La Batalla de Stalingrado

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La Batalla de Stalingrado 1

El 2 de febrero de 1943 finalizó la batalla de Stalingrado, la cual marcó el ocaso del ejército fascista alemán y fue el punto de viraje radical en el desarrollo de toda la Segunda Guerra Mundial a favor de las fuerzas aliadas, principalmente a favor del gran país de los soviets (URSS). Allí el Ejército Rojo de obreros y campesinos sepultó al VI Ejército alemán y capturó lo que quedó de él, es decir, la nata de las hordas fascistas mejor preparadas para acabar con el socialismo en la URSS.

El pueblo soviético entregó en aquella lucha a sus mejores hijos y legó para las futuras generaciones la gloria de la victoria, una victoria que salvó al mundo entero de la barbarie de la esclavitud fascista, por tal motivo resulta muy esclarecedor y oportuna la lectura de la entrega publicada anteriormente en nuestra pagina«La batalla de Stalingrado» en donde se describen los pormenores y la estrategia de la batalla que contribuyeron a la victoria soviética.

Hoy recordamos aquella batalla con tres poemas escritos por Kostantin Simonov, un gran poeta soviético alistado en el Ejercito Rojo en el marcó de la guerra y que participó en la batalla de Stalingrado como corresponsal.

LA MUERTE DE UN AMIGO

No es verdad: un amigo no muere;
tan sólo deja de estar a tu lado.
No comparte más el pan contigo,
ni bebe más de tu caramañola.

En la fosa cubierta por la nieve,
no canta más la canción de sobremesa,
y cerca de ti, bajo la misma capa,
no duerme más junto al brasero.

Pero todo lo que ha pasado entre vosotros, 
todo lo que os seguía en vuestras huellas,
no pudo quedarse
con sus restos, en la tumba.

Heredero de ira y desdén,
después que perdiste a tu amigo,
te volviste para siempre
dueño de doble vista y oído.

Legamos amor a nuestras mujeres;
recuerdos a nuestros hijos;
pero en los campos quemados por la guerra,
a los amigos legamos el caminar.

Aún nadie conoce un remedio
para las muertes repentinas.
Más y más grave se vuelve el peso de la herencia,
más y más estrecho el círculo de tus amigos.

Carga entonces su peso, vagando en las batallas.
No dejes caer nada.
Pasa con él la noche bajo el fuego.
Cárgalo. Cárgalo.

Cuando ya no puedas cargarlo más, 
recuerda que al perecer
tan sólo lo transferirás a los hombros 
de los que vivan aún.

Y alguien, sin haberte visto,
de terceras manos tu peso tomará,
y vengando a los muertos, y odiando, 
hasta la victoria lo llevará.

De La libreta del frente, 1942

EL COMPAÑERO

Tras el enemigo de nuevo caminamos
hacia el poniente cinco días, palmo a palmo.

El quinto día, bajo un fuego inclemente
cayó mi compañero, el rostro hacia el poniente.

Tal como avanzaba, así murió: corriendo.
Así cayó y así quedó en la nieve, yerto.

Abrió los brazos anchos como si quisiera
abarcar en ellos a la nación entera.

Como si él, que dio su vida en la pelea,
aún después de muerto su tierra protegiera.

Muchos días amargos la madre llorará.
La victoria no podrá devolvérselo ya.

Mas para él —que lo sepa la madre doliente—
fue más fácil morir con el rostro al poniente.

De La libreta del frente, 1942

ESPÉRAME Y VOLVERÉ

Espérame y volveré.
Espera ansiosa…
Espera, cuando las lluvias 
traigan tristeza.
Espera, cuando el verano
traiga calor.
Espera, cuando los otros
sean olvidados.
Espera, cuando de lejos
no lleguen cartas.
Espera, aun cuando todos 
estén cansados ya de esperar.

Espérame y volveré.
Ignóralos si te dicen 
que es tiempo ya de olvidar. 
Deja que mi hijo y mi madre 
piensen que yo ya no existo.
Cuando todos mis amigos,
cansados ya de esperar,
se reúnan junto al fuego
y beban el vino amargo
a mi memoria, espera…
Espera, y no te apresures
a vaciar también tu copa.

Espérame y volveré
a despecho de mil muertes.
Los que no me esperaban
quizá dirán: «Tuvo suerte».
Ellos no comprenderán
que en el rigor del combate
tu esperar me salvó.
Mas cómo sobreviví,
sólo tú y yo lo sabremos,
pero tú supiste esperar
como nadie esperó.

De El diario lírico, 1941-1942

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