CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XII)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (XII) 1
Publicamos una nueva entrega de la Biografía de Carlos Marx, escrita por Franz Mehring. Es la primera parte del Capítulo VI referido a las guerras de 1848 a 1850 en Europa.


CAPÍTULO VI

REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN

1. JORNADAS DE FEBRERO Y MARZO

El 24 de febrero de 1848 la revolución arrojó del trono al rey de la burguesía francesa. La conmoción llegó hasta Bruselas, pero el rey Leopoldo, un Coburgo, acosado por los cuatro costados, supo salir más hábilmente del trance que su suegro en París. Prometió a sus ministros, diputados y alcaldes liberales que abandonaría el trono si así lo deseaba la nación, y este rasgo generoso bastó para conmover los corazones de los estadistas de la burguesía, alejando de ellos toda idea rebelde.

El rey, en vista de esto, ordenó a sus tropas que disolvieran todas las reuniones y asambleas del pueblo en 1a plaza pública, y abrió una cruzada policíaca de persecución contra los refugiados extranjeros. Marx fue tratado con especial hostilidad, pues, no contentos con detenerlo a él, detuvieron también a su mujer, a quien tuvieron encerrada toda una noche, mezclada entre prostitutas. El comisario de policía autor de esta infamia fue luego destituido, y los detenidos puestos inmediatamente en libertad, dejando en curso tan solo la orden de expulsión.

Por lo demás, esta arbitrariedad era perfectamente superflua, pues Marx ya tenía todo preparado para trasladarse a París. El comité de Londres, en el que residía el poder central de la Liga Comunista, transfirió sus facultades al comité de Bruselas, inmediatamente después de que estallara la revolución de febrero. El comité belga las transmitió a su vez a Marx el día 3 de marzo, ya bajo el estado de guerra que de hecho regía, dándole poderes para que reuniera una nueva junta central en París, adonde Marx había sido invitado a reintegrarse por medio de una comunicación, muy honrosa para él, del Gobierno provisional, suscripta por Flocon y fechada el 1 de marzo.

Ya el 6 de marzo, apenas llegado a París. Marx tuvo ocasión de demostrar su mirada serena y profundidad al oponerse a los planes aventureros de los alemanes residentes en aquella capital, quienes, reunidos en asamblea, acordaron pasar a Alemania, armados, para encender allí la revolución. El plan había sido forjado por Bornstedt, personaje equívoco, que desgraciadamente consiguió ganar para su idea a Herwegh. También se mostraba partidario de ella, aunque luego se arrepintiera, Bakunin. El Gobierno provisional apoyaba estos planes, no por entusiasmo revolucionario, sino con la perversa idea de quitarse de encima a los obreros extranjeros, dada la gran crisis de trabajo reinante; asignó a cada repatriado alojamiento y 50 centavos de plus de campaña por día hasta la frontera. A Herwegh no se le pasaba por alto el «motivo egoísta que animaba al Gobierno, al querer desprenderse de muchos miles de braceros que le hacían competencia a los franceses», pero, con su falta de sentido político, siguió adelante con la aventura, hasta que ésta encontró lamentable su fin en Niederdossenbach.

Marx, oponiéndose resueltamente a este aventurerismo revolucionario, que no tenía razón de ser, triunfante ya la revolución en Viena desde el 13 de marzo y en Berlín desde el 18, no dejó por eso de contribuir a alentar de un modo eficaz la revolución alemana, de la que estaban tan pendientes los comunistas. En uso de sus poderes, formó un nuevo comité central, compuesto, mitad y mitad, por integrantes procedentes de Bruselas (Marx, Engels, Wolff) y de Londres (Bauer, Molí, Schapper). Este comité acordó una proclama que contenía diecisiete reivindicaciones formuladas «en interés del proletariado alemán, de las clases humildes y de los campesinos pobres», y entre las cuales estaban la implantación en Alemania de la República, una e indivisible, la entrega de armas al pueblo, la nacionalización de las propiedades de los príncipes y de los señores feudales, de las minas, canteras y medios de transporte, creación de talleres nacionales, educación general, pública y gratuita, etcétera. Estas reivindicaciones de la propaganda comunista solo tendían a destacar, naturalmente, las líneas generales del movimiento, y nadie mejor que Marx sabía que no podrían realizarse de un día para otro, sino como consecuencia de un largo proceso revolucionario.

La Liga Comunista era demasiado débil para poder acelerar, como organización autónoma, el movimiento revolucionario. Resultaba que su reorganización en el continente no había pasado de los primeros pasos. Pero esto no era tan grave, pues ahora que la revolución venía a brindar a la clase obrera los recursos y la posibilidad de una propaganda pública, la Liga no tenía realmente razón de ser. En vista de esto, Marx y Engels fundaron en París un club comunista alemán, en el que disuadieron a los obreros de incorporarse a la columna de Herwegh, para retornar por su cuenta al país y trabajar allí por el movimiento revolucionario.

Así lograron enviar a Alemania unos cuantos cientos de obreros, para quienes consiguieron, por intermedio de Flocon, los mismos beneficios concedidos por el Gobierno provisional a las huestes de Herwegh.

De este modo, volvieron a Alemania la mayoría de los afiliados, gracias a los cuales pudo acreditarse la Liga como una magnifica escuela preparatoria para la revolución. Allí donde el movimiento tomaba un incremento cualquiera, había indefectiblemente un afiliado a la Liga impulsándolo: Schapper en Nassau, Wolff en Breslau, Esteban Born en Berlín, y así sucesivamente. Tenía razón Born cuando le escribía a Marx: «La Liga está desperdigada, en todas y en ninguna parte». Como organización en ninguna, como propaganda por todas partes, en cuanto sitio estuvieran las condiciones efectivas para una lucha de emancipación del proletariado, cosa que, a decir verdad, solo ocurría en una porción relativamente pequeña de Alemania.

Marx y sus amigos más cercanos se lanzaron sobre la región del Rin, por ser la zona más avanzada de Alemania, donde además el Código de Napoleón les brindaba una mayor libertad de movimiento que las leyes prusianas vigentes en Berlín. En Colonia consiguieron apropiarse de los preparativos hechos por elementos demócratas y algunos comunistas para sacar un gran periódico. Pero había todavía no pocas dificultades que vencer, y Engels pasó por el desengaño de comprobar que el comunismo, que creía arraigado en aquel territorio, distaba mucho todavía de ser una realidad, cuando más un poder: la revolución, al hacerse cuerpo, lo había reducido a un espectro. Con fecha de 25 de abril, escribía desde Barmen a Marx, residente en Colonia: «Aquí va a ser difícil colocar ni una sola acción. Esta gente le teme más que a la peste a la discusión de los problemas sociales; llaman a esto espíritu de motín… Al viejo no hay manera de sacarle un cuarto. Para él, la KolnerZeitung es ya el colmo de la insubordinación; si pudiera, con mayor gusto nos largaría mil balas de fusil que mil táleros para el periódico». No obstante, Engels consiguió colocar catorce acciones, y el 1 de junio empezó a publicarse la Nueva Gaceta del Rin.

Como director figuraba Marx, y entre los redactores, Engels, Dronke, Weerth y los dos Wolff.

2. JORNADAS DE JUNIO

Aunque la Nueva Gaceta del Rin se titulaba «órgano de la democracia», no lo era precisamente en el sentido de una oposición parlamentarla cualquiera. No era este, por cierto, el honor al que aspiraba; lejos de eso, creía urgentemente necesario vigilar de cerca a los demócratas, y no solo no abrazaba como ideal la república tricolor, sino que anunciaba que, una vez implantada ésta, se situaría en la vereda de enfrente.

Inspirándose en las normas del Manifiesto Comunista, tomaba; como misión impulsar el movimiento revolucionario tal y como la realidad lo ofrecía. Esta táctica respondía a una inminente necesidad; en junio empezaba ya a desmoronarse el terreno revolucionario conquistado dos meses antes. En Viena, donde el antagonismo de clases no había cobrado todavía pleno desarrollo, imperaba una alegre anarquía; en Berlín, la burguesía solo tenía el timón en la mano para volver a entregárselo a los sectores vencidos en marzo; en los pequeños y medianos estados de Alemania montaban la guardia unos ministros liberales, que no se distinguían precisamente de sus antepasados feudales por el orgullo demostrado ante el trono, sino por una mayor flexibilidad de cintura, y la Asamblea Nacional de Frankfurt, órgano soberano a cuyo cargo implantar la unidad en Alemania, resultó ser, desde que inauguró sus sesiones el 18 de mayo, un club de charlatanes impenitentes.

La Nueva Gaceta del Rin, desde su primer número, ajustó las cuentas a todo este mundo de fantasmas, y lo hizo de un modo tan minucioso que la mitad de sus accionistas, ya de por sí pocos, emprendieron la retirada. Y no es que el periódico pidiese mucho de la penetración y arrojo de los héroes parlamentarios. Criticando el republicanismo federal defendido por la izquierda del parlamento de Frankfurt, sostenía que una federación de monarquías constitucionales, pequeños principados y republiquitas, con un gobierno republicano a la cabeza, no podía aceptarse como estructura definitiva del país. Y añadía: «No es que nosotros levantemos la bandera utópica de que se vaya a proclamar desde ahora la república alemana una e indivisible, pero exigimos del llamado Partido Radical Demócrata que no confunda el punto de partida de la lucha y del movimiento revolucionario con su meta. La unidad alemana y la constitución alemana solo pueden surgir como resultantes de un movimiento en que tanto los conflictos interiores como la guerra con el Oriente impulsarán a llegar a una conclusión. La constitución definitiva del país no puede implantarse por decreto, pues va asociada a un movimiento por el que el país habrá de pasar. No se trata, pues, de poner por obra tal o cual opinión, tal o cual idea política; se trata de saber penetrar en los derroteros del movimiento. La Asamblea Nacional no tiene, por ahora, más que dar los primeros pasos prácticamente factibles». Pero la Asamblea Nacional hizo algo que parecía prácticamente imposible, según todas las leyes de la lógica: eligió al archiduque austríaco Juan, regente del país, encauzando al movimiento hacia el regazo de los príncipes.

Más importantes fueron los acontecimientos sucedidos en Berlín. El Estado prusiano era, dentro de las fronteras alemanas, el enemigo más peligroso de la revolución. Esta lo había vencido en la jornada del 18 de marzo; pero el fruto de la victoria fue a parar, por las condiciones históricas del momento, a las manos de la burguesía, y a ésta le faltó tiempo para traicionar a la revolución. Con objeto de mantener la «continuidad jurídica», o lo que es lo mismo, de negar sus orígenes revolucionarios, el ministerio burgués de Camphausen-Hansemann convocó una Dieta unitaria, encomendando a esta corporación feudal por estamentos la empresa de echar las bases para una constitución de tipo burgués. Así surgieron las leyes del 6 y 8 de abril, la primera de las cuales promulgó sobre el papel una serie de derechos civiles como normas directivas para la nueva constitución, mientras que la segunda decretaba el sufragio universal, igualitario, secreto e indirecto, para elegir unas Cortes que pactarían con la corona la nueva constitución del Estado.

Este famoso principio del «pacto» entre el rey y las Cortes venía, prácticamente, a robar la victoria alcanzada el 18 de marzo por el proletariado de Berlín sobre las tropas prusianas de la Guardia. Si los representantes de la nueva Asamblea necesitaban ser aceptados y refrendados por la corona, era que ésta seguía conservando sus prerrogativas, seguía dictando su voluntad, y no había más remedio que someterla por medio de una segunda revolución, que el ministerio de Camphausen-Hansemann hacía cuanto estuviese a su alcance para impedir. El Gobierno obstruyó del modo más mezquino a las Cortes, reunidas el 22 de mayo; se erigió como «escudo de la dinastía» y dio a la contrarrevolución, todavía acéfala, una cabeza, trayendo de Inglaterra, adonde lo había desterrado el 18 de marzo la ira de las masas, al príncipe de Prusia, heredero del trono y solapado reaccionario.

El Parlamento berlinés no estaba, ni mucho menos, a la altura de su misión revolucionaria, aunque no pudiera moverse tampoco, totalmente, en aquel mundo quimérico y soñado de la Asamblea Nacional de Frankfurt. Se ajustó a reconocer el principio del «pacto», que le dejaba a merced del trono, hasta que el 14 de junio, como la población de Berlín volviera a manifestarse, esgrimiendo de nuevo el puño con su asalto a la Armería, los diputados tuvieron que tomar una actitud un poco más resuelta, aunque siempre quedándose a medias. En la crisis, salió del ministerio Camphausen, continuando Hansemann. La diferencia entre ellos estaba en que aquel aún se sentía atormentado por ciertos vestigios de ideología burguesa, mientras que éste servía sin vergüenza ni escrúpulo a los intereses materiales y escuetos de su clase. Para eso, no encontró mejor camino que arrastrarse a los pies del rey y de los terratenientes, corromper al parlamento y maltratar violentamente a las masas, superando en todas estas acciones a sus antecesores. La contrarrevolución lo veía actuar con buenos ojos, sin oponerse, naturalmente, a sus manejos.

El periódico de Marx se para decididamente, desde el primer momento, ante este fatal proceso. Demuestra que Camphausen, sembrando la reacción en un sentido favorable a la gran burguesía, la cosecha de un modo que solo puede favorecer al partido feudal. Fustiga al Parlamento de Berlín y principalmente a la izquierda, solicitándole que tome una actitud decidida, y enfrentándose con la indignación de los parlamentarios porque en el asalto de la Armería se destruyeron unas cuantas banderas y armas, aplaude el certero instinto del pueblo, que no solo se levanta revolucionariamente contra sus opresores, sino también contra las brillantes ilusiones de su propio pasado. Y advierte a las izquierdas contra la fascinación de los triunfos parlamentarios, que los viejos poderes están siempre dispuestos a conceder, con tal de quedarse con las posiciones de mando y los resortes de supremacía.

El periódico pronosticaba un lamentable fin para el ministro Hansemann, al pretender implantar el régimen de la burguesía, pactando con el viejo Estado policíaco y feudal. «En esta dual y contradictoria empresa, el régimen burgués al que se aspira y su propia existencia como gobierno se hallan amenazados a cada instante por el imperio de la reacción absolutista y feudal, y sucumbirán ante ella, más temprano o más tarde. La burguesía no podrá hacer triunfar su régimen sin tomar como aliado momentáneo al pueblo, sin actuar con un carácter democrático más o menos definido». El periódico trataba con una punzante sátira, también, los esfuerzos que hacía la burguesía para convertir la emancipación de los campesinos en el más legítimo objetivo de una revolución burguesa. «La burguesía alemana de 1848 ha traicionado indecorosamente a los campesinos, sus más naturales aliados, carne de su carne, sin los cuales tendrá que rendirse impotente ante la nobleza». La revolución alemana de 1848 venía, así, a quedar reducida a una grotesca parodia de la revolución francesa de 1789.

Y por otra razón, además: porque esta revolución no había triunfado por sus propias fuerzas, sino como satélite de otro movimiento, el francés, que daba al proletariado participación en el Gobierno. Y esto, que no justificaba y ni siquiera disculpaba la traición de la burguesía alemana contra la revolución, la explicaba perfectamente. Pero en aquellos mismos días de junio, en los que el ministro Hansemann comenzaba a cavarse su propia fosa, empezó también a disiparse esta pesadilla que le oprimía el pecho. Vino aquella espantosa represión, que duró cuatro días y en la que el proletariado de París fue desangrado por los partidos y por todos los sectores de la burguesía, unido para brindar sus servicios de verdugo al capital.

La Nueva Gaceta del Rin levantó del suelo la bandera de los «victoriosos derrotados». Y Marx señaló a la democracia, con palabras animosas, su puesto en la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado: «¿Es que nosotros, se nos preguntará, no tenemos lágrimas, suspiros, palabras de condolencia para las víctimas sacrificadas a la ira del pueblo, para la Guardia nacional, para la Guardia móvil, para la Guardia republicana, para las tropas de línea? Ya se encargará el Estado de esas viudas y de esos huérfanos, ya vendrán decretos glorificando a esos héroes, solemnes cortejos acompañarán sus restos hasta la tumba, la prensa oficial los declarará inmortales, toda la reacción europea, de Oriente a Occidente, cantará sus hechos gloriosos. Pero ¿y los plebeyos desgarrados por el hambre, insultados por la prensa, abandonados por los médicos, tildados de ladrones y de incendiarios, forzados a castigos por la gente honesta, con sus mujeres y sus hijos precipitados a una miseria sin nombre, con sus mejores sobrevivientes deportados al otro lado del mar? La prensa democrática tiene el derecho, tiene el privilegio de colocar sus laureles sobre estas frentes sombrías y amenazadoras».

Este magnífico artículo, en el que todavía hoy arde el fuego de la pasión revolucionaria, le costó al periódico la otra mitad de sus accionistas.

3. LA GUERRA CONTRA RUSIA

La guerra contra Rusia era el eje en torno al cual giraba la posición de la Nueva Gaceta del Rin en cuestiones de política extranjera. El periódico veía en Rusia al enemigo de la revolución, un enemigo poderoso y terrible, que se lanzaría infaliblemente contra ella en cuanto el movimiento se extendiera por toda Europa.

En esto no estaba desorientado. Por aquellos días en los que predicaba la guerra revolucionaria contra Rusia, el zar ―cosa que por entonces no podían saber los redactores del periódico, pero que hoy atestiguan los documentos de los archivos― brindaba al príncipe de Prusia la ayuda del ejército ruso para volver a implantar por la fuerza el despotismo destronado, y en efecto, al año de esto, el oso ruso salvaba al despotismo austríaco, aplastando con su mano la revolución húngara. La alemana no lograría vencer sin destruir la autocracia prusiana y austríaca, y esta aspiración no podría nunca lograrse sin derribar previamente el poder zarista.

El periódico esperaba de la guerra contra Rusia un desencadenamiento de fuerzas revolucionarias semejante al que la Revolución Francesa de 1789 había logrado mediante la guerra contra la Alemania feudal. Tratando como trataban a la nación alemana en canaille, según la frase de Weerth, era lógico que sus redactores fustigaran con toda energía las acciones con las que los alemanes venían atentando desde hacía setenta años contra la libertad y la independencia de otros pueblos: contra Estados Unidos, contra Francia, contra Italia, contra Polonia, contra Holanda, contra Grecia. «Ahora que los alemanes sacuden su propio yugo, es menester que cambie también radicalmente su política para con otros pueblos, si no queremos que en las cadenas echadas sobre otras naciones quede prendida nuestra naciente y apenas descubierta libertad. Alemania se liberará conforme vaya dejando libres a los pueblos vecinos». Y el periódico denunciaba aquella política maquiavélica que, tambaleándose en el interior del país, en las bases de su poder, se complacía en provocar hacia el exterior un mezquino odio de raza, repugnante con el carácter cosmopolita de los alemanes, para de este modo paralizar las energías democráticas, desviar hacia otro lado la atención y encauzar por un canal de desagüe la lava revolucionaria, forjando así las armas para la represión fronteras adentro.

Sin oír «los bramidos y redobles patrióticos de la prensa alemana casi unánime», abogó desde el primer instante por la causa de los polacos en Polonia, por la de los italianos en Italia, por la de los húngaros en Hungría. Fustigó aquel «profundo maquiavelismo», aquella «paradoja histórica», de que en el mismo instante en el que los alemanes luchaban contra sus gobiernos, emprendieran bajo el mando de estos mismos gobiernos una cruzada contra la libertad de los países oprimidos de Polonia, Hungría, Italia. «Para la Alemania revolucionaria, no debe existir más que una guerra, la guerra contra Rusia, en la que puede purgar los pecados del pasado, adquiriendo vigor y venciendo en ella a sus propios autócratas; en la que puede, como corresponde a un pueblo que sacude las cadenas de una larga y perezosa esclavitud, redimirse pagando la propaganda de la civilización con la sangre de sus hijos y emanciparse al emancipar a las naciones oprimidas».

Entre estas naciones, por ninguna abogaba tan apasionadamente el periódico como por Polonia. El movimiento polaco de 1848 se limitaba a la provincia prusiana de Posen; la Polonia rusa había quedado postrada por la revolución de 1830, como la austríaca por la insurrección de 1846. La población polaca de Prusia se levantó bastante modestamente, sin llegar casi, en sus exigencias, a lo que ya le prometieran los tratados de 1815, jamás cumplidos: la sustitución de las guarniciones militares por tropas del país, y la provisión en los naturales de todos los empleos. En los primeros momentos de pánico que siguieron al 18 de marzo, las autoridades de Berlín les prometieron proceder a una «reorganización nacional». Aunque abrigando ya, naturalmente, la secreta intención de faltar a la promesa. Los polacos fueron lo bastante ingenuos para creer en la buena voluntad de Berlín, desde donde, entretanto, se excitaban los ánimos de la población alemana y judía, incentivando sistemáticamente una guerra civil, cuyos orígenes se debieron en absoluto y cuyos horrores respondieron casi totalmente a la acción de Prusia. Los polacos, obligados a la violencia por la violencia, lucharon valerosamente, resistiendo más de una vez, como ocurrió por ejemplo el 30 de abril en las cercanías de Miloslaw, a un enemigo muy superior en armas y número, hasta ponerlo en franca huida; pero a la larga las guadañas polacas no tuvieron más remedio que rendirse a los cañones prusianos.

En la cuestión polaca, la burguesía alemana se comportó, como siempre, con la misma falta de inteligencia y lealtad. Antes de los acontecimientos de marzo había sabido comprender certeramente la íntima relación que existía entre la causa alemana y la polaca, y todavía después del 18 de marzo sus sabios habían proclamado solemnemente, en el llamado Anteparlamento de Frankfurt, que la reconstitución de Polonia era deber sagrado de la nación alemana. Pero esto no podía ser obstáculo para que Camphausen, el presidente del Gabinete, esgrimiera también ante esta cuestión el látigo del junker prusiano. Faltó de la manera más infame a la promesa de «reorganización nacional», arrancándole a la provincia de Posen un pedazo tras otro de territorio, más de dos terceras partes en total, para incorporarlos a la Federación Alemana, por acuerdo de la Dieta Federal, cuando ésta daba ya las últimas bocanadas bajo el desprecio del mundo entero. La Asamblea nacional de Frankfurt tenía que decidir ahora si reconocía o no como miembros legítimos de su seno a los diputados elegidos por los territorios desmembrados de aquella provincia. Después de tres días de debates, abrazó el partido que de ella era de esperar: este hijo espurio de la revolución sancionaba la infamia de los poderes contrarrevolucionarios.

Los ocho o nueve artículos, algunos de ellos muy extensos, de la serie dedicados a comentar estos debates, y que contrastaban con el despectivo laconismo en el que solía mantenerse frente a los charlatanes parlamentarios, revela lo mucho que la Nueva Gaceta del Rin se interesaba por el asunto. Es el trabajo más extenso que vio la luz en sus columnas. A juzgar por el contenido y el estilo, debieron redactarlo en colaboración Marx y Engels, escribiendo éste la mayor parte, como lo denotan las huellas clarísimas de su mano.

Lo que primero llama la atención en este trabajo, y lo que más lo honra, es la magnífica sinceridad con que pone al descubierto la maniobra estéril realizada con Polonia. Pero la indignación moral de la que Marx y Engels eran capaces —mucho más capaces de lo que puede imaginarse el honesto filisteo— no tenía ni el más remoto parecido con aquella compasión sentimental que un Roberto Blum, por ejemplo, dedicaba en Frankfurt a la maltratada Polonia. El festejado y elocuente orador de la izquierda tuvo que resignarse a ver calificados sus arrebatos, y no sin razón, de «necias vulgaridades», todo lo altisonantes y augustas que se quiera, pero vulgaridades al fin. No llegaba a comprender que aquella traición cometida con Polonia era, al mismo tiempo, una traición contra la revolución alemana, a la que se privaba de ese modo de un arma preciosa e insustituible contra el mortal enemigo zarista.

Marx y Engels englobaban también entre «las más necias vulgaridades» esas prédicas de «conciliación entre todos los pueblos del mundo», que, sin detenerse a contemplar la situación histórica ni el grado de desarrollo social de los pueblos, no sabían más que conciliar a todo trapo; para ellos, la «justicia», la «humanidad», la «libertad», la «igualdad», la «fraternidad», la «independencia de los pueblos», eran otras tantas frases más o menos morales, que sonaban muy bien, pero que no querían decir nada ni resolvían nada, histórica ni políticamente. Esta «mitología moderna» los sacaba de quicio. Sobre todo en aquellos arrebatados días de la revolución, en los que no reconocían más que un lema: en pro o en contra.

Los artículos de la Nueva Gaceta del Rin sobre Polonia estaban animados por esa auténtica pasión revolucionaria que los ponía muy por encima de toda la fraseología polacófila de la democracia al uso, y perduran todavía como elocuente testimonio de la penetrante agudeza para el análisis de sus autores. No están, sin embargo, exentos de errores, en lo que a historia polaca se refiere. Tenían razón al decir que la campaña por la independencia de Polonia solo podía triunfar dando a la par el triunfo a la democracia agraria sobre el absolutismo patriarcofeudal; pero no era cierto que los polacos lo reconocieran así desde la constitución de 1791. También se equivocaban los autores al sostener que la vieja Polonia, aquella de la democracia noble, llevaba ya mucho tiempo muerta y sepultada en el año 1848, pero dejando en el mundo un robusto heredero en la Polonia de la democracia campesina. Marx y Engels veían en los nobles polacos, que luchaban con una magnifica bravura en las barricadas europeas para arrancar a su pueblo del abrazo de las potencias orientales en el que perecía, a los representantes de la nobleza polaca, en tanto que los Lelewel y los Mieroslawski, endurecidos y purificados bajo el fuego de los combates, se alzaban sobre su clase, ni más ni menos que como los Hutten y los Sickingen se habían alzado en otro tiempo sobre la aristocracia feudal alemana o, menos remotamente, los Clausewtz y los Gneisenau sobre la nobleza rural de Prusia.

Marx y Engels no tardaron en rectificar este error; lo que Engels no llegó nunca a retirar fue el juicio despectivo formulado en el periódico sobre las guerras de independencia sostenidas por las naciones y nacioncitas eslavas del sur de Europa. Todavía en el año 1872, Engels seguía manifestando en este punto lo mismo que en 1849 manifestara en la polémica sostenida con Bakunin. El corresponsal de la Nueva Gaceta del Rin en París, Ewerbeck, expresó en julio del 48, desde las columnas del periódico, la sospecha de que el revolucionario ruso fuese un agente de su Gobierno, sospecha reiterada luego por una información de la Agencia Havas. Sin embargo, la noticia resultó ser falsa y la redacción se rectificó inmediatamente en términos de absoluta lealtad. Poco después, a fines de agosto o comienzos de septiembre, Marx emprendió un viaje a Berlín y Viena, renovando aquí las viejas relaciones de amistad con Bakunin, cuya expulsión de Prusia, efectuada en octubre, combatió duramente desde el periódico. Engels encabezaba también su polémica contra una proclama de Bakunin dirigida a los eslavos con la declaración de que se trataba de «un amigo nuestro», pero sin que por ello dejase de arremeter con una gran dureza objetiva contra las tendencias paneslavistas de la proclama.

La pauta la daba también aquí el interés apasionado por la revolución. En las luchas sostenidas por el Gobierno de Viena contra los revolucionarios alemanes y húngaros, los eslavos de Austria habían abrazado ―con la excepción de los de Polonia― el partido reaccionario. Ellos fueron los que tomaron por asalto la ciudad sublevada de Viena para entregarla a la despiadada venganza de S. M. Católica; por los días en que Engels publicaba su artículo contra Bakunin, esos mismos eslavos salían al campo a guerrear contra los húngaros insurrectos, cuyas campañas revolucionarias seguía y analizaba Engels, con gran dominio de la materia, en la Nueva Gaceta del Rin, poniendo en sus artículos una apasionada simpatía, que lo llevaba a exagerar el grado de desarrollo histórico de los pueblos magiar y polaco. Bakunin exigía que se garantizara a los eslavos austríacos su independencia, postulado que Engels comentaba de este modo: «¡Ni por asomo! A esta fraseología sentimental que nos habla de fraternidad en nombre de las naciones más contrarrevolucionarias de Europa, nosotros contestamos que la rusofobia, el odio contra Rusia, era y sigue siendo la primera pasión revolucionaria de todo alemán; que desde la revolución, a este odio ha venido a unirse la checofobia y la croatofobia, el odio contra esos pueblos eslavos, contra los cuales habremos de unirnos en decidida acción terrorista con los polacos y los magiares, si queremos asegurar la revolución. Ahora sabemos ya dónde están concentrados sus enemigos: en Rusia y en los pueblos eslavos de Austria, y no habrá frases ni apelaciones a ningún vago porvenir democrático de esos países suficientes para disuadirnos de que tratemos como amigos a los que son nuestros enemigos». Engels terminaba jurando inexorable y mortal enemistad al «pueblo eslavo traidor a la causa de la revolución». No era tan solo un exceso de ira por los servicios de lacayo prestados por los eslavos a la reacción europea el que dictaba estas líneas. Engels negaba a los pueblos eslavos ―exceptuando a Polonia, a los rusos y tal vez a los eslavos de Turquía― todo porvenir histórico, «por la sencilla razón de que los demás carecían todos de las más elementales condiciones históricas, geográficas, políticas e industriales, para gozar de independencia y viabilidad». La lucha por su emancipación nacional los convertía en instrumentos ciegos del zarismo, sin que las bienintencionadas ilusiones que se forjaban los paneslavistas demócratas pudieran nada contra esto. El derecho histórico de los grandes pueblos civilizados a desarrollarse revolucionariamente estaba ―añadía Engels― por encima de las luchas de esos pueblos raquíticos e impotentes por lograr su independencia, aun cuando en aquel gran avance se marchitara, pisoteada, más de una dulce flor nacional; con esto no se hacía más que capacitar a esas pequeñas naciones para incorporarse a un proceso histórico que, de quedar abandonadas a su propia suerte, las dejaría al margen. En 1882, cuando los anhelos de emancipación de los países balcánicos vinieron a chocar con los intereses del proletariado europeo, Engels aconsejó a éste que prescindiera de aquellos instrumentos del zarismo, pues en política están de más las simpatías románticas.

Engels se equivocaba al negar a las pequeñas naciones eslavas todo porvenir histórico, pero la idea fundamental que inspiraba su posición era indiscutiblemente exacta, y la Nueva Caceta del Rin la mantuvo con toda firmeza en un caso en el que venía a resultar asociada con las «simpatías románticas del filisteo».

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