CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXVIII)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XXVIII) 1Entregamos esta semana la segunda parte del Capítulo X de la Biografía de Marx escrita por Franz Mehring. Aquí el autor muestra con rigor que, como todos los hombres, los maestros del proletariado no eran infalibles como a menudo se cree.


CAPÍTULO X

CONMOCIONES DINÁSTICAS

2. LA DISCORDIA CON LASSALLE

De acuerdo con Marx, Engels se puso inmediatamente en campaña, con su panfleto El Po y el Rin, para el que Lassalle le buscó editor (Franz Duncker). Este panfleto se proponía por fin combatir la consigna austríaca de que había que defender el Rin junto al Po. Engels demostraba que Alemania no precisaba ni un solo metro de territorio italiano para su defensa y que Francia, en términos estrictamente militares, tenía mucho más derecho al Rin que Alemania al Po. Engels dudaba, entonces, que el dominio de la Italia del norte por Austria respondiera, para Alemania, a cuestiones militares; además, afirmaba que tampoco le convenía políticamente y que, al contrario, podía serle muy peligrosa, debido a que podría atraer sobre sí, por los abusos inauditos de los que el látigo austríaco hacia objeto a los patriotas italianos, el odio y la hostilidad fanática de toda Italia.

Pero Engels entendía que la cuestión suscitada en torno a la posesión de la Lombardía se debatía entre Italia y Alemania, y no entre Austria y Luis Napoleón. Frente a un tercero como Bonaparte, que se inmiscuía impulsado por su propio interés, en cierto aspecto antialemán, se trataba simplemente de mantener el dominio de una provincia a la que solo debía renunciarse por la fuerza, de defender una posición militar que solo se dejaba cuando ya no pudiera defenderse. Frente a las amenazas bonapartistas, la consigna habsburgiana tenía, entonces, absoluta justificación. Si para Luis Napoleón el Po era un pretexto, su meta final tenía que ser el Rin. Solo haciéndose fuerte en el Rin como frontera podía consolidarse en Francia el régimen del golpe de Estado. Tal como decía el viejo refrán: «miento el saco y pido el burro». Si Italia se prestaba, porque le convenía, a hacer de saco, a Alemania no le agradaba, esta vez, representar el papel de burro. Si en el fondo se trataba de anexarse la orilla izquierda del Rin, Alemania no podía, de ningún modo, ceder pacíficamente el Po, y con él una de sus posiciones más fuertes, más aún, la más fuerte de todas. En vísperas de una guerra, como en el transcurso de la guerra misma, no había más remedio que ocupar todas aquellas posiciones desde las cuales se pudiera amenazar y hostigar al enemigo, sin detenerse por pruritos morales, ni a ver si esta conducta era o no compatible con la justicia eterna y con el principio de las nacionalidades. Lo primero era salvar el pellejo.

Marx estaba plenamente de acuerdo con esta tesis. Cuando leyó el manuscrito del panfleto, le escribió a su autor: «¡Magnífico! La parte política está también espléndidamente tratada, y eso que no era fácil, ni mucho menos. El panfleto tendrá un gran éxito». Lassalle, en cambio, declaró que no entendía la actitud de Engels y, poco después de que apareciera el escrito, publicó su propio panfleto, con el título de: La guerra italiana y la misión de Prusia, también editado por Franz Duncker. En él, Lassalle partía de premisas completamente diferentes y llegaba, en consecuencia, a conclusiones igualmente distintas; «monstruosamente falsas», según Marx.

Lassalle no veía en el movimiento nacional alemán, generado bajo la influencia de la amenaza de guerra, más que «absoluto odio contra Francia, pura francofobia (en la que Napoleón no era más que el pretexto, y el desarrollo revolucionario de Francia, la verdadera causa secreta)». Una guerra franco-alemana, en la que los dos pueblos civilizados del continente se enfrentaran por meras ilusiones nacionalistas, una guerra popular contra Francia, no impulsada por ningún interés de carácter nacional, sino que se nutriría moralmente de un nacionalismo patológico e hipersensible, de los desvíos del patriotismo y de una infantil y presuntuosa francofobia era, a los ojos de Lassalle, el peligro más espantoso que podía amenazar a la cultura europea, tanto a los intereses nacionales como a los intereses revolucionarios de Europa, el triunfo más monstruoso e incalculable del principio reaccionario desde marzo de 1848. Lassalle entendía que era una misión vital de la democracia oponerse con todas sus fuerzas a semejante guerra.

Señalaba, en un análisis minucioso, que Italia no representaba ninguna amenaza seria para Alemania. La nación alemana estaba profundamente interesada en que la lucha por la unidad italiana triunfara, y las buenas causas no dejaban de serlo porque un mal hombre pusiera su mano en ellas. Si Bonaparte aspiraba, con la campaña italiana, a obtener algún beneficio, buscando un poco de popularidad para su figura, no había más que negárselo y hacer que la obra que encaraba por intereses personales fuera estéril para conseguir esos fines. Pero ¿cómo, por esa única razón, se iba a luchar contra lo que siempre se había deseado y codiciado? «De un lado, Alemania se encontraba con un mal hombre y una buena causa. Del otro lado, con una mala causa y… ¡qué tipo!» Lassalle traía el recuerdo del asesinato de Blum, los sucesos de Olmütz, Holstein, Bronzell, todas las infamias con las que se había manchado, a costa de Alemania, no el despotismo bonapartista sino la autocracia de los Habsburgo. El pueblo alemán no tenía el menor Interés en impedir que se debilitara la potencia austríaca, ya que era necesario destruirla por completo para poder pensar en la unidad alemana. El día en que Italia y Hungría se emanciparan, les serian restituidos al pueblo alemán los doce millones de alemanes de Austria; hasta entonces, no podrían sentirse alemanes ni se podría pensar en una Alemania unificada.

Analizando en su totalidad la situación histórica de Bonaparte, Lassalle llegaba a la conclusión de que este hombre limitado, al que Europa daba, en general, tanta importancia, no podía pensar en conquistas, ni siquiera en Italia; mucho menos, naturalmente, en Alemania. Pero, incluso suponiendo que realmente se dejara llevar por fantásticos planes de conquistas, ¿qué razón había para que los alemanes demostraran un miedo impúdico? Lassalle se burlaba de los buenos patriotas que medían las fuerzas nacionales con el rasero de las jornadas de Jena, a quienes el miedo los volvía intrépidos y, temerosos de una ofensiva sumamente inverosímil de Francia, golpeaban ellos primero. Era claro como el agua que en una guerra defensiva contra una agresión francesa, Alemania podría desplegar y desplegaría fuerzas muy distintas a las que podría aplicar a una guerra de invasión, que además no conseguiría otra cosa que unir en torno a Bonaparte a la nación francesa y consolidar su trono.

Lassalle encontraría fundada una guerra contra Francia en el caso de que Bonaparte buscara retener para sí el botín arrancado a los austríacos o construirle a su primo un trono en el centro de Italia. Si no se daba ninguna de estas dos cosas y, no obstante, el Gobierno prusiano se obstinaba en entablar una guerra de odio contra Francia, la democracia debía oponerse. Pero la simple neutralidad no bastaba. La misión histórica que Prusia tenía que cumplir, de acuerdo con los intereses de la nación alemana, era, al contrario, mandar a sus tropas contra Dinamarca, con el anuncio: «Si Napoleón quiere modificar el mapa de Europa en el sur de acuerdo al principio de las nacionalidades, nosotros haremos lo mismo en el norte. Y si Napoleón libera a Italia, nosotros le daremos la independencia al Sleswig-Holstein». Las dudas y la parálisis de Prusia, en este caso, no servirían más que para demostrar, una vez más, que la monarquía era incapaz, en Alemania, de sacar adelante una sola causa nacional.

Como consecuencia de este programa, Lassalle fue consagrado como una especie de profeta nacional, que auguró la política que luego habría de seguir Bismarck. Pero la guerra dinástica de conquistas desatada por Bismarck en 1864 para adueñarse de los ducados del norte, no tenía nada que ver con aquella guerra nacional revolucionaria que Lassalle predicaba en el año 1859; a lo sumo, tenía con ésta el parecido del camello con el caballo. Lassalle sabía de sobra que el Príncipe Regente no afrontaría la misión pensada por él, pero no por eso dejaba de estar en su derecho de proponer un programa acorde a los intereses nacionales, aun cuando este programa, por el solo hecho de formularse, se transformara en un reproche contra el Gobierno; tenía perfecto derecho a impedir que las masas, excitadas, siguieran un camino falso, señalándoles el verdadero.

Pero, además de lo que decía públicamente en su panfleto, Lassalle tenía sus «segundas intenciones», que exponía en sus cartas a Marx y Engels. Sabía que el Príncipe Regente estaba interesadísimo en intervenir en la guerra a favor de Austria, y no tenía nada que objetar contra esto, dando por supuesto que la guerra habría de dirigirse muy mal y que de los vencimientos de estas letras saldría un capital para la revolución. Pero para esto era necesario que la guerra del Príncipe Regente apareciera, desde luego, a los ojos del movimiento nacional, como una guerra dinástica, totalmente ajena a los intereses de la nación. Una guerra impopular contra Francia sería, para Lassalle, un «inmenso golpe de suerte» para la revolución; en cambio, de una guerra popular dirigida por la dinastía no podían esperarse, según él, más que aquellas consecuencias contrarrevolucionarias que tan elocuentemente exponía en su panfleto.

Pensando así, era natural que no le pareciera clara la táctica que Engels aconsejaba en su escrito. Todo lo que tenía de brillante la argumentación de que Alemania no necesitaba del Po para su defensa militar, lo tenía de dudosa la conclusión de que, en caso de guerra, era primordial proteger esos territorios, estando obligada la nación alemana a apoyar a Austria contra la ofensiva francesa. Para Lassalle era evidente que una resistencia de Austria al ataque bonapartista no tendría más que consecuencias contrarrevolucionarias. Si Austria, haciéndose fuerte en los territorios anexados del norte de Italia y apoyada por la Confederación Alemana, salía triunfante, nadie podría poner trabas a su imperio sobre los territorios italianos, aquel imperio que Engels reprobaba tan duramente; además, con esto se consolidaría la hegemonía de los Habsburgo sobre Alemania, fortaleciéndose el miserable régimen de la Dieta federal, y aun suponiendo que Austria venciera al usurpador francés, lo único que conseguiría sería restaurar en el trono a la vieja dinastía borbónica, con lo cual no ganarían ni los alemanes ni los franceses, y menos todavía la causa revolucionaria.

Para comprender en todo su alcance la posición sostenida por Engels y por Marx, no hay que olvidar que también ellos tenían sus «segundas intenciones», y ambos obraban animados por la misma razón que Engels expone en una carta dirigida a Marx. «En Alemania es completamente imposible actuar de un modo abierto, política y polémicamente, en interés de nuestro partido». Sin embargo, las «segundas intenciones» de los amigos de Londres no aparecen tan patentes como las de Lassalle, porque si bien se conservan las cartas de éste, no se conocen hasta hoy las escritas por ellos. Pero, enfocando en bloque su labor de publicistas en la época, no es difícil adivinarlo. En su segundo panfleto, Saboya, Niza y el Rin, publicado por Engels un año después para combatir la invasión de Saboya y de Niza por Bonaparte, expone claramente las premisas de las que había partido en su primer panfleto. Eran, esencialmente, dos; o, mejor dicho, tres.

En primer lugar, Marx y Engels entendían que el movimiento nacional alemán era auténtico y genuino, que tenía un orden «elemental, instintivo, inmediato» y que arrastraría consigo a cuantos gobiernos se le resistiesen. La intromisión de Austria en Italia y el movimiento italiano de independencia les resultaba, por el momento, indiferente; creían que el instinto del pueblo demandaba una guerra contra Luis Napoleón, como representante de las tradiciones del primer Imperio francés, y que el instinto era correcto.

En segundo lugar, Marx y Engels partían de la premisa de que Alemania corría un serio peligro por la Alianza franco-rusa. Marx exponía en el New York Tribune que la situación financiera y de política interior del segundo Imperio había llegado a un punto crítico, en el que solamente una guerra exterior podía prolongar el régimen del golpe de Estado en Francia y, con él, la primacía de la contrarrevolución en Europa. En estos artículos expresaba sus temores de que la emancipación de Italia por Bonaparte no fuera más que un pretexto para mantener bajo el yugo a Francia, sometiendo a Italia al golpe de Estado, desplazando las «fronteras naturales de Francia hacia el interior de Alemania, convirtiendo a Austria en un instrumento ruso y forzando a los pueblos a una guerra de legítima e ilegítima contrarrevolución». Por su parte, Engels, como exponía en su segundo panfleto, entendía que la Confederación Alemana, al tomar partido por Austria, arrastraría a Rusia al campo de batalla, con el fin de conquistar para Francia la orilla izquierda del Rin, a cambio de tener las manos libres en Turquía. Para él, la intervención de Rusia era un momento decisivo.

Finalmente, Marx y Engels suponían que los gobiernos alemanes, y sobre todo aquellos «supersabios» de Berlín que habían aplaudido el acuerdo de paz de Basilea, por el que se cedía a Francia la orilla izquierda del Rin, y se frotaban las manos silenciosamente cuando los austríacos eran derrotados en Ulma y Austerlitz, le soltarían la mano a Austria en el medio del camino. Opinaban que los gobiernos alemanes se verían impulsados por el movimiento nacional, y sus esperanzas eran las que Engels expresaba en una carta dirigida a Lassalle, en la que había un pasaje que conocemos porque Lassalle lo reprodujo literalmente en su respuesta: «¡Viva la guerra, si los franceses y los rusos nos atacan al mismo tiempo y nos vemos con la soga al cuello, porque en esa situación desesperada no habrá partido que no se desgaste, desde los que ahora están en el poder hasta Zitz y Blum, y la nación, si quiere salvarse, no tendrá más remedio que lanzarse, por fin, a los brazos del partido más fuerte!» A lo cual observaba Lassalle que era muy cierto y que él se mataba en Berlín por demostrar que el Gobierno prusiano, si se embarcaba en la guerra, no haría más que trabajar por la revolución, siempre y cuando la guerra dirigida por el Gobierno fuese reprobada por el pueblo como una aventura contrarrevolucionaria del tipo de la Santa Alianza. Pero en todo caso, si sucedía lo que Engels creía, caerían al mismo tiempo el régimen federal alemán, la invasión de Austria en el norte de Italia y el golpe de Estado francés; solo enfocándola así se entendía, en su verdadera dimensión, la táctica propuesta por él.

Como se ve, entre las dos partes no mediaban discrepancias fundamentales de criterio, sino «opiniones contradictorias en cuanto a los supuestos de hecho», como Marx decía un año después. No existía entre ellos disparidad de ideas nacionales ni revolucionarias. Ambos se proponían como fin supremo la emancipación del proletariado, y para alcanzar este fin era condición imprescindible la formación de grandes Estados nacionales. Como alemanes que eran, los tocaba más de cerca la unidad alemana, que reclamaba de un modo ineludible la superación de aquel régimen de particularismos dinásticos. Por eso no se preocupaban por los gobiernos alemanes y esperaban su derrota. La brillante idea de que, desencadenada una guerra entre los gobiernos, la clase obrera renunciara a su programa propio e independiente para poner su destino en las manos de las clases gobernantes no se les pasó jamás por la cabeza. Su espíritu nacional era demasiado auténtico y estaba demasiado arraigado en ellos, para dejarse engañar por las consignas dinásticas.

Lo que dificultaba y hacía compleja la situación era que la herencia de los años de la revolución empezaba a diluirse en los cambios dinásticos. Para mantenerse en el camino correcto, en medio de esta maraña de objetivos revolucionarios y reaccionarios, no bastaba con restringirse a los principios, sino que había que mirar de frente a los hechos. La realidad no permitió contrastar ninguna de las dos posiciones, pero precisamente el curso que tomaron las cosas y que impidió que eso pasara, revela con mucha claridad que Lassalle había sabido comprender los «supuestos de hecho», en el fondo, más acertadamente que Engels y Marx. Estos pagaron el costo, sin duda, de la falta de contacto directo con la realidad alemana; sobreestimaron, también, si no la ambición de conquista del zarismo, sus posibilidades prácticas de satisfacer esa ambición. Lassalle, por su parte, podía exagerar, reduciendo todo el movimiento nacional a la francofobia de los viejos tiempos, pero que ese movimiento no tenía nada de revolucionario lo demostró bien la criatura que, después de tan penoso parto, dio a luz: aquel engendro de la Liga Nacional Alemana.

También puede que Lassalle no apreciara debidamente el peligro ruso, del que su panfleto solo trata de pasada. Pero que este peligro era todavía bastante remoto, se puso de manifiesto cuando el Príncipe Regente de Prusia, tal como Lassalle había previsto, movilizó el ejército prusiano y solicitó de la Confederación Alemana la movilización de las tropas de los Estados medianos y pequeños. Esta demostración militar bastó para infundirles pacifismo al hombre de diciembre y al zar. Instigado por un general ruso que compareció inmediatamente en el cuartel general francés, Bonaparte le ofreció la paz al derrotado emperador de Austria, renunciando incluso a la mitad de sus planes, hechos ya públicos; tuvo que conformarse con la Lombardía, dejando Venecia bajo el cetro de los Habsburgo. Confiado a sus propias fuerzas, no era quién para entablar una guerra europea, y Rusia se encontraba atada de pies y manos por los disturbios de Polonia, las dificultades de la emancipación de los siervos de la gleba y los golpes por la espalda de la guerra de Crimea, que aún no se había apagado del todo.

Con la paz de Villafranca terminó la disputa que venía sosteniéndose en torno a la táctica revolucionaria frente a la guerra de Italia, pero Lassalle, en sus cartas a Marx y a Engels, no se cansaba de volver sobre el tema, insistiendo una y otra vez en que su posición no era la acertada, como había venido a confirmar el giro tomado por las cosas en la realidad. Como no poseemos sus respuestas y Marx y Engels no llegaron a exponer sus ideas, como pensaban, en un manifiesto público, resulta difícil ponderar los pros y los contras de esta polémica. Lassalle podía remitirse, a su favor y con razón, al curso seguido por el movimiento de la unidad italiana, a la eliminación de las dinastías del centro de Italia gracias a la insurrección de sus maltratados «súbditos», a la conquista de Sicilia y de Nápoles por las legiones de Garibaldi y a la cruz y raya que todos estos sucesos pusieron en los planes bonapartistas, aun cuando finalmente fuese la dinastía de Saboya la que sorbió la nata de la leche.

Desgraciadamente, la disputa con Lassalle se incrementó considerablemente, por la insuperable desconfianza que Marx le tenía. No es que Marx no hubiese querido ganarse a aquel hombre, del cual decía que era un «hombre enérgico» que no tenía nada que buscar en el partido de la burguesía, y opinaba que su Heráclito, aunque torpemente escrito, era superior a todos los libros de los que podían jactarse los demócratas. Pero por muy sinceramente que Lassalle le ofreciera la mano y el corazón, Marx se creía siempre obligado a mantener con él cierta distancia diplomática, a tratarlo de un modo «hábil» para que no se excediera, y el primer incidente que surgía bastaba para despertar otra vez su desconfianza.

Cuando Friedlander hizo que Lassalle reiterara a Marx, esta vez sin condiciones, su invitación a colaborar en la Wiener Presse, pero sin insistir luego en el pedido, Marx sospechó que Lassalle le había frustrado aquella posibilidad. Al imprimirse su Economía política como la tirada se demoró desde febrero hasta fines de mayo, vio también en esto una «jugada» de Lassalle, que jamás le perdonaría. El verdadero culpable de la demora era el editor, quien para disculparse dio el pretexto de que había tenido que anteponer, por su carácter de actualidad, las obras de Engels y de Lassalle.

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