CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXI)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXI) 1


Como lo prometido es deuda, publicamos esta semana la primera parte del Capítulo VIII de la biografía de Carlos Marx, escrita por Franz Mehring; donde trata de la sociedad de estos titanes, fundadores de la ciencia de la revolución proletaria y maestros de la clase obrera.


CAPÍTULO VIII

ENGELS-MARX

1. GENIO Y SOCIEDAD

Decimos que Marx encontró en Inglaterra su segunda patria, pero conviene no tomar demasiado al pie de la letra este concepto. Es cierto que mientras estuvo en suelo inglés nadie lo molestó en su obra de agitación revolucionaria, que en última instancia tampoco se dirigía contra Inglaterra. El Gobierno de aquel «pueblo avaro y envidioso de mercaderes» poseía una dosis mayor de autoestima y de conciencia de sí mismo que los gobiernos del continente; estos, acusados por la voz de su conciencia, no sabían más que enviar a la policía, armada de picos y lanzas, a perseguir a sus adversarios, aun cuando no se salieran del terreno de la discusión y la propaganda.

Pero en otro sentido mucho más profundo, Marx no podía tener allí una segunda patria, cuando había penetrado, con mirada genial, en la verdadera entraña de la sociedad burguesa. La suerte del genio en el seno de esta sociedad es un capítulo en sí mismo, un largo capítulo, acerca del cual corren las opiniones más dispares, desde la inocente confianza en Dios del filisteo, para quien el genio acaba siempre triunfando, hasta aquellas palabras melancólicas de Fausto:

¡Ay del que muerde el fruto de la verdad
y, necio insigne, no acierta a callarse
sino que va ante el pueblo a confesarse:
acaba siempre en la hoguera o en la cruz!

El método histórico desarrollado por Marx nos permite ahondar bastante en este problema. El filisteo le augura a todo genio el triunfo, más tarde o más temprano, precisamente por ser un filisteo, y si hay genios que no acaban en la cruz ni en la hoguera, es porque al final se resignan a no ser tampoco más que eso: filisteos. Jamás la sociedad burguesa habría acordado reconocer como prestigioso a un Goethe o a un Hegel si no hubieran vestido casacas.

La sociedad burguesa, que en este aspecto no es más que la forma más representativa de una sociedad de clase, tendrá todos los méritos que se quiera, pero nadie podrá afirmar que haya sido nunca una patria hospitalaria para el genio. Ni podría serlo aunque quisiera, porque precisamente en eso reside el rasgo intrínseco y característico del genio, en sacar a la luz el impulso creador de una fuerza humana original contra los hábitos y las tradiciones, asaltando las barreras de las que tiene que rodearse toda sociedad de clase para poder vivir. Aquel solitario cementerio de la isla de Syit que da albergue a los cadáveres anónimos arrojados por el mar en sus playas, ostenta esta inscripción piadosa: «La cruz del Gólgota es la patria de los expatriados». He aquí, retratada de un modo inconsciente, pero no por ello menos certero, la suerte del genio en nuestra sociedad: expatriado de ella, solo encuentra una patria al pie de la cruz del Gólgota.

A menos que se concilie de una u otra manera con la sociedad de clase en la que vive. Puesto al servicio de la sociedad burguesa para derribar la feudal, pareció conquistar un inmenso poder; pero este poder, que no era más que de apariencia, se desmoronó en cuanto quiso erigirse en autárquico, y el esplendor terminó en el monte de Santa Elena. Otras veces, el genio va a refugiarse en la casaca del buen burgués y, debajo de ella, llega a ministro del gran duque de Sajorna en Weimar o a profesor del rey de Prusia en Berlín. Pero ¡ay del genio que se enfrenta, independiente e inasequible, con la sociedad burguesa, que sabe leer en sus trabas internas la inminencia de su ruina y forja las armas que han de encajarle el golpe de muerte! Para este genio, la sociedad burguesa no guarda más que suplicios y tormentos, menos imponentes acaso en su aspecto exterior, pero interiormente mucho más crueles que la cruz del martirio de la sociedad antigua y las hogueras de la Edad Media.

Entre los hombres geniales del siglo XIX ninguno sufrió tan terriblemente bajo este destino como Carlos Marx, el más genial de todos. Desde los primeros años de su actividad pública, tuvo que luchar a brazo partido con la miseria diaria, y en Londres fue recibido por el destierro con todo tipo de calamidades; pero lo que podemos llamar su suerte verdaderamente prometeica comenzaba ahora, cuando tras largos y agotadores esfuerzos por imponerse, en la plenitud de sus fuerzas, se pasó años y décadas enteras acorralado día tras día por la privación más espantosa, por la degradante angustia del pan cotidiano. Y murió sin haber conseguido asegurarse una posición, por modesta que fuese, en el seno de la sociedad burguesa.

Y no es que llevase, ni mucho menos, una de esas vidas que el filisteo, en el sentido vulgar y orgiástico de la palabra, llama «genial». Su gigantesco vigor solo era igualado por su gigantesca aplicación, el exceso de trabajo que colmaba sus días y sus noches comenzó a minar muy pronto su salud de hierro. Decía que la imposibilidad de trabajar era la sentencia de muerte para quien no fuese una bestia, y en sus labios estas palabras eran una amarga realidad. Una vez, enfermo y en reposo durante varias semanas, le escribía a Engels: «En estos días, totalmente incapacitado para trabajar, he leído las siguientes obras: Fisiología, de Carpenter, ídem de Lord, Histología, de Kolliker, Anatomía del cerebro y del sistema nervioso, de Spurzheim, y la obra de Schwann y Schleiden sobre la grasa celular». Y con todo esto este afán insaciable y acuciante de saber, Marx mantuvo siempre lo que había dicho de joven: que el escritor no podía trabajar para ganar, aunque se viera forzado a ganar para trabajar; jamás negó «la imperiosa necesidad de tener un trabajo lucrativo», que él sentía bien de cerca, pero todos sus esfuerzos se estrellaron contra la ira o el odio, en el mejor de los casos contra el miedo, de un mundo hostil. Editores alemanes que presumían de su independencia, retrocedían asustados ante el nombre del desacreditado demagogo. No había partido alemán que no contribuyera a difamarlo, y si los trazos puros de su figura lograban destacarse entre aquella niebla artificial, la perfidia del silencio sistemático les hacía un vacío infame. Nunca el más grande pensador de una nación se le ocultó durante tanto tiempo y tan celosamente a los ojos de ésta como en el caso de Marx.

La única relación que le daba, en Londres, un poco de terreno firme en el cual poder pisar, era la que mantenía con la New York Tribune y que sostuvo durante más de diez años, a partir de 1851. Con sus doscientos mil suscriptores, la Tribune era por entonces el periódico más leído y más rico de Estados Unidos, que además se había corrido un poco del plano puramente comercial de las empresas capitalistas con su campaña de agitación en pro del fourierismo. Las condiciones concedidas a Marx para su colaboración no eran, de por sí, desfavorables; se le encargaban dos artículos por semana, pagándole por cada uno la cantidad de dos libras esterlinas. Esto hubiera sumado una renta anual de unos cuatro mil marcos, con los cuales habría podido sostenerse, incluso en Londres, sin excederse mucho, por supuesto. Freiligrath, que se jactaba en broma de comer «el bife del destierro», no obtenía mayores ingresos de su actividad industrial.

No se trataba, naturalmente, ni por asomo, de juzgar si los honorarios asignados a Marx por el periódico correspondían al valor literario y científico de sus colaboraciones. Una empresa periodística capitalista se atiene a los precios del mercado, cosa perfectamente lícita en la sociedad burguesa. Marx no exigía tampoco más, pero lo que sí podía exigir, aun de la sociedad burguesa, era que se respetara el contrato de trabajo celebrado con él, y acaso también que se estimara un poco su trabajo. El comportamiento del periódico y de su director dejaba mucho que desear en este aspecto. Dana, que teóricamente se decía fourierista, era en la práctica un yanqui acartonado; su socialismo se reducía, según dijo Engels en un momento de furia, a los desplantes y las fanfarronerías de un pequeñoburgués. Y aunque sabía perfectamente el colaborador que tenía en Marx, vanagloriándose no poco de él ante sus suscriptores y plagiando muchas veces como obra suya, en notas de redacción, las cartas que aquel le dirigía, provocando de vez en cuando la indignación legítima de su autor, no omitía ninguna de las desconsideraciones a las que el explotador capitalista se cree autorizado con el trabajador al que explota. No solo le reducía el sueldo a la mitad cuando los negocios iban mal, sino que se negaba rotundamente a pagarle los artículos no publicados, reservándose el derecho, que usaba extendidamente, de tirarlos al cesto de basura cuando no le placían. A veces, pasaban tres y hasta cuatro semanas enteras sin que ninguno de los trabajos enviados por Marx viera la luz. Tampoco se portaban mejor los dos o tres periódicos alemanes en los que logró una transitoria acogida, como la Wiener Presse. Con razón podía decir que sus trabajos periodísticos le rendían menos de lo que ganaba cualquier cajista de imprenta.

En 1853 anhelaba ya un par de meses de soledad y recogimiento para poder trabajar científicamente: «Me parece que no voy a conseguirlo nunca. Ya estoy cansado de tanto rellenar periódicos. Me roba muchísimo tiempo, me dispersa y no sirve para nada. Sí, todo lo independiente que se quiera, pero siempre sujeto al periódico y a su público, sobre todo, cuando se cobran los trabajos al contado, como yo. La actividad científica es algo completamente distinto a esto». Otro era ya el tono de sus palabras después de trabajar unos cuantos años bajo el suave cetro del director del Tribune: «Es en verdad repugnante verse condenado a tener que considerar como una suerte que le admitan a uno a trabajar en un papel secante de estos. Machacar huesos, molerlos y hacerlos sopa, como hacen los pobres en la Workhouse: a eso se reduce toda la actividad política a la que uno está condenado en tales empresas». Marx compartió toda su vida la suerte del proletariado moderno, no solo por la penuria con la que siempre vivió, sino también, y sobre todo, por la inseguridad y la zozobra de su existencia.

Cosas que antes solo sabíamos de un modo vago, las conocemos hoy en detalle, con un detalle que emociona, por sus cartas a Engels; por ellas sabemos que una vez se vio recluido en casa por no tener zapatos que calzar ni abrigo que ponerse, que otra vez se pasó una temporada sin disponer de los centavos necesarios para comprar papel para escribir ni periódicos, que en otra ocasión tuvo que salir a la caza de unos sellos de correos para poder enviarle un original al editor. Añádanse las disputas eternas con los tenderos y revendedores que le suministraban lo estrictamente necesario para vivir y a quienes no podía pagar. Y no hablemos del casero, amenazándolo a toda hora con embargarle los muebles. Y como último y constante refugio la casa de empeños, cuyos intereses usureros venían, encima, a comerle los últimos recursos, aquellos que hubieran podido ahuyentar de los umbrales de su casa al fantasma negro de la miseria.

Pero la miseria no se detenía en el umbral, sino que se sentaba a su mesa. Habituada desde su infancia a una vida fácil, su generosa mujer se tambaleaba entre las penurias de aquella vida de agobios y maldeciría, seguramente, alguna que otra vez su suerte. En las cartas de Marx no faltan vestigios de escenas domésticas, y hay un pasaje en el que dice que la mayor necedad que puede cometer un hombre de aspiraciones generales es casarse, atándose de pies y manos a las pequeñas miserias de la casa y la familia. Pero, siempre que los lamentos de su mujer lo impacientaban, la disculpaba y la justificaba, afirmando que ella sufría mucho más que él todas las humillaciones, calamidades y tormentos de su vida, no pudiendo tampoco refugiarse en el asilo de la ciencia, donde él encontraba la calma. El ver a sus hijos privados de muchas de las alegrías inocentes de la niñez los angustiaba a ambos por igual.

Esta triste suerte del genio se remontaba a las alturas de lo trágico por el hecho de que Marx abrazaba voluntariamente esta vida de tormento, sobreponiéndose a todas las tentaciones para arribar al puerto de salvación de una profesión burguesa, que hubiera podido desempeñar muy honrosamente. Por qué no lo hizo, nos lo dice él mismo con palabras simples y sobrias, sin asomo de afectación: «Yo necesito navegar hacia mi meta derechamente, y no puedo consentir que la sociedad burguesa me convierta en una máquina de hacer dinero». Las cuñas de Efesto no clavaron a este Prometeo a la roca, sino a una voluntad de hierro, encaminada siempre a los fines más altos de la humanidad, con la seguridad inexorable de una aguja magnética. Todo su ser estaba hecho de acero flexible. Y es maravilloso ver cómo, en la misma carta en la que acaba de hablarnos de la miseria que lo oprime, se para con asombrosa elasticidad para afrontar los problemas más difíciles, con la tranquilidad de espíritu del sabio a quien ni el más mínimo cuidado material le pone un surco en la frente pensadora.

Pero esto no quiere decir que no sintiera los golpes que la sociedad burguesa le daba. Sería de un necio estoicismo preguntar qué significan penas como las que Marx sufrió, para el genio destinado a imponerse a la posteridad. Sin incurrir en la vanidad tonta de esos literatos que no están contentos si no ven todos los días su nombre en el periódico, es evidente que toda energía productiva y creadora necesita que se le respete la órbita precisa para su desarrollo, y que el eco que despierta le infunda nuevas fuerzas para nuevas creaciones. Marx no era uno de esos charlatanes adoctrinadores y cargados de virtudes que tanto abundan en los dramas y en las novelas de mal gusto, sino un hombre afable y cordial, como lo era Lessing, y también él hubiera podido escribir aquellas palabras que desde su lecho de muerte dirigiera el gran crítico del teatro a su más viejo amigo de la infancia: «Sabes bien que no he sido nunca un hombre ansioso de fama. Pero la frialdad con la que el mundo suele manifestarse ante ciertas personas, dándoles a entender que no hacen nada a su gusto, es algo que mata, o por lo menos paraliza, cualquier energía». Es la misma amargura que tiñe las palabras de Marx cuando exclama, en vísperas de su quincuagésimo cumpleaños: «¡Medio siglo de trabajo, y siempre pobre!» Otra vez exclamaba que prefería mil veces hundirse cien metros bajo tierra que seguir vegetando de aquel modo. O bien se escapaba de su pecho el grito desesperado de que no quisiera ver ni a su peor enemigo patalear en el lodazal en el que él estaba hundido desde hacía ocho semanas, furioso, sobre todo, de que aquellas infamias le destrozaran la inteligencia y la capacidad de trabajo.

Pero no se crea que Marx fue nunca, a pesar de todo, un «perro horriblemente triste», como alguna vez, en tono de chiste, dijo de sí mismo. Seguramente que tiene más razón Engels al asegurar que en su amigo nunca tuvo albergue la tristeza. Marx se complacía en decirse de carácter duro, y esta dureza se fue fortaleciendo más y más sobre el yunque de la adversidad. El cielo risueño que se tendía sobre sus trabajos juveniles fue cubriéndose poco a poco de negras nubes de tormenta, de las que salían sus ideas como rayo incendiario, y sus juicios acerca de enemigos e incluso, alguna que otra vez, de amigos, cobraron con el tiempo una agudeza afilada y cortante, que no hería solamente a las almas débiles.

Marx no era, como algunos piensan, un frío y seco demagogo; pero no están menos desorientados los que, teniendo alma celosa de sargento, pretenden hacer de este luchador un títere carente de rigidez.

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