CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (II)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (II) 1

CAPÍTULO I

AÑOS DE JUVENTUD

1. FAMILIA Y PRIMEROS ESTUDIOS

Carlos Enrique Marx nació en Tréveris el 5 de mayo de 1818. De sus antepasados es muy poco lo que sabemos, pues los años de tránsito del siglo XVIII al XIX fueron en el Rin años de azares guerreros que dejaron su huella en el desbarajuste y asolamiento de los registros civiles de aquella comarca. Todavía es hoy el día en que no ha podido llegarse a una conclusión clara respecto a la fecha de nacimiento de Enrique Heine.

Afortunadamente, Carlos Marx vino al mundo en un período de mayor calma y, por lo menos, el año de su nacimiento lo sabemos con certeza. Pero, como hace unos cincuenta años hubiese fallecido, dejando un testamento nulo, una hermana de su padre, no fue posible averiguar, a pesar de todas las indagaciones judiciales que se hicieron para encontrar los herederos legítimos, la fecha del nacimiento y la muerte de sus padres, o sea de los abuelos paternos de Carlos Marx. El abuelo se llamaba Marx Levi, nombre que luego redujo al de Marx, y fue rabino en Tréveris. Debió de morir hacia el año 1780; por lo menos, ya no vivía en 1810. Su mujer, Eva Moses por su nombre natal, vivía todavía en 1810, y murió, por lo que puede conjeturarse, alrededor del año 1825.

Entre sus muchos hijos, hubo dos que se dedicaron al estudio: Samuel y Hirschel, Samuel se hizo rabino, ocupando el puesto de su padre en Tréveris, y tuvo un hijo, llamado Moses, que fue trasladado a Gleiwitz, villa silesiana, como aspirante a la misma dignidad. Samuel nació en 1781 y murió en 1829. Hirschel, el padre de Carlos Marx, nació en 1782, cursó la carrera de Jurisprudencia y se hizo abogado y luego consejero de justicia en Tréveris, donde en 1824 se bautizó, convirtiéndose al cristianismo con el nombre de Enrique Marx; murió en el año 1838. Estaba casado con Enriqueta Pressburg, una judía holandesa, entre cuyos antepasados se contaba, a lo largo de los siglos, según nos dice su nieta Eleanor Marx, toda una serie de rabinos. Murió en 1863. Este matrimonio dejó también una descendencia numerosa, si bien en el momento del reparto de la herencia, a cuyo expediente debemos estas noticias genealógicas, no vivían más que cuatro hijos: Carlos Marx, único varón, y tres hermanas suyas: Sofía, viuda de un abogado de Mastricht llamado Schmalhausen; Emilia, casada en Tréveris con un ingeniero llamado Conrady, y Lisa, casada con un comerciante de la Ciudad del Cabo apellidado Juta.

A sus padres, cuyo matrimonio había sido muy feliz, debió Carlos Marx, que era, después de su hermana Sofía, el hijo mayor de la familia, una infancia feliz y libre de cuidados. Sus «magnificas cualidades naturales» despertaban en su padre la esperanza de que se pondría algún día al servicio de la humanidad; su madre decía de él que era un niño de suerte, a quien todo le salía derecho. Pero Carlos Marx no fue, como Goethe, hijo de su madre, ni como Lessing y Schiller, hijo de su padre. Su madre, velando cariñosamente por el esposo y los hijos, vivía consagrada por entero a la paz de su hogar; no llegó jamás a dominar el alemán ni tuvo la menor participación en las batallas del espíritu reñidas por su hijo, como no fuese para dolerse maternalmente de que su Carlos, con todo el talento que Dios le había dado, no siguiese en la vida el camino derecho. Andando el tiempo, parece que Carlos Marx llegó a entablar relaciones bastante íntimas con sus parientes maternos de Holanda, sobre todo con un «tío» Felipe, de quien habla repetidas veces con gran simpatía, llamándolo un «magnífico solterón», y que debió de acudir más de una vez a sacarlo de apuros.

También el padre, a pesar de que murió cuando acababa Carlos de cumplir los veinte años, parece que miraba alguna que otra vez con secreto temor a aquel «demonio» que llevaba dentro su hijo preferido. Pero lo que a él lo atormentaba no eran los cuidados mezquinos y penosos de la pobre madre por la carrera y el bienestar material de su hijo, sino el vago presentimiento de un carácter duro como el granito, sin la menor afinidad con el suyo, dulce y blando. Enrique Marx, que como judío, renano y jurista parecía revestido con una triple coraza contra los encantos de aquella Prusia de hidalgos rurales, era, a pesar de todo, un patriota prusiano; no en el sentido insípido y necio que hoy damos a esta palabra, sino un patriota prusiano por el estilo de aquellos que nosotros, viejos ya, alcanzamos todavía a conocer en hombres como Waldeck o como Ziegler; un hombre nutrido de cultura burguesa, creyente con la mejor fe del mundo en el viejo racionalismo fridericiano; un «ideólogo», en una palabra, de aquellos que tanto, y con sobrada razón, odiaban a Napoleón. Lo que éste entendía por «ideología, esa necia palabra», era precisamente lo que alimentaba el odio del padre de Marx contra aquel conquistador que había dado a los judíos renanos la plenitud de sus derechos civiles y a los territorios del Rin el Código de Napoleón, aquella joya tan celosamente guardada por ellos y tan insaciablemente atacada por la reacción prusiana.

Su fe en el «genio» de la monarquía prusiana se mantuvo incólume hasta que el Gobierno de Prusia lo forzó a cambiar de religión, si quería conservar su empleo. Esta coacción ha sido aducida muchas veces, incluso por personas informadas, para justificar o excusar lo que no necesita justificación y ni siquiera excusa. Aun examinada su actitud por el lado exclusivamente religioso, un hombre como él, que confesaba, con Locke, Leibniz y Lessing, su «fe pura en Dios», no tenía ya nada que buscar en la sinagoga, y era natural que acudiese a refugiarse en la Iglesia nacional prusiana, donde entonces reinaba un racionalismo transigente, una especie de «religión nacional», contra la cual no había podido prevalecer ni el edicto prusiano de censura de 1819.

Pero, además, la abjuración del judaísmo no era tan solo, en los tiempos que corrían, un acto religioso, sino que entrañaba también —y primordialmente— un acto de emancipación social. Los judíos no habían participado en las prestigiosas tareas del espíritu de los grandes pensadores y poetas alemanes; en vano la luz modesta de un Moses Mendelsshon pretendió alumbrar a su «nación» la senda hacia la vida intelectual del país. Idéntico fracaso experimentaron un puñado de judíos jóvenes de Berlín al querer reanudar las aspiraciones de su precursor —precisamente por los mismos años en que Enrique Marx abrazaba el cristianismo—, aunque entre ellos se encontrasen hombres del calibre de Eduardo Gans y Enrique Heine. El primero, capitán de la aventura, viéndose fracasado, arrió bandera y se pasó al cristianismo. El propio Heine, que tan duramente lo maldijo —»ayer todavía un héroe, y hoy nada más que un canalla»—, habría de verse forzado, y muy pronto, a sacar también «entrada para la función de la cultura europea». Y ambos tuvieron su parte histórica en la obra del espíritu alemán del siglo XIX, mientras que los nombres de sus camaradas que, fieles a la causa, siguieron cultivando el judaísmo, se han esfumado sin dejar huella.

Durante muchos años, el tránsito al cristianismo fue, para los espíritus libres de la raza judía, un progreso en la senda de la civilización. Así ha de interpretarse también el cambio de religión abrazado por Enrique Marx con su familia en el año 1824. Es posible que las circunstancias contribuyesen, también, ya que no a inspirar el hecho, por lo menos a apresurar el momento de su realización. Las persecuciones contra los judíos, que tomaron un giro tan violento durante la crisis agrícola de aquellos años, desataron también las furias antisemitas en las provincias del Rin, y un hombre de honorabilidad intachable como era el padre de Marx no tenía deber, ni tampoco —por miramiento hacia sus hijos— derecho a afrontar aquella ola de odio. También pudo ocurrir que la muerte de su madre, que debió de acontecer por aquel entonces, lo eximiese de ciertos escrúpulos de respeto y piedad filial, muy propios de su carácter, así como pudo también haber influido el hecho de que su hijo mayor cumpliese, precisamente en el año de conversión, la edad escolar. Cualesquiera que fuesen las causas, lo indudable es que el padre de Marx poseía ya esa cultura del hombre libre que lo emancipaba de todas las ataduras judías, y esta libertad era la que habría de transmitir a su hijo Carlos como precioso legado. En las cartas, bastante numerosas que dirige a su hijo, siendo éste ya estudiante, no encontramos ni una sola huella en la que hable la progenie semita; son todas cartas escritas en aquel tono paternal, prolijamente sentimental, y en aquel estilo epistolar del siglo XVIII, en que el auténtico alemán gustaba de soñar cuando amaba y en que descargaba sus furias cuando la cólera le acometía. Exentas de toda pedantesca cerrazón de espíritu, saben comprender y acatan de buen grado los intereses y las aspiraciones intelectuales del hijo; únicamente contra su ventolera de hacerse un «vulgar poetastro» muestran una aversión franca y perfectamente legítima. Cuando sus pensamientos abstraídos se parasen a soñar en el porvenir que le estaba reservado a su Carlos, aquel buen señor viejo del «cabello pálido y el espíritu un tanto rendido» tendría seguramente sus dudas acerca de si el corazón del hijo respondería a su cabeza. ¿Habría en él realmente —pensaría el padre— cabida para esos sentimientos, terrenos pero dulces, que tanto consuelo procuran al hombre en este valle de lágrimas?

Y sus dudas no eran seguramente infundadas, dado su modo de ver; aquel amor entrañado con que llevaba a su hijo «en lo más recóndito de su corazón» no lo cegaba, antes al contrario, le hacía penetrar el porvenir. Pero así como el hombre no alcanza nunca, por lejos que vea, a atalayar las consecuencias últimas de sus actos, Enrique Marx no pensaba, ni podía tampoco pensar, en que al transmitir a su hijo aquellos raudales de cultura burguesa como la riqueza más sólida con que le equipaba para la vida, no hacía más que contribuir a dar vuelos en él a aquel temido «demonio», del que no sabía si había de ser «fáustico o celeste». Carlos Marx superó ya en el hogar paterno, como jugando, mucho de aquello que a un Heine o a un Lassalle costaran los primeros y más duros combates de su vida y de cuyas heridas no llegaron nunca a reponerse.

¿Y a la escuela, qué debe a la escuela, a sus primeros años de estudio, Carlos Marx? Esta aportación es ya mucho menos fácil de deslindar. Marx no habla nunca de sus compañeros de escuela, ni sabemos tampoco de ninguno que registrase sus recuerdos de él. Hizo sus estudios de bachillerato clásico en el Gimnasio de su ciudad natal y pronto lo vemos graduado de bachiller; el título lleva la fecha del 25 de agosto de 1835, y es lo que suelen ser estos diplomas; vierte sobre la cabeza de aquel joven de brillante porvenir sus votos de triunfo y formula unos cuantos juicios esquemáticos acerca del rendimiento y valor en las diversas ramas del estudio. Hace resaltar, sin embargo, que Carlos Marx sabía traducir y glosar muchas veces hasta los pasajes más difíciles de los viejos clásicos, sobre todo aquellos en que la dificultad no residía tanto en el lenguaje como en las materias y en la complejidad del pensamiento; y que sus ejercicios de composición latina revelaban, en cuanto al fondo, riqueza de ideas y gran penetración para el tema, si bien aparecían recargadas con frecuencia por digresiones inútiles.

En el momento del examen, el examinado parecía no andar muy fuerte en religión ni en historia. En el ejercicio de composición alemana, sus jueces descubrieron una idea que les pareció «interesante» y que a nosotros, hoy, tiene que parecérnosla mucho más. El tema que le habían dado era este: «Consideraciones de un joven antes de elegir carrera». La calificación decía que el ejercicio de Carlos Marx se distinguía por su riqueza de ideas y su buena distribución sistemática, aunque el alumno seguía incurriendo en el vicio, que le era peculiar, de rebuscar exageradamente hasta encontrar expresiones raras y llenas de imágenes. Y enseguida se hace notar, reproduciéndola literalmente, esta observación del muchacho: «No siempre podemos abrazar la carrera a la que nuestra vocación nos llama; la situación que ocupamos dentro de la sociedad empieza ya, en cierto modo, antes de que nosotros mismos podamos determinarla». Así despuntaba en él, ya en su adolescencia, el primer chispazo de la idea que de hombre habría de completar y desarrollar en todos sus aspectos, y que, corriendo el tiempo, iba a ser un mérito inmortal de su vida.

2. JENNY DE WESTFALIA

En el otoño de 1825, Carlos Marx se matriculó en la Universidad de Bona, donde pasó un año dedicado no tanto, seguramente, a estudiar Jurisprudencia, sino a hacer «vida de estudiante». Tampoco acerca de este período de su vida poseemos noticias directas, pero, a juzgar por lo que de él se refleja en las cartas de su padre, parece que este fue un año de expansión para su juventud. Más adelante, en un momento de indignación, el padre habría de hablar de aquella «vida salvaje»; por el momento, limitábase a quejarse de las «cuentas a lo Carlos, sin ilación ni fruto». Y no nos extraña, pues la verdad es que a este gran teórico del dinero jamás ni en ningún momento de su vida le salieron bien las cuentas.

A su regreso de Bona, Carlos Marx, con sus benditos dieciocho años, entró en relaciones formales con una compañera de juegos de su niñez, amiga íntima de Sofía, su hermana mayor, la cual allanó todos los obstáculos que se alzaban ante la Unión de aquellos dos corazones jóvenes. Y aquella hazaña del estudiante que acababa de pasar un año divirtiéndose fue, a pesar de todas las apariencias de muchachada caprichosa que tenía, el primer triunfo serio y el más hermoso que alcanzaba este hombre nacido para triunfar sobre los hombres: un triunfo que incluso al propio padre se le hacía «imposible de creer», hasta que se dio cuenta de que también la novia tenía «sus genialidades» y era capaz de sacrificios que no afrontaría cualquier muchacha vulgar.

En efecto, Jenny de Westfalia, además de ser una muchacha de extraordinaria belleza, tenía un talento y un carácter también extraordinarios. Le llevaba a Carlos Marx cuatro años, sin haber pasado de los veintidós; su hermosura joven y plena sazón veíase festejada y cortejada por una pléyade de pretendientes; hija de un alto funcionarlo de elevada posición social, le esperaba un brillante y seguro porvenir. Y he aquí que de pronto sacrificaba todas estas perspectivas por un porvenir ―en opinión del padre de Marx― «inseguro y lleno de zozobras»; también en ella creía percibir el buen padre, de vez en cuando, aquel temor cargado de augurios que a él le inquietaba. Pero estaba seguro, segurísimo, de la «angelical muchacha», de la «encantadora», y le aseguraba a su hijo que nadie, ni un príncipe, se la arrebataría.

Los peligros y las zozobras del porvenir confirmaron con creces los temores que el viejo Marx pudiera concebir en sus sueños más desesperados, pero Jenny de Westfalia, de cuyos retratos juveniles irradia una gracia infantil, supo ser digna, con su indomable valor de heroína, en medio de las torturas y los sufrimientos más atroces, del hombre a quien había elegido. No es que le ayudase a sobrellevar la pesada carga de su vida en el sentido doméstico de la palabra, pues ella, que había tenido una infancia y una juventud risueña, acostumbrada a la abundancia desde su cuna, no podía estar siempre a la altura de las pequeñas miserias de cada día, como lo hubiera estado una proletaria azotada por la vida, sino en un sentido mucho más elevado, comprendiendo y abrazando dignamente la obra que habría de llenar la vida de su marido y la suya propia. En todas sus cartas, de las muchas que se conservan, alienta un soplo de auténtica femineidad; esta mujer era una «naturaleza» en el sentido que Goethe da a esta palabra, sin asomo de falsedad en ninguna de las fibras de su ánimo, lo mismo en el delicioso tono de cuchicheo de los días alegres que en el dolor trágico de la Niobe a quien la miseria arrebata un hijo sin tener siquiera una pobre cajita para enterrarlo. Su belleza era orgullo de su marido, y cuando, a la vuelta de los años, unidos ya en matrimonio desde una generación, Marx se trasladara a Tréveris, en 1863, para asistir al entierro de su madre, le escribía desde la ciudad natal: «No queda día en que no pasee hacia la vieja casa de los Westfalia (en la calle de los Romanos), mucho más interesante para mí que todas las antigüedades de Roma, porque me recuerda los tiempos felices de mi juventud, aquellos en que sus muros albergaban mi mejor tesoro. Además, todos los días me están preguntando, cuándo unos, cuándo otros, por la muchacha quondam «más hermosa de todo Tréveris», por la «reina de sus bailes». No sabes lo endiabladamente agradable que es, para un hombre, ver que su mujer sigue viviendo en la fantasía de una ciudad entera como una especie de «princesa encantada».» Y en el lecho de muerte de su madre, él, que jamás había sido un sentimental, recordaba con un tono estremecido de melancolía aquellos días, los más hermosos de su vida, que la suerte le había deparado junto a esta mujer.

Los chicos formalizaron sus relaciones sin dar cuenta de ello, por el momento, a los padres de la novia, cosa que no dejó de inquietar al concienzudo padre de Carlos. Poco tiempo después, también ellos daban su consentimiento a la unión. Luís de Westfalia, consejero áulico de gobierno, no procedía, aunque otra cosa pareciera indicar su nombre y su título, ni de la nobleza rural de las orillas del Elba ni de la vieja burocracia prusiana. Su padre era aquel Felipe Westfalia que se cuenta entre las más nobles figuras de la historia guerrera. Secretario particular para asuntos civiles del duque Fernando de Braunschweig, que en la guerra de los Siete Años, a la cabeza de un ejército formado por las más diversas gentes y pagado con dinero de Inglaterra, protegió victoriosamente el oeste de Alemania de los antojos conquistadores de Luis XV y de su Pompadour, el de Westfalia fue poco a poco subiendo hasta convertirse en generalísimo efectivo del duque, a despecho de todos los generales alemanes e ingleses de su tropa. Y tan señalados eran sus méritos, que el rey de Inglaterra quiso nombrarle general ayudante de sus ejércitos, favor que Felipe rechazó. Solo se avino a domar su espíritu de hombre civil «accediendo» a recibir un grado de nobleza, por razones idénticas a las que obligaron a un Herder o a un Schiller a doblegarse y soportar la misma humillación: para unirse en matrimonio a la hija de una familia de barones escoceses que se presentó en el campamento del duque Fernando a visitar a una hermana casada con un general de las tropas auxiliares inglesas.

De esta unión nació Luis de Westfalia. Y si su padre le había legado un nombre histórico, la línea de sus antepasados maternos evocaba también recuerdos históricos que se remontaban hasta un lejano pasado; uno de sus ascendientes por línea directa de madre había muerto en la hoguera, luchando por implantar la Reforma en Escocia; otro, el conde Archibaldo de Argyle, había sido decapitado por rebelde en la plaza pública de Edimburgo, combatiendo contra Jacobo II desde el bando de las libertades. Está tradición familiar inmunizaba a Luis de Westfalia desde el primer momento contra las jactancias de la nobleza rural prusiana, con su orgullo de mendigo, y contra la presuntuosa burocracia del Estado. Sirvió desde muy temprano al duque de Braunschweig y no tuvo inconveniente en continuar al servicio de este Estado cuando Napoleón incorporó el pequeño Ducado al reino de Westfalia, ya que, evidentemente, a él no le importaba tanto el güelfo de estirpe a quien servía como las reformas con que la conquista francesa ponía remedio a los males de su pequeño país natal. Pero no por eso dejó de mantenerse reacio al yugo extranjero, y en el año 1813 conoció la mano dura del mariscal Davoust. Desde Salzwedel, donde era consejero territorial y donde el 12 de febrero de 1814 nació su hija Jenny, fue trasladado, dos años más tarde, al Gobierno de Tréveris, como consejero. En el calor de su arrebato, el canciller del Estado prusiano, Hardenberg, tuvo de todas formas discernimiento suficiente para comprender que había que destinar a los territorios del Rin, recién conquistados y que, en el fondo de su corazón, suspiraban todavía por Francia, a los espíritus más capaces y más libres de los anhelos aristocráticos de la nobleza indígena.

Carlos Marx hablaba siempre de este hombre con la mayor devoción y gratitud. Su afecto hacia él era más que de yerno, y le llamaba su «caro amigo paternal», testimoniándole su «filial cariño». Westfalia podía recitar cantos enteros de Homero de cabo a rabo; se sabía de memoria la mayor parte de los dramas de Shakespeare, lo mismo en inglés que en alemán. En la «vieja casa de los Westfalia» Carlos Marx pudo recoger muchos consejos que no le brindaban en la suya propia ni en las aulas. El padre de Jenny, por su parte, siempre había sentido gran predilección por Carlos, y seguramente al autorizar la formalización de sus relaciones con ella tendría presente el matrimonio feliz de sus propios padres; a los ojos del mundo, también la hija de aquella antigua familia noble de barones había elegido un mal partido al casarse con el pobre secretario burgués.

En el hijo mayor de Luis de Westfalia no habrían de perdurar las tradiciones espirituales del padre. Resultó ser un burócrata arribista y algo peor; durante los años de reacción que sobrevinieron en Prusia después del 48, mantuvo, como ministro del Interior, las pretensiones de aquella aristocracia acartonada, hasta contra el jefe de Gobierno, Manteuffel, que era, a pesar de todo, un burócrata ingenioso. Entre este Fernando de Westfalia y su hermana Jenny no mediaban relaciones íntimas; a esto contribuiría también, acaso, el hecho de llevarle a Jenny quince años y de no ser más que medio hermano suyo, ya que su padre había estado casado antes en primeras nupcias.

En cambio, tuvo un auténtico hermano en Edgar de Westfalia, que se desvió hacia la izquierda de la senda de su padre, lo mismo que Fernando se desviaba hacia la derecha. Este Edgar firmó alguna vez los documentos comunistas de su cuñado Marx. No le fue, sin embargo, un camarada constante; cruzó el Océano, corrió en América diferentes vicisitudes, retornó a Europa y anduvo de acá para allá, sin encontrar asiento en parte alguna; por todo lo que sabemos de él, debía de ser un verdadero desordenado. Pero siempre conservó un gran cariño y una fidelidad inquebrantable hacia la hermana y Carlos Marx, que dieron su nombre al primer varón que tuvieron.

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