del enemigo.

Por lo demás, el zarismo prosiguió la opresión y explotación del pueblo ruso. Los campesinos seguían en descomposición, por su lado, los campesinos ricos o Kulaks, crearon los caseríos y cotos redondos, donde aprovecharon la mano de obra barata y aplicaron abundantemente el trabajo asalariado. Cada vez más las leyes zaristas favorecían a estos y por el contrario obligaba a los campesinos a segregar de la comunidad las mejores tierras. También en el terreno industrial se operaron, después de la revolución, cambios considerables. Se acentuó notablemente la concentración de la industria con el incremento de las empresas y su acumulación en manos de grupos capitalistas cada vez más fuertes. Se estrechó fuertemente el vínculo de dependencia hacia el imperialismo anlgo-frances. Ya antes de la revolución de 1905, habían comenzado los capitalistas a organizarse en agrupaciones o trusts, para elevar los precios de las mercancías dentro del país y poder lanzarlas al mercado exterior a bajo precio y conquistar así los mercados extranjeros. Los salarios de los obreros se redujeron de 10 a 15%, las listas negras fueron el azote de los obreros conscientes o activos en las luchas económicas. Además aumentó también el número de los grandes bancos, creciendo la importancia de éstos en la industria, y creció asimismo la afluencia de los capitales extranjeros a Rusia. Por tanto, el capitalismo en Rusia se iba convirtiendo cada vez más en un capitalismo monopolista, imperialista, pero a pesar de ello, Rusia no dejaba de ser un país inmensamente atrasado con respecto a sus vecinos de occidente. Lenin señalo en su momento sobre el consumo de hierro en la industria rusa que: «Medio siglo después de la liberación de los campesinos, el consumo de hierro en Rusia se ha quintuplicado, y a pesar de eso, Rusia sigue siendo un país increíblemente, insólitamente atrasado, mísero y semisalvaje, cuatro veces peor pertrechado de instrumentos modernos de producción que Inglaterra, cinco veces peor que Alemania y diez veces peor que los Estados Unidos» (Lenin, t. XVI, pág. 543, ed. rusa). En el terreno de la política internacional se acusaba al zarismo de acordar en los tratados secretos con los «aliados», compromisos de enviar, en caso de guerra, millones de soldados rusos a los frentes imperialistas, para apoyar a los «aliados» y defender las fabulosas ganancias de los capitalistas anglo-franceses.

Como se puede observar en todos los terrenos la dictadura del zarismo asfixiaba a las masas, las explotaba, oprimía y las preparaba para usarlas como carne de cañón en la futura guerra imperialista. La transformación revolucionaria, el cambio radical que exigía la realidad y quienes eran los llamados a dirigirlo y planearlo ―los comunistas o bolcheviques en aquella época― por el momento afrontaban una de sus más difíciles pruebas, un periodo de repliegue de sus fuerzas, de reagrupamiento, alineamiento y depuración de sus filas, de cambio de táctica y herramientas en este nuevo periodo de lucha.

Los renegados o «compañeros de viaje», que se habían pasado a las filas revolucionarias desde el campo de la burguesía durante el periodo de avance arrollador de la revolución, se separaron del Partido al sobrevenir la etapa reaccionaria. Una parte de ellos se pasó al campo de los enemigos declarados de la revolución, otros se refugiaron en las organizaciones legales de la clase obrera que salieron indemnes de la represión, dedicándose a desviar al proletariado de la senda revolucionaria y a desacreditar al Partido bolchevique.

La ofensiva de la contrarrevolución se desarrolló también en el frente ideológico. Brotó toda una muchedumbre de escritores de moda, que «criticaban» y «desacreditaban» el marxismo, que escupían a la revolución y se burlaban de ella. Pese a la abigarrada diversidad de sus tendencias, todos estos señores perseguían un fin común: desviar a las masas de la revolución. El decadentismo y la falta de fe se apoderó también de una parte de los intelectuales del Partido que, aun teniéndose por marxistas, jamás se habían mantenido con firmeza en las posiciones del marxismo. Entre ellos figuraban escritores como Bogdanov, Basarov, Lunacharski (que en 1905 se habían adherido a los bolcheviques) y como Yushkevich y Valentinov (mencheviques). Estos intelectuales desplegaban su «crítica» a la vez contra los fundamentos filosófico-teóricos del marxismo, es decir, contra el materialismo dialéctico, y contra sus fundamentos histórico-científicos, es decir, contra el materialismo histórico.

Esta crítica, que se disfrazaba de marxista, pretendía socavar las bases del marxismo mismo, generar confusión, dispersión y desmoralización en los militantes. Los mencheviques respetados y teóricos como Plejanov prefirieron limitarse a escribir, a pesar de lo urgente de emprender la lucha teórica, un par de artículos de crítica, que para la situación fueron insuficientes. Fue Lenin quien afrontó y llevó a cabo esta empresa, con su famoso libro «Materialismo y Empiriocriticismo», publicado en 1909. Allí Lenin señaló: «En menos de medio año han visto la luz cuatro libros consagrados fundamental y casi exclusivamente a atacar el materialismo dialéctico. Entre ellos, y en primer lugar, figura el titulado ‘Apuntes sobre (contra, es lo que debería decir) la filosofía del marxismo’, San Petersburgo, 1908; una colección de artículos de Basarov, Bogdanov, Lunacharski, Berman, Helfond, Yushkevich y Suvorov. Luego vienen los libros de Yushkevich, ‘El materialismo y el realismo crítico’; Berman, ‘La dialéctica a la luz de la moderna teoría del conocimiento’ y Valentinov, ‘Las construcciones filosóficas del marxismo’… ¡Todos estos individuos unidos ―a pesar de las profundas diferencias que hay entre sus ideas políticas― por su hostilidad al materialismo dialéctico, pretenden, al mismo tiempo, hacerse pasar, en filosofía, por marxistas! La dialéctica de Engels es un ‘misticismo’, dice Berman; las ideas de Engels se han quedado ‘anticuadas’, exclama Basarov de pasada, como algo que no necesita de demostración; el materialismo se da por refutado por nuestros valientes paladines, quienes se remiten orgullosamente a la ‘moderna teoría del conocimiento’, a la ‘novísima filosofía’ (o al ‘novísimo positivismo’), a la ‘filosofía de las modernas ciencias naturales’ e incluso a la ‘filosofía de las ciencias naturales del siglo XX’» (Lenin, t. XIII, pág. 11, ed. rusa).

Así dentro del partido obrero socialdemócrata ruso, los bolcheviques aplicaron su línea revolucionaria, luchando en dos frentes: contra los liquidadores, enemigos abiertos del Partido, y contra los llamados otsovistas, adversarios encubiertos de él. Los mencheviques volvían la espalda cada vez más descaradamente al programa revolucionario del Partido del proletariado, a las reivindicaciones de la República democrática, de la jornada de 8 horas y de la confiscación de las tierras de los terratenientes. A costa de renunciar al programa y a la táctica del Partido, querían obtener del gobierno zarista la autorización para que funcionase un partido pretendidamente «obrero», con existencia abierta y legal. Estaban dispuestos a hacer las paces con el régimen stolypiniano y adaptarse a él, razón por la cual se daba también a los liquidadores el nombre de «partido obrero stolypiniano», es decir, liquidar al partido abiertamente.

Al mismo tiempo que luchaban contra estos adversarios descarados de la revolución, contra los liquidadores ―acaudillados por Dan, Axelrod y Potresov, ayudados por Martov, Trotski y otros mencheviques―, los bolcheviques mantenían también una lucha implacable contra los liquidadores encubiertos, contra los «otsovistas», que disfrazaban su oportunismo con frases «izquierdistas». Los bolcheviques comenzaron a dar el nombre de «otsovistas» a un grupo de exbolcheviques que exigía que el Partido retirase los diputados obreros de la Duma y renunciase en general a toda actuación dentro de las organizaciones legales; en resumen, los otsovistas pedían que el partido renunciase a los vínculos que lo mantenían estrechamente unido a las masas, buscaban liquidar el partido de forma encubierta.

Estas facciones dentro del partido impedían su correcto funcionamiento, lo entorpecían y obstaculizaban para que éste cumpliera sus tareas, táctica y misión de vanguardia; convivir con el oportunismo era un obstáculo que impedía una unidad de programa y por ende de acción política, que llevaba al partido al inmovilismo y a la imposición de fracciones dentro de la misma organización. La necesidad material obligaba a los bolcheviques a separarse de esa facciones y construir un auténtico Partido revolucionario, sin fracciones en su interior, disciplinado y combativo, funcional en todos sus aspectos organizativos y estrechamente vinculado a las masas; y para ello había que acabar con los liquidadores y otsovistas, es decir, depurarse de los elementos oportunistas dentro del partido. Sin lugar a dudas, aquel periodo fue difícil, de prueba para los bolcheviques; mientras los oportunistas se acomodaban y renunciaban a la lucha, los bolcheviques supieron actuar en un momento de retroceso, cambiar de táctica y depurar sus filas de elementos no proletarios; sobre la versatilidad en aquellos tiempos Lenin señaló: «En los periodos de auge de la revolución aprenden a avanzar, en los periodos de reacción deben aprender a replegarse certeramente, a pasar a la clandestinidad, a mantener y fortalecer el Partido como organización clandestina, a utilizar todas la posibilidades legales y todas las organizaciones legales, principalmente las organizaciones de masas, para fortalecer los vínculos con éstas.»

Stalin, analizando también la táctica de los bolcheviques en ese periodo refirió: «Fue el periodo en que nuestro Partido dio el viraje, de la lucha revolucionaria abierta contra el zarismo a la lucha por medio de rodeos, a la utilización de todas y cada una de las posibilidades legales, desde las mutualidades obreras hasta la tribuna de la Duma. Fue el periodo de repliegue, después de haber sido derrotados en la revolución de 1905. Este viraje exigía de nosotros la asimilación de nuevos métodos de lucha para, después de acumular fuerzas, lanzarnos de nuevo a la lucha revolucionaria abierta contra el zarismo» (Stalin, «Actas taquigráficas del XV Congreso del P.C. (b) de la U.R.S.S.», 1935, págs. 366-367).

La nueva etapa en la revolución rusa, una vez comenzó a perder fuerza la arremetida zarista y desbaratada la encrucijada antimarxista, fue la cimentación del partido bolchevique de toda la clase obrera rusa, indispensable para la toma del poder en el año 1917.

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