CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XVII)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XVII) 1

Hacemos una nueva entrega de la Biografía de Carlos Marx por Franz Mehring. Es la continuación del Capítulo VII que corresponde al destierro en Londres.


CAPITULO VII

DESTERRADO EN LONDRES

3. ESCISIÓN DE LA LIGA COMUNISTA

Por lo demás, el caso Kinkel tenía más importancia sintomática que efectiva. Ponía de relieve con mucha claridad las diferencias que separaban a Marx y a Engels de los emigrados de Londres, pero no era su manifestación más importante, ni mucho menos su causa.

Para saber qué era lo que unía a Marx y a Engels con los demás emigrados, y lo que de ellos los separaba, basta fijarse en los dos organismos a los que, además de la redacción de la Nueva Gaceta del Rin, consagraron su esfuerzo durante el año 1850: uno era el Comité de Refugiados, fundado por ellos junto a Bauer, Pfander y Willich, para ayudar a los emigrados que llegaban a Londres en cantidades cada vez mayores, conforme Suiza empezaba a mostrarle las uñas a los refugiados; el otro era la Liga Comunista, cuya reconstitución se imponía con mayor urgencia en tanto mayor era la falta de escrúpulos con que la contrarrevolución triunfante despojaba a la clase obrera de libertad de prensa, reunión y asociación, y de todos los recursos de propaganda en general. Puede decirse que Marx y Engels se solidarizaban humanamente con los emigrados, aunque no políticamente; que compartían sus desgracias, pero no sus ilusiones e ideas; que se sacrificaban hasta el último esfuerzo, pero sin estar ni un mínimo de acuerdo con sus convicciones.

Los refugiados alemanes, y mucho más los internacionales, formaban una masa confusa de elementos de lo más heterogéneos y contradictorios. Todos confiaban en una nueva revolución que les permitiera volver a sus países, y todos perseguían con los ojos fijos esa meta, lo cual parecía imprimirle cierta unidad al movimiento. Pero todos los esfuerzos por poner en marcha la acción fracasaban Irremediablemente; se traducían, a lo sumo, en declaraciones sobre el papel, muy pomposas y retóricas, pero carentes de fundamento. Apenas se iniciaba la acción, empezaban las discordias internas, en términos verdaderamente lamentables. Estas discordias no nacían de las personas, aun cuando la situación en la que estas se encontraban las profundizara; su verdadera causa estaba en las luchas de clases, que habían orientado el rumbo hacia la revolución y subsistían en la emigración, por muchos esfuerzos que se hicieran para descartarlas mentalmente. Marx y Engels, comprendiendo desde el primer momento la esterilidad de estos intentos, se mantuvieron al margen de ellas, lo cual bastó para que las fracciones y fraccioncitas existentes entre los emigrados se unieran todas, ya que no en otra cosa, en la firme convicción de que Marx y Engels eran los verdaderos e incorregibles perturbadores de la armonía.

Ellos, por su parte, proseguían en Londres la lucha de clases proletaria que habían comenzado ya antes, de la revolución. Desde el otoño de 1849, volvían a congregarse en la capital inglesa, casi en su totalidad, los antiguos miembros de la Liga Comunista, salvo Molí, muerto en la lucha, Schapper, que no llegó al verano de 1850, y Guillermo Wolff, que no se trasladó de Suiza a Inglaterra hasta un año después.

A los viejos afiliados, había que añadir nuevos nombres, entre los cuales se destaca el de Augusto Willich, un antiguo oficial prusiano que en la campaña de Badén y el Palatinado se había revelado como un gran jefe de milicias y al que Engels, ayudante suyo en aquella campaña, había traído al grupo; era un integrante valioso, pero teóricamente confuso. Y con él, un puñado de gente joven: el comerciante Conrado Schramm, el maestro Guillermo Pieper y, sobre todo, Guillermo Liebknecht, un estudiante universitario que había salido airoso de sus exámenes en las revueltas de Badén y en el destierro suizo. Todos ellos se congregaron durante aquellos años en torno a Marx, aunque el más devoto y leal de todos fuera Liebknecht. De los otros dos, no siempre tiene Marx cosas agradables que decir; pero, aunque le dieran algunos disgustos, no debemos tomar al pie de la letra todo lo que dice de ellos en sus arrebatos de indignación. Cuando Conrado Schramm murió, joven todavía, arrebatado por la tisis, Marx lo llamó, ensalzando sus virtudes, el «Percy Heissporn» del partido; de Pieper decía también que era, «a pesar de todo, un buen chico». Por mediación de Pieper, empezó a cartearse con Marx el abogado de Gotinga, Juan Miquel, que ingresaría poco después a la Liga Comunista. Marx sentía cierta estimación por él, por su inteligencia. Miquel se mantuvo durante varios años bajo la bandera de la Liga, hasta que retrocedió, con su amigo Pieper, al campo liberal, de donde procedía.

Marx y Engels redactaron, con fecha de marzo de 1850, una circular del Comité Directivo, que Enrique Bauer se encargó de llevar a Alemania como emisario y que tenía por objetivo reconstruir la Liga Comunista. En ella, se expresaba la idea de que era inminente una nueva revolución, «ya la provocara el alzamiento del proletariado francés o la invasión de la Santa Alianza contra la Babel revolucionaria». Y así como la revolución de marzo había llevado a la burguesía al poder, la nueva revolución le daría el triunfo a la pequeña burguesía, la cual volvería a traicionar a la clase obrera. Las relaciones entre el partido obrero revolucionario y los demócratas pequeñoburgueses se resumían en los términos siguientes: «La clase obrera se une a ellos para derribar a la fracción a cuyo derrocamiento aspira, alzándose contra ellos en todo aquello en que pretendan afirmarse por sí mismos. Los pequeñoburgueses se aprovecharían de la revolución que les diera el triunfo para reformar la sociedad capitalista, haciéndola más cómoda y más útil para su propia clase, y hasta cierto punto para los mismos trabajadores. Pero el proletariado no podía darse por satisfecho con esto solo. Mientras que los demócratas pequeñoburgueses, una vez cumplidas sus modestas aspiraciones, se esforzarían por ponerle un rápido fin a la revolución, los obreros deberían cuidarse de hacer de esta algo permanente, ‘en tanto que no sean desplazadas del Gobierno todas las clases más o menos poseedoras’, conquistado el poder para el proletariado y tan avanzada esté, no solo en un país, sino en todos los países importantes, la asociación de los proletarios, que cese entre ellos toda competencia, concentrándose en sus manos, por lo menos, las fuerzas productivas de primera importancia».

Consecuente con estos principios, la circular aconsejaba a los obreros que no se dejaran engañar por las prédicas de unión y reconciliación de los demócratas pequeñoburgueses, encaminadas a subirlos al carro de la democracia burguesa, sino que, manteniéndose en su propio terreno, se organizaran con la mayor fuerza y firmeza posibles para, una vez que triunfara la revolución, gracias a su energía y a su coraje, poder dictarle a la pequeña burguesía condiciones tales que el régimen de los demócratas burgueses albergara ya el germen de su fracaso y facilitara notablemente su posterior desplazamiento por el régimen del proletariado. «Los obreros deberían ante todo, durante el conflicto y a raíz de la lucha, oponerse por todos los medios a la estabilización burguesa, obligando a los demócratas a llevar a la práctica las frases terroristas que hoy lanzan desde la oposición… Y, lejos de oponerse a los que llaman excesos a la ejemplaridad de la venganza del pueblo sobre determinados individuos y edificios públicos que son blanco del odio popular y que solo guardan recuerdos sombríos, la clase obrera no solo deberá tolerarlos, sino asumir, incluso, su dirección». La circular aconsejaba, además, que los obreros proclamaran en todas partes candidatos propios para las elecciones a la Asamblea Nacional, aun donde no tuviesen perspectiva alguna de triunfo, sin preocuparse para nada de la fraseología democrática. Claro está que en los inicios del movimiento no podrían proponer todavía ninguna medida directamente comunista, pero sí obligar a los demócratas a atacar por la mayor cantidad de flancos posibles el orden social vigente, perturbando su curso normal y comprometiéndose a centralizar en manos del Estado el mayor número posible de fuerzas productivas, transportes, fábricas, ferrocarriles, etcétera. Y, sobre todo, los obreros no deberían tolerar que, al abolirse el feudalismo, las tierras feudales se asignaran en libre propiedad a los campesinos, como en la Revolución Francesa, ya que esto mantendría al proletariado del campo y formaría una clase labradora pequeñoburguesa, condenada a recorrer el mismo calvario de pauperización y agobio de deudas del campesino francés. No. La clase trabajadora debería exigir que las tierras feudales confiscadas se declararan propiedad del Estado y se convirtieran en colonias obreras, para que el proletariado campesino organizado las pudiera cultivar, aplicándoles los métodos agrícolas de las grandes explotaciones. Con esto se conseguiría que el principio de la propiedad colectiva echara raíces inmediatamente en el régimen tambaleante de la propiedad burguesa.

Equipado con esta circular, el viaje de Bauer por Alemania fue muy fructífero. Bauer consiguió reanudar los cabos sueltos y tejer otros nuevos. Y conquistó, sobre todo, un gran influjo sobre los residuos de las sociedades obreras, campesinas, de jornaleros y de deportes que habían logrado hacerles frente a todas las furias de la contrarrevolución. Los miembros más influyentes de la Confraternidad Obrera fundada por Esteban Born se unieron también a la Liga, la cual, según el informe enviado a Zurich por Carlos Schurz —que estaba recorriendo por entonces Alemania por encargo de una organización de refugiados suizos—, había «sabido atraer a todos los elementos aprovechables». En un segundo envío, fechado en junio de 1850, la junta directiva pudo hacer saber ya que la Liga se había afincado en una serie de ciudades alemanas, en varias de las cuales se habían formado comités directivos: en Hamburgo para el territorio de Sleswig-Holstein, en Swerin para Mecklemburgo, en Breslau para la Silesia, en Leipzig para Sajonia y Berlín, en Núremberg para Baviera, en Colonia para las provincias del Rin y de Westfalia.

En este mismo envío, se señalaba el distrito de Londres como el más fuerte de toda la Liga y el que subvencionaba casi exclusivamente sus gastos. Ese Comité era el encargado de dirigir, con carácter permanente, la Asociación de Cultura Obrera de Londres, en la que se concentraban los elementos más resueltos de la emigración; la directiva se encontraba, asimismo, en estrecho contacto con los partidos revolucionarios de Inglaterra, Francia y Hungría. Pero, desde otro punto de vista, Londres era el punto más débil de la Liga, ya que estaba constantemente expuesto a los debates y las rivalidades, cada vez más agudos y más desesperados, de los exiliados políticos.

En el transcurso del verano de 1850, la esperanza de que volviera a estallar pronto la revolución fue decayendo visiblemente. Al pueblo francés le fue arrebatado el sufragio universal sin que la clase obrera se levantara; ahora, el dilema ya solo giraba entre el pretendiente Luis Bonaparte y la Asamblea Nacional monarco-reaccionaria. En Alemania, la pequeña burguesía democrática abandonó la escena política, mientras la burguesía liberal tomaba parte en el despojo que Prusia estaba cometiendo sobre el cadáver de la revolución alemana. Pero Prusia se veía acosada en el reparto por los pequeños y medianos Estados, que bailaban todos al compás de Austria. Y de fondo aparecía la figura del zar, esgrimiendo el látigo sobretodo este panorama social alemán. A medida que bajaban las aguas de la verdadera revolución, aumentaban los esfuerzos febriles de los emigrados por fabricar una revolución artificial; cerrando los ojos ante todos los síntomas que amenazaban, ponían sus esperanzas en no se sabe qué milagros que ellos conseguirían con la energía de su voluntad. Paralelamente, iba aumentando el recelo contra todo tipo de crítica interna. Y así Marx y Engels, que observaban el curso de los hechos con mirada fría y serena, fueron enfrentándose cada vez más abiertamente con los demás emigrados. Era difícil que la voz de la lógica y la razón pudiera contener el torbellino de las pasiones, en aquella masa de hombres desesperados. Mucho más difícil desde el instante en que el vértigo general se adueñó también del sector londinense de la Liga Comunista, llevando el disenso hasta los integrantes de la dirección.

En la sesión del 15 de septiembre de 1850 quedó planteada abiertamente la escisión. Eran seis miembros contra cuatro: Marx y Engels, y con ellos Bauer, Eccarius, Pfander, todos de la vieja guardia, y el joven Conrado Charamm, contra Willich, Schapper, Frankel y Lehmann, de los cuales solo tenía historia Schapper, un protorrevolucionario, como lo llamó Engels, de quien se apropió la pasión revolucionaria después de haber contemplado de cerca durante todo un año los horrores de la contrarrevolución, y que acababa de desembarcar en Inglaterra.

En aquella sesión decisiva, Marx definió el conflicto en los términos siguientes: «La minoría suplanta la posición crítica por la dogmática, la materialista por la idealista. Para ella, el motor de la revolución no es la realidad, sino la voluntad. Allí donde nosotros le decimos a la clase obrera: tienen que pasar por quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y luchas de pueblos, no solo para cambiar la realidad, sino para cambiaros a vosotros mismos, capacitándoos para el Poder, vosotros les decís: ¡O subimos inmediatamente al poder o nos echamos a dormir! Allí donde nosotros hacemos ver concretamente a los obreros de Alemania el desarrollo insuficiente del proletariado alemán, vosotros les aduláis del modo más descarado, acariciando el sentimiento nacional y los prejuicios de casta de los artesanos alemanes, lo cual no negamos que os dará más popularidad. Hacéis con la palabra proletariado lo que los demócratas con la palabra pueblo… la convertís en un icono». Estallaron discusiones violentísimas, y tan acalorados estaban los ánimos que Schramm llegó a desafiar a Willich; el duelo —reprobado por Marx— se celebró en Amberes, saliendo levemente herido el primero de los dos. No hubo manera de restablecer la concordia.

La mayoría pretendió salvar la Liga, desplazando su dirección a Colonia; este distrito se encargaría de elegir una nueva directiva, y el distrito de Londres se dividiría en dos, independientes el uno del otro y relacionados directamente con el Comité Directivo. El distrito de Colonia aceptó la demanda y eligió una nueva junta directiva, pero la minoría se negó a reconocerla. El mayor contingente de sus partidarios se concentraba en Londres, y sobre todo en la Asociación Alemana de Cultura Obrera, de la que Marx y sus allegados se fueron. Willich y Schapper fundaron una Liga aparte, que no tardó en degenerar en un juego de aventureros revolucionarios.

Marx y Engels fundamentaron su posición, más detenidamente que en la citada sesión del 15 de septiembre, en el número quinto y sexto de su revista, edición doble con la que terminó su publicación en noviembre de 1850. Además del extenso estudio en el que Engels analizaba, desde la guerra campesina de 1525, puntos de vista histórico-materialistas, este número publicaba un artículo de Eccarius sobre el ramo de la sastrería en Londres, que Marx saludaba con estas palabras de alegría: «El proletariado, antes de arrancar su triunfo en las barricadas y en los frentes de batalla, anuncia el advenimiento de su régimen por una serie de victorias intelectuales». Eccarius, que trabajaba en uno de los talleres de sastrería de Londres, apuntaba a la derrota de la manufactura por la gran industria como a la obra del progreso histórico, a la par que reconocía en los frutos y creaciones de la gran industria las condiciones reales para la revolución proletaria, condiciones que la propia historia se encargaba de engendrar y que crecían incesantemente. En esta concepción netamente materialista, libre de todo sentimentalismo, y en este modo de enfocar la sociedad burguesa y su dinámica, Marx destacaba el gran progreso que suponía respecto a aquella crítica sentimental, moral y psicológica, que tanto habían ejercitado Weitling y otros obreros aficionados a escribir sobre la realidad social. Era un fruto de su incansable trabajo, el más grato de cuantos podía ambicionar.

Pero lo más importante que contenía este último número de la revista era el resumen político-económico de los meses de mayo a octubre. En una extensa investigación, Marx y Engels ponían de manifiesto las causas económicas de la revolución y la contrarrevolución política, demostrando que, así como la primera había surgido de una aguda crisis económica, la segunda tenía su raíz en un nuevo incremento de la producción. Y llegaban a esta conclusión: «Mientras dure esta prosperidad general en la que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan con toda la opulencia que la sociedad burguesa permite, no puede hablarse de verdadera revolución. Las revoluciones de verdad solo estallan en aquellos periodos en que chocan entre sí estos dos factores: las fuerzas productivas modernas y el régimen burgués de producción. Las discordias en las que están sumergidos los representantes de las diversas fracciones del orden en el continente europeo, distan mucho de ser base para una nueva revolución; lejos de eso, existen por la misma estabilidad momentánea de la situación y por el carácter tan burgués que esta tiene, aunque la reacción lo ignore. Contra ella se estallarán todos los esfuerzos de la reacción por contener el proceso de la dinámica burguesa, como se estrellarán también todas las explosiones de indignación moral y todas las proclamas apasionadas de los demócratas. La nueva revolución solo podrá desencadenarse a la sombra de la nueva crisis. Y tan inevitable serán la una como la otra».

A esta clara y convincente posición se contraponía, como remate, un resumen del llamamiento hecho por un Comité Central Europeo, firmado por Mazzini, Ledru-Rollin, Darasz y Ruge, en el que se condensaban todas las ilusiones de los emigrados pretendiendo explicar el fracaso de la revolución por los celos y el egoísmo de sus caudillos y las opiniones personales encontradas de los diferentes conductores de pueblos, y profesando, por último, su fe en la libertad, la igualdad, la fraternidad, la familia, el municipio, el Estado, la patria; en una palabra, en un régimen social que, teniendo al pueblo como base, culminara en Dios y en su ley.

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