CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXXVII)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXXVII) 1

Publicamos esta semana la parte 4 del Capítulo XI de la Biografía de Marx. En ésta Franz Mehring comenta los asuntos más destacados de la Primera Conferencia de la Internacional realizada en Lóndres en 1865.

CAPITULO XI
LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA INTERNACIONAL

4. LA PRIMERA CONFERENCIA DE LONDRES

Como se ve, los lassalleanos quedaron apartados desde el primer momento de la nueva organización, y la propaganda de la Internacional tampoco tenía muy buenos resultados, en un principio, ni entre los sindicatos ingleses ni entre los proudhonistas de Francia. Hasta aquel momento, no era más que un círculo reducido de dirigentes sindicales los que comprendían la necesidad de la lucha política, sin que, por otra parte, vieran en la Internacional más que un simple medio para los fines de sus organizaciones. Pero, al menos, estos hombres tenían una gran experiencia práctica en materia de organización; no así los proudhonistas franceses, que carecían también de una visión clara acerca de los rumbos históricos del movimiento obrero. La nueva organización se proponía una tarea imponente, y para cumplirla hacían falta dos cosas: un compromiso inagotable y una incansable energía.

Marx puso en la obra ambas cosas, la energía y el compromiso, a pesar de que se veía atormentado sin descanso por dolorosas enfermedades y de sus enormes deseos de continuar trabajando su obra científica. “Lo peor de estas tareas es que perturban demasiado, cuando uno se mete en ellas”, suspiraba en una de sus cartas; en otra decía que la Internacional y todo aquello que se relacionara con ella pesaba “como un espíritu” sobre él, y que le gustaría poder sacudírselo. Pero ya no había escapatoria; iniciada la obra, había que continuarla, y Marx no habría sido quien era si, en realidad, el tener que soportar esta carga no le causara más alegría y satisfacción que verse librado de ella.

Pronto se puso de manifiesto que la verdadera “cabeza” del movimiento era él. Y no porque se hubiese insinuado, ni mucho menos, ya que sentía un desprecio sin límites por la fama gratuita y por esa manera democrática de darse importancia públicamente y no hacer nada; todo su afán para no ser de esos era trabajar entre bastidores, desapareciendo de la escena. Pero ninguno de los que actuaban en la reducida organización poseían, ni mucho menos, las destacadas cualidades que aquel trabajo de agitación requería: un conocimiento claro y profundo de las leyes del desarrollo histórico, energía para aspirar a lo necesario y la paciencia para conformarse con lo posible, una condescendencia generosa para los errores de buena fe y mano dura e inexorable contra todo lo que fuese ignorancia obstinada. Marx podía ejercitar ahora, en un plano incomparablemente más amplio que en la colonia revolucionaria de otros tiempos, su gran talento para dominar a los hombres, a la par que los dirigía y les enseñaba.

Las disputas y los conflictos personales que suelen ser inseparables de los inicios de todo movimiento de este tipo, le consumían “una gran cantidad de tiempo”; los afiliados italianos y sobre todo los franceses no dejaban de plantearle dificultades inútiles. En París, reinaba desde los años de la revolución una profunda antipatía entre los “trabajadores intelectuales y manuales”; los proletarios no se olvidaban fácilmente de las traiciones muy frecuentes de los intelectuales, y los intelectuales condenaban a todo movimiento obrero que se desentendiera de ellos. Además, en el seno de la clase obrera, bajo la presión del despotismo militar bonapartista, iba afianzándose la sospecha de que pudiera haber manejos por arriba, sospecha tanto más explicable en tanto que se carecía de todo recurso de información por medio de periódicos u organizaciones. Estos conflictos franceses le robaron al Consejo General más de una preciosa velada y más de un costoso acuerdo.

En cambio, Marx podía encontrar satisfacción y utilidad en los trabajos de la sección inglesa. Los obreros ingleses, que habían combatido la solidaridad de su gobierno con los Estados rebeldes del sur en la guerra de secesión, tenían ahora todo el derecho a felicitar a Abraham Lincoln, reelegido para la presidencia de los Estados Unidos. Fue Marx quien redactó la propuesta de mensaje al “sencillo hijo de la clase obrera a quien le había correspondido la misión de dirigir a su país en aquella lucha augusta por la liberación de una raza esclavizada”; mientras los obreros blancos de la Unión no comprendían que la esclavitud deshonraba a su República, mientras alardeaban ante el negro, vendido sin tener en cuenta su voluntad, del gran privilegio del obrero blanco, que no es otro que el de poder venderse a sí mismo eligiendo a su dueño y señor, mientras esto ocurría, habían estado incapacitados para conquistar la verdadera libertad y apoyar la campaña de emancipación de sus hermanos de Europa. Pero el mar rojo de sangre de la guerra civil había barrido estos obstáculos. El mensaje estaba escrito con una evidente satisfacción y amor por la causa, aunque Marx, que, como Lessing, gustaba de hablar en tono despectivo de sus trabajos personales, le escribía a Engels que había tenido que redactar aquel papel con mucho más esfuerzo que si se hubiera tratado de un trabajo serio, procurando, al menos, que el lenguaje al que ese tipo de documentos se limitaban siempre, se distinguiera de la fraseología democrática común. Lincoln se dio cuenta muy bien de la diferencia y contestó en un tono amistoso y cordial, para sorpresa de la prensa de Londres, pues el old man acostumbraba a contestar los mensajes y felicitaciones de la democracia burguesa con unas cuantas frases protocolares.

Como “trabajo serio” era mucho más importante, sin duda, el estudio sobre “el salario, el precio y la ganancia” que Marx expuso ante el Consejo General de la Internacional el 26 de junio de 1865, para refutar la opinión sostenida por algunos vocales de que un alza genera! de los salarios no beneficiaría en nada a los obreros y perjudicaría, en consecuencia, a los sindicatos. Esta mirada partía del error de que el salario determinaba el valor de las mercancías y de que si hoy el capitalista les pagaba a sus obreros cinco chelines en vez de cuatro, mañana, al aumentar la demanda, sus mercancías subirían también de cuatro chelines a cinco. Marx entendía que, por vulgar que fuera la explicación y por mucho que quisiera limitarse al costado superficial y aparente de los fenómenos, no era fácil hacerle comprender a un público ignorante todos los problemas económicos relacionados con esto; no podía condensarse en una hora todo un curso de economía política. Y, sin embargo, logró de un modo excelente el objetivo que se proponía, y los sindicatos le expresaron su gratitud por el gran servicio que les había prestado.

Pero los primeros éxitos notorios de la Internacional se debieron al movimiento que empezaba a propagarse en torno a la reforma electoral inglesa. Ya el 1 de mayo de 1865 Marx le escribía a Engels: “La Reforma de League es obra nuestra. En el Comité de los doce (integrado por seis representantes de la clase media y seis de la clase obrera), todos los obreros son vocales de nuestro Consejo General (entre ellos, Eccarius). Todos los intentos mediocres de los burgueses por desorientar a los obreros, los hemos hecho fracasar nosotros… Si conseguimos regenerar el movimiento político de la clase obrera inglesa, nuestra asociación, sin hacer ruido, habrá hecho más por los trabajadores europeos que lo que en cualquier otro terreno hubiera podido conseguirse. Y hay razones para pensar que triunfaremos”. A esta carta respondía Engels, el 3 de mayo: “La Asociación Internacional ha ganado, realmente, un terreno colosal, en muy poco tiempo y sin ostentar. No sale perdiendo nada con concentrarse, por ahora, en Inglaterra, en vez de dedicarse interminablemente a los conflictos franceses. Ya tienes ahí en qué ocupar tu tiempo”. Rápido habría de demostrarse, sin embargo, que también este triunfo tenía su contracara.

En general, Marx no creía que la situación estuviese aún lo suficientemente consolidada para ir a un congreso público, como se había previsto para el año 1865 en Bruselas. Temía, y no sin razón, que aquello se convirtiera en una verdadera Babilonia de lenguas. Con mucho esfuerzo y venciendo sobre todo la resistencia de los franceses, consiguió convertir el proyectado congreso público en una conferencia provisional, que se celebraría en Londres a puertas cerradas y a la que solo podrían acudir los representantes de las Comisiones Directivas, para preparar, en ella, el congreso futuro. Marx argumentó su idea con la necesidad de establecer acuerdos previos, la campaña electoral inglesa, las huelgas que empezaban a estallar en Francia y, finalmente, la ley contra los extranjeros que acababa de sancionarse en Bélgica y que imposibilitaría la celebración del congreso en aquella capital.

La conferencia de Londres se realizó entre el 25 y el 29 de septiembre de 1865. El Consejo General, con su presidente Oger, su secretario general Cremer y algunos otros vocales ingleses, destacó a Marx y a sus dos principales colaboradores en los asuntos de la Internacional: Eccarius y Jung, un relojero suizo residente en Londres, que hablaba a la perfección el alemán, el inglés y el francés. De Francia, acudieron Tolain, Fribourg y Limousin, los cuales habrían de desertar años después de la Internacional junto a Schiily, un viejo amigo de Marx ya desde el 48, y Varlin, uno de los héroes y mártires de la Comuna de París. De Suiza vinieron el encuadernador Dupleix, en representación de los obreros francoitalianos, y Juan Felipe Becker, un antiguo cepillero e incansable agitador, representando a los obreros alemanes. De Bélgica, César de Paepe, que había estudiado medicina siendo aprendiz de cajista de imprenta, hasta alcanzar el título de doctor.

La conferencia de Londres se ocupó, ante todo, de la situación financiera; el primer año, según se dio cuenta, no había sido posible reunir más que unas 33 libras. No hubo acuerdo, por el momento, acerca del pago de una cuota periódica, decidiéndose solamente que, para fines de propaganda y para cubrir los gastos del congreso, se armaría un fondo de 150 libras, distribuidas en la siguiente forma: Inglaterra 80, Francia 40, Alemania, Bélgica y Suiza, 10 cada una. El presupuesto no llegó a tener un gran curso, dado que “el nervio de las cosas” no fue nunca el nervio de la Internacional. Años después, Marx decía con amargo sentido del humor que el presupuesto del Consejo General se componía de cifras negativas y en progresión ascendente; tiempo después, Engels escribía que, a pesar de los famosos “millones de la Internacional”, aquel Comité jamás había tenido más que deudas, añadiendo que seguramente no se había hecho nunca tanto con tan poco dinero.

El informe acerca de la situación en Inglaterra estuvo a cargo de Cremer, el secretario general. Dijo que en el continente se tenía a los sindicatos como organizaciones ricas, con posibilidades para ayudar a una causa que era también la propia, pero que se encontraban cohibidos por estatutos mezquinos y muy rigurosos. Que, a excepción de unos cuantos hombres, no querían saber mucho tampoco de política y que el entendimiento de la cuestión les era casi imposible. No obstante —continuaba—, se veía un cierto progreso. Años antes, no se hubiera accedido siquiera a oír a los emisarios de la Internacional; hoy, se los recibía cordialmente, se los escuchaba y se ratificaban sus principios. Era el primer caso en el que una organización relacionada con la política establecía contacto con los sindicatos.

Fribourg y Tolain hicieron el informe de Francia, exponiendo que la Internacional había encontrado allí un ambiente propicio; aparte de París, tenía afiliados en Rouen, Nantes, Elbeuf, Caen y otras localidades, habiendo logrado un número considerable de carnets de socios con una cuota anual de 1,25 francos, si bien el fondo formado con estas cotizaciones se había invertido en fundar una Oficina Central en París y en subvencionar el viaje de los delegados. Como consuelo, aseguraron ante el Consejo General que esperaban sumar todavía otros 400 carnets de afiliados. Los delegados franceses se lamentaron de la postergación del congreso, entendiendo que era un gran obstáculo para el crecimiento de la organización, y se lamentaron también de la persecución de los obreros por el régimen policíaco bonapartista; por todas partes se oía este reproche: cuando nos demuestren que son capaces de hechos, nos afiliaremos.

Los informes de Becker y Dupleix acerca de Suiza eran muy optimistas, pese a que allí las tareas de agitación no habían comenzado hasta hacía seis meses. En Ginebra existían ya 400 afiliados, 150 en Lausana y otros tantos en Vevey. La cuota mensual era de 50 peniques, aunque los afiliados pagarían hasta el doble, dado que comprendían completamente la necesidad de cotizar para mantener la organización. Tampoco los delegados suizos aportaron dinero, pero sí el consuelo de que habrían reunido una buena suma si no hubiesen tenido que pagar los costos de su viaje.

En Bélgica, la agitación no llevaba más de un mes de desarrollo. Sin embargo, el delegado informaba que existían ya 60 afiliados, con el compromiso de cotizar tres francos al año como mínimo, de cuya suma se destinaría la tercera parte al Consejo General.

Marx, en nombre de aquel organismo directivo, propuso que el congreso proyectado se celebrara en Ginebra, en septiembre u octubre de 1866. La sede se aprobó por unanimidad, pero la fecha fue adelantada, por insistencia de los franceses, hasta la última semana del mes de mayo. Los franceses exigieron también que todo aquel que exhibiera el carnet de afiliado tuviera voz y voto en el Congreso, declarando que esto era, para ellos, una cuestión de principios, y que así había que entender el sufragio universal. Tras un intenso debate, prevaleció el sistema de representación por medio de delegados, que defendieron principalmente Eccarius y Cremer.

El orden del día redactado por el Consejo General para este Congreso abarcaba una larga serie de puntos: trabajo cooperativo; reducción de la jornada laboral; trabajo de la mujer y del niño; pasado y futuro de las organizaciones sindicales; influencia de los ejércitos permanentes en los intereses de las clase obrera; etcétera. Todos ellos fueron aprobados por unanimidad, y no hubo más que dos puntos que provocaron desacuerdos de criterio.

Uno de ellos no había sido iniciativa del Consejo General, sino de los franceses. Estos exigieron que en el orden del día figurara el siguiente tema: “Las ideas religiosas y su influencia en el movimiento social, político e intelectual”. Lo mejor y lo más breve, para saber qué los llevaba a plantear este problema y qué actitud adoptó Marx ante él, es citar algunas líneas de la necrológica de Proudhon, publicada por aquel pocos meses antes en El Socialdemócrata de Schwertzer (el único artículo, entre paréntesis, que envió a este periódico): “Los ataques dirigidos por Proudhon contra la religión, la Iglesia, etcétera, tenían un gran mérito local, en una época en la que los socialistas franceses creían oportuno anteponer el sentimiento religioso al voltairismo burgués del siglo XVIII y al ateísmo alemán del siglo XIX. Y si Pedro el Grande reprimía la barbarie rusa a fuerza de barbarie, Proudhon se esforzaba por dar la batalla al discurso francés a fuerza de frases”. Los delegados ingleses tampoco eran partidarios de que se lanzara esta “manzana de la discordia”; pero la propuesta de los franceses prevaleció por 18 votos contra 13.

El otro punto conflictivo había sido propuesto por el Consejo General, y afectaba a un problema de política europea, al que Marx le concedía una especial importancia: “la necesidad de ponerle trabas a la creciente influencia de Rusia en Europa, restaurando, en virtud del derecho de las naciones a gobernarse por sí mismas, una Polonia independiente sobre bases democráticas y socialistas”. Ahora, eran los franceses quienes se oponían: ¿por qué confundir las cuestiones políticas con las sociales?, ¿por qué perder el tiempo con problemas tan lejanos, cuando había tanta opresión que combatir en casa?, ¿por qué empeñarse en salir al cruce de la influencia del Gobierno ruso, teniendo mucho más cerca al Gobierno prusiano, al austríaco, al francés y al inglés, cuyo poder no era menos nefasto? También el delegado belga se manifestó fuertemente en contra de la propuesta, entendiendo que la restauración de Polonia solo podía beneficiar a tres clases: la alta nobleza, la baja nobleza y el clero.

Aquí es donde se ve más clara la influencia de Proudhon. Este se había manifestado más de una vez en contra de la restauración de Polonia; la última, en ocasión del levantamiento polaco de 1863, ante el cual, según las palabras de Marx en su necrológica, desplegó un cinismo idiota en beneficio del zar. En Marx y Engels, aquel alzamiento revivió, por el contrario, las viejas simpatías que habían expresado por la causa polaca en los años de la revolución, y hasta tuvieron el propósito de publicar los dos un manifiesto de homenaje a Polonia, que no llegaron a escribir.

Sin embargo, esta simpatía no estaba exenta de crítica; el 21 de abril de 1863, le escribía Engels a Marx: “Hay que reconocer se necesita una piel gruesa para entusiasmarse con los polacos de 1772. Cierto es que la nobleza de entonces sabía morir con dignidad, y hasta con algo de ingenio, en la mayor parte de Europa, aunque tuviese por ley general la de que el materialismo consiste en comer, beber, dormir, ganar en el juego y hacerse pagar por las indecencias. Sin embargo, tan imbécil en la manera de venderse a los rusos como la polaca, no había nobleza alguna”. Pero, mientras no fuera posible pensar en una revolución dentro de la misma Rusia, no había más posibilidad de contrarrestar la influencia zarista en Europa que la restauración de Polonia; por eso Marx veía en la brutal represión de la insurrección polaca y en la penetración simultánea del despotismo zarista en el Cáucaso los dos acontecimientos europeos más importantes desde el año 1815. Ya había hecho hincapié en ello en el capítulo del discurso inaugural consagrado a la política exterior del proletariado; pasaron varios años y todavía se lamentaba amargamente de la oposición que este punto del orden del día había encontrado por parte de Tolain, Fribourgy otros. Sin embargo, logró vencer su resistencia, ayudado por los delegados ingleses, y la cuestión polaca se mantuvo en el orden del día.

La conferencia deliberaba por las mañanas a puertas cerradas, bajo la presidencia de Jung, y por las noches en sesiones semipúblicas, que presidia Odger. En estas reuniones nocturnas se debatían, ante un público obrero, los puntos establecidos en las sesiones privadas. Los delegados de París publicaron un informe acerca de la conferencia y del programa planteado para el Congreso, que encontró mucho eco en la prensa parisina. Con visible satisfacción, acota Marx: “Los de París se han quedado un poco sorprendidos, cuando vieron que el asunto de Rusia y de Polonia, que ellos no querían que se tratara, era el que más sensación causaba”. Y, con el paso de los años, disfrutaba de remitirse al “comentario entusiasta” que estos puntos en particular y todo el programa del Congreso en general merecieran de Henri Martin, el conocido historiador francés.

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