CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XIV)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XIV) 1
Publicamos una nueva entrega de la Biografía de Carlos Marx, escrita por Franz Mehring. Es la continuación del Capítulo VI, referida a la amistad de Marx con Lasalle y Freiligrat y las jornadas de octubre y noviembre de 1848 en Alemania.


CAPÍTULO VI

REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN

6. FREILIGRATH Y LASALLE

Fernando Freiligrath le llevaba a Marx ocho años. En su juventud, se había nutrido de las ideas piadosas y experimentó los golpes de la antigua Gaceta del Rin, cuando, al ser expulsado Herwegeth de Prusia, prorrumpió en una canción satírica sobre el fracasado viaje triunfal de este poeta. Pero rápidamente la reacción anterior a las jornadas de marzo le hizo cambiar de idea y, exiliado en Bruselas, se encontró alguna que otra vez, de pasada, pero muy afectuosamente, con Carlos Marx, un «muchacho inteligente, simpático, afable y llano». Y conste que el juicio de Freiligrath era de mucho peso en estas cuestiones; aunque libre de toda vanidad, o acaso por esto mismo, tenía una sensibilidad muy fina para reconocer cuanto oliese de lejos a orgullo o pretensión.

Entre estos dos hombres no empezó a reinar una amistad real hasta el verano y el otoño de 1848. Los unía el mutuo respeto ante la intrepidez y la firmeza con que ambos sabían mantener los principios revolucionarios comunes que profesaban en el movimiento de aquella región. “Es —escribía Marx con sincero respeto, en una carta a Weydemeyer, refiriéndose a Freiligrath— un revolucionario auténtico y un hombre honrado y noble al más alto grado, elogio que yo no concedería fácilmente a muchos»; al mismo tiempo, animaba a su corresponsal a que tirara un poco de las barbas al poeta, pues al mundillo de los poetas, le decía, no conviene entrar más que cuando se le quiere arrancar alguna canción. Y Marx, que no solía sacar el corazón a los labios, escribía, dirigiéndose al propio Freiligrath en un momento de tensión: «Te diré sin vueltas que no me determino ni me resignaré a perder por un error sin importancia a uno de los pocos hombres a quienes he querido como amigo, en el sentido más preciso de esta palabra». Cuando vinieron los tiempos difíciles, Marx no contó con más amigos fieles que Engels y Freiligrath.

Era natural que esta amistad, tan auténtica y tan simple, irritara y pareciese una necesidad a los filisteos de todos los tiempos. Tanto como la imaginación febril del poeta le juega una pasada infame al político, seduciéndolo para entrar en compañía de unos cuantos caballeros dudosos, es el demagogo demoníaco el que envenena con su aliento al cantor inocente y lo hace enmudecer. No valdría la pena detenerse ni un minuto en estos reproches, si no se nos hubiera querido suministrar como antídoto a este absurdo la no menos absurda medicina de convertir a Freiligrath en un socialdemócrata moderno, desfigurando totalmente su imagen. Freiligrath no fue nunca un revolucionario por convicción científica, sino por intuición poética; veía en Marx al caudillo revolucionario y en la Liga Comunista la avanzada de la revolución, un caudillo y una avanzada sin igual en la época, pero las argumentaciones e ideas históricas del Manifiesto Comunista no le fueron nunca del todo accesibles, y su ardiente fantasía no era de las que se conquistan con esa baratija, tan mísera y generalmente tan pobre, de la agitación.

Fernando Lassalle, que se unió tan íntimamente a Marx por aquellos días, era otro tipo de hombre. Tenía siete años menos que Marx y ya se había hecho célebre por su estridente campaña a favor de la duquesa de Hatzfeldt, maltratada por su marido y traicionada por los de su casta; encarcelado en febrero del 48 por supuesta instigación al robo de un arca, fue absuelto el 11 de agosto por el tribunal del jurado de Colonia, después de una brillante defensa, pudiendo entregarse ya a la lucha revolucionaria; dada «su infinita simpatía por toda fuerza grande», era natural que Marx, jefe del movimiento, ganara su admiración desde el primer instante.

Lassalle había pasado por la escuela de Hegel y dominaba perfectamente los métodos del maestro, sin dudar de su infalibilidad, pero sin incurrir tampoco en el servilismo del discípulo; durante una visita a París, entró en contacto con el socialismo francés, y allí fue donde el ojo visionario de Heine le auguró un gran porvenir. Sin embargo, las grandes esperanzas despertadas por este joven se veían amortiguadas por los conflictos de carácter, que aún no había llegado a vencer, empeñado como estaba, en una fuerte batalla contra la herencia degradante de una raza oprimida; en su hogar paterno aperaba todavía la atmósfera oprimente del judaísmo polaco. Y en su cruzada por la condesa de Hatzfeldt hasta espíritus libres se resistían a veces a reconocer la verdad de lo que afirmaba y podía, desde ese punto de vista, afirmar con todo el derecho; que en este caso, como en todos los demás, no hacía más que combatir las miserias sociales de una época agonizante. Hasta Freiligrath, que no sintió nunca muchas simpatías por él, hablaba despectivamente de los «líos de familia» en torno a los cuales giraba, según Lassalle, toda la historia universal.

El propio Marx habría de expresarse, siete años más tarde, en términos parecidos, afirmando que Lassalle creía haber vencido al mundo por el simple mérito de haber procedido sin miramientos ni escrúpulos en un conflicto privado, como si un hombre de verdadero valor pudiera sacrificar diez años de su vida en semejantes nimiedades. Unos veinte años después, Engels afirmaba que Marx habría abrigado desde el primer momento una fuerte antipatía contra Lassalle, y que la Nueva Gaceta del Rin había procurado mantenerse lo más alejada posible de los procesos lassalleanos sobre el caso Hatzfeldt, para que no pareciera asociado en modo alguno, en estos asuntos, su nombre al de Lassalle. Pero en esto la memoria no le era del todo fiel. La Nueva Gaceta del Rin publicó informes minuciosísimos acerca del proceso promovido por el supuesto robo del arca, hasta el 27 de septiembre, día en que este asunto fue retirado de circulación, y estos informes atestiguan que el proceso tuvo también su cara oscura. Por una carta del propio Marx a Freiligrath sabemos, asimismo, que aquel contribuyó también, en cuanto sus escasas posibilidades se lo permitían, a ayudar a la condesa de Hatzfeldt y a sacarla de sus apuros en los momentos más difíciles, y cuando él mismo se vio urgido, después de marcharse de Colonia, y estando como estaba en una ciudad en la que tenía no pocos amigos antiguos, distinguió a Freiligrath y a Lassalle como los más íntimos de todos.

Engels tiene razón, seguramente, cuando dice que Marx le tenía, para emplear la palabra corriente, antipatía, lo mismo que él mismo a Freiligrath; esa antipatía que está por encima, o por debajo, de todo fundamento racional. Pero hay sobrados testimonios de que no se dejó arrastrar desde el primer momento por esa antipatía, hasta el punto de desconocer el profundo sentido que, pese a todo, inspiraba la conducta de Lassalle en el asunto de la condesa, ni mucho menos negar el fogoso entusiasmo por la causa de la revolución, sus grandes cualidades para actuar en la lucha de clases del proletariado y, por fin, la apasionada amistad con que su juvenil aliado lo seguía.

Es necesario ponderar cuidadosamente las relaciones que mediaron entre estos dos hombres y ver cómo se desarrollaron desde un principio; pero no precisamente para gracia de Lassalle, cuyos títulos históricos hace ya mucho tiempo que están fuera de toda duda, sino para disipar las sombras que pudieran cernirse sobre Marx en este asunto, que es el problema psicológico más difícil que encierra su vida.

7. LAS JORNADAS DE OCTUBRE Y DE NOVIEMBRE

Al reanudarse el 12 de octubre la publicación de la Nueva Gaceta del Rin, anunciando como nuevo miembro de la redacción a Freiligrath, tuvo la suerte de poder saludar la presencia de una nueva revolución. El 6 de octubre, el proletariado de Viena le propinó un fuerte puñetazo a los pérfidos planes de la contrarrevolución habsburgiana, que, después de los triunfos de Radetzky en Italia, aspiraba a aplastar a la Hungría rebelde con ayuda de los pueblos eslavos, para volverse luego contra la insurrección alemana.

Marx pasó en Viena varios días, desde el 28 de agosto hasta el 17 de septiembre, con objeto de ilustrar acerca de la situación a las masas de aquella capital. A juzgar por las escasísimas noticias de prensa que poseemos, no lo consiguió; cosa muy explicable, ya que los obreros vieneses se encontraban por entonces en un grado bastante incipiente de desarrollo. Por eso era mucho más estimable el instinto verdaderamente revolucionario con el que se opusieron a la marcha de regimientos destacados para luchar contra Hungría. Con esto, atraían hacia sí los primeros golpes de la contrarrevolución, nobilísimo sacrificio del que no se sentía tan capaz, ni mucho menos, la nobleza húngara. Ésta pretendía luchar por la independencia de su país, alegando sus fueros y privilegios, y el ejército húngaro solo se atrevió a hacer una salida mediocre y vacilante que, lejos de ayudar al arrojo heroico de los insurrectos vieneses, no hizo más que empeorar su situación.

No se comportó mejor tampoco la democracia alemana. No podía ocultársele la importancia que tenía para ella el triunfo de los sublevados de Viena. Si en la capital austríaca triunfaba la contrarrevolución, era evidente que ésta aventuraría también el golpe decisivo en la capital de Prusia, donde estaba al acecho, esperando el momento propicio. Pero la democracia alemana perdía el tiempo, embriagada con lamentos sentimentales, con estériles simpatías, con quejas y gritos de angustia al impotente regente del Imperio. El congreso democrático, reunido en Berlín por segunda vez a fines de octubre, aprobó una proclama redactada por Ruge, a favor de la sitiada Viena, sobre la cual dijo muy certeramente la Nueva Gaceta del Rin que suplía la falta de arrojo revolucionario con un patetismo hipócrita de predicador que encubría una total ausencia de ideas y de pasiones. Sus llamamientos apasionados, vertidos por Marx con rígida prosa y por Freiligrath con magníficos versos, apelando a la única ayuda que podía prestarse a los vieneses, someter a la contrarrevolución en la propia casa, se perdían en el vacío.

Con esto, la revolución vienesa quedaba ya condenada a muerte. Traicionados en su propio país por la burguesía y los campesinos, apoyados solo por los estudiantes y una parte de la clase media, los obreros vieneses resistían heroicamente. Pero la noche del 31 de octubre, las tropas sitiadoras invadían la ciudad, y el 19 de noviembre ya flotaba en lo alto de la torre de San Esteban una gigantesca bandera amarilla y negra.

A la emocionante tragedia de Viena siguió, pisándole los talones, la tragicomedia grotesca de Berlín. El ministro Pfuel le cedió el puesto al ministerio presidido por Brandemburg, que ordenó al Parlamento retirarse a la capital provincial de Brandemburgo, y Wrangel entró a Berlín a la cabeza de los regimientos de la Guardia. Dispuesto a imponer esta orden con la fuerza de las bayonetas, Brandemburg, un Hohenzoller espurio, se complacía en compararse a sí mismo con un elefante que venía a aplastar la revolución; la Nueva Caceta del Rin estaba más acertada cuando decía de él y su compinche Wrangel que eran «dos hombres sin cabeza, sin corazón, sin ideas, con bigotes nada más», pero, ya por este solo hecho, el polo opuesto más indicado para enfrentarse con aquella venerable Asamblea de pactadores.

En efecto, los hombres de los «bigotes nada más» bastaron para intimidarlos. Es cierto que la Asamblea se negó a abandonar la capital, su lugar de residencia según la Constitución, y que, sobrecogida por los golpes que se sucedían unos a otros, por la disolución de las milicias civiles y la declaración del estado de guerra, acabó por declarar a los ministros reos de alta traición, denunciándolos… al fiscal. Pero en cambio se negó a aceptar el requerimiento que le hacía el proletariado berlinés para que, con las armas en la mano, restaurase el derecho pisoteado, y se contentó con proclamar «la resistencia pasiva», es decir con tomar la noble resolución de desnudar la espalda para recibir los golpes del enemigo. Luego, toleró que las tropas de Wrangel la hicieran peregrinar de salón en salón, hasta que por último, en un momento de explosión de carácter, parándose frente a las bayonetas que invadían la sala, le denegó al Gobierno el derecho de disponer de los fondos del Estado y a recaudar impuestos, mientras no la dejaran celebrar libremente sus reuniones en Berlín. Pero, apenas se había liberado, cuando su presidente von Unruh, temblando por su estimado cadáver, convocó con urgencia a la Mesa para certificar protocolariamente que el acuerdo de denegación de impuestos, que ya circulaba tranquilamente por todo el país, no era firme, por falta de no se sabe qué requisito formal.

Fue la Nueva Gaceta del Rin la encargada de salir, con una actitud históricamente digna, al cruce del golpe de mano del Gobierno. Para ella, había llegado el momento decisivo de enfrentar a la contrarrevolución con una nueva revolución, y no pasaba un día sin que animara a las masas a contestar con la violencia a la violencia. Era preciso que la resistencia activa actuara como cimiento de la resistencia pasiva, si no quería verse reducida a los espasmos de la ternera conducida al matadero. El periódico desenmascaraba despiadadamente todas las sutilezas y argucias jurídicas de la teoría del pacto, que la cobardía de la clase burguesa no hacía más que encubrir. «La corona está en su derecho al proceder contra la Asamblea como monarquía absoluta. Pero la Asamblea falta a su deber no plantándose frente a la corona, a su vez, como parlamento absoluto… Es natural que la vieja burocracia no quiera rebajarse a ser sierva de una burguesía sobre la que hasta ahora ejerció poderes despóticos. Es lógico que el partido feudal no quiera sacrificar sus títulos y sus intereses en el altar de la burguesía. Y, finalmente, lo es también que la corona considere a los elementos de la vieja sociedad feudal, de la cual ella es remate y apogeo, como su solar natural propio, viendo en cambio en la burguesía un sueño extraño y artificial que solo la sostiene a costa de menoscabarla. La fascinante «gracia de Dios» se vuelve, en manos de la burguesía, un vulgar título de derecho, los derechos de la sangre en un simple papel, el sol real en una modesta lámpara casera. Es, entonces, lógico que la corona no se deje engañar con palabras por la burguesía, al grito de «Brandemburgo al Parlamento y el Parlamento a Brandemburgo, vuelve a echarla en manos del pueblo, en manos de la revolución». La Nueva Gaceta del Rin traducía muy acertadamente la consigna de la revolución: el Cuerpo de Guardia al Parlamento y el Parlamento al Cuerpo de Guardia. Confiaba en que el pueblo triunfaría bajo esta consigna, y ya leía en ella el epitafio de la dinastía de Brandemburg.

Cuando el Parlamento de Berlín acordó decretar la ilegalidad de los impuestos, el comité central democrático, en una proclama firmada por Marx, Schapper y Schneider, y fechada en 18 de noviembre, invitó a las organizaciones democráticas de la provincia del Rin a adherir a las siguientes medidas: negarse en todas partes a pagar los impuestos, oponiendo todo tipo de resistencia si trataran de cobrarse por la fuerza; organizar en todas partes la reserva para rechazar los ataques del enemigo; entregar armas y municiones a los carentes de recursos, a costa del municipio o por medio de aportes voluntarios; en caso de que las autoridades se negaran a reconocer y ejecutar los acuerdos del Parlamento, se instituirían comités de seguridad, a actuar de acuerdo con los municipios; los municipios que traten de resistir a la Asamblea legislativa se renovarán por medio de elecciones. Como se ve, el comité central democrático se lanzaba a hacer lo que el Parlamento de Berlín habría hecho, si el acuerdo de denegación de impuestos no hubiera sido una farsa. Aquellos héroes parlamentarios empezaron a temblar ante su propia valentía y corrieron a sus distritos a obstruir desde allí la ejecución de los acuerdos; luego, fueron a reunirse con la cabeza gacha a Brandemburgo, a continuar sus sesiones. Ya completamente desprestigiada la Asamblea, con todas estas claudicaciones, el Gobierno pudo disolverla tranquilamente, el día 5 de diciembre, confiriendo al país una nueva Constitución y una nueva ley electoral.

Con esto, quedaba inmovilizado también el comité central renano, en una provincia como aquella, abarrotada de armas. El 22 de noviembre, Lassalle, que había recibido con entusiasmo la proclama, fue detenido en Düsseldorf; en Polonia, el fiscal procedió contra los firmantes del manifiesto, pero sin atreverse a apresarlos. El 8 de febrero comparecían ante el tribunal del jurado de Colonia, acusados de incitación a la resistencia armada contra el Ejército y los funcionarios públicos.

En un discurso tajante, Marx repudió la argumentación del Ministerio Fiscal, demostrando que no era posible fundamentar en las mismas leyes infringidas por el Gobierno con su golpe de Estado acusación alguna contra la Asamblea, ni mucho menos contra los procesados. El vencedor en una revolución, añadía, puede colgar a sus adversarios, pero no condenarlos; quitarlos del medio como a enemigos vencidos, pero no juzgarlos como delincuentes. Era una cobarde hipocresía y una ficción de legalidad querer, una vez triunfante la revolución o la contrarrevolución, aplicar las leyes quebradas contra los defensores de esas mismas leyes. Y afirmaba que decidir cuál de los dos poderes, la corona o la Asamblea, había tenido razón, era, en tanto disputa histórica, competencia de la historia y no de un tribunal cualquiera.

Pero Marx iba más allá, y se negaba en absoluto a reconocer las leyes del 6 y el 8 de abril. Sostenía que eran producto de la arbitrariedad de la Dieta unitaria, hechas para ahorrarle a la corona la concesión de la derrota que le fuera infligida en las jornadas de marzo. Que no podía juzgarse de acuerdo a las leyes de una corporación feudal a un Parlamento que representaba a la sociedad burguesa moderna. Que era una ilusión jurídica creer que la sociedad descansaba en la ley, y no está en la sociedad. «Este Código de Napoleón que tengo en la mano no ha creado la moderna sociedad burguesa. Es, por el contrario, la sociedad burguesa nacida en el siglo XVIII y desarrollada en el XIX la que encuentra en este código su simple expresión legal. En cuanto deje de ajustarse a las realidades sociales, dejará de ser un código para convertirse en un pedazo de papel. Será inútil que pretendan ustedes tomar las leyes viejas por fundamento de la nueva sociedad, como lo sería pensar que aquellas leyes crearon las condiciones viejas de las que surgieron». El Parlamento de Berlín, proseguía Marx, no supo comprender su misión histórica, tal como la revolución de marzo se la dictaba. El reproche que le dirige el Ministerio Fiscal de no haber respetado las mediaciones, es tan injusto que precisamente todas las desdichas y los desafueros radican en eso, en haber dejado de ser una convención revolucionaria para rebajarse a desempeñar el papel de una equívoca sociedad de mediadores y acuerdistas. «No estábamos ante ningún conflicto político de dos fracciones encontradas sobre el solar de una sociedad, sino ante el conflicto de dos sociedades, ante un conflicto social que revestía formas políticas; era la lucha entre la vieja sociedad burocrático-feudal y la moderna sociedad burguesa, la lucha entre la sociedad de la libre competencia y la sociedad de los gremios, la sociedad de la fe y la sociedad de la ciencia». Entre estas dos sociedades no podía haber paz ni acuerdo, sino una guerra de vida o muerte. Y la negativa a cotizar los impuestos no amenazaba, como el fiscal había sostenido graciosamente, las bases de la sociedad, sino que era un medio de legítima defensa de la sociedad contra el Gobierno, en quien aquella veía sus fundamentos amenazados. El Parlamento no había procedido legalmente al denegar el pago de impuestos; la ilegalidad, de haberla, estaba en la proclamación de la resistencia pasiva. «Declarada fuera de la ley la percepción de impuestos, ¿no es natural y obligatorio que se rechace por la fuerza del ejercicio forzado de la ilegalidad? Si los señores diputados, autores del acuerdo, rehuyeron la senda revolucionaria para no jugarse sus cabezas, el pueblo, puesto a ejercitar aquel derecho de negación de contribuciones, no tenía más remedio que situarse en el terreno revolucionario. La Asamblea no poseía ningún derecho propio, sino los que el pueblo le había transferido para que los ejerciera y afirmase. Y un mandato, cuando no se cumple, queda cancelado. El pueblo, entonces, sale a la escena en persona, y obra por su cuenta, con plenitud de derechos. Cuando los reyes organizan una contrarrevolución, los pueblos, legítimamente, contestan con la revolución». Marx concluye diciendo que solo finaliza el primer acto del drama, cuyo resultado no puede ser más que uno: o el triunfo completo de la contrarrevolución, o una nueva revolución triunfante. Aunque acaso la revolución no pueda triunfar sino después de consumada la contrarrevolución.

Después de este discurso, hinchado de orgullo revolucionario, el jurado absolvió a los acusados, y su presidente se acercó al orador para darle las gracias por su lección magistral.

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