VENEZUELA Y LOS REFORMISTAS BURGUESES DEL SIGLO XXI (8)

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VENEZUELA Y LOS REFORMISTAS BURGUESES DEL SIGLO XXI (8) 1

III. Los Resultados Prácticos del Socialismo del Siglo XXI

Partido Burgués Disfrazado de Partido de los Pobres

Retomamos nuevamente la polémica con Dieterich y los «Socialistas del Siglo XXI», que en esta ocasión y para terminar esta fastidiosa tarea de refutar las idioteces de Dieterich y su «único modelo científico de la sociedad postcapitalista que hoy existe», dedicaremos a dos problemas decisivos: el sujeto de la revolución y el dispositivo estratégico principal para garantizar su triunfo. Problemas que hoy cobran mayor importancia ante la caída inminente del gobierno chavista en Venezuela y el fracaso rotundo del «Socialismo del Siglo XXI».

Venezuela está siendo sacudida por una profunda crisis económica, social y política producto de la voraz explotación capitalista y la dependencia semicolonial imperialista; en otras palabras, el tal Socialismo del Siglo XXI, como se mostró a lo largo de las anteriores entregas, resultó ser más de lo mismo: superexplotación del pueblo, dependencia del imperialismo yanqui, ruso y chino, multimillonarias ganancias para las clases parásitas y los monopolios, así como aumento de la miseria y la opresión sobre el pueblo.

Los levantamientos populares, el saqueo de supermercados, la escases, la represión… aprovechados por las fuerzas más retardatarias para difamar del socialismo en general y para canalizar el descontento popular en Venezuela, pone en evidencia la falta del Partido de la clase obrera, de un partido comunista que dirija la lucha revolucionaria del pueblo para poner fin a los privilegios de los explotadores, incluida la cúpula chavista. Los hechos hablan por sí mismos, y mientras el pueblo venezolano padece la hambruna con la mayor inflación de cualquier país y es brutalmente reprimido, los ricachones siguen gozando de los privilegios como antaño:

La inflación cercana al 450%, el alto costo y escases de los alimentos y productos básicos son la realidad cotidiana de un pueblo que ya se cansó de la demagogia del partido burgués bolivariano que ya no tiene cómo seguirse disfrazando de partido de los pobres. El estallido desatado por el «billetazo» de Maduro (retiro del billete de 100 Bolívares) aumentó y generalizó las protestas y saqueos, dejando varios muertos y centenares de heridos y detenidos. Venezuela ocupa hoy el segundo lugar en homicidios después de El Salvador.

La corrupción del aparato estatal, el enriquecimiento de los jefes del partido de gobierno, los negocios ilícitos… ya son imposibles de ocultar dejando en claro que los sufrimientos son para el pueblo porque los de arriba, incluidos los actuales gobernantes, siguen viviendo en medio del lujo y la opulencia, a la vez que se les garantiza su seguridad: los sitios más exclusivos del país como el Lagunita Country Club en Caracas no ha cerrado un solo día; por el contrario, se ven nuevos clientes y socios surgidos de la burocracia gubernamental y del partido encabezado por Maduro, y que son conocidos como los «boliburgueses». Según la BBC, se trata de la «Venezuela donde los restaurantes de moda se siguen llenando, donde en las tiendas con productos importados hay cola para pagar. Donde una mujer compra un martes al mediodía unos lujosos aretes Swarovski en un centro comercial… Una Venezuela donde los cumpleaños se siguen festejando con whisky 18 años, donde a una quinceañera le traen a los músicos J Balvin y Farruko para su fiesta y donde una señora celebra con amigas con un concierto privado de Luis Miguel… Se calcula que esta clase pudiente representa el 16% de la población, un poco menos de 5 millones de personas.»

La gran burguesía venezolana sigue manteniendo sus negocios en el país y en el exterior. No le teme al gobierno porque a pesar de toda la alharaca socialista sigue explotando como siempre y acumulando capital; y aunque le chocan los desafueros de Maduro, a lo que realmente le teme es a un levantamiento popular que no deje piedra sobre piedra de su orden.

Las principales divergencias de la vieja burguesía venezolana con el chavismo no radican en algunas medidas de orden secundario que no tocan los fundamentos de la explotación capitalista, sino en la inestabilidad general y en el cansancio del pueblo frente a las privaciones que lo empujan a levantarse; por eso, ante un inminente levantamiento general del pueblo la burguesía más abiertamente pro yanqui se ha propuesto revocar a Maduro, mientras otro sector de la oposición ya tranzó un acuerdo con el gobierno, y si el proletariado no logra organizarse como partido político independiente, seguramente las clases dominantes reacomodarán las fuerzas para seguir expoliando al pueblo y entregando el país a los imperialistas.

Lo que está pasando en Venezuela no obedece a la conspiración del imperialismo yanqui como aseguran Maduro y sus amigos, ni es una desgraciada casualidad, sino que es la consecuencia natural y necesaria de la crisis económica del capitalismo mundial del cual Venezuela hace parte; a la que han contribuido las fórmulas de Dieterich y su «Socialismo del Siglo XXI» o capitalismo monopolista de Estado. Un fracaso anunciado desde Revolución Obrera porque no se puede construir algo distinto sin destruir las viejas relaciones sociales de producción ni el Estado que las defiende, garantiza y reproduce como sucedió en Venezuela, a pesar de la demagogia seudosocialista de Chávez y sus seguidores.

Un ingrediente adicional a la crisis en que se debate desde hace años la sociedad venezolana obedece a la inexistencia de un Partido revolucionario del proletariado, cuya construcción han combatido los gobernantes y quienes desde la “izquierda” lo apoyan, veamos.

Dice Dieterich que su «Nuevo Proyecto Histórico» será llevado a cabo por una comunidad variopinta de sujetos, víctimas del capitalismo neoliberal: «Este sujeto emancipador está conformado por la comunidad de víctimas del capitalismo neoliberal y de todos aquellos que son solidarios con ella. La clase obrera seguirá siendo un destacamento fundamental dentro de esta comunidad de víctimas, pero probablemente no constituirá su fuerza hegemónica. La comunidad de víctimas es multicultural, pluriétnica, policlasista, de ambos géneros y global, y abarca a todos aquellos que coincidan en la necesidad de democratizar a fondo la economía, la política, la cultura y los sistemas de coerción física de la sociedad mundial.»

Pero esa «genialidad» no es un descubrimiento suyo, sino copiado de los «marxistas críticos» que al igual que Dieterich en Venezuela, trataron de teorizar la «revolución» nicaragüense, donde el «sujeto emancipador» era «… un heterogéneo conglomerado de fuerzas sociales y étnicas en que predomina el campesinado y sectores urbanos difícilmente ubicables en el sistema tradicional de clases, como fuerza, y una pequeña burguesía revolucionaria como grupo dirigente…» Por consiguiente, «… los antiguos modelos del proletariado industrial como fuerza dirigente y la vanguardia como su representante político dentro de una dictadura del proletariado no tienen validez para las transiciones al socialismo que se dan en los pequeños países de la periferia.» (Ver, Carmen Diana Deere – José Luis Coraggio y otros, La transición difícil, Siglo XXI Editores).

Y mucho antes que los “marxistas críticos” Herbert Marcuse y sus compinches de la llamada Escuela de Frankfurt, por ejemplo, plantearon la “naturaleza y eficacia” de los nuevos movimientos sociales, en particular de la intelectualidad y otros sectores de la pequeña burguesía, «como sustituto revolucionario de una clase obrera que ha sido integrada al sistema».

Dieterich no se atreve a negar tajantemente el papel de la clase obrera, como lo hicieron Marcuse en los años 60 y 70 y los “marxistas críticos” en los años 80 del siglo pasado, o como lo hacen Negri y Hardt en Multitud: «Cuando la carne de la multitud queda aprisionada y convertida en el cuerpo del capital global, se encuentra al mismo tiempo dentro y en contra del proceso de globalización capitalista (…) La producción biopolítica de la multitud tiende a movilizar lo que comparte en común y lo que produce en común contra el poder imperial del capital global». (Hardt y Negri, 2004, p. 129). O como lo hace el revisionista y renegado Avakian y su «nueva síntesis» para quien la clase obrera despareció y solo encuentra oprimidos, pobres, nacionalidades, movimientos…

Pero si, como afirma Dieterich, “probablemente” o “seguramente” la clase obrera no constituirá la fuerza dirigente y hegemónica de las víctimas del capital ¿quién lo hará?

Dieterich no responde abiertamente, pero en el transcurso de su obra es obvio que el papel dirigente lo jugarán partidos burgueses del tipo Partido Socialista Unido de Venezuela, o de Alianza País de Ecuador, o del Movimiento al Socialismo de Bolivia y hasta de neofascistas como el falso Partido Comunista de China… asesorados por la «pléyade» de intelectuales tipo Dieterich, quien recurre a un viejo truco burgués para introducir la idea de que el proletariado no debe organizarse como Partido político independiente: «… los sujetos potencialmente democratizadores de la sociedad global —sectores precarios, los indígenas, las mujeres, los intelectuales críticos, los cristianos progresistas, las ONGs independientes, etcétera— no aceptarán que se les imponga el liderazgo de un ente sociopolítico, cuya legitimidad no se derive de su praxis libertadora.» Un truco malintencionado que no pasa de ser una afirmación idiota por cuanto todo el mundo sabe que quien ocupa el lugar dirigente es porque dirige, a no ser por supuesto que se trate de un estúpido para aceptar «el liderazgo de un ente sociopolítico» que no dirija y «cuya legitimidad no se derive de su praxis…»

Pero el asunto de fondo y clave está en que los Dieterich, los Avakian y toda esa suerte de yerbas venenosas, al igual que los «sabios» de la Escuela de Frankfurt y mucho antes que ellos los socialistas utópicos de la época de Marx, no reconocen o soslayan la existencia de la clase obrera como el sujeto revolucionario de la época del capitalismo, la única clase que por sus condiciones económico sociales está llamada a ser la clase dirigente de las transformaciones revolucionarias y, sobre todo, la necesidad que tiene de organizarse como Partido político independiente para ello, así como para dirigir la sociedad mediante su dictadura de clase.

Todos ellos, socialisteros y falsos comunistas son traficantes que engañan al proletariado y a las masas haciéndoles creer que no son parte de la clase más revolucionaria de la época: ¿acaso la inmensa mayoría de los cristianos no son asalariados, o es que viven del soplo divino?, ¿no son los indígenas en su mayoría asalariados o trabajadores del campo y por consiguiente aliados naturales del proletariado?, ¿cuáles son los sectores «precarios», las nacionalidades oprimidas, los estudiantes, los GLBTI que no pertenecen mayoritariamente a la clase obrera?, ¿es decir gente que vive o depende del salario, de vender su fuerza de trabajo al capital?

Los sabiondos como Avakian y Dieterich, detrás de la palabrería huera y demagógica, en realidad esconden su pretensión de conseguir un estatus privilegiado como dirigentes de la «nueva sociedad» donde ellos, como pequeñoburgueses, se convertirán en jueces de las contradicciones que desgarran la sociedad de clases, porque se creen que están por encima de las clases; lo cual no es más que un viejo sueño utópico, de cuyo fracaso se niegan a aprender.

La agudización de la crisis económica, social y política en Venezuela y en todo el mundo está exigiendo la dirección del proletariado erigido en Partido político para llevar a cabo las profundas y radicales transformaciones que reclama el atolladero a que ha conducido la sociedad la burguesía y su sistema, hoy convertido en un cadáver ambulante que apesta y contamina toda la sociedad amenazándola con la destrucción.

La clase obrera necesita de su partido revolucionario, no para disputar con los demás partidos la burocracia en el viejo Estado garante de los intereses de los explotadores y máquina de explotación y de opresión sobre el pueblo. Necesita de un Partido que organice y dirija a su clase y con ella al resto del pueblo trabajador para que mediante la Guerra Popular destruyan la maquina estatal burguesa y construyan un nuevo tipo de Estado, sin burocracia ni ejército profesional permanente, donde los trabajadores del campo y la ciudad armados, expropien a los hoy expropiadores y dirijan todos los destinos del país.

El proletariado revolucionario en Venezuela debe desprenderse del régimen chavista y de toda ilusión en que a través de él podrá avanzar a la conquista del programa revolucionario. Debe esforzarse por transformarse en un destacamento organizado e independiente, capaz de ocupar el lugar de vanguardia en la lucha contra las clases dominantes, incluida la facción de “boliburgueses” que hoy gobiernan, actuando como jefe político de la clase obrera a fin de que ella, al frente de las masas populares, pueda aprovechar los días turbulentos que se avecinan.

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