CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXXIX)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXXIX) 1

Con la publicación de esta parte 6, culminamos la edición del Capítulo XI de la biografía de Marx escrita por Mehring. En ella se da cuenta de los preparativos y debates del Primer Congreso de la Internacional realizado en Ginebra en 1866; así como del trabajo de Marx en el desenvolvimiento de este importante evento del proletariado internacional.

CAPITULO XI
LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA INTERNACIONAL

6. EL CONGRESO DE GINEBRA

Pese al plan original, no se había celebrado todavía el primer congreso de la Internacional, cuando la batalla de Koniggratz decidió los destinos de Alemania. Tuvo que ser postergado de nuevo hasta el mes de septiembre de aquel mismo año, a pesar de que en su segundo año de existencia la organización había experimentado un progreso mucho más rápido que en el primero.

La ciudad de Ginebra empezó a destacarse en el continente como su centro más importante, y las secciones francoitaliana y alemana allí ubicadas fundaron, cada una, su propio órgano de prensa. El alemán era el Vorbote, revista mensual creada y dirigida por el viejo Becker. Se publicó durante seis años y su colección sigue siendo una de las fuentes más importantes para estudiar la historia de la Internacional. El primer número delVorbote apareció en enero de 1866, con el subtítulo de “órgano central de la sección de habla alemana”. Los afiliados alemanes de la Internacional, pocos o muchos, se concentraban también en Ginebra, para escaparse de las leyes alemanas que prohibían la creación de secciones de la Internacional en el país. Por razones análogas, la sección francoitaliana de Ginebra ampliaba su campo de acción a una buena parte de Francia.

En Bélgica se publicaba también un periódico, el Tribune du Peuple, que Marx incluía entre los órganos oficiales de la Internacional, con los dos de Ginebra. En cambio, no contaba como tales a una o dos hojitas que salían en París y que también defendían, a su modo, la causa obrera. La Internacional se extendía al mismo tiempo hacia Francia, pero más como una chispa que como un fuego de hogar. Era muy difícil crear, al margen de toda libertad de prensa y de reunión, verdaderos centros de dirección del movimiento, y en un principio la ambigua tolerancia de la policía bonapartista tendía a aletargar, más que a despertar, a la clase obrera. A esto hay que añadirle la influencia predominante del proudhonismo, que no era la más indicada para infundirle al proletariado intensidad organizativa.

La principal tribuna desde la que se predicaban estas doctrinas era la Joven Francia, que llevaba una vida fugaz entre Bruselas y Londres. En febrero de 1866, una sección francesa formada en Londres criticó violentamente al Consejo General por haber incluido la cuestión polaca en el programa del Congreso de Ginebra. Muy a la manera de Proudhon, estos afiliados preguntaban cómo podía pensarse en contrarrestar la influencia rusa con la restauración de Polonia en un momento en que Rusia emancipaba a sus siervos, mientras que los nobles y sacerdotes polacos se habían resistido siempre a liberar a los suyos. Al desencadenarse la guerra alemana, los afiliados franceses de la Internacional, e incluso los de su Consejo General, causaron enormes problemas, también, con su “stirnerianismo proudhoniano” como Marx lo denominó una vez. Decían que la idea nación era obsoleta y que las naciones debían desintegrarse en pequeños “grupos”, los cuales se asociarían para formar una “Liga”, pero jamás un Estado. “Supongo que esta ‘individualización’ de la humanidad y su correspondiente ‘mutualismo’ se implantarán de forma tal que se detenga la historia en todos los países y el mundo entero se siente a esperar, hasta que sus habitantes hayan adquirido la capacidad suficiente para hacer una revolución social. Una vez conseguido esto, se hará el experimento y el mundo, asombrado y convencido por la prepotencia del ejemplo, seguirá el mismo camino”. Esta sátira la dirigía Marx principalmente a sus “muy buenos amigos” Lafargue y Longuet, que eran sus yernos, pero que le habían proporcionado más de un disgusto con sus “ideas proudhonianas”.

El centro de gravedad de la Internacional seguía siendo los sindicatos. Así lo entendía también Marx; en una carta dirigida a Kugelmann fechada el 15 de enero de 1866, expresaba su satisfacción por haber conseguido ganar para el movimiento a aquella organización obrera, la única realmente grande. Le produjo una gran alegría una reunión gigantesca celebrada unas semanas antes en St. Martin Hall en pos de la reforma electoral y bajo la dirección intelectual de la Internacional. En marzo de 1866, el Gabinete whyg de Gladstone redactó un proyecto de reforma electoral que le pareció demasiado radical a un sector de su propio partido; esto produjo la renuncia del gobierno y el ascenso al poder del Gabinete tory de Disraeli, quien intentó postergar la reforma. Todos estos hechos hicieron que el movimiento tomara cada vez más impulso. El 7 de julio, Marx le escribía a Engels: “Las manifestaciones obreras de Londres, maravillosas en comparación con lo que veníamos viendo en Inglaterra desde 1849, son obra pura de la Internacional. Lucraft, por ejemplo, el caudillo de Trafagar Square, es vocal de nuestro Consejo”. En Trafagar Square, donde se habían reunido unos veinte mil hombres, Lucraft convocó a la multitud a una reunión en los White Hall Gardens, donde “en otros tiempos, le cortamos la cabeza a uno de nuestros reyes”, y poco después una manifestación de sesenta mil personas en el Hyde Park casi se convierte en una insurrección.

Los sindicatos reconocieron sin reservas los méritos de la Internacional en este movimiento, que abarcaba todo el país. En una conferencia de todos los sindicatos reunida en Sheffield se hizo el siguiente acuerdo. “La Conferencia, reconociendo en toda su dimensión los esfuerzos de la Asociación Obrera Internacional por unir a los trabajadores de todos los países con un lazo de fraternidad, recomienda fuertemente a todas las sociedades aquí representadas que se incorporen a esa organización, con la seguridad de que, haciéndolo, contribuirán de un modo eficaz al progreso y la prosperidad de toda la clase obrera”. Esto hizo que se afiliaran a la Internacional toda una serie de sindicatos nuevos, pero este éxito, enorme en el terreno político-moral, no lo era tanto en su aspecto material. Los sindicatos afiliados quedaban en libertad para cotizar con la cuota que consideraran conveniente o con ninguna, y los que decidieron aportar no entregaban más que cantidades muy modestas. Así, por ejemplo, los zapateros, que contaban con cinco mil afiliados, no pagaban más que cinco libras al año; los carpinteros, cuyo censo de afiliados era de nueve mil, dos; y los albañiles, que tenían entre tres y cuatro mil miembros, solamente una.

Además, Marx se dio cuenta enseguida de que en aquel “movimiento de reforma” volvía a hacerse sentir “el desgraciado carácter tradicional de todos los movimientos ingleses”. Ya antes de fundarse la Internacional, los sindicatos se habían puesto en contacto con los radicales burgueses para la reforma electoral. Y las relaciones se fueron afianzando todavía más, a medida que el movimiento prometía resultados tangibles; “pagos a cuenta” que antes se hubieran rechazado con la mayor de las indignaciones, pasaban a ser ahora objetivos conquistados. Marx extrañaba el ardor combativo de los antiguos cartistas. Criticaba la incapacidad de los ingleses para hacer dos cosas al mismo tiempo. Cuanto más avanzaba el movimiento electoral, más se enfriaban los dirigentes londinenses “en nuestro propio movimiento”; “en Inglaterra, el movimiento de reforma al que nosotros dimos impulso, casi nos ha matado”. Marx, que hubiera podido interponerse fuertemente con su intervención personal ante este curso de las cosas, se vio incapacitado para participar en el movimiento, por una temporada, por su enfermedad y por su descanso en Margate. También le causaba muchos problemas y preocupaciones The Workman’s Advócate, un semanario elevado a órgano oficial de la Internacional por la conferencia de 1865 y que en febrero de 1866 pasó a llamarseThe Commonwealth. Marx figuraba en el Consejo de Administración de la revista, que estaba luchando en todo momento con sus problemas financieros y, en consecuencia, dependía de la ayuda de los reformistas burgueses; se esforzaba todo lo que podía por contrarrestar esas influencias burguesas y por suavizar las pequeñas sospechas y los conflictos desatados en torno a la dirección editorial. Durante una temporada, esta estuvo a cargo de Eccarius, que publicó allí su conocida polémica contra Stuart Mill, en la que se ve, muy clara, la ayuda de Marx. Por último, después de mucho luchar, este no pudo impedir que The Commonwealth se convirtiera, “provisoriamente, en un órgano puramente reformista”, como le dijo a Kugelmann en una de sus cartas, “por razones mitad económicas y mitad políticas”.

Ante esta perspectiva, se entiende muy bien que Marx tuviera mucho temor respecto al primer congreso de la Internacional, preocupado por el peligro de que la nueva organización quedara en ridículo ante Europa. Como los de París insistieron en el acuerdo de la Conferencia de Londres, en el que se fijaba la fecha del congreso para fines de mayo, Marx habló de ir personalmente a convencerlos de la imposibilidad de respetar esa fecha; pero Engels lo disuadió, entendiendo que no valía la pena de que se arriesgara a caer en manos de la policía bonapartista, que no le tendría la menor consideración. Le decía, además, que el hecho de que el congreso hiciera o no acuerdos lógicos era secundario, con tal de que se evitaran los escándalos, cosa que él creía posible conseguir. En cierto sentido, concluía, cualquier manifestación de ese tipo los deslegitimaría; al menos ante ellos mismos, aunque no ocurriese lo mismo a los ojos de Europa.

Vino a deshacer aquel nudo un pedido de los ginebrinos para que el congreso se postergara hasta septiembre, argumentando que no habían concluido los preparativos. El pedido fue bien recibido en todas partes, menos en París. Marx no pensaba ir personalmente al congreso, porque la preparación de su obra científica no le permitía ya muchas interrupciones y le parecía que aquellos trabajos tenían más importancia para la clase obrera que todo lo que personalmente pudiera hacer en ningún congreso. Invirtió, sin embargo, muchísimo tiempo en preparar el terreno para sus tareas y en redactar una memoria para los delegados de Londres, en la que con toda intención se limitaba a tocar aquellos puntos “que permitían un entendimiento y una cooperación directas entre los obreros, y que alimentaba e impulsaba de una forma inmediata la necesidad de la lucha de clase y la organización de los trabajadores como clase”. De esta memoria podemos decir lo mismo que Beesly dijo del mensaje inaugural; en ella se condensan, resumidas en unas cuantas páginas, de una manera fundamental y tajante, como nunca se había hecho hasta entonces, los postulados más inmediatos del proletariado internacional. En representación del Consejo General, fueron a Ginebra Odger, su presidente, y Cremer, secretario general, acompañados de Eccarius y Jung, en quien Marx podía confiar más que en ningún otro.

El Congreso estuvo reunido desde el 3 al 8 de septiembre bajo la presidencia de Jung, y asistieron a él sesenta delegados. Marx manifestaba que “había resultado mucho mejor de lo que se esperaba”. Solo hablaba en términos muy críticos de los “caballeros de París”. “Tenían la cabeza repleta de las frases proudhonianas más vacuas. No salía de sus labios la palabra ciencia, y eran absolutamente ignorantes. Despreciaban toda acción revolucionaria, es decir, basada en la lucha de clases, y todo reclamo social, planteado, entre otros, con medios políticos (como era, por ejemplo, la disminución legal de la jornada de trabajo). Bajo el pretexto de la libertad y el antigubernamentalismo o individualismo antiautoritario —esos señores que, desde hace dieciséis años, vienen soportando y soportan con tanta paciencia el más empecinado despotismo—, lo que predican en realidad es la simple economía burguesa, aunque idealizada proudhonianamente”. Y, después, le dedica frases todavía más duras. Esta crítica es bastante severa, pero Juan Felipe Becker, que participó en el congreso y fue una de sus principales figuras, hablaría, años más tarde, con más dureza todavía, sobre el caos que se vivió en las sesiones. Con la única diferencia de que Becker criticaba con el mismo énfasis a los franceses y a los alemanes, y no se olvidaba de los schulze-delitzschianos por censurar a los proudhonistas. “¡Cuánta amabilidad se desperdició con esa gente, para evitar que se fueran del congreso!” En términos muy distintos se hablaba en las crónicas publicadas en el Vorbote de Suiza sobre las sesiones, que es mejor leer con cierto cuidado.

Los franceses estaban muy bien posicionados en el Congreso controlaban alrededor de dos tercios de los mandatos y desplegaron una gran oratoria; pero no les sirvió para mucho. Su propuesta de que en la Internacional no se admitieran más que obreros manuales y no intelectuales, fue descartada, así como también la que pedía que el programa de la Internacional incorporara los problemas religiosos, desaprobación que implicó el final de ese monstruo. En cambio, se sancionó una propuesta, bastante inocente, para que se estudiara el crédito internacional, con la cual se tendía, siguiendo los pasos de Proudhon, a crear en el futuro en la Internacional un Banco Central. Mucho más desagradable fue la propuesta presentada por Tolain y Fribourg, para declarar el trabajo femenino “como un principio de degeneración”, limitando a la mujer a su rol en la familia. Sin embargo, esta propuesta chocó con la oposición del propio Varlin y de otros franceses, y se articuló con la posición del Consejo General acerca del trabajo de la mujer y del niño, con lo cual fue dejada sin efecto. Fuera de esto, los franceses solo consiguieron incluir de contrabando en los acuerdos algunas modificaciones proudhonianas, y se entiende perfectamente el disgusto que le causaron a Marx aquellos cambios que desfiguraban su paciente trabajo, aunque reconociera que no podía menos que estar contento con el resultado general del congreso.

No perdió más que en un punto que quizás fuera doloroso, y que, en efecto, era sensible: en la cuestión polaca. Después del antecedente de la Conferencia de Londres, fue muy cuidadoso en la elaboración de la propuesta para los delegados ingleses. Los obreros de Europa no tenían más remedio que hacerle frente a este problema, ya que las clases gobernantes, pese a todo su entusiasmo por cualquier tipo de nacionalismo, suprimieron la cuestión, porque la aristocracia y la burguesía veían en la sombría potencia asiática que se plantaba en el fondo, un último refugio contra los avances de la clase obrera. Para hacer inocuo aquel poder intimidatorio, no había más que un camino: la restauración de Polonia sobre bases democráticas. De esto dependía que Alemania fuera la avanzada de la Santa Alianza o la aliada de la República francesa. El movimiento obrero chocaría constantemente con obstáculos y dilaciones, mientras no se resolviera esta importante cuestión europea. Los ingleses defendieron fuertemente la propuesta, pero los franceses y un sector de los suizos francoitalianos se opusieron a ella con no menos fuerza; finalmente, las fracciones se unieron para aprobar la propuesta de Becker, que, incluso manifestándose partidario de la resolución, quería evitar una discrepancia abierta sobre este punto. El acuerdo alcanzado consistía en esquivar la cuestión, afirmando que la Internacional, como opuesta que era a todo régimen violento, aspiraba a desterrar la influencia imperialista de Rusia y a restaurar a Polonia sobre bases socialdemocráticas.

Fuera de esto, el memorial inglés triunfó en toda la línea. Los Estatutos provisionales fueron aceptados con pequeñas modificaciones; el discurso inaugural no se puso en debate, pero desde entonces se cita en todos los acuerdos y manifestaciones de la Internacional como documento oficial. El Consejo General fue reelegido, con residencia en Londres. Se le encargó redactar una estadística amplia sobre la situación de la clase obrera internacional, haciendo, en cuanto sus recursos se lo permitieran, un informe detallado de todo lo que a la Asociación Obrera Internacional le pudiese interesar. Para cubrir sus gastos, el Congreso impuso a cada afiliado como tributo extraordinario para el año próximo la suma de 30 centavos, aconsejando como una cuota normal para la caja del Consejo la de uno o medio penique al año, aparte del precio señalado para el carnet de socio.

Entre los acuerdos programáticos más importantes del Congreso figuraban los referentes a la legislación obrera y las asociaciones sindicales. El Congreso proclamó el principio de que la clase obrera debía luchar por imponer leyes de protección del trabajo. “La clase obrera, al imponer por la lucha estas leyes, no elimina el poder público. Por el contrario, lo que hace es convertir ese poder, que hoy se ejerce contra ella, en su instrumento”. Con una ley de carácter general consigue lo que hubiera sido estéril tratar de conseguir por medio de esfuerzos aislados e individuales. El Congreso recomendaba la disminución de la jornada de trabajo como condición previa inexcusable, sin la que todas las demás aspiraciones del proletariado por emanciparse iban forzosamente a fracasar. La reducción de la jornada laboral era necesaria para reponer las energías físicas y la salud de la clase obrera, para permitirle formarse y perfeccionarse intelectualmente, tener una vida social e intervenir políticamente. Como límite legal de la jornada, el Congreso proponía las ocho horas, concentradas en una determinada parte del día, de tal manera que este período de tiempo abarcara las ocho horas de trabajo y las interrupciones necesarias para las comidas. La jornada de ocho horas debería regir para todos los adultos, hombres y mujeres, fijando como edad inicial la de los dieciocho años. El trabajo nocturno debía descartarse por razones de higiene, no admitiendo más que algunas excepciones indispensables que señalase la ley. La mujer debería eximirse con toda firmeza del trabajo nocturno y de todas aquellas otras actividades nocivas para el cuerpo de la mujer o inmorales para el sexo femenino.

En la tendencia de la industria moderna a incorporar a los niños y a los jóvenes de ambos sexos al proceso de la producción social, veía el Congreso un avance saludable y legítimo, por inmunda que fuese todavía la forma en la que se llevaba a la práctica bajo el imperio del capital. En una sociedad racional, todo niño, sin distinción, a partir de los nueve años, debería contribuir con su trabajo a la producción, sin que ninguna persona adulta pudiera tampoco exceptuarse de la ley universal de la naturaleza: trabajar para comer, y no solo con el intelecto, sino también con el esfuerzo manual. En la sociedad actual se imponía, según los acuerdos del Congreso, dividir a los niños y jóvenes en tres clases, a cada una de las cuales debía aplicarse un régimen distinto: niños de 9 a 12 años, niños de 13 a 15, y jóvenes y muchachas de 16 a 17. La jornada de trabajo de la primera categoría, tanto industrial como casera, debía reducirse a dos horas; la de la segunda a cuatro y la de la tercera a seis, reservándole a ésta una interrupción de una hora al menos para comer, divertirse y descansar. Además, no se le debía asignar a los niños ni a los jóvenes ningún trabajo productivo que no fuera acompañado por una formación cultural, incluyendo en esta tres cosas: el desarrollo del intelecto, la gimnasia o la cultura física y, por último, la educación técnica, que instruye en los principios científicos generales de todos los procesos de producción, a la par que inicia a la nueva generación en el empleo práctico de los instrumentos de trabajo más elementales.

En cuanto a las organizaciones sindicales, el Congreso entendía que no solo eran legítimas, sino también necesarias. Eran el medio que tenía el proletariado para oponer al poder social concentrado en el capital el único poder social del que disponía: el número. Mientras existiera un régimen capitalista de producción, no podría prescindirse de las organizaciones sindicales; lejos de eso, sería necesario generalizar sus actividades mediante una unión internacional. Al oponerse de una manera consciente a los excesos continuos del capital, se convertirían sin saberlo en el centro de la organización de la clase trabajadora, algo similar a lo que las comunas medievales fueron para la burguesía. Librando incansablemente guerras de guerrillas, en la lucha diaria entre el capital y el trabajo, los sindicatos tenían mucha más importancia todavía que si fuesen palancas para la abolición organizada del trabajo asalariado. Hasta entonces, las organizaciones sindicales —continuaba diciendo el Congreso— se habían concentrado demasiado en combatir directamente al capital; en el futuro, era preciso que no se mantuvieran tan alejadas del movimiento general, social y político, de su clase. Tendrían mucho más desarrollo y ganarían mucha más potencia cuando la gran masa del proletariado se convenciera de que sus objetivos, lejos de ser limitados y egoístas, se encaminaban a la liberación general de los millones de obreros oprimidos.

Inspirándose en el sentido de este acuerdo, Marx, poco antes de terminar el congreso de Ginebra, hizo un intento, en el que tenía puestas muchas ilusiones. El 13 de octubre de 1866 le escribía a Kugelmann: “El Consejo londinense de los sindicatos (su secretario es nuestro presidente Odger) está deliberando en estos momentos acerca de si debe declararse rama inglesa de la Asociación Internacional. Si lo hace, la dirección de la clase obrera aquí pasa en cierto modo a nuestras manos, y podremos impulsar mucho el movimiento”. Pero el Consejo de aquellas organizaciones sindicales, a pesar de toda la simpatía que sentía por la Internacional, acordó mantener su independencia y además, si es que los historiadores de los sindicatos están bien informados, se negó a que un representante de la Internacional participara en sus sesiones para hacer un informe rápido acerca de problemas de los obreros en el continente.

Ya en los primeros años supo la Internacional que le esperaban éxitos importantes, pero que estos tendrían, sin embargo, sus límites. Con todo, bien podía disfrutar mientras tanto de sus triunfos, y Marx hacía bien en registrar con una mucha satisfacción en la magna obra que estaba por concluir que, coincidiendo con el congreso de Ginebra, un congreso obrero general celebrado en Baltimore había proclamado la jornada de ocho horas como la primera reivindicación que debía conseguirse, en el camino hacia la emancipación completa del trabajo de las cadenas del capitalismo.

Entendía que el trabajo no podía emanciparse en manos de los blancos mientras siguiera condenado en manos de los negros. Pero el primer fruto de la guerra civil estadounidense que había terminado con la esclavitud era el reclamo por la jornada de ocho horas. Impulsada por la moderna locomotora desde el Atlántico al Océano Pacifico, desde Nueva Inglaterra a California.

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