En los 100 Años de la Revolución de Octubre (X)

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En los 100 Años de la Revolución de Octubre (X) 1

Derrota Definitiva de la Intervención Extranjera y Fin de la Guerra Civil

Después de las victorias iníciales sobre los enemigos de la revolución, arranca un periodo de lucha y desgaste largos como había previsto el partido bolchevique, aquella situación se asemejó al juego del ajedrez donde se pierde pieza por pieza en cada jugada y se van agotando las reservas, pero contando con la particularidad de que los bolcheviques contaban con una fuente casi inagotable de reservas en los obreros y campesinos. Los países de Alemania y Austria se vieron finalmente derrotados, debido a que agotaron todas sus reservas mientras que la Entente aun contaba con mejores y preparaban nuevas ofensivas; también jugó un papel importante la influencia bolchevique dentro de las filas de los soldados Alemanes y Austriacos, y ya en noviembre de 1918, estalla una la revolución en Alemania, que derriba al káiser y a su gobierno. Viéndose obligada Alemania a reconocer su derrota y a pedir la paz a la Entente, por lo que este país se redujo a la categoría de una potencia de segundo orden.

La salida de Alemania y Austria de la guerra fortaleció a la Entente y su cerco al país de los soviets, pero también permitió al país de los soviets romper con los tratados de paz con Alemania y recuperar los territorios perdidos. Asimismo, la revolución alemana favoreció de manera positiva al poder soviético, a pesar de no ser una revolución socialista ya que era una revolución burguesa con diputados de obreros y soldados y que los Soviets en Alemania servían de dócil instrumento al Parlamento de la burguesía, ésta era una revolución; el káiser había sido derribado del trono y aunque no se hubiese conseguido otra cosa, esto tenía necesariamente que fomentar la revolución en Occidente, no podía dejar de provocar el auge de la revolución en los países europeos. La oleada revolucionaria hizo aparecer a los Partidos Comunistas en Europa, esto creó una base real para la unificación de los Partidos Comunistas en la Tercera Internacional, en la Internacional Comunista.

En marzo de 1919, en Moscú, tuvo lugar el primer Congreso de los Partidos Comunistas de varios países; a iniciativa de Lenin y de los bolcheviques, fue fundada la Internacional Comunista. Y aunque el bloqueo y las persecuciones de los imperialistas impidieron a muchos delegados llegar a Moscú, tomaron parte en este primer Congreso representantes de los más importantes países de Europa y América. El Congreso fue dirigido por Lenin. También en aquella situación formada por circunstancia contradictorias, en la que se reforzaba el bloque reaccionario de Estados de la Entente contra el Poder Soviético, de una parte, y, de otra, se acentuaba el auge revolucionario en Europa, principalmente en los países que habían salido derrotados de la guerra, se reunió, en marzo de 1919, el VIII Congreso del Partido bolchevique.

En este Congreso fue aprobado el nuevo programa del Partido. En él se define lo que es el capitalismo en su fase final, el imperialismo. Se comparan los dos sistemas de Estado: el sistema de la democracia burguesa y el sistema soviético. Se señalan minuciosamente las tareas concretas del Partido en su lucha por el socialismo: llevar hasta el final la expropiación de la burguesía, organizar la Economía del país con arreglo a un plan socialista único, hacer que los sindicatos intervengan en la organización de la Economía nacional, implantar la disciplina socialista del trabajo, utilizar a los técnicos en la Economía Nacional bajo el control de los órganos soviéticos, incorporar gradualmente, y con arreglo a un plan, a los campesinos medios a la labor de la edificación socialista.

En los trabajos del VIII Congreso del Partido, ocupó un lugar importante el problema de la actitud que debía adoptarse ante los campesinos medios. Como resultado del célebre decreto sobre la tierra, la aldea se convertía cada vez más en aldea de campesinos medios. Ahora, éstos formaban la mayoría dentro de la población campesina. El estado de espíritu y la conducta de los campesinos medios, vacilantes entre la burguesía y el proletariado, tenía una importancia grandísima para la suerte de la guerra civil y de la edificación socialista. Bujarin y Piatakov negaron la tesis leninista y se opusieron a ella, sin embargo fueron aplastados y se trazo la línea leninista. La actitud que debía seguirse con las grandes masas campesinas, con los campesinos medios, tuvo una importancia decisiva en cuanto al desenlace victorioso de la guerra civil contra la intervención extranjera y los guardias blancos que le servían de auxiliares. En el otoño de 1919, cuando tuvieron que elegir entre el Poder Soviético y Denikin, los campesinos apoyaron a los Soviets, y la dictadura proletaria derrotó a su más peligroso enemigo.

En el VIII Congreso se planteó también, con caracteres especiales, el problema de la organización del Ejército Rojo. En este Congreso se destacó la llamada «oposición militar», en la que aparecían encuadrados no pocos de los antiguos «comunistas de izquierda». Pero justamente con estos representantes del «comunismo de izquierda», ya liquidado, la «oposición militar» englobaba a militantes del Partido que jamás habían formado parte de ninguna oposición, pero que estaban descontentos con la dirección que Trotski daba al ejército. La mayoría de los delegados militares estaban marcadamente en contra de Trotski, en contra de su admiración por los técnicos militares procedentes del viejo ejército zarista, una parte de los cuales traicionó abiertamente al Poder Soviético en la guerra civil, en contra de la actitud arrogante y hostil de Trotski para con los viejos cuadros bolcheviques dentro del ejército. En el Congreso se adujeron ejemplos de la «práctica» con que Trotski había intentado fusilar a toda una serie de comunistas que ocupaban puestos responsables en el frente y que no le agradaban a él, haciendo con ello el juego al enemigo, y en que, sólo gracias a la intervención del Comité Central y a las protestas de los militantes activos del frente, se había conseguido evitar la muerte de estos camaradas. Sin embargo, aunque luchando en contra del falseamiento de la política militar del Partido por Trotski, la «oposición militar» defendía concepciones falsas respecto a una serie de problemas de la organización del Ejército. Lenin y Stalin intervinieron resueltamente en contra de la «oposición militar», que defendía las supervivencias de las guerrillas dentro del Ejército y luchaba contra la creación de un Ejército Rojo regular, contra el empleo de los técnicos militares, contra esa disciplina férrea, sin la cual no puede existir un verdadero ejército. Saliendo al paso de la «oposición militar», el camarada Stalin exigía la creación de un ejército regular, penetrado del espíritu de la más severa disciplina. «O creamos -decía el camarada Stalin- un verdadero ejército obrero-campesino, y predominantemente campesino, un ejército rigurosamente disciplinado y defenderemos la República, o pereceremos».

Después de derrotar a Alemania y a Austria, los Estados de la Entente decidieron lanzar grandes efectivos militares contra el País Soviético. Al retirarse las tropas alemanas, después de su derrota, de Ucrania y de Transcaucasia, vinieron a ocupar su puesto los anglofranceses que enviaron su escuadra al Mar Negro y desembarcaron sus tropas en Odesa y en Transcaucasia.
Algún tiempo después, los intervencionistas declararon el bloqueo de Rusia. Quedaron cortadas todas las comunicaciones marítimas y de otro género con el mundo exterior. La Entente cifraba sus principales esperanzas, por aquel entonces, en el almirante Kolchak, puesto por ella en Siberia, en Omsk, la contrarrevolución rusa se hallaba bajo su mando.

En el momento en que las operaciones ofensivas del Ejército Rojo en el frente oriental estaban en su apogeo, Trotski propuso un plan sospechoso: detenerse delante de los Urales, cesar en la persecución de los kolchakistas y lanzar las tropas desde el frente oriental al frente Sur. El C.C. del Partido, comprendiendo perfectamente bien que no era posible dejar los Urales y Siberia en manos de Kolchak, donde, con ayuda de los japoneses y de los ingleses, podría rehacerse y ponerse de nuevo en pie, rechazó aquel plan y dio instrucciones para proseguir la ofensiva. Trotski, inconforme con estas instrucciones, pidió que se le relevase de su puesto; pero el C.C. se negó a ello, obligándole, al mismo tiempo, a dejar de intervenir en la dirección de las operaciones del frente oriental. La ofensiva del Ejército Rojo contra Kolchak siguió desarrollándose con nuevo brío. El Ejército Rojo infligió a Kolchak una serie de nuevas derrotas y limpió de blancos los Urales y Siberia, donde el Ejército Rojo se hallaba apoyado por un potente movimiento de guerrilleros organizado en la retaguardia de los blancos.

En el verano de 1919, los imperialistas asignaron al general Yudenich, que se hallaba a la cabeza de la contrarrevolución en el frente noroeste (en la región del Báltico, cerca de Petrogrado), la misión de distraer al Ejército Rojo del frente oriental por medio de un ataque sobre Petrogrado. La guarnición de dos de los fuertes que defendían esta capital, trabajada por la agitación contrarrevolucionaria de los oficiales blancos, se sublevó contra el Poder Soviético, y en el Estado Mayor del frente fue descubierto un complot contrarrevolucionario. El enemigo amenazaba a Petrogrado. Pero gracias a las medidas tomadas por el Poder Soviético con ayuda de los obreros y de los marinos, los fuertes amotinados fueron limpiados de blancos, las tropas de Yudenich derrotadas y su caudillo, arrojado a Estonia. La derrota de Yudenich cerca de Petrogrado facilitó la lucha contra Kolchak. A fines de 1919, su ejército quedó definitivamente deshecho. Kolchak fue detenido y fusilado en Irkutsk, en ejecución de la sentencia dictada por el Comité Revolucionario. En vista de que Kolchak había defraudado las esperanzas cifradas en él, los intervencionistas cambiaron su plan de agresión contra la República de los Soviets. Las tropas desembarcadas en Odesa debieron volver de nuevo a bordo de sus barcos, pues el contacto con las tropas de la República Soviética les contagiaba el espíritu revolucionario y ya comenzaban a sublevarse contra sus opresores imperialistas. Así, por ejemplo, en Odesa se sublevaron los marinos franceses, bajo la dirección de André Marty. Todo esto contribuyó a que, después de aplastado Kolchak, la Entente concentrase la atención en el general Denikin, compañero de armas de Kornilov y organizador del «ejército voluntario». Denikin operaba contra el Poder Soviético, por aquel entonces, en el sur, en la región de Kubán. La Entente pertrechó a su ejército con una gran cantidad de armas y municiones y lo puso en marcha hacia el Norte contra el Poder de los Soviets. Por tanto, el frente Sur pasaba a ser el frente principal de la guerra civil.

Con objeto de organizar el aplastamiento de Denikin, el Comité Central del Partido envió al frente Sur a los camaradas Stalin, Voroshilov, Ordzhonikidse y Budiony. Trotski fue separado de la dirección de las operaciones del Ejército Rojo en el Sur. Antes de la llegada del camarada Stalin, el mando del frente Sur, de acuerdo con Trotski, había preparado un plan, según el cual el ataque principal contra Denikin se haría desde Tsaritsin sobre Novorosisk, a través de las estepas del Don, donde el Ejército Rojo habría tenido que marchar por un terreno completamente impracticable y atravesar regiones pobladas de cosacos, una parte considerable de los cuales se hallaba, por entonces, bajo la influencia de los guardias blancos. El camarada Stalin sometió este plan a una crítica tajante y propuso al Comité Central otro concebido por él para aplastar a Denikin, en que el ataque principal seguiría la línea Jarkov-Cuenca del Donetz-Rostov. Este plan aseguraba una marcha rápida de las tropas del Ejército Rojo contra Denikin, pues en él se preveía el paso del Ejército Rojo por regiones obreras y campesinas, es decir, por territorios en que la población simpatizaba manifiestamente con las tropas soviéticas. Además, la rica red de ferrocarriles con que contaba esta región permitía abastecer al Ejército Rojo con regularidad de todos los elementos necesarios. Finalmente, este plan ofrecía la posibilidad de liberar la Cuenca del Donetz, asegurando para el país al aprovisionamiento de combustible.

El Comité Central aprobó el plan del camarada Stalin. En la segunda quincena de octubre de 1919, después de una encarnizada resistencia, Denikin fue derrotado por el Ejército Rojo en los combates decisivos que se libraron cerca de Orel y de Voronezh. Denikin comenzó a replegarse a toda prisa, y luego se dirigió precipitadamente hacia el Sur, perseguido por las tropas soviéticas. A comienzo de 1920, habían sido rescatados del poder de los blancos toda Ucrania y el Cáucaso Norte.

Mientras se libraban aquellos combates decisivos en el frente Sur, los imperialistas volvieron a lanzar el cuerpo de ejército de Yudenich sobre Petrogrado, con el fin de distraer del frente Sur fuerzas del Ejército Rojo y de aliviar la situación de las tropas de Denikin. Los blancos llegaron hasta las mismas puertas de Petrogrado. El heroico proletariado de la capital formó con sus pechos una muralla para defender la primera ciudad de la revolución. Los comunistas lucharon, como siempre, en primera línea. Después de furiosos combates, los blancos fueron derrotados y arrojados de nuevo al otro lado de las fronteras de Rusia, a Estonia. También Denikin fue, pues, liquidado.

Después del aplastamiento de Kolchak y Denikin, sobrevino una tregua de corta duración. Cuando los imperialistas vieron que las tropas de los guardias blancos eran destrozadas, que la intervención armada fracasaba, que el Poder Soviético se afianzaba en todo el país y que en la Europa occidental iba en aumento la indignación de los obreros ante la guerra de los intervencionistas contra la República de los Soviets, comenzaron a cambiar de actitud ante el Estado Soviético. En enero de 1920, Inglaterra, Francia e Italia decidieron levantar el bloqueo de la Rusia Soviética. Esta tregua fue aprovechada para restaurar la economía socialista del país, el trasporte principalmente. Se reforzó y se mejoró también el abastecimiento. Se comenzó a trazar un plan de electrificación del país. Se hallaban bajo las armas cinco millones de combatientes del Ejército Rojo, que no era posible licenciar, puesto que subsistía el peligro de guerra. Por eso, algunas unidades del Ejército Rojo fueron convertidas en un Ejército de trabajo, utilizándolas en el terreno de la edificación económica. El Consejo de la Defensa obrera y campesina se transformó en el Consejo del Trabajo y de la Defensa (S.T.O.). Para auxiliarle, se creó la Comisión del Plan de Estado (Gosplan).

Tal era la situación existente a fines de marzo de 1920, al reunirse el IX Congreso del Partido.

Tomaron parte en este Congreso 554 delegados con voz y voto, representando a 611.978 afiliados al Partido. Asistieron a él, además, 162 delegados con voz, pero sin voto.

El Congreso determinó las tareas económicas más urgentes del país en materia de transportes e industria, señalando especialmente la necesidad de que los sindicatos tomasen parte en la edificación económica.

El Congreso salió al paso del grupo del «centralismo democrático», grupo contrario al Partido, que se manifestaba en contra del principio de la dirección y la responsabilidad individuales en las empresas industriales y defendía el sistema de la dirección «colectiva» ilimitada y la irresponsabilidad en la industria. Llevaban la voz cantante de este grupo antibolchevique Sapronov, Osinski y V. Smirnov. En el Congreso les secundaron Rykov y Tomski.

A pesar del aplastamiento de Kolchak y Denikin, a pesar de que el País Soviético veía ensancharse cada vez más su territorio, rescatando del poder de los blancos y de los intervencionistas la región Norte, el Turquestán, Siberia, el Don, Ucrania, etc., y a pesar de que la Entente se había visto obligada a levantar el bloqueo de Rusia, los Estados de la Entente no querían resignarse a la idea de que el Poder Soviético fuera inexpugnable y quedase vencedor por lo tanto movieron su ultima ficha y utilizaron la Polonia de los «panis» (la nobleza terrateniente polaca) y Wrangel, que eran, según la expresión de Lenin, los dos brazos del imperialismo internacional que intentaba estrangular al País Soviético.

En abril de 1920, las tropas polacas irrumpieron por la frontera de la Ucrania Soviética y ocuparon la ciudad de Kiev. Al mismo tiempo, Wrangel pasó a la ofensiva y comenzó a amenazar la cuenca del Donetz. Como réplica al ataque de las tropas polacas, las tropas del Ejército Rojo desplegaron la contraofensiva en todo el frente. Después de rescatar la ciudad de Kiev y de expulsar a los «panis» polacos de Ucrania y de Bielorrusia, los combatientes rojos del frente Sur llegaron, en impetuoso avance, hasta las puertas del Lemberg, en Galitzia, mientras las tropas del frente occidental se acercaban a Varsovia. La derrota total del ejército de los «panis» polacos era inminente.

Pero los manejos sospechosos de Trotski y de sus adeptos en el Estado Mayor Central del Ejército Rojo frustraron los éxitos de éste. La ofensiva de las tropas rojas del frente occidental en dirección a Varsovia se desarrolló —por culpa de Trotski y de Tujachevski— sin organización alguna: no se hizo que las tropas fortificasen las posiciones conquistadas; las unidades que marchaban a la cabeza se alejaron demasiado del resto de las fuerzas; las reservas y las municiones quedaron rezagadas en la retaguardia, con lo cual las unidades destacadas en la vanguardia se vieron abandonadas, sin municiones y sin reservas; la línea del frente era interminablemente larga, pudiendo, por tanto, romperse el frente con gran facilidad. Así se explica que, cuando un pequeño grupo de tropas polacas rompió el frente occidental del Ejército Rojo por uno de sus puntos, las tropas rojas, habiendo quedado sin municiones, se vieran obligadas a retirarse. En cuanto a las tropas del frente Sur, que se hallaban a las puertas de Lemberg, donde tenían a los polacos en un aprieto, el triste «presidente del Consejo Revolucionario de Guerra», Trotski, les prohibió que tomasen la ciudad y ordenó que el ejército de caballería, es decir, la principal fuerza del frente Sur, se dirigiese a un punto lejano del frente Noreste, pretextando que se trataba de acudir en socorro del frente occidental, aunque no era difícil comprender que la única y la mejor ayuda que podía prestarse a este frente era la toma de la ciudad de Lemberg. En cambio, el retirar del frente Sur el ejército de caballería, alejándolo de Lemberg, equivalía, de hecho, a hacer extensivo al frente meridional el repliegue de las tropas del Ejército Rojo. Así fue como la orden saboteadora de Trotski impuso a las tropas del Ejército Rojo del frente Sur, con alegría de los «panis» polacos, una retirada inconcebible y absolutamente injustificable. Con esta maniobra, se acudía, efectivamente, en socorro, pero no de nuestro frente occidental, sino de los «panis» polacos y de la Entente.

Algunos días después, se contuvo la ofensiva de las tropas polacas y el Ejército Rojo comenzó a prepararse para un nuevo ataque contra los polacos. Pero Polonia, que carecía de fuerzas para proseguir la guerra y que, alarmada, esperaba el contraataque de los rojos, se vio obligada a renunciar a sus ambiciones respecto a la ocupación del territorio ucraniano situado en la orilla derecha del Dnieper y el de Bielorrusia, proponiendo al Gobierno Soviético la paz. El 20 de octubre de 1920, se firmó en Riga el tratado de paz con Polonia, por virtud del cual ésta conservaba el territorio de Galitzia y una parte de Bielorrusia. Después de concertar la paz con Polonia, la República Soviética decidió terminar con Wrangel. Este había recibido de los ingleses y los franceses nuevos envíos de armas modernísimas: carros blindados, tanques, aviones y municiones en abundancia. Disponía de unidades blancas de choque, formadas, principalmente, por oficiales. Pero no logró movilizar un contingente un poco considerable de campesinos y de cosacos en torno a los desembarcos efectuados por él en el Kubán y en el Don. No obstante, se acercó hasta la misma cuenca del Donetz, amenazando los centros carboníferos del país de los Soviets. La situación del Poder Soviético se complicaba, además, por el hecho de que el Ejército Rojo estaba ya, por aquel entonces, bastante cansado. Las tropas rojas se vieron obligadas a avanzar en condiciones extraordinariamente difíciles, atacando a las tropas de Wrangel y peleando, al mismo tiempo, contra las bandas de los anarquistas de Majnó, que ayudaban al general blanco. Pero, a pesar de que Wrangel tenía en su favor la superioridad de la técnica, a pesar de que las tropas soviéticas carecían de tanques, el Ejército Rojo arrojó a Wrangel a la península de Crimea. En noviembre de 1920, las tropas rojas tomaron las posiciones fortificadas de Perekop, irrumpieron en Crimea, aplastaron a las tropas de Wrangel y rescataron esta península de manos de los guardias blancos y de los intervencionistas. La Crimea pasó a formar parte del territorio soviético.

Con el fracaso de los planes megalómanos de los polacos y el aplastamiento de Wrangel terminó el periodo de la intervención.

A fines de 1920, comenzó a verse libre Transcaucasia del yugo de los nacionalistas burgueses: musavatistas en Azerbaidzhan, nacional-mensheviques en Georgia y dashnakes en Armenia. El Poder Soviético triunfó en Azerbaidzhan, Armenia y Georgia. Pero con esto no había terminado aún completamente la intervención. La intervención armada de los japoneses en el Extremo Oriente siguió hasta 1922. Además, hubo varios intentos nuevos encaminados a organizar otra intervención (tales como los del atamán Semionov y el barón de Ungern, en Oriente, y la intervención blanco-finlandesa en Carelia, en 1921). Pero los principales enemigos del País Soviético, las fuerzas fundamentales de la intervención, quedaron ya destruidas a fines de 1920.

Había triunfado el país de los soviets sobre un enemigo nutrido y mejor pertrechado, debido a que, en primer lugar el partido bolchevique era un partido de nuevo tipo templado en años de lucha revolucionaria y había sabido ganar a una reserva casi inagotable que fue el pueblo ruso, mientras que el enemigo se quedaba sin reservas cada vez que movía una ficha sobre el tablero. El pueblo ruso también veía en el ejército rojo a un ejército de su propia sangre y seguía sin reservas la política acertada del partido bolchevique que era la política que correspondía a los intereses del pueblo; ya que el pueblo sentía y comprendía esta política como acertada, como su política propia, y la apoyaba hasta el fin. Otra característica particular fue que los bolcheviques contaron también con la simpatía de los obreros de los países invasores, Lenin lo resumió así: «Tan pronto como la burguesía internacional levanta la mano contra nosotros, sus propios obreros le sujetan el brazo», se pueden numerar otras muchas razones, pero estas fueron las principales. Ahora arranca el periodo de la edificación pacifica del país de los soviets y la preparación de la URSS para la segunda guerra mundial.

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