CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXXVI)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXXVI) 1

Continuando con la publicación de la Biografía de Marx, esta semana entregamos la parte 3 del Capítulo XI, donde Franz Mehring narra la lucha de Marx, Engels y Liebknecht con los seguidores de Lassalle en Alemania, y la actitud de estos frente a la Internacional.

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CAPITULO XI

LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA INTERNACIONAL

3. EL CONFLICTO CON SCHWEITZER

Es una leyenda, no por antigua menos reprobable y falsa, que los lassalleanos alemanes se negaran a afiliarse a la Internacional, tomando frente a ella una actitud hostil.

En primer lugar, es casi imposible encontrar una razón que los llevara a actuar así. Los Estatutos de la Internacional no hubieran afectado en nada su rígida organización, a la cual le daban tanta importancia, y el discurso inaugural podrían haberlo suscrito de principio a fin, y con particular satisfacción, incluso, el capítulo que decía que solo el desarrollo del trabajo cooperativo a nivel nacional y su fomento mediante los recursos del Estado podrían salvar a las masas.

La verdad es que los lassalleanos tuvieron desde el primer momento una actitud muy cordial ante la nueva organización, si bien cuando esta fue creada estaban muy absorbidos por sus propios problemas. Al morir Lassalle, y siguiendo su consejo testamentario, se había elegido presidente de la Asociación General de Obreros Alemanes a Bernardo Becker, pero rápidamente mostró su incapacidad para desempeñarse en ese cargo y se produjo una espantosa confusión. No existía más órgano de cohesión que el periódico El Socialdemócrata, que desde fines de 1864 se venía publicando bajo la dirección intelectual de J. B. V. Schweitzer. Este hombre, tan enérgico como capaz, gestionó insistentemente la colaboración de Marx y Engels, metió a Liebknecht en la redacción del periódico, a lo que nadie lo obligaba, y en el segundo y tercer número publicó el discurso inaugural de la Internacional.

Moses Hess, corresponsal del periódico en París, envió un artículo en el que sospechaba de la conducta de Tolein, acusándolo de ser un agente del Palacio Real, donde Jerome Bonaparte se hacía pasar por demagogo rojo; pero Schweitzer solo lo publicó después de obtener la autorización expresa de Liebknecht. Como Marx se quejó de las acusaciones, el director del periódico fue todavía más allá, ordenando que en lo sucesivo fuera el propio Liebknecht quien redactara personalmente todo lo referido a la Internacional. El 15 de febrero de 1865 le escribía a Marx, anunciándole que iba a proponer a su organización, la Asociación General de Obreros Alemanes, que se solidarizara plenamente con los principios de la Internacional y prometiera enviar representantes a sus congresos, absteniéndose de afiliarse de un modo formal pura y simplemente por las leyes federales alemanas que prohibían la articulación de dos o más asociaciones diferentes. Schweitzer no recibió respuesta alguna después de esta propuesta; y Marx y Engels hicieron una declaración pública desligándose de colaborar en El Socialdemócrata.

Solo basta relacionar los hechos para comprender que aquella lamentable ruptura no obedecía en modo alguno con desavenencias surgidas con motivo la Internacional. En su declaración, Marx y Engels exponían abiertamente las causas. Ellos no ignoraban la difícil situación del periódico de Schweitzer, ni pretendían de él nada que no fuera congruente con el meridiano de Berlín. Lo único que pedían, y así lo hicieron saber reiteradamente, era que tratara al partido feudal absolutista con la misma dureza, al menos, que a los progresistas. Entendían que la táctica seguida por El Socialdemócrata no les permitía seguir colaborando en aquel periódico. Todavía suscribían, palabra por palabra, lo que habían expuesto en la Gaceta alemana de Bruselas acerca del socialismo gubernamental de la corona de Prusia y de la actitud del partido obrero ante semejante engaño, respondiendo a un periódico renano en el que se proponía una “alianza” del “proletariado” con el “Gobierno” contra la “burguesía liberal”.

La táctica del periódico de Schweitzer no tenía nada que ver con tales “alianzas” ni con ningún “socialismo gubernamental prusiano”. Frustradas las esperanzas de Lassalle, que había querido poner de pie a la clase obrera alemana, dándole un fuerte impulso, la Asociación General fundada por él se veía apretada, con sus dos mil afiliados, entre dos rivales poderosos, cada uno de los cuales era lo suficientemente fuerte como para aplastarla. Bajo las circunstancias de la época, el incipiente partido obrero no tenía absolutamente nada que esperar del odio idiota de la burguesía; en cambio, de la diplomacia astuta de Bismarck podía esperar, al menos, una cosa: que no pudiera llevar a cabo su política prusiana de expansión sin hacer ciertas concesiones a las masas. A Schweitzer no se le escaparon nunca los verdaderos valores y objetivos de tales concesiones, ni se hacía ilusiones acerca de ellas, pero en una época en que la clase obrera alemana carecía casi en absoluto de las condiciones legales necesarias para organizarse, en que no poseía derechos electorales efectivos, y en que la libertad de prensa, de reunión y asociación estaba a merced del capricho burocrático, un periódico como El Socialdemócrata no podía avanzar atacando con igual violencia a ambos rivales, sino poniendo al uno contra el otro. Sin embargo, esta política tenía una condición inexcusable, y era que el joven partido obrero se mantuviese independiente frente a ambos bandos, tratando a la par de mantener viva en las masas la conciencia de esa independencia.

Esto era precisamente lo que se esforzaba por hacer Schweitzer, y no puede negarse que lo consiguió. En vano se buscará en el periódico una sola silaba de la que se infiera la existencia de una “alianza” con el Gobierno contra el partido progresista. Si analizamos la actuación pública de Schweitzer, relacionándola con la marcha general de la política en aquella época, nos encontraremos con algunos errores, que tampoco trata de encubrir su propio autor, pero comprobaremos que su política era, en su esencia, una política hábil y consecuente, inspirada únicamente en los intereses de la clase obrera, y que ni Bismarck ni ningún otro reaccionario podía haberle dictado.

Schweitzer les llevaba de ventaja a Marx y Engels, ya que otra cosa no fuera, su conocimiento exacto de la realidad prusiana. Ellos la veían siempre a través del color de su cristal, y Liebknecht les falló en la función informadora y mediadora que las circunstancias le habían asignado. Retornó a Alemania en 1862, llamado por Brass, un republicano rojo, repatriado también del exilio, para fundar la Gaceta general alemana del norte. Pero, apenas se había incorporado Liebknecht a la redacción, cuando se descubrió que Brass había vendido el periódico al Gobierno de Bismarck. Liebknecht se separó inmediatamente, pero esta aventura, la primera que experimentó al volver a su país, dejó en él una marca desdichada. No por las consecuencias materiales, porque volviera a verse en medio del río, como en los largos años del exilio, ya que esto era lo que menos le preocupaba a quien como él ponía el interés de la causa por encima de su persona, sino porque aquella lamentable experiencia ya no le permitió tener una mirada desprejuiciada acerca de la nueva situación con la que se encontraba en Alemania.

Al pisar de nuevo tierra alemana, Liebknecht seguía siendo, en el fondo, el hombre del 48. Aquel hombre de la Nueva Gaceta del Rin, para quien la teoría socialista y hasta la lucha de clases quedaban rezagadas ante la lucha revolucionaria de la nación contra el régimen de las clases dominantes. Pese a conocer los fundamentos básicos del pensamiento socialista, Liebknecht nunca fue un gran teórico. Y si algo había aprendido de Marx en los años de exilio, era la tendencia a buscar en los amplios campos de la política internacional todo posible germen revolucionario. Para Marx y Engels, que como renanos natos que eran despreciaban todo lo que viniera del Elba, el Estado prusiano no tenía gran importancia, y todavía menos tenía para Liebknecht, que provenía del sur de Alemania y que solo había participado, como militante, en los movimientos de Badén y de Suiza, cunas de la política localista. Prusia seguía siendo, para él, como antes de marzo, un Estado vasallo del zarismo, un Estado que se alzaba frente al progreso histórico con los recursos abominables de la corrupción y que había que derribar antes que nada, ya que sin eso no podía ni pensarse en la moderna lucha de clases dentro de Alemania. Liebknecht no se daba cuenta de lo mucho que el progreso económico de los años 50 y siguientes había transformado al Estado prusiano, creando también dentro de él circunstancias nuevas que imponían como necesidad histórica que la clase obrera se separara de la democracia burguesa.

En estas condiciones, no era posible que el entendimiento entre Liebknecht y Schweitzer fuese duradero. A los ojos del primero, la gota que rebasó el vaso fueron los cinco artículos que Schweitzer publicó acerca del gabinete de Bismarck, artículos que si bien trazaban un paralelo magistral entre la política de expansión prusiana y la política proletario-revolucionaria ante el problema de la unidad alemana, tenían el “defecto” de describir la peligrosa eficacia de la política de Prusia con tanta elocuencia, que más que condenarla parecía destacarla. Por su parte, Marx incurrió en el “error” de exponer a Schweitzer, en una carta fechada el 13 de febrero, que el Gobierno prusiano haría todas las concesiones superficiales y todas las piruetas que se quisieran en materia de cooperativas de producción, pero que no llegaría nunca a abolir las leyes contra las huelgas y coaliciones, ni a menoscabar su régimen burocrático y policíaco. Al decir esto, Marx parecía olvidarse de lo que, años antes, él mismo alegara tan elocuentemente contra Proudhon: que no son los gobiernos los que mandan sobre las realidades económicas, sino éstas las que les marcan el camino a los gobiernos. No habrían de transcurrir muchos años antes de que Bismark se viese obligado, contra su voluntad, a derogar las leyes contra las coaliciones. En su respuesta del 15 de febrero —en aquella misma carta en la que Schweitzer prometía impulsar la incorporación de su organización obrera a la Internacional, insistiendo en que Liebknecht quedaba encargado de redactar personalmente todo lo referido a esta asociación—, Schweitzer afirmaba que recibiría con agrado todos los consejos teóricos que Marx creyera oportuno transmitirle, pero que, para decidir sobre cuestiones prácticas y tácticas inmediatas, era necesario estar en el centro del movimiento y conocer de cerca la realidad. Esta carta hizo que Marx y Engels concretaran la ruptura en la que ya venían pensando desde hacía mucho tiempo.

Para entender bien todos estos conflictos y alejamientos, es necesario no perder de vista los manejos, verdaderamente deplorables, de la vieja condesa de Hatzfeldt. La amiga de Lassalle ofendió gravemente, con esta conducta suya, la memoria del hombre que salvara su vida de la infamia. Quiso convertir la obra de Lassalle, su organización obrera, en una secta fanática en la que las palabras del maestro se erigían en dogma, pero no tal y como él, en vida, las había pronunciado, sino como a la condesa se le ocurría interpretarlas. Hay una carta dirigida por Engels a Weydemeyer, con fecha 10 de marzo, por la que podemos ver cuán terrible era la actuación de esta señora. En ella, después de referirse a la fundación de El Socialdemócrata, se dice lo siguiente: “El periodiquito se dedicó a rendir un culto verdaderamente insoportable a Lassalle, mientras nosotros averiguábamos de un modo positivo (la vieja Hatzfeld se lo contó así a Liebknecht, invitándolo a trabajar en ese sentido) que Lassalle estaba mucho más comprometido con Bismarck de lo que nosotros creíamos. Existía entre ellos una alianza formal por la que Lassalle se comprometía a ir a Sleswig-Holstein y abogar allí por el anexamiento de los ducados, mientras que Bismarck, por su parte, hacía unas cuantas promesas vagas respecto a la implantación de una especie de sufragio universal, y menos vagas en lo referente al régimen de coaliciones y concesiones sociales, ayuda del Estado para las asociaciones obreras, etcétera. El tonto de Lassalle no se aseguraba garantía alguna contra Bismark, que podía quitárselo de encima sin miedo a nada, en cuanto le resultara molesto. Los caballeros de El Socialdemócrata sabían esto, y sabiéndolo no tenían inconveniente en seguir rindiéndole culto, cada vez más desaforadamente, a Lassalle. Además, esos necios, intimidados por las amenazas de Wagener y de su periódico (el Kreuzzeitung), se pusieron a chuparle las medias a Bismarck, a coquetear con él, etcétera, etcétera. Teniendo en cuenta todo esto, hicimos pública una declaración y nos separamos del periódico, como lo hizo también Liebknecht”. Se hace difícil creer que Marx, Engels y Liebknecht, que habían conocido a Lassalle y leían el periódico, dieran crédito a las fábulas de la condesa de Hatzfeld. Pero, si creían en ellas, era muy natural, naturalísimo, que se apartaran del movimiento iniciado por aquel.

Sin embargo, su condena no tuvo consecuencias prácticas para este movimiento. Un antiguo afiliado a la Liga Comunista, como Roser, que había defendido tan brillantemente los principios del Manifiesto Comunista ante el tribunal de Colonia, votó por la táctica de Schweitzer.

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