VENEZUELA Y LOS REFORMISTAS BURGUESES DEL SIGLO XXI (2)

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Como anunciamos en el número anterior, damos continuidad a la polémica con el Socialismo del Siglo XXI, dedicando esta entrega a mostrar que el Socialismo del Siglo XXI, cuyos defensores anuncian como la nueva teoría social revolucionaria, no tiene nada de nueva ni de revolucionaria.

II. Las Raíces Teóricas del Socialismo del Siglo XXI

Se le adjudica a Heinz Dieterich, la genialidad de presentar una nueva alternativa al capitalismo ante el supuesto fracaso del socialismo de Marx, Engels, Stalin y Mao Tse-tung; sin embargo, el concepto fue ideado en 1996 por Alexander V. Buzgalin, un intelectual de la burguesía que usurpó el poder en la antigua Unión Soviética.1

En su obra, El Socialismo del Siglo XXI, Dieterich reconoce además que toma ideas de una «pléyade» de intelectuales2 de los que destaca al economista e historiador alemán Arno Peters:

«profesor emeritus y genio renacentista, quien descubrió el principio económico de la nueva sociedad socialista que es la clave de toda propuesta seria sobre un sistema no-capitalista».

Dieterich afirma que:

«Por más de doscientos años, desde la Revolución Francesa (1789) hasta la actualidad, el género humano ha transitado por las dos grandes vías de evolución que tenía a su disposición: el capitalismo y el socialismo histórico (realmente existente). Ninguno de los dos ha logrado resolver los apremiantes problemas de la humanidad, entre ellos: la pobreza, el hambre, la explotación y la opresión de tipo económico, sexista y racista; la destrucción de la naturaleza y la ausencia de la democracia real participativa. Lo que caracteriza nuestra época es, por lo tanto, el agotamiento de los proyectos sociales de la burguesía y del proletariado histórico, y la apertura de la sociedad global hacia una nueva civilización: la democracia participativa.»

De entrada Dieterich utiliza el truco de afirmar una mentira como verdad para después refutarla: el socialismo realmente existente en Rusia hasta 1956 y en China hasta 1976, logró resolver «los apremiantes problemas de la humanidad». Obviamente Dieterich no se refiere a ese socialismo, sino al socialimperialismo -impuesto en Rusia luego de la derrota del proletariado- y a su debacle en 1989. Él, como la mayoría de la intelectualidad y haciendo migas con los más recalcitrantes enemigos de la clase obrera, se tragó el cuento del imperialismo y la reacción de que el socialismo había fracasado. Pero Dieterich necesita apoyarse en esa mentira para darle sustento a su «proyecto», sobre todo, negando la necesidad de la destrucción violenta del Estado de los explotadores y la democracia burguesa, y su sustitución por la Dictadura del Proletariado, la democracia directa de los obreros y campesinos; para introducir, a nombre de un supuesto socialismo, la vieja bandera de la pequeña burguesía: la democracia participativa. Define su propuesta como «democracia participativa, nuevo socialismo y Nuevo Proyecto Histórico» que considera como sinónimos y que se «fundamenta» en: «la democracia participativa, la economía democráticamente planificada de equivalencias, el Estado no-clasista y, como consecuencia, el ciudadano racional-ético-estético».

¿Qué tiene de novedosa la «nueva teoría» que se presenta a sí misma como socialista y superación del «viejo» socialismo y comunismo?

En cuanto al método de pensamiento, aun cuando se manifiesta como defensor del materialismo y la dialéctica, no pasa de ser metafísico: aceptar que en Rusia existió «socialismo real» hasta el derrumbe del bloque socialimperialista en 1989, es desconocer la realidad objetiva ya que desde 1956 el proletariado fue derrotado por la burguesía, convirtiéndose ésta burguesía y su régimen en socialista de palabra pero imperialista de hecho: socialimperialista; como correctamente fue caracterizada por el movimiento obrero en la década del 60, hecho que fue demostrado con creces en su invasión terrorista y criminal a Afganistán y en el saqueo de los países que quedaron bajo su égida como semicolonias, como es el caso de Vietnam y Cuba, entre otros.

Llegar a decir que en China hay un «socialismo realmente existente» es el colmo de la estulticia, cuando la verdad objetiva es que en China gobierna una cavernaria y sanguinaria burguesía, asesina de los revolucionarios maoístas en los 70 y masacradora de los jóvenes en Tiananmen a finales de los 80, solamente que todavía tiene el descaro de presentarse como comunista. Y con un candor enternecedor, enternecedor por reaccionario, saluda el que esa burguesía haya decidido estimular la discusión de su esperpento:

«En un evento de trascendencia histórica, el diario oficial del Partido Comunista de China (PCC) -Renmin Ribao o Diario del Pueblo- introdujo el 16 de enero del presente el Socialismo del Siglo 21 al debate público del país… la maduración del proceso de ‘reforma y apertura’ obliga a encaminar la política nacional hacia una forma superior de Socialismo científico y democrático, so pena de caer en el modelo de Hongkong y Taiwan… La apertura debativa al Socialismo científico del Siglo 21, por parte de la única potencia mundial gobernada por un Partido Comunista, aparece como brisa oxigenante en una coyuntura de obstáculos a la evolución del postcapitalismo global…»3.

Sin duda su saludo a la burguesía reaccionaria china tiene su razón en el escandaloso fracaso de sus postulados en los gobiernos de Chávez, Morales y Correa que según él mismo son una «alternativa socialdemócrata al neoliberalismo. Pero, ninguno de ellos ha creado estructura institucional alguna, que trasciende a la economía de mercado o al parlamentarismo burgués, ni lo va a hacer…» 3.

He ahí unas cuantas perlas de la «genialidad» de quien afirma ser portador del «único modelo científico de la sociedad postcapitalista que hoy existe».

A pesar de las alusiones a Marx y a las categorías de la ciencia económica, las teorías económicas que Dieterich tomó prestadas de Arno Peters, no son novedosas ni científicas, sino recogidas directamente de Aristóteles y su antecesor Tales de Mileto que definieron la crematística como el arte de enriquecerse con el comercio y la usura, consideradas como actividades contra la naturaleza humana y separadas de la economía. Así para los «genios» del Socialismo del Siglo XXI el secreto de la explotación capitalista no está en la producción sino en la circulación, en el comercio y en la usura, a los que juzga de inmorales: «Aparte de la economía existe la crematística (enriquecimiento), que se basa en el comercio y en los préstamos financieros, cuyo único objetivo es el lucro. La crematística trastorna la economía en su libre desarrollo, por lo cual impide el cumplimiento de su función… El afán de lucro de la crematística no tiene límites. Su insaciabilidad es antinatural y ofende la vida en sí… La crematística última es la causa del comercio, del robo y de la guerra.»

¿Y la solución del Socialismo del Siglo XXI?:

«…el salario equivaldrá al tiempo de trabajo invertido, independientemente de la edad, del sexo, del estado civil, del color de la piel, de la nacionalidad, del tipo de trabajo, del esfuerzo físico, de la preparación escolar, del desgaste, de la habilidad, de la experiencia profesional, de la entrega personal al trabajo; independientemente también, de la pesadez del trabajo y de los peligros que implique para la salud. En pocas palabras: el salario equivale directa y absolutamente al tiempo laborado. Los precios equivalen a los valores, y no contienen otra cosa que no sea la absoluta equivalencia del trabajo incorporado en los bienes. De esta manera se cierra el circuito de la economía en valores, que sustituye a la de precios. Se acabó la explotación de los hombres por sus prójimos, es decir, la apropiación de los productos del trabajo de otros, por encima del valor del trabajo propio. Cada ser humano recibe el valor completo que él agregó a los bienes o a los servicios.»

Ésta «novedosa» teoría es, en primer lugar, un verdadero galimatías que solo entienden sus autores, por cuanto en el capitalismo el salario también «equivale directa y absolutamente al tiempo laborado» que el obrero contrata con el capitalista. El capitalista no roba la plusvalía como asegura Dieterich en su obra, sino que paga al obrero la jornada de trabajo contratada, solo que en el transcurso de ésta, el obrero cubre su salario (tiempo necesario) y además crea un plusvalor (tiempo excedente) con el cual se queda el capitalista y en eso consiste la explotación.

Pero además, en segundo lugar, en cuanto a que el trabajador «recibe el valor completo que él agregó» y que ahora se presenta como la novedad y el último grito del socialismo verdaderamente científico, no es más que palabrería huera tomada de la vieja receta de Ferdinand Lassalle:

«todos los miembros de la sociedad tienen derecho a percibir el fruto íntegro de su trabajo… La emancipación del trabajo exige que los medios de trabajo se eleven a patrimonio común de las sociedad y que todo el trabajo sea regulado colectivamente, con un reparto equitativo del fruto del trabajo.»

Una fórmula adoptada en el Programa del Partido Obrero Alemán en el Congreso de Gotha y criticada severamente por Marx y Engels en 1875, ¡Hace más de 100 años! No solo por ilusoria, sino por reaccionaria, por cuanto no es posible entregar a cada miembro de la sociedad el «producto íntegro de su trabajo» -según Lassalle- o «el valor completo de lo que él entregó», ni podrá «el salario equivale[r] directa y absolutamente al tiempo laborado» -según Peters y Dieterich- ya que una parte de los valores creados por el trabajo va para los «gastos generales de administración, no concernientes a la producción»; otra parte a «la satisfacción de las necesidades colectivas» tales como guarderías, escuelas, universidades, hospitales, sitios de recreación, defensa, etc.; otra va al «sostenimiento de las personas no capacitadas para el trabajo» y, finalmente, otra parte a ampliar la producción so pena de que perezca la sociedad.4.

Pero además, Marx decía que en el socialismo también se intercambian equivalentes:

«El derecho de los productores es proporcional al trabajo que han rendido; la igualdad, aquí, consiste en que se mide por el mismo rasero: por el trabajo»4.

Demuestra que en el socialismo, todavía ese intercambio de equivalencias sigue siendo derecho burgués, y que solo

«en la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora, de los individuos a la división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual. Según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!»4.

En otras palabras, solo en la imaginación de los utopistas cabe la idea de que los miembros de la sociedad percibirán el «fruto integro de su trabajo» como creía Lassalle, o que «Cada ser humano recibe el valor completo que él agregó a los bienes o a los servicios» como alardean los ignorantes socialistas del Siglo XXI. Marx calificaba de patrañas ideológicas, jurídicas y de otro tipo a estas «genialidades» de los demócratas pequeñoburgueses y los socialistas vulgares.

[Continuará]

LEA TAMBIÉN:


  1. El Futuro del Socialismo 

  2. Carsten Stahmer (Alemania), Enrique Dussel (Argentina), Nildo Ouriques (Brasil), Pedro Sotolongo (Cuba), Hugo Zemelman (Chile), Raimundo Franco (Cuba). 

  3. Heinz Dieterich, 23/01/2012, La única alternativa disponible – Partido Comunista de China se abre al Socialismo del Siglo 21 

  4. Crítica al Programa de Ghota, Marx y Engels  

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