CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (IX)

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CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (IX) 1

Publicamos una nueva entrega de la apasionante biografía de Carlos Marx, escrita por Franz Mehring. Es la primera parte del Capítulo V donde se destaca la labor de Marx y Engels en lucha contra los socialistas utópicos. Una reconfortante lectura para acerar las convicciones en estos tiempos de agudización de las contradicciones del capitalismo moribundo y de resurgimiento de los «nuevos» reformadores sociales.


CAPÍTULO V

DESTERRADO EN BRUSELAS

1. LA IDEOLOGÍA ALEMANA

Desterrado de París, Marx se trasladó con su familia a Bruselas. Engels temía que también en Bélgica lo molestaran, como en efecto sucedió, ya desde los primeros momentos.

Inmediatamente después de llegar a Bruselas, firmó —según informe suyo a Heine— en la Administration de la Sûreté publique una declaración comprometiéndose a no publicar nada sobre temas políticos dentro de las fronteras del reino. Y no pudo completar el trámite con la conciencia tranquila, debido a que no tenía ni la intención ni los medios para hacer semejante cosa. Como el Gobierno prusiano continuaba maniobrando sobre el ministerio belga respecto a su expulsión, Marx, antes de que acabara el año, el 19 de diciembre de 1845, renunció a su nacionalidad, dejando así de pertenecer al Estado de Prusia.

Pero ni entonces ni después habría de abrazar la ciudadanía de ningún otro Estado, a pesar de serle ofrecida la de Francia, en condiciones muy honrosas, por el Gobierno provisional de la República, en la primavera de 1848. Marx se abstuvo siempre de dar este paso, al igual que Heine; en cambio, Freiligrath, que tantas veces se ha querido presentar como modelo de alemán y ostentosa contracara de aquellos dos «canallas sin patria», no tuvo ningún inconveniente en naturalizarse inglés en el destierro.

En la primavera de 1845, Engels se trasladó a Bruselas, y juntos Marx y él, emprendieron un viaje de estudio por Inglaterra, que duró unas seis semanas. En este viaje, Marx, que ya en París había empezado a estudiar a Max Culloch y a Ricardo, pudo sondear más concienzudamente las obras de los economistas ingleses, aunque solo le fuese posible, según nos dice, consultar los «libros que tenía a mano en Manchester» y los extractos y obras que poseía Engels. Este, que ya durante su primera estancia en Inglaterra había colaborado en el New Moral World, órgano de Owen, y en el Northern Star, periódico de los cartistas, renovó las viejas relaciones, con lo cual ambos amigos entraron en contacto con los cartistas y con las figuras del socialismo.

Al regreso de este viaje, acometieron un nuevo trabajo en común. «Decidimos —dice Marx, volviendo más tarde sobre esto, bastante lacónicamente— analizar en común el contraste de nuestras doctrinas con las enseñanzas ideológicas de la filosofía alemana, lo cual equivalía en realidad a romper con nuestra conciencia filosófica del pasado. Llevamos a cabo nuestro propósito bajo la forma de una crítica de la filosofía poshegeliana. Llevaba ya algún tiempo el original de la obra, que completaba ya dos grandes volúmenes, en poder de la editorial, cuando nos avisaron que la nueva situación producida no permitía dar el libro a la luz. En vista de esto, abandonamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones sin gran sacrificio, pues habíamos alcanzado lo que nos proponíamos: llegar a conclusiones claras ante nosotros mismos». Los ratones cumplieron con su misión, en el sentido más literal de la palabra. Y los restos que de esta obra se conservan explican perfectamente que los autores no tomaran demasiado a pecho su mala suerte.

Si ya su polémica a fondo, y aun acaso demasiado a fondo, con los Bauer, era difícilmente digerible para el lector, estos dos nutridos volúmenes, de unos cincuenta pliegos en total, se les habrían hecho todavía más difíciles. La obra llevaba por título: La ideología alemana, crítica de la filosofía alemana novísima en sus representantes Feuerbach, Bruno Bauer y Stirner; y del socialismo alemán en sus varios profetas. Años más tarde, Engels habría de decir, amparándose en su memoria, que solamente la crítica dedicada a Stirner ocupaba, por lo menos, tanto espacio como el libro del propio autor criticado, y los fragmentos que luego se publicaron prueban que la memoria no lo engañaba. Se trata, como nos lo revela la misma Sagrada familia en sus capítulos más áridos, de una prolija súper polémica, y aunque no falte alguno que otro oasis en el desierto, la vegetación no abunda. Allí donde aparece la agudeza dialéctica de los autores, es para degenerar enseguida en minucias y alardes pedantes y, a veces bastante mezquinos.

Cierto es que el gusto moderno en estas materias es mucho más complicado que el de entonces. Pero esto no resuelve el problema, sobre todo si nos fijamos en que los autores habían dado ya pruebas, y las seguían dando y las darían siempre, de poseer un agudo sentido crítico, vena epigramática y un estilo que no pecaba precisamente de prolijo. La razón está en el estrechísimo círculo en el que se libraban aquellas batallas del espíritu; a lo cual hay que añadir, en la mayor parte de los casos, los pocos años de los contendientes. Es un fenómeno semejante al que la historia literaria tiene ocasión de observar en Shakespeare y los dramaturgos de su época: el autor se esfuerza por exprimir lo más que puede un giro o una expresión, por achacar a las palabras del adversario las mayores necedades mediante una interpretación equivoca o literal, intentando siempre a llevar a último término la expresión; su ingenio no se orienta hacia el gran público, sino a la inteligencia refinada de los profesionales. Muchas de las cosas que hoy no acertamos a apreciar, o ni siquiera a descubrir, en la literatura de Shakespeare, nacen de que, al crear se guiaba siempre, aunque no tuviese conciencia de esto, por la preocupación del juicio que su obra merecería de Green y Marlowe, de Jonson, de Fletcher, de Beaumont.

Acaso pueda explicarse de esta manera el tono que, consciente o inconscientemente, empleaban Marx y Engels para polemizar con los Bauer, los Stirner y demás compadres de argucias. Nos interesaría mucho, sin duda, conocer la parte dedicada a Feuerbach, que seguramente no se limitaría a la crítica negativa, pero, por desgracia, este capítulo de la obra no llegó a terminarse. Sin embargo, algunos aforismos sobre Feuerbach, escritos por Marx en 1845 y publicados por Engels con el correr del tiempo, son un claro indicio de su actitud ante este autor. Marx echa de menos en el materialismo feuerbachiano lo mismo que de estudiante había echado de menos en Demócrito, el precursor materialista: el «principio enérgico»; para él, el defecto sustancial de todas las corrientes materialistas conocidas hasta entonces estribaba en no concebir la sensoriedad y la realidad más que bajo la forma de intuición o de objeto, pero no como actividad humana sensible, como prédica, es decir, subjetivamente. Así se explica, según Marx, que este aspecto activo que el materialismo abandona, solo sea desarrollado por el idealismo, pero nada más que de un modo abstracto, ya que esta corriente desconoce, como es lógico, la actividad real y sensible. O dicho de otro modo: Feuerbach se excedió repudiando por entero a Hegel, cuando lo indicado era arrancar la revolucionaria dialéctica hegeliana del mundo de las ideas para transportarla al mundo de la realidad.

Engels, siempre intrépido, le había escrito a Feuerbach, estando todavía en Barmen, para ganarlo para la causa del comunismo. Feuerbach le contestó en tono afectuoso, pero —de momento al menos— rehuyó la invitación. Si, como se proponía, venía al Rin; durante el verano, Engels lo «convencería» de que se trasladara a Bruselas. Provisionalmente, se conformó con enviarle a Marx como «magnífico agitador» a Hermann Kriege, un discípulo del filósofo.

Pero Feuerbach no apareció por el Rin, y las obras que siguió publicando vinieron a demostrar que seguía siendo el mismo. Tampoco Kriege confirmó las esperanzas puestas en él; aunque llevó la propaganda comunista al otro lado del océano, habría de producir trastornos incalculables en Nueva York, y sus perturbaciones influyeron también negativamente en la colonia comunista que empezaba a formarse en Bruselas en torno a Marx.

2. EL VERDADERO SOCIALISMO

La segunda parte de la obra proyectada habría de dedicarse a la crítica del socialismo alemán a través de sus varios profetas, analizando críticamente «todas las doctrinas insípidas y trasnochadas del socialismo germano».

Aludíanse aquí a figuras como Moses Hess, Carlos Grün, Otto Lüning, Hermann Pütmann y otros, que habían ido formando una cuantiosa literatura, en la que abundaban, sobre todo, las revistas: el Gesellschaftsspiegel, publicado en cuadernos mensuales, desde el verano de 1845 hasta el de 1846, los Rheinische Jahrbücher, y el Deutsches Bürgerbuch, del que vieron la luz dos volúmenes anuales, correspondientes a los años 1845 y 1846, el Westfalisches Dampfboot, revista mensual que empezó a publicarse también en 1846, subsistiendo hasta la revolución alemana, y, finalmente, algunos diarios, como la Gaceta de Tréveris.

El curioso fenómeno bautizado por Grün con el nombre de «verdadero socialismo», nombre que Marx y Engels emplean siempre en un sentido satírico, tuvo una vida fugaz. Desapareció, sin dejar huella, en 1848; el primer tiro de la revolución puso fin a su existencia. Esta corriente no contribuyó en nada a la formación espiritual de Marx, que se enfrentó con ella, superándola críticamente, desde el primer momento. Sin embargo, el brusco juicio que hace de estas doctrinas en el Manifiesto comunista no refleja de una manera exacta su actitud ante semejante socialismo; durante una época, lo tuvo por un néctar capaz, a pesar de todas aquellas absurdas gesticulaciones, de fermentar un vino. Y lo mismo, y más enfáticamente aún, Engels.

Este formaba con Moses Hess la redacción del Gesellschaftsspiegel, en el que Marx colaboró también con un artículo. Ambos colaboraron así mismo con Hess en la Brüsseler Zeit de diversos modos, y casi parecía como si este autor se hubiera compenetrado de lleno con sus ideas. Marx solicitó en repetidas ocasiones la colaboración de Heine para los Anales renanos, y si no suyos, esta revista, lo mismo que el Deutsches Bürgerbuch, dirigidas ambas por Pütmann, llegó a publicar algunos trabajos de Engels. En el Westfalisches Dampfboot colaboraron ambos amigos: Marx publicó en las páginas de esta revista el único fragmento de la segunda parte de «La ideología alemana» que hasta hoy ha visto la luz: la crítica aguda y profunda de un folletín de Carlos Grün acerca del movimiento social en Francia y Bélgica.

La circunstancia histórica de que el llamado «verdadero socialismo» se formara también de los restos de la filosofía hegeliana ha movido a algunos a sostener que Engels y Marx habían abrazado también en un principio aquellas doctrinas, que luego, al separarse de ellas, criticaron con redoblado rigor. Pero esto no es verdad. Lo que ocurre es que ambas corrientes desembocaron en el socialismo arrancando de Hegel y Feuerbach, pero mientras que Marx y Engels se preocupaban por estudiar la esencia de este socialismo en la Revolución Francesa y la industria inglesa, los «verdaderos» socialistas se contentaban con traducir las fórmulas y los tópicos del socialismo a su «corrompido alemán de hegelianos». Marx y Engels se esforzaron cuanto pudieron por enaltecer esas doctrinas considerándolas, con mucha equidad, como un producto de la historia alemana. Grün y compañía no tenían por qué protestar ante una comparación tan halagadora como era la que contrastaba sus doctrinas socialistas, consideradas como una especulación ociosa acerca de la realización de las esencias humanas, con la interpretación que daba Kant a los actos de la Gran Revolución Francesa, concebidos como leyes de la voluntad verdaderamente humana.

En sus esfuerzos pedagógicos por orientar el «verdadero socialismo», Engels y Marx no ahorraron indulgencia ni rigor. En el Gesellschaftsspiegel de 1845, Engels, en su calidad de codirector, dejó pasar al bueno de Hess deslices que no se le podían ocultar; pero en el Deutsches Bürgerbuch de 1846, empezó a calentarle ya las orejas. «Una pequeña dosis de humanidad», como modernamente la llaman, otra pequeña dosis de «realización» de esta humanidad, o, mejor dicho, monstruosidad; otra dosis, ya más pequeña, sobre la cuestión de la propiedad —de tercera o cuarta mano—, un puñadito de lástimas para el proletariado, de organización del trabajo, la miseria de la asociación para levantar el nivel de las clases necesitadas: todo esto, unido a una insigne ignorancia de la economía política y de la realidad social, forma el famoso sistema, al que aún vienen a chuparle la última gota de sangre, el último vestigio de energía y agresividad, la tan decantada imparcialidad teórica, el «equilibrio absoluto» de la idea. Y con esta cosa tan aburrida hay quien pretende desencadenar en Alemania la revolución, poner en marcha el proletariado, hacer pensar y obrar a las masas. Su preocupación por el proletariado y las masas reportaba muy de cerca la actitud adoptada por Marx y Engels ante el «verdadero socialismo». Y si de todos sus representantes atacaban con mayor violencia que a ninguno a Carlos Grün, era porque, aparte de sus mayores debilidades, viviendo en París, sembraba la confusión entre aquellos obreros e influía en Proudhon de un modo fatal. Nada tiene de extraño que en el «Manifiesto Comunista» le diesen la espalda al «verdadero» socialismo con una gran dureza y hasta con una alusión bastante clara a su antiguo amigo Hess, ya que aquellas páginas tenían por misión provocar un movimiento práctico de agitación en el proletariado internacional.

Así se comprende también que, estando como estaban dispuestos a perdonar a estos autores la «inocencia pedante» con que «profesaban y declamaban» a los cuatro vientos y tan solemnemente «sus torpes ejercicios escolares», no lo estuviesen tanto a pasar por alto el apoyo que al parecer dispensaban a los gobiernos. La lucha de la burguesía contra el absolutismo y el feudalismo anteriores a las jornadas de marzo habría de brindarle, por lo visto, la «ocasión esperada» para lanzarse por la espalda sobre la oposición liberal. «Los gobiernos absolutos de Alemania, con su cortejo de clérigos, maestros de escuela, aristócratas y burócratas, tenían en esas doctrinas un magnífico espantapájaros contra la burguesía, que empezaba a levantar cabeza. Era el complemento dulce de los terribles latigazos y las balas de fusil con las que esos mismos gobiernos trataban a las revueltas obreras». Estas palabras eran duramente exageradas en relación con el asunto y perfectamente injustas en lo que refería a las personas.

El propio Marx había aludido en los «Anales franco-alemanes» a la peculiar situación de Alemania, donde la burguesía no podía alzarse contra los gobiernos sin que el proletariado tomara partido contra la burguesía. La misión del socialismo, según esto, no podía ser otra que apoyar al liberalismo donde continuara siendo revolucionario y combatirlo donde degenerase en reacción. Este objetivo no era fácil de «cumplir»; el mismo Marx y el mismo Engels defendieron como revolucionarios al liberalismo, en ocasiones en las que contenía ya pendencias reaccionarias. Cierto es que, por su parte, los «verdaderos» socialistas caían no pocas veces en el pecado contrario, en el pecado de combatir al liberalismo en bloque, con lo cual no hacían más que beneficiar al Gobierno. Los que más se distinguieron en esto fueron Carlos Grün y Moses Hess, y el que menos Otto Lüning, director del Westfalisches Dampfboot. Pero estos pecados eran más por torpeza e ignorancia que por la intención de apoyar a los gobiernos. En la revolución, que firmó la sentencia de muerte de todas sus figuraciones, integraron siempre el ala izquierda de la burguesía; ninguno de estos «verdaderos» socialistas desertó de su campo para entrar en el Gobierno, y uno de ellos, Moses Hess, formó parte, como militante, de las filas de la socialdemocracia. Entre todos los matices del socialismo burgués de entonces, y aun del de hoy, seguramente no habrá ninguno que pueda tener, en este punto, la conciencia tan tranquila como este.

Estos hombres, sentían todos un gran respeto ante las figuras de Marx y Engels, para quienes estaban siempre abiertas las columnas de sus revistas, aun cuando a veces se vieran maltratados por ellos en su propia casa. No era la perfidia, sino la ignorancia franca y sincera la que les impedía abandonar sus falsas posiciones. En sus labios florecía con especial preferencia ese viejo cantar que tanto aman los buenos filisteos: ¡silencio, silencio, no hacer ruido! Era el consabido tópico de que en un partido nuevo había que levantar un poco el brazo y, cuando la discusión fuera obligada, guardar al menos el tono correcto, no herir, no repeler; prestigios como Bauer, Ruge, Stirner, no podían ser allí objeto de ataques demasiado duros. Ya le podían ir con esas cantinelas a Marx, al hombre que dijo: «Lo característico de estas viejas comadres es querer suavizar y endulzar los combates librados dentro del partido». Pero esta sana actitud también era comprendida por ciertos socialistas «verdaderos»; en José Weydemeyer, cuñado de Lüning, y redactor del Westfalisches Dampfboot, encontraron Marx y Engels a uno de sus partidarios más leales.

Weydemeyer, un antiguo teniente de artillería prusiano, que había abandonado la carrera militar por sus convicciones políticas, formaba parte de la redacción de la «Gaceta de Tréveris», periódico influido por Carlos Grün, y esto lo llevó a establecer contacto con los integrantes del verdadero «socialismo». En la primavera de 1846 se trasladó a Bruselas, no sabemos si para conocer a Marx o a Engels, o por otras razones, pero lo cierto es que se relacionó rápidamente con ambos, sin dejarse influir por los lamentos que despertaban sus críticas despiadadas, de las que tampoco se libraba Lüning, su cuñado. Weydemeyer, que era westfaliano, tenía algo de ese temperamento sereno y grávido, pero leal y tenaz, que se le asigna a su raza. Como escritor no se distinguió nunca por gran talento; de regreso en Alemania, aceptó un puesto de geómetra en las obras del ferrocarril de Colonia a Minden, colaborando fortuitamente en el Westfalisches Dampfboot. Con su sentido práctico, quiso ayudar a Marx y a Engels a remediar una dificultad que se les iba haciendo cada vez más sensible: la carencia de editor.

En el Literarisches Kontor, editorial de Zúrich, les cerró las puertas el rencor de Ruge: a pesar de reconocer, como lo reconocía, que era difícil que Marx pudiera escribir algo malo, le puso a su socio Froebel el puñal en el pecho para que se abstuviese de toda relación editorial con él. Wigand, casa de Leipzig en la que editaban la mayor parte de los neohegelianos, había rechazado ya en otra ocasión una crítica dirigida contra Bauer, Feuerbach y Stirner. Era, pues, una magnífica perspectiva la que abría Weydemeyer en su tierra westfaliana, reuniendo a dos comunistas ricos, Julio Meyer y Rempel, dispuestos a ofrecer el dinero necesario para una empresa editorial. Tenían el plan de invertir el capital, inmediatamente, nada menos que en tres producciones: «La ideología alemana», una biblioteca de autores socialistas, y una revista trimestral que sería dirigida por Marx, Engels y Hess.

Pero, al llegar la hora de desembolsar, los dos capitalistas fallaron, pese a haberse comprometido de palabra con Weydemeyer y con el propio Hess. Surgieron «dificultades económicas», que vinieron a paralizar en el instante oportuno su espíritu de sacrificio comunista. Amargo desengaño que Weydemeyer agudizó todavía más al ofrecer el original de «La ideología alemana» a otros editores que se lo rechazaron. Y por si esto fuera poco, intentó reunir entre los correligionarios de la región unos cuántos cientos de francos para remediar la extrema miseria de Marx. Sin embargo, como su carácter era noble y honrado, Marx y Engels no tardaron en olvidar estas pequeñas indiscreciones cometidas por él.

Por fin, el original de «La ideología alemana» quedaba entregado sin remedio a la crítica roedora de los ratones.

3. WEITLING Y PROUDHON

Mucho más emocionante, desde el punto de vista humano, y más importante también, que la crítica de los filósofos poshegelianos y de los «verdaderos» socialistas, son las polémicas entabladas por Marx contra dos proletarios geniales, que tanto influyeron en él en un principio.

Weitling y Proudhon tuvieron su cuna en las simas de la clase obrera; eran las suyas personalidades sanas y fuertes, sumamente dotadas, y tan favorecidas por el medio, que no les hubiera sido difícil escalar posiciones de excepción, esas raras posiciones de las que se nutre el tópico filisteo de que las filas de la clase gobernante están abiertas para todos los talentos de la clase trabajadora. Pero ambos despreciaron esta carrera, para abrazar voluntariamente la de la pobreza y luchar por sus hermanos de clase y de pasión.

Siendo como eran hombres robustos y fornidos, llenos de fuerza medular, predestinados por naturaleza al goce de la vida, se impusieron las más duras privaciones para consagrarse a sus ideales. «Una estrecha cama, compartida no pocas veces por tres personas entre las paredes de una angosta habitación, una tabla como mesa de trabajo, y de vez en cuando una taza de café negro»; así vivía Weitling, cuando su nombre infundía ya espanto en los grandes de la tierra, y de igual forma vivía Proudhon, en su cuartucho parisino, en momentos en que ya tenía fama europea: «metido en un chaleco de punto y calzados los pies en zuecos».

En ambos se mezclaban la cultura alemana y la francesa. Weitling era hijo de un oficial francés, y acudió rápidamente a París, tan pronto como tuvo edad para hacerlo, a beber en las fuentes del socialismo. Proudhon era oriundo del viejo condado libre de Borgoña, anexado por Luis XIV a Francia; y no era difícil ver en él la cabeza germana. Lo cierto es que, tan pronto como tuvo independencia de juicio, se sintió atraído por la filosofía alemana, en cuyos representantes Weitling no alcanzaba a ver más que espíritus confusos y nebulosos; Proudhon, en cambio, no tenía palabras para fustigar a los grandes utopistas, a quienes aquél debía lo mejor de su formación.

Estas dos figuras del socialismo compartieron la fama y la mala estrella. Fueron los primeros proletarios modernos que aportaron una prueba histórica de que la moderna clase obrera es lo bastante fuerte e inteligente para emanciparse a sí misma; los primeros que rompieron el círculo vicioso al que estaban adscritos el movimiento obrero y el socialismo. En este sentido, su labor hizo época; su obra y su vida fueron ejemplares y contribuyeron fructíferamente a los orígenes del socialismo científico. Nadie volcó mayores elogios que Marx sobre los comienzos de Weitling y Proudhon. En ellos, veía confirmado como realidad viviente lo que el análisis crítico de la filosofía hegeliana solo le había brindado, hasta entonces, como fruto de la especulación.

Pero, además de la fama, aquellos dos hombres compartieron también la mala estrella. A pesar de toda su agudeza y del alcance de su visión, Weitling no llegó a remontar nunca los horizontes del aprendiz artesano alemán, como Proudhon tampoco superó los del pequeño burgués parisino. Y ambos se separaron del hombre que supo consumar gloriosamente lo que ellos habían iniciado de un modo tan brillante. No fue por vanidad personal ni por despecho, aunque ambas cosas apuntaran también, más o menos visibles, conforme la corriente de la historia los iba haciendo sentirse eliminados. Sus polémicas con Marx revelan que no sabían sencillamente hacia dónde navegaba éste. Fueron víctimas de una mezquina conciencia de clase, cuya fuerza era tanto mayor cuanto más inconscientemente actuaba en ellos.

Weitling se trasladó a Bruselas a comienzos del año 1846. Cuando su campaña de agitación en Suiza se paralizó, por efecto de sus contradicciones internas y de la brutal represión de la que luego fue objeto, buscó refugio en Londres, donde no pudo llegar a entenderse con los integrantes de la Liga de los Justicieros. Fue presa de su cruel destino precisamente por querer huir de él acogiéndose a un antojo de profeta. En vez de lanzarse de lleno al movimiento obrero inglés, en una época en la que la agitación cartista alcanzaba una gran altura, se puso a trabajar en la construcción de una gramática y una lógica fantásticas, preocupado por crear una lengua universal, que en lo sucesivo habría de ser su quimera preferida. Se arrojó precipitadamente a empresas para las que no poseía capacidad ni conocimientos de ninguna especie, y así fue cayendo en un aislamiento espiritual que lo separaba cada vez más de la verdadera fuente y raíz de su fuerza: la vida de su clase.

Al trasladarse a Bruselas, realizó el acto más razonable de su vida, pues si había alguien que podía curarlo moralmente, ese hombre era Marx. La noble hospitalidad con que este lo recibió, no solo nos la atestigua Engels, sino que la confirma y reconoce el propio Weitling.

Pero pronto habría de demostrarse que era imposible llegar a un entendimiento espiritual entre ellos; en una reunión de los comunistas de Bruselas celebrada el 30 de marzo de 1846, Marx y Weitling tuvieron un encuentro violentísimo; en una carta dirigida por este a Hess, tenemos la prueba de que las ofensas partieron del segundo. Estaban en curso las negociaciones para fundar la editorial ya mencionada y Weitling dejó asomar la acusación de que se trataba de apartarlo de sus «fuentes de ingreso» y reservar para otros las «traducciones bien pagas». Sin embargo, Marx siguió haciendo por él todo lo que pudo. Por informes procedentes también del propio Weitling sabemos que Hess le escribió a Marx desde Verviers, con fecha 6 de mayo, en estos términos: «Ya sabía yo, conociéndote, que tu aversión contra él no habría de llegar hasta el punto de cerrarle herméticamente la billetera, mientras tuvieses algo en ella». Y Marx no nadaba precisamente en la abundancia.

Pocos días después, Weitling dio lugar a la ruptura definitiva. La campaña de propaganda de Kriege en Estados Unidos no cumplió con las expectativas puestas en ella, entre otros por Marx y Engels. El tribuno del pueblo, semanario publicado por Kriege en Nueva York, promovía, en términos infantiles y pomposos, un fanatismo fantástico y sentimental que nada tenía que ver con los principios comunistas y que solo podía contribuir a desmoralizar en el más alto grado a la clase obrera. Pero lo peor era que Kriege, no contento con esto, se dedicaba a dirigir grotescas cartas a los millonarios yanquis, mendigando unos cuantos dólares para el periódico. Y como se hacía pasar por representante literario del comunismo alemán en Estados Unidos, era natural que los verdaderos representantes de la organización protestaran contra una conducta que tanto los comprometía.

El 16 de mayo, Marx, Engels y sus amigos acordaron formular una protesta razonada por medio de una circular dirigida a sus correligionarios, enviándosela en primer lugar a Kriege, con ruego de publicación en su periódico. Weitling fue el único que excusó su adhesión, con pretextos triviales, alegando que El tribuno del pueblo era un órgano comunista perfectamente adecuado al ambiente estadounidense y que el Partido Comunista tenía enemigos muy potentes y numerosos como para apuntar las armas hacia Estados Unidos, sobre todo hacia amigos y correligionarios. No contento con esto, dirigió una carta a Kriege, advirtiéndole contra los que suscribían la protesta, que eran todos, según él, unos «hábiles confabuladores». «Todas las preocupaciones de la Liga, podrida de dinero y formada por entre doce y veinte individuos, están absorbidas por la lucha contra mí, pobre reaccionario. Después de que me hayan decapitado a mí, decapitarán a otros, luego a sus amigos, y por último, cuando ya no tengan a quién matar, se cortarán el cuello ellos mismos. Para esta batahola no les falta dinero, disponen de sumas gigantescas; yo, en cambio, no encuentro editor. Me han dejado solo con Hess, a quien también niegan el agua y el fuego». El propio Hess habría de abandonar sin demora a este hombre cegado por la pasión. Kriege reprodujo la protesta de los comunistas de Bruselas, tomada luego de sus columnas por Weydemeyer para el Westfalisches Dampfboot, pero publicando al pie la carta de Weitling, o por lo menos sus pasajes más duros, para que hicieran de contraprueba. Luego, hizo que la Asociación de Reformas Sociales, una organización obrera alemana que había tomado por órgano a su semanario, nombrara a Weitling redactor, enviándole el dinero para el pasaje. Así desapareció Weitling de Europa.

Por los mismos días del mes de mayo, empezó a delinearse también la ruptura entre Marx y Proudhon. Para suplir la falta de un periódico, Marx y sus amigos se valían, como en el caso de Kriege, de circulares impresas o litografiadas; además, se preocupaban de mantener correspondencia periódica con las principales capitales en las que existían centros comunistas. En Bruselas y Londres funcionaban ya oficinas de correspondencia de este tipo, encontrándose en vías de organización la de París. Marx escribió a Proudhon, requiriendo su ayuda. Proudhon prometió prestarla, en una carta fechada en Lyon el 17 de mayo de 1846, aun cuando —decía— no podía comprometerse a escribir mucho ni con cierta frecuencia. Valiéndose de la ocasión que le brindaba esta carta, creyó oportuno dirigirle a Marx una prédica moral en la que a éste pudo revelársele, ya bien patente, el abismo abierto entre los dos. Proudhon se mostraba ahora partidario de un «antidogmatismo casi absoluto» en cuestiones económicas. Marx, le decía, debía cuidarse mucho de no caer en la contradicción de su conciudadano Martín Lutero, quien, después de derribar la teología católica, no había sabido hacer nada mejor que fundar una nueva teología protestante, con gran ostentación de anatemas y excomuniones. «No demos nuevo trabajo al género humano con nuevos desvaríos, brindemos al mundo el ejemplo de una sabia y sagaz tolerancia, no queramos pasar por apóstoles de una nueva religión, aunque esta sea la religión de la «razón y de la lógica». Proudhon pretendía, pues, ni más ni menos que los «verdaderos» socialistas, mantener esa agradable confusión, cuya destrucción era para Marx el primer paso obligado de toda propaganda comunista.

Proudhon no quería ni oír hablar de aquella revolución en la que tanto tiempo había creído: «Prefiero quemar la propiedad a fuego lento antes que dar más alimento a los propietarios por medio de otra noche de San Bartolomé». A este problema prometía dar un minucioso tratamiento en una obra que tenía ya a medio imprimir, sometiéndose de buen grado al látigo de Marx, en espera de su revancha. «Y ya que hablamos de esto, le diré que creo que las ideas de la clase obrera francesa coinciden con mi posición; nuestros proletarios sienten una sed tan grande de ciencia, que no saldría bien parado quien no supiese ofrecerles para beber otra Cosa que sangre». Para terminar, Proudhon rompía una lanza en defensa de Carlos Grün, contra cuyo hegelianismo mal digerido lo advirtiera Marx. Le decía que, por su ignorancia del alemán, tenía que acudir a Grün y Ewerbeck para estudiar a Hegel y Feuerbach, a Marx y Engels. Que Grün se proponía traducir al alemán su último libro, y que sería muy útil y honroso para todos que Marx lo ayudara a sacar adelante esta traducción.

El final de la carta tenía un cierto aire de burla, aunque no pretendiera serlo, indudablemente. Y a Marx no podía agradarle verse retratado en aquella jerga retórica de Proudhon como un vampiro ávido de sangre. Los manejos de Grün tenían que despertar en él cierto recelo, y a esto sin duda se debió, aun cuando hubiese otros motivos emparentados, que Engels decidiera trasladarse temporalmente a París en agosto de 1848, encargándose de informar del movimiento de aquella capital, que seguía siendo el centro más importante para la propaganda comunista. Era necesario también informar a los comunistas de París de la ruptura con Weitling, de la aventura editorial westfaliana y de todo cuanto levantara o pudiese levantar polvareda, tanto más cuanto que no podían fiarse para nada de Ewerbeck, y mucho menos de Bernay.

Al principio, los informes de Engels, dirigidos unos a la oficina de correspondencia de Bruselas y otros a Marx personalmente, venían colmados de esperanza, pero poco a poco fue demostrándose que Grün había «envenenado» lastimosamente el asunto. Y cuando, al aparecer en el otoño, la anunciada obra de Proudhon se vio que no hacía más que hundirse en el pantano en que ya braceaba la carta, Marx dejó caer sobre él el látigo, tal como Proudhon deseaba, pero sin que éste llegara a concretar su prometida revancha más que con unos cuantos insultos groseros.

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