CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXV)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXV) 1
Esta semana entregamos la parte 3 del Capítulo IX de la biografía de Carlos Marx escrita por Franz Mering, donde se muestran avatares de la vida familiar y de las amistades de ese gigante de la historia a mediados de los años cincuenta.


CAPÍTULO IX

LA GUERRA DE CRIMEA Y LA CRISIS

3. FAMILIA Y AMIGOS

Durante estos años, Marx se mantuvo alejado de los círculos políticos y de casi todo contacto social. Se retrajo por entero a su cuarto de estudio, que solo abandonaba para estar con su familia. Esta contaba desde enero de 1855 con un miembro más, una niña, a quien pusieron por nombre Eleanor.

Marx era, como Engels, un gran amigo de la infancia, y las pocas horas en las que dejaba de trabajar las dedicaba a jugar con sus hijos, que lo idolatraban, a pesar, o acaso por eso mismo, renunciaba a toda autoridad paterna sobre ellos; jugaban con él como con un camarada y le decían «el Moro», sobrenombre cariñoso al que le hacían acreedor su pelo negro y su tez morena. «Son los hijos los que tienen que educar a sus padres, y no al revés», solía decir. Le imponían, quisiera o no, el descanso dominical, para tenerlo para ellos el domingo entero. Las excursiones de los domingos por el campo y los descansos en cualquier taberna del camino, donde los excursionistas se sentaban a refrescarse con un vaso de cerveza y a comer un pedazo de pan con queso, eran los pocos momentos en los que el sol lucía entre las negras nubes amontonadas sobre la casa.

El lugar predilecto para estas excursiones eran Hampstead Heath, el campo de Hampstead, una loma sin urbanizar situada al norte de Londres y salpicada de árboles y matas. Guillermo Liebknecht nos describe con mucha gracia estas excursiones dominicales. Hoy, el campo ya no es lo que era hace setenta años, pero desde la vieja hostería de Jack Straws Castle, a cuya mesa se sentara tantas veces Marx, se disfruta todavía de una vista espléndida sobre aquel paisaje, con sus pintorescos cambios de valle y montaña, sobre todo los domingos, cuando la colina está poblada por una muchedumbre de gente alegre. Hacia el sur, se alza la gigantesca urbe con sus masas de edificios, coronados por la cúpula de la catedral de San Pablo y las torres de Westminster, en el horizonte lleno de penumbra se dibujan los cerros de Surrey, por el norte se ve una faja de tierra muy fértil y densamente poblada, salpicada de numerosos pueblitos, y hacia occidente se levantan las dos colinas gemelas de Highgate, donde Marx duerme el sueño eterno.

En esta humilde felicidad familiar vino de pronto a incrustarse como un rayo una desgracia; el día de Viernes Santo del año 1855, la muerte le sacó a su único hijo, un muchacho de unos nueve años llamado Edgar, y a quien nombraban cariñosamente como «Musch». Este hijo, que ya daba muestras de su gran talento, era el preferido de la casa y de todos sus amigos. «Ha sido una desgracia tan terrible, que difícilmente pueda describir cuán profundamente me ha afectado», escribía Freiligrath a Alemania.

Las cartas en las que Marx le informa a Engels de la enfermedad y la muerte de su hijo tienen un tono desgarrador. El 30 de marzo, le escribía: «Mi mujer ha estado una semana enferma de pura ansiedad, peor de lo que jamás ha estado. A mí me salta el corazón y me arde la cabeza, pero por supuesto tengo que hacerme el valiente. El niño no ha perdido durante toda la enfermedad, ni un momento, su carácter natural, bondadoso e independiente». Y el 6 de abril: «El pobre Musch ya no existe. Se me quedó dormido —literalmente hablando— en los brazos esta madrugada, entre las cinco y las seis. Jamás olvidaré el consuelo que nos ha proporcionado, en estos días espantosos, tu amistad. Ya comprenderás el dolor que me ha causado la muerte del niño». Y el 12 de abril: «Como podrás suponer, la casa es una desolación desde su muerte. Él era el que la alegraba y le daba vida. Me resulta imposible describir cuánto lo extrañamos. Yo, que he pasado por tantos infortunios, no he sabido hasta ahora lo que era sufrir de verdad… Solo una cosa me ha sostenido de pie, bajo todos estos tormentos espantosos: la idea de ti y de tu amistad, y la esperanza de que, juntos, aún haremos algo que valga la pena en este mundo».

La herida tardó mucho tiempo en cicatrizar. Contestando a una carta de pésame de Lassalle, Marx escribía el 28 de julio: «Dice Bacon que el hombre verdaderamente grande tiene tantos lazos que lo atan a la naturaleza y al mundo, tantos objetos que despiertan su interés que puede fácilmente perder uno sin dolor. Yo no me cuento entré esos hombres grandes. La muerte de mi hijo me ha sacudido el corazón y el cerebro, y sigo sintiendo la pérdida tan vivamente como si hubiese ocurrido ayer mismo. Mi pobre mujer también está destrozada». Y Freiligrath le escribía, con fecha 6 de octubre: «Me da mucha, muchísima pena ver que no acabas de sobreponerte a esa pérdida. Son cosas estas en las que no cabe hacer ni aconsejar nada. Comprendo y respeto tu dolor, pero trata de dominarlo, para que él no te domine a ti. Hacerlo no implicará traición alguna a la memoria de tu pobre hijo».

La ida de aquel niño era la culminación de una serie inacabable de enfermedades que venían persiguiendo a la familia desde hacía varios años. En la última primavera, el propio Marx había caído enfermo y, de hecho, nunca terminó de recuperarse. Su principal padecimiento era un problema en el hígado, que creía herencia de su padre. A estas enfermedades contribuían también, en buena parte, la mísera vivienda y el barrio malsano en que estaba ubicada. Durante el verano de 1854 había hecho estragos allí el cólera, atribuyéndose a que los canales de desagüe realizados por entonces pasaban por las fosas en las que estaban enterrados los muertos de peste del año 1665. El médico de la familia no dejaba de decirles que se fueran de aquella «zona embrujada de Soho Square», cuyo aire Marx venía respirando sin interrupción desde hacía varios años. Un nuevo duelo familiar habría de procurarles los recursos necesarios para hacerlo. En el verano de 1856, la mujer de Marx hizo un viaje a Tréveris con sus tres hijas, para abrazar por última vez a su vieja madre. Llegó a tiempo para cerrarle los ojos cansados, después de once días de sufrimiento.

La herencia no era grande; pero unos doscientos táleros fueron para la mujer de Marx, a los que vino a unirse, según parece, otra pequeñez heredada de los parientes de Escocia. Con todo esto la familia pudo, en otoño de 1856, trasladarse a una casita nueva, no lejos de su amado campo de Hampstead, situada en el 9 de la Graftonterrace, Maitlandpark, Haverstockhill. El alquiler anual ascendía a 36 libras. «Comparada con nuestras antiguas madrigueras, es una casa verdaderamente principesca —le escribía la mujer de Marx a una amiga—, y aunque toda la instalación, de los pies a la cabeza, no nos costó más de 40 libras (muchas de las cosas eran de segunda mano), al principio sentía un gran aire en el recibidor. Rescatamos de las manos ‘del tío’ toda la ropa de cama y los demás recuerdos de la gloria antigua, y una vez más pude disfrutar de aquellas servilletas de damasco procedentes de Escocia. Y aunque todo aquel idilio duró poco, pues pronto las prendas regresaron, pieza tras pieza, a la misteriosa casa de las tres bolas, por unos días pudimos disfrutar de todas esa comodidad burguesa». Desgraciadamente, fue un respiro muy breve.

Tampoco los amigos se libraron de la parca. Daniels murió en el otoño de 1855, Weerth, en Haití, en enero de 1856, Conrado Schramm a comienzos de 1858, en la isla de Jersey. Marx y Engels trataron de dedicarles unas breves necrologías en la prensa, pero no tuvieron éxito. No paraban de quejarse de que la vieja guardia iba quedando reducida a un puñado de hombres, sin que vinieran nuevas generaciones a reforzarla. Y aunque en un principio se regocijaran en su «aislamiento público» y fuera inquebrantable la seguridad sobre el triunfo con la que los dos solitarios seguían la política europea como si representaran a una potencia más, la pasión de la política era en ambos demasiado fuerte como para no sentir la larga falta de un partido, pues no lo eran, como el propio Marx reconoció una vez, los pocos amigos que los rodeaban. Además, no había entre ellos ninguno que se acercara siquiera a la envergadura de sus ideas, salvo uno, que toda la vida les inspiró una invencible desconfianza.

En Londres, Marx era visitado a diaria por Guillermo Liebknecht, sobre todo mientras aquel vivió en la Deanstreet, pero también él tenía que luchar a brazo partido con las privaciones, en su cuchitril, y lo mismo les ocurría a los viejos camaradas de la Liga Comunista, a Lessner y al carpintero Lochner, a Eccarius y a Schapper, el «pecador arrepentido». Los demás se habían diseminado: Dronke había ido a establecerse como comerciante en Liverpool, de donde pasó a Glasgow, Imandt era profesor en Dudee, Schily abogado en París, donde se contaba también entre el puñado de leales Reinhart, secretario de Heine en sus últimos años.

Pero también entre los más fieles, entre los elegidos, iba apagándose la llama combativa. Guillermo Wolff, que vivía bastante bien en Manchester dando clases, seguía siendo el mismo, «el hombre leal, honrado, plebeyo», como lo calificó una vez la mujer de Marx, pero con los años iban agudizándose en él las manías del solterón, y sus «principales batallas» las libraba ahora con la patrona por el té, el carbón y el azúcar. Intelectualmente, ya no representaba gran cosa en el exilio para sus viejos amigos. Freiligrath seguía siendo el amigo leal de siempre, y desde que en el verano de 1856 le confiaron la agencia en Londres de un banco suizo, procuraba auxiliar financieramente a Marx cuanto pudiese, sobre todo cubriéndole los honorarios del New York Tribune poco puntual en sus pagos. Freiligrath seguía inconmovible en sus convicciones revolucionarias, pero iba sintiéndose cada vez más lejos de las luchas del partido. Y aunque seguramente era sincero al decir que ningún revolucionario podía ser enterrado dignamente más que en el exilio, no podía negarse que el poeta alemán extrañaba su país. Y viendo a su mujer, a la que quería tanto, llena de nostalgia, y a sus hijos obligados a encender las luces del árbol de Navidad bajo cielo extraño, empezaron a terminársele las fuentes de la inspiración. Sufría mucho con el olvido de su patria, y se sintió aliviado cuando esta volvió, poco a poco, a recordar a su poeta famoso.

¡Y ni mencionemos la larga serie de los «muertos vivos»! Marx volvió a encontrarse en Londres con algunos de los compañeros de su primera época filosófica: con Eduardo Meyen, que seguía siendo el mismo sapo venenoso de siempre, con Faucher, secretario de Cobden y que, como tal, pretendía «hacer historia» librecambista, con Edgar Bauer, que la jugaba de agitador comunista y a quien Marx llamaba siempre el «clown». Con Bauer, que pasó una temporada en Londres con su hermano, se reunió Marx en repetidas ocasiones, recordando los años de juventud. Pero entre Marx y aquel hombre que se entusiasmaba con la fuerza primigenia de los rusos y no veía en el proletariado más que «plebe», a la que había que gobernar por la fuerza y la astucia, acallándola con unos centavos de aumento en el jornal cuando fuera inevitable, no había entendimiento posible. Marx encontró al amigo de su juventud visiblemente envejecido, un poco calvo y con los modales de un profesor pedante, pero en sus cartas a Engels habla extensamente de las conversaciones que sostuvo con aquel «señor viejo y agradable».

No hacía falta ir tan lejos para encontrar otros «muertos vivos»; también abundaban en el pasado reciente, y cada año que pasaba engrosaba sus filas. Entre ellos se contaban los viejos amigos del Rin: Jorge Jung, Enrique Bürger, Hermann Becker y otros. Algunos de ellos, como Becker y, más tarde, el honorable Miquel, se habían construido su esquema «científico». Para que el proletariado pudiera pensar en imponerse era preciso, ante todo —decían—, que la burguesía completara su triunfo sobre el feudalismo. He aquí la doctrina de Becker: «Mientras ese gusano que es la canalla de los intereses materiales siga trabajando, el andamiaje podrido del feudalismo se convertirá en polvo, y la historia, en cuanto el espíritu universal dé su primer aliento, derribará todo ese aparato externo para instaurar un orden de justicia». Era una bonita teoría, que tenía la ventaja de no comprometer a nada. Años más tarde, Becker sería nombrado alcalde de Colonia y Miquel ministro de Hacienda de Prusia, y desde sus cargos le tomaron tal afición a la «canalla de los intereses materiales», que no quisieron saber nada más del «primer aliento del espíritu universal» ni de su «orden de justicia».

Marx difícilmente podía consolarse por la pérdida de aquellos dos hombres con la presentación, en la primavera de 1856, de un tal Gustavo Lewy, comerciante en Dusseldorf, que le ofrecería, como servida en bandeja, una insurrección obrera en las fábricas de Iserlohn, Solingen, etcétera. Marx se expresó en términos muy duros contra aquella necedad peligrosa y estéril, y mandó a decirles a los obreros, por medio de su emisario real o supuesto, que se mantuvieran en contacto con Londres y no hicieran nada sin previo acuerdo.

Desafortunadamente, no adoptó Marx la misma actitud de reserva ante el otro encargo que el emisario decía traer de los obreros de Dusseldorf, que era prevenirlo sobre Lassalle. Él era, según Lewy, un hombre poco confiable, que después de haber ganado el proceso de Hatzfeldt vivía bajo el infame yugo de la condesa, sostenido por ella y dispuesto a acompañarla a Berlín para formarle una corte de intelectuales, dejando a un costado a los obreros, como a instrumentos inútiles, para pasarse a la burguesía, y quién sabe cuántas cosas más. No es fácil que los obreros del Rin enviaran a Marx semejante misión; los mismos obreros que, años más tarde, suscribirían solemnes y entusiastas documentos afirmando que, durante los años del terror blanco, la casa da Lassalle en Dusseldorf había sido «el verdadero asilo donde el partido había encontrado auxilio decidido y valiente». Es mucho más probable que Lewy inventara esta misión, despechado con Lassalle, quien se había negado a concederle 500 táleros, de los 2.000 que le pedía.

Seguramente, si Marx hubiera sabido esto, se habría mostrado más reservado con el tal Lewy. Pero ya la noticia, por sí misma, era suficiente para despertar sospechas. Marx mantenía con Lassalle correspondencia bastante fluida, aunque no frecuente; lo consideraba desde siempre un compañero y amigo leal, tanto en lo personal como en lo político; él mismo había combatido los recelos que en la época de la Liga Comunista se manifestaban contra él entre los obreros del Rin, por verlo implicado en el asunto de la condesa de Hatzfeldt. Todavía no hacía un año desde que le contestara, en términos cordialísimos, sabiéndolo en París: «Me sorprende, naturalmente, sobremanera ver que estás tan cerca de Londres y que no te acercas aquí por unos días. Todavía espero que reflexiones y te des cuenta de lo rápido y barato que es el viaje. Si no me estuvieran cerradas las puertas de Francia, iría a sorprenderte a París».

Teniendo en cuenta todo esto, es difícil entender por qué Marx le transmitió a Engels el 5 de marzo de 1856 el relato de Lewy, añadiendo por su cuenta: «Todo esto no son más que cosas sueltas, destacadas y subrayadas. En conjunto, lo que nos ha contado nos produjo una sensación clara, a Freiligrath y a mí, pese a la debilidad que yo sentía por Lassalle y el recelo que siempre generaron en mí los chismes obreros». Expresó, también, que le había dicho a Lewy que no podía llegar a una conclusión sin oír más que a una parte, pero que la sospecha siempre era útil. Lassalle debía ser vigilado, aunque evitando por el momento cualquier tipo de escándalo público. Engels se manifestó de acuerdo con todo e hizo una serie de observaciones que en su boca generaban menos sorpresa, ya que él conocía menos a Lassalle. Que era una lástima de hombre, por su gran talento, pero que aquello ya no se podía tolerar; que Lassalle había sido siempre un hombre del cual desconfiar, que, como buen judío eslavo fronterizo, había procurado siempre, bajo el manto del partido, de servirse de todo el mundo para sus fines particulares, etcétera.

Marx cortó, entonces, toda correspondencia con quien, pocos años después, habría de escribirle diciéndole esta verdad: «Yo soy el único amigo que tienes en Alemania».

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