EN EL 170 ANIVERSARIO DEL MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA

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EN EL 170 ANIVERSARIO DEL MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA 1

[En este mes de febrero se cumplen 170 años de haberse publicado el Manifiesto del Partido Comunista escrito por Marx y Engels. Para resaltar la importancia de su contenido y la vigencia de este, el Programa mundial del proletariado, entregamos a los lectores de Revolución Obrera la recopilación de unas columnas escritas para la vieja e inconclusa sección llamada MEMORIAS DEL MOVIMIENTO OBRERO MUNDIAL.]

EL MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA

Durante los años de las insurrecciones obreras en Europa (1830 – 1848), por entre las filas proletarias fluían diversas corrientes de pensamiento «socialista» y así entre comillas, porque si bien todas se inspiraban en la necesidad de luchar contra la desi¬gualdad reinante en el sistema capitalista, eran diferenciadas entre sí y hasta completamente opuestas, debido a que cada corriente le atribuía la desigualdad social a causas diferentes. Ese enfrentamiento entre las corrientes ideológicas «socialistas» por posicionarse en las mentes de los proletarios insurrectos, fue una condición muy favorable tanto para que surgiera el socialismo científico acrisolado en la propia lucha de la clase obrera, como para el comienzo de la fusión de esas ideas científicas socialistas con la lucha política del movimiento obrero.

El surgimiento del marxismo divide en dos la historia de las ideas socialistas por aquella época. Entre las CORRIENTES SOCIALISTAS PRE-MARXISTAS, sobresalen los socialistas utópicos quienes hasta 1848 predominaban en el movimiento obrero, y eran más conocidas como corrientes del socialismo y comunismo crítico utópicos; sus representantes más destacados fueron Saint Simon y Carlos Fourier en Francia, Roberto Owen en Inglaterra y Guillermo Weitling en Alemania, quienes en su literatura lograron presentir tesis positivas de lo que sería la sociedad futura: «supresión del contraste entre la ciudad y el campo, la abolición de la familia, de la ganancia privada y del trabajo asalariado, la proclamación de la armonía social y la transformación del Estado en una simple administración de la producción». Todos advertían los antagonismos de clase en el capitalismo y soñaban con una sociedad igualitaria deseando mejorar las condiciones de vida de todos los miembros de la sociedad incluso de los más privilegiados, pero a excepción de Weitling, eran contrarios a la lucha política de los obreros, repudiaban su acción revolucionaria porque para estos socialistas utópicos, el proletariado sólo existía en calidad de clase sufrida y no de clase revolucionaria con movimiento político propio. Para la construcción de sus fantásticos proyectos sociales terminaban dependiendo del espíritu filántropo y humanitario de los propios industriales capitalistas. Weitling sí exhortaba al proletariado a luchar, pero tenía una consideración fundamental errada: creía que los mejores luchadores contra esa desigualdad eran los lumpemproletarios, incluso los bandidos, por ser en apariencia los más enemigos de la sociedad capitalista.

Existía otra corriente socialista, la del socialismo reaccionario que tenía partidarios entre la aristocracia francesa e inglesa enfrentada a la clase de la moderna sociedad que venía a destronarla: la burguesa; en su literatura apelaron a hacer causa común con los «pobres obreros» presentándoles su anticuado sistema de explotación feudal como «más benevolente» que el capitalista sin percibir que éste era «precisamente un retoño necesario del régimen social suyo» pero además, cuando criticaban a la burguesía por haber hecho surgir la clase de los proletarios, lo hacían sobre todo recriminando el carácter revolucionario de esta nueva clase. El socialismo reaccionario también fue abanderado por lo pequeña burguesía que se veía abocada a la ruina con el desarrollo de la gran industria, y como es natural, empuñó la causa obrera desde el punto de vista del interés del pequeño propietario, por lo cual, si bien «demostró de una manera irrefutable los efectos destructores de la maquinaria y de la división del trabajo, la concentración de los capitales y de la propiedad territorial, la superproducción, las crisis, la inevitable ruina de los pequeños burgueses y de los campesinos, la miseria del proletariado, la anarquía en la producción…» su anhelo era reestablecer las antiguas relaciones de propiedad y de producción, esto es, en vez de mirar hacia adelante, añoraban volver al modo de explotación feudal que como pequeños propietarios les parecía más llevadero.

Y no faltaron los socialistas burgueses y pequeño burgueses, representados por humanistas, benefactores, filántropos, reformadores, inventores de «sistemas» que curaran las lacras del capitalismo sin lucha revolucionaria y sin cambiar la sociedad; deseaban atacar los males del capitalismo pero con el propósito expreso de consolidar la sociedad burguesa, lo cual era justamente su utopismo, pues dichos males surgen irremediablemente de las relaciones sociales de producción capitalistas. Eran partidarios de un socialismo de pequeños propietarios, donde los obreros estuviesen apartados de todo movimiento revolucionario, siendo su máxima aspiración las reformas administrativas, sustentadas en la errónea tesis de que «no es tal o cual cambio político el que podrá beneficiarles, sino solamente una transformación de las condiciones materiales de vida, de las relaciones económicas». El representante más destacado de esta corriente fue Proudhon, ideólogo tanto del anarquismo, como de «sistemas completos» de socialismo burgués, donde las «reformas administrativas» «no afectan a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado».

Ninguna de las anteriores corrientes socialistas comprendió que la añorada nueva sociedad socialista, sólo puede provenir de las entrañas de la vieja sociedad capitalista, en la cual son sus propias e intrínsecas contradicciones insolubles las que la empujan a nacer, y frente a las cuales el movimiento obrero tiene una misión histórica jamás enfrentada por clase alguna en la historia de la sociedad: su lucha es la lucha de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría, no por privilegios y monopolios de clase, sino por la abolición de todo dominio y toda diferencia de clase.

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