Mueren Dos Enemigos De Los Trabajadores

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En la madrugada de hoy martes 26 de enero 2021, fallecieron dos ensañados enemigos de los trabajadores. Julio Roberto Gómez, presidente vitalicio de la Confederación General de Trabajadores de Colombia —CGT. Y Carlos Holmes Trujillo, ministro de defensa del régimen de terror que actualmente gobierna el país.

Ambos, murieron por la pandemia que también toca a las jerarquías privilegiadas. Ambos, fueron víctimas de las medidas absurdas e inocuas adoptadas por el régimen frente al mortal coronavirus, demostrando que a pesar de tener recursos para una atención especial en las mejores clínicas, la pandemia no se enfrenta en las UCI sino con medidas de prevención sanitaria pública, lo cual no lo puede garantizar un sistema de salud centrado en la ganancia privada.

La muerte de ambos es lamentada por los políticos reaccionarios, empezando por el capo mafioso Uribe Vélez, su títere Duque y demás especímenes de su cohorte. Pero también es llorada en las filas politiqueras del reformismo, del oportunismo y del sindicalismo patronal.

Ambos difuntos, desde cuarteles distintos, fueron en vida enconados enemigos de los trabajadores.

Miente la prensa amarilla y rosada cuando dice que Julio Roberto Gómez “dedicó su vida al servicio de los trabajadores”, pues en verdad siempre fue un jefe sindical vende-obrero, amangualado con los empresarios, conciliador con los verdugos de los trabajadores, explotador él mismo, en el sucio negocio del contratismo sindical.

Mienten los gobernantes, empresarios y toda su prensa de bolsillo, cuando dicen que Holmes Trujillo fue un “destacado servidor público”. Este tiranuelo, miembro de una poderosa familia burguesa del Valle del Cauca, jamás ofició en beneficio del pueblo colombiano. Siempre fue un representante radical de los enemigos del pueblo. Siempre estuvo en cargos políticos de distintos gobiernos al servicio de la dictadura de los capitalistas. En el régimen uribista actual, era jefe de la columna vertebral del Estado burgués: las fuerzas armadas, donde brilló por su pasmosa complicidad con los asesinatos diarios de dirigentes y desmovilizados y su cínica defensa de los uniformados asesinos del pueblo, tales como los policías ejecutores de la masacre del 9 de septiembre 2020 en Bogotá.

Para los comunistas revolucionarios, la clase obrera y el pueblo colombiano, la muerte de estos dos enemigos ni siquiera equivale al peso de una pluma. El profundo odio de los trabajadores a estos enemigos no cesará con su muerte.

La muerte es una ley natural de los seres vivos. Nadie puede escapar a su veredicto. Pero qué distinto y qué abismal diferencia existe con quienes mueren sirviendo consecuentemente a los intereses de los trabajadores, con quienes mueren luchando por derrocar a los dictadores, con quienes mueren ayudando a sepultar este asqueroso sistema capitalista. Su muerte, como dijera el Presidente Mao Tse-tung, pesa más que una montaña y su recuerdo se conservará para siempre en las memorias de la sociedad.

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