CARLOS MARX: HISTORIA DE SU VIDA (IV)

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Volvimos con la Biografía de Carlos Marx; en esta entrega culminamos el Capítulo II. Llamamos a los obreros que están siguiendo esta historia a no desanimarse; vamos a darle continuidad con más tiempo entre entregas para facilidad de la lectura. Vale el esfuerzo por conocer la vida y obra de uno de los hombres más importantes e influyentes de la historia y uno de los grandes maestros del proletariado.


CAPÍTULO II

EL DISCÍPULO DE HEGEL

5. «ANÉCDOTA» Y «GACETA DEL RIN»

Apenas se había graduado Marx de doctor, cuando los planes que se había forjado a base de esto para su vida se vinieron a tierra, ante los nuevos desafueros de la reacción romántica.

En el verano de 1841, Eichhorn instigó desde el Ministerio a todas las Facultades de Teología de Prusia, en una maniobra infame contra Bruno Bauer, por su crítica de los Evangelios. Con excepción de Halle y Konigsberg, todas ellas traicionaron el principio protestante de la libertad de cátedra, y Bauer no tuvo más remedio que abandonar el campo. Con ello se le cerraba también a Marx toda perspectiva de actividad académica en la Universidad de Bona.

A la par que esto ocurría, hundíase también el plan de sacar a luz una revista radical. El nuevo rey era partidario de la libertad de prensa, y mandó preparar un decreto de censura más suave del que regía; el nuevo decreto fue promulgado a fines del año 1841. Pero poniendo por condición que la libertad de prensa no se saldría por el momento, de los cuadros de su capricho romántico. Por si no estaba bastante claro, todavía lo aclaró más, durante el verano de 1841, en una orden de Gabinete por la que se conminaba a Ruge a redactar en lo sucesivo bajo la censura prusiana sus «Anales», editados e impresos en Leipzig (ed. Vigand), pues de otro modo serian retirados de la circulación dentro del país. Con esto, Ruge pudo ya saber a qué atenerse respecto a su «libre y justiciera Prusia», y decidió trasladarse a Dresde, donde su revista reapareció el 1º de julio de 1841, con el nombre de «Anales Alemanes». A partir de este momento, empezó a emplear el tono enérgico que Bauer y Marx habían echado de menos en él hasta entonces, y ambos se decidieron a colaborar en su órgano, en vez de fundar una revista propia.

Marx no llegó a publicar su tesis doctoral. La finalidad inmediata que con esto perseguía no tenía ya razón de ser; y, según indicó más tarde su autor, decidió esperar para refundirla con su estudio de conjunto sobre la filosofía epicúrea, estoica y escéptica, propósito de cuya ejecución le tenían apartado una serie de «ocupaciones políticas y filosóficas de índole muy diversa».

Entre estas ocupaciones se contaba, en primer término, la de demostrar que no solo el viejo Epicuro, sino también el Hegel de los viejos tiempos había sido un ateo arquetípico. En noviembre de 1841 se publicó en las Prensas de Vigand un «Ultimátum» con este título: «Los trompetazos del Juicio final sobre Hegel, el ateo y el anticristo». Bajo la máscara de un autor creyente, este panfleto anónimo se lamentaba en un tono de profeta bíblico del ateísmo de Hegel, demostrándolo de la manera más conveniente por medio de citas tomadas de sus obras. El panfleto produjo una gran sensación, sobre todo porque nadie, ni el propio Ruge, supo ver en un principio lo que había debajo de aquella careta ortodoxa. Los «Trompetazos» habían salido de la pluma de Bruno Bauer, que se proponía continuarlo, en colaboración con Marx, para demostrar sobre otros aspectos de la obra de Hegel, la estética, la filosofía del derecho, etcétera, que el verdadero espíritu del maestro no vivía en los hegelianos viejos, sino en los jóvenes.

Pero entretanto fueron prohibidos los «Trompetazos», y el editor puso dificultades para continuar su publicación; además, Marx cayó enfermo y su suegro tuvo que permanecer también en cama, preso de una enfermedad que lo llevó a la tumba, después de tres meses, el 3 de marzo de 1842. En estas condiciones, era imposible, para Marx, «hacer nada bien». No obstante, envió a Ruge una «pequeña colaboración» el 10 de febrero de 1842, a la par que se ponía a disposición de su revista, en cuanto sus fuerzas se lo permitieran. El artículo de Marx versaba sobre el reciente decreto de censura, en que el rey ordenaba métodos más suaves. Este artículo inicia la carrera política de Marx. Punto por punto, va poniendo al desnudo, con una crítica tajante, el contrasentido lógico que se ocultaba en aquel decreto bajo el ropaje de un romanticismo confuso, apartándose bruscamente de aquellos filisteos «seudoliberales», llenos de júbilo, y hasta más de un neohegeliano que ya veía «remontarse el sol en el cenit», ante las nuevas «intenciones reales» a que daba expresión el citado decreto.

En la carta que acompañaba al artículo, Marx rogaba que lo publicaran cuanto antes, «si es que la censura no censura mi censura», y sus temores no eran infundados. Ruge le contestó con fecha 25 de febrero, diciéndole que sobre los «Anales Alemanes» se había desencadenado la censura más despiadada: «imposible publicar su artículo». Decíale también que con los artículos rechazados por la censura había «ido reuniendo una selección de cosas muy bonitas y picantes» que querría publicar en Suiza con el título de Anecdota philosophica. Marx contestó el 5 de marzo dando su consentimiento entusiasta. «Dado el súbito renacimiento» de la censura sajona, decíale que no había que pensar en que se publicase su estudio sobre el arte cristiano, que habría de aparecer como segunda parte de los «Trompetazos». En vista de esto, se la brindaba a la «Anécdota» modificando su redacción, y le brindaba también una crítica del Derecho natural en Hegel, en lo que afectaba a la constitución interior del país, con la tendencia a combatir la Monarquía constitucional como algo híbrido que se contradecía y destruía a sí mismo de medio a medio. Ruge se prestó a publicarlo todo, pero lo único que recibió fue el articulo contra el decreto de censura.

El 20 de marzo, Marx se decidió a arrancar el artículo sobre el arte cristiano al tono de los «Trompetazos» y a la gravosa servidumbre a que lo tenía sujeto el estudio de Hegel, cambiándolo por una exposición más libre y, por lo tanto, más concienzuda; prometía tener listo el articulo para mediados de abril. El 27 de abril escribía diciendo que estaba «casi terminado», que Ruge «le perdonase unos pocos días más», añadiendo que el artículo que mandaría no sería más que un extracto sobre el arte cristiano, pues, sin darse cuenta, se le había ido convirtiendo entre las manos casi en un libro. El 9 de julio, Marx volvía a escribir diciendo que renunciaba a disculparse, si las circunstancias, «hechos desagradables», no lo disculpaban, y daba su palabra de que no pondría mano sobre nada mientras no se diese cima a los artículos para la «Anécdota». Por fin, el 21 de octubre Ruge le avisó que la «Anécdota» estaba imprimiéndose, editada por la «Oficina literaria de Zúrich» y que le había reservado un espacio, si bien hasta la fecha lo había estado entreteniendo más con esperanzas que con realidades; pero él sabía tan bien como nadie todo lo que Marx podía realizar en cuanto se ponía a ello.

Como Bruno Bauer y Koppen, Ruge, que le llevaba dieciséis años, sentía el mayor respeto por este valor joven que hacía pasar por tan duras pruebas a su paciencia de director de revista. Marx no fue nunca lo que se llama un autor cómodo, ni para sus colaboradores ni para sus editores; pero a ninguno de ellos se le pasó nunca por las mientes achacar a morosidad o indolencia lo que solo era fruto de aquella plétora arrolladora de ideas y de aquel afán crítico acuciador que nunca se veía satisfecho.

En este caso concreto, había otra circunstancia que venía a justificar a Marx, aun ante los ojos de Ruge: un interés incomparablemente más potente que el filosófico comenzaba a cautivarle. Con su artículo contra el decreto de cultura, había iniciado una campaña política que ahora proseguía desde la «Gaceta del Rin», sin que le quedase tiempo para seguir hilando en la «Anécdota» la hebra filosófica.

La «Gaceta del Rin» había empezado a publicarse en Colonia el 1º de enero de 1842. En sus comienzos, había figurado más bien al lado del gobierno que en la oposición. Desde los líos episcopales ocurridos en aquella región, allá por los años de mil ochocientos treinta y tantos, la «Gaceta de Colonia», con sus ocho mil suscriptores, mantenía las pretensiones del partido ultramontano, que en el Rin era muy potente y daba mucho que hacer a la política policíaca del Gobierno. Mas no se crea que obraba por un impulso sagrado de entusiasmo hacia la causa católica, sino como negocio, por dar gusto a los lectores, a quienes no había que hablarles de las bendiciones de la providencia prusiana. El monopolio ejercido en la prensa de la región por la «Gaceta de Colonia» era tan fuerte, que su propietario eliminaba sistemáticamente, cerrándoles el paso, a cuantos periódicos surgían queriendo hacerle la competencia, aunque fuesen fomentados desde Berlín. Y la misma suerte amenazaba a la «Gaceta general del Rin», autorizada en diciembre de 1839 por el departamento de censura —regía entonces para los periódicos el sistema de la concesión―, con el fin de romper aquel monopolio del periódico clerical. Pero a última hora, cuando ya todo parecía perdido, se formó una sociedad de vecinos pudientes, y entre todos reunieron un capital por acciones destinado a transformar fundamentalmente el periódico. El Gobierno alentó el propósito y confirmó provisionalmente para la «Gaceta del Rin», que así habría de llamarse, la concesión otorgada al periódico anterior.

La verdad era que la burguesía de Colonia estaba muy lejos de querer plantear ningún género de dificultades al régimen prusiano, al que la masa de la población renana seguía considerando como un régimen intruso. Como los negocios marchaban bien, la burguesía abandonó su vieja francofilia y, después de fundada la Liga aduanera, llegó a pedir que se implantase la supremacía de Prusia sobre toda Alemania. Sus pretensiones políticas no podían ser más moderadas, y aún quedaban por debajo de sus reivindicaciones económicas, las cuales tendían a que se diese facilidades al régimen capitalista de producción, muy desarrollado ya en aquellos territorios: plan de ahorros de la Hacienda pública, fomento de la red ferroviaria, rebaja de las costas judiciales y de las tasas postales, una bandera común y cónsules comunes para la Liga Aduanera, amén de todas esas otras peticiones que suelen figurar en las listas de deseos de la burguesía.

Resultó que dos de sus representantes jóvenes, a quienes se había encomendado el reclutamiento del cuerpo de redactores, dos abogados, Jorge Jung y Dagoberto Oppenheim, eran dos entusiastas neohegelianos, muy influidos por Moses Hess, hijo también de un comerciante renano, que, además de estar familiarizado con la filosofía de Hegel, se había familiarizado ya con el socialismo francés. Como era natural, buscaron los colaboradores del periódico entre sus correligionarios, y principalmente entre los neohegelianos de Berlín, uno de los cuales, Rutenberg, se encargó incluso de redactar con carácter permanente el artículo alemán; Rutenberg fue recomendado para ese puesto por Marx, pero sin empeñar su honor por él.

Personalmente, Marx parece que estuvo desde el primer momento muy cerca del periódico. A fines de marzo, se dispuso a trasladarse de Tréveris a Colonia, pero se le hacía demasiado ruidosa la vida de esta ciudad y se instaló a vivir, provisionalmente, en Bona, de donde entretanto había desaparecido Bruno Bauer: «sería una lástima que no se quedase aquí nadie, a corromperles un poco las oraciones a estos santos». Desde aquí, comenzó a escribir artículos para la «Gaceta del Rin», con los que pronto habría de descollar sobre los demás colaboradores.

Aunque las relaciones personales de Jung y Oppenheim fuesen la causa inmediata de que el nuevo periódico se convirtiese en palenque de los neohegelianos, no era fácil que la publicación tomase este sesgo sin la aquiescencia, ni mucho menos sin el conocimiento, de los verdaderos accionistas. Por poco astutos que fuesen, no se les ocultaría que en la Alemania de entonces no podían encontrar colaboradores más capaces para el periódico. A estos neohegelianos, no les ganaba nadie en su devoción por Prusia, y si la burguesía de Colonia encontraba algo de ininteligible o sospechoso en sus manejos, lo desdeñaría seguramente como de inocente muchachada. Lo cierto es que no creyó oportuno intervenir, aunque ya desde las primeras semanas llegaran de Berlín quejas acerca de la «tendencia subversiva» del periódico, amenazando con prohibirlo en cuanto finalizase el trimestre. A la providencia berlinesa la asustó sobre todo el nombramiento de Rutenberg, a quien se tenía por un terrible revolucionario, sujeto a severa vigilancia política. Todavía en las jornadas de marzo de 1848, Federico Guillermo IV temblaba ante él, creyéndolo el verdadero promotor de la revolución. Si, a pesar de todo esto, el Gobierno no fulminó sobre el periódico su rayo mortífero debíose, sobre todo, a la actitud del ministro de Instrucción; a pesar de sus ideas reaccionarias, Eichhorn mantenía la necesidad de contrarrestar las tendencias ultramontanas de la «Gaceta de Colonia», y aunque las de la «Gaceta del Rin» fuesen «casi más condenables», había que tener en cuenta —argumentaba el ministro― que este periódico solo manejaba ideas que no podían tentar a nadie que tuviese algo que perder.

Si era así, la culpa de ello no recaía precisamente en los artículos de Marx, cuyo corte práctico y cuya manera de atacar los problemas probablemente reconciliaría a los accionistas del periódico mucho más con el neohegelianismo que los de Bruno Bauer y Max Stirner. De otro modo, no se explica que a los pocos meses de colaborar en él, en octubre de 1842, lo colocasen ya a la cabeza del periódico.

Marx acredita aquí, por vez primera, aquel talento incomparable que poseía para arrancar de las cosas tal y como eran: al son de su melodía, hasta los sucesos más fosilizados cobraban vida y rompían a bailar.

6. LA DIETA RENANA

Marx emprendió, en una serie de cinco extensos estudios, la crítica de los debates de la Dieta provincial renana, que, un año antes, había funcionado durante nueve semanas en Düsseldorf. Las Dietas provinciales eran representaciones ficticias e imponentes del pueblo, con las cuales la Corona prusiana había querido disfrazar su violación de la Carta constitucional en el año 1815; deliberaban a puerta cerrada y se les reconocía competencia, cuando más, en asuntos comunales de menor cuantía. Desde que en el año 1837 habían estallado en Colonia y en Posen los conflictos con la Iglesia católica, no se las había vuelto a convocar; de la Dieta renana y de la de Posen, había que esperar, más que de ninguna otra, tendencias de oposición, aunque se mantuviesen dentro de los cuadros ultramontanos.

Estas dignísimas corporaciones estaban a salvo de toda tentación liberal ya por el hecho mismo de su composición, pues solo podían figurar en ellas, por ser condición inexcusable, los terratenientes, siendo la proporción de la mitad de los mandatos para la gran propiedad señorial, la tercera parte para la propiedad urbana, y la sexta parte para la propiedad campesina. Sin embargo, no en todas las provincias pudo implantarse este edificante principio en su íntegra belleza: en los territorios del Rin recién adquiridos, no hubo más remedio que hacer algunas concesiones al espíritu de los tiempos; pero, con todo, los terratenientes de la nobleza seguían teniendo más de los dos tercios de los puestos, y como los acuerdos se tomaban por dos terceras partes de mayoría, nada se interponía ante su voluntad. A la propiedad urbana se le imponía por condición llevar diez años en las mismas manos para poder ser sus titulares elegibles; además, el Gobierno se reservaba el derecho a poner el veto a la elección de todo funcionario local.

Estas Dietas eran objeto del más general desprecio. Sin embargo, Federico Guillermo IV, al subir al trono, volvió a convocarlas para el año 1841. Incluso llegó a ampliar un poco sus derechos, claro está que con el solo fin de engañar a los acreedores del Estado, con quienes la Corona se había comprometido, en el año 1820, a no solicitar nuevos empréstitos que no estuviesen autorizados y garantizados por la representación popular. En un manifiesto famoso, Juan Jacoby intimó a las Dietas provinciales a que reclamaran como un derecho propio el cumplimiento de la promesa constitucional del rey, pero sus palabras cayeron en el vacío.

Hasta la Dieta renana falló, incluso en las cuestiones de política eclesiástica, en que tanto temor infundía al Gobierno su futura actitud. Por dos tercios de mayoría, desechó la propuesta, tan lógica desde el punto de vista liberal como desde el ultramontano, de que se llevase ante los tribunales al arzobispo de Colonia, arbitrariamente detenido, o se le repusiese en su dignidad. El problema constitucional no fue ni siquiera tocado por la Dieta, y una petición suscrita por más de mil firmas que se le envió desde Colonia, reclamando que las sesiones de la Dieta fuesen públicas, que sus debates se insertasen íntegra y diariamente en la prensa, que ésta pudiera comentar libremente sus deliberaciones, así como los demás asuntos interiores del país, y finalmente, que se promulgase una ley de prensa para sustituir la censura, fue despachada por ella del modo más mezquino y lamentable. La Dieta se limitó a solicitarle al rey permiso para poder publicar los nombres de los oradores en las actas de las sesiones y, en vez de reclamar una ley de prensa y la supresión de la censura, se limitó a pedir una ley de censura que cerrase el paso a las arbitrariedades de los censores. Como suele ocurrir, merecidamente, a todos los cobardes, sus modestas y serviles peticiones fueron desatendidas también por la Corona.

Cuando únicamente revivía la Dieta era cuando se trataba de proteger los intereses de la gran propiedad. Claro está que ésta ya no podía soñar con restaurar, en los tiempos que corrían, las magnificencias del feudalismo. La población renana guardaba tal odio a aquella época, que la más leve tentativa de restaurarla la ponía en pie; con esto, no había juegos, y así lo hicieron saber en Berlín los funcionarios que habían sido mandados de las provincias orientales para informar acerca de la situación. Los renanos no permitían que se tocase, principalmente, a la libre divisibilidad del suelo, ni a favor de la «nobleza» ni a favor de los «labriegos», aun a trueque de que la parcelación de la propiedad hasta el infinito se tradujese en un verdadero desmoronamiento, como, no sin razón, temía el Gobierno. La Dieta, unánime en esto con la provincia, desechó por 49 votos contra 8 la propuesta que el Gobierno hacía de poner ciertas trabas a la parcelación «para asegurar la existencia de una clase vigorosa de labradores». Para resarcirse de esta rebeldía, la Cámara votó con gran fruición las leyes que el Gobierno le propuso acerca de los robos de leñas y los atentados cometidos contra la propiedad en los cotos de caza, bosques, campos y tierras; en estas leyes, el interés privado de los propietarios convertía al Poder Legislativo en su barragana regalada, sin sentir por ello la menor vergüenza.

Marx arremetió contra la obra legislativa de la Dieta con arreglo a un plan de gran envergadura. En el primer estudio, compuesto de seis largos artículos, analizó los debates sobre la libertad de prensa y la publicidad de las sesiones de la Dieta. El permiso de publicar los debates sin dar el nombre de los oradores era una de aquellas pequeñas reformas con que el rey había querido infundir un poco de vida a las Dietas, sin contar con que éstas habían de ser las primeras que se opusiesen resueltamente a la aplicación de semejantes medidas. Cierto es que la Dieta renana no fue tan allá en esto como las de Pomerania y Brandemburgo, que se negaron en redondo a publicar las actas de sus sesiones. Pero también en ella se revelaba esa necia arrogancia que hace de los elegidos una especie de seres divinos a quienes hay que guardar a salvo de toda crítica, y muy principalmente de la de sus electores. «La Dieta no soporta la luz del día, le son mucho más gratas la penumbra y el recogimiento de la vida recoleta. Si toda una provincia se confía en unos cuantos individuos, hasta el punto de encomendarles la defensa de sus derechos, podrá ocurrir que estos individuos afortunados se rebajen a aceptar la confianza que la provincia les otorga, pero sería un disparate exigir que le pagasen en la misma moneda, entregándose confiadamente ellos mismos, sus vidas y sus personalidades, al juicio de la provincia que acaba de darles su confianza». Véase con qué delicioso humorismo se burlaba Marx, ya desde el primer momento, de eso que más tarde habría de bautizar con el nombre de «cretinismo parlamentario» y que jamás pudo soportar.

Marx rompe por la libertad de prensa una lanza tan brillante y afilada como jamás se había esgrimido ni había de volver a esgrimirse nunca. Sin asomo de envidia, confiesa Ruge: «No se ha dicho nunca, ni podría decirse, nada más profundo ni más fundamental acerca de la libertad de prensa y en favor suyo. Hemos de felicitarnos por la profundidad, el genio y el dominio soberano de ideas generalmente tan embrolladas con que desde ahora cuenta nuestro público». En estos artículos, Marx hablaba, incidentalmente, del clima alegre y libre de su tierra, y todavía es hoy el día en que los baña un resplandor suave, como el sol que se derrama sobre las colinas cargadas de viñedos del Rin. Hegel había fustigado la «miserable subjetividad de la mala prensa, que tiende a corroerlo todo»; en sus artículos Marx se remontaba al racionalismo burgués —no en vano había dicho en la «Gaceta del Rin» que la filosofía de Kant no era más que la teoría alemana de la Revolución Francesa—, pero lo hacía equipado con todas aquellas perspectivas políticas y sociales que abría ante su espíritu la dialéctica hegeliana. Basta comparar sus artículos de la «Gaceta del Rin» con las «Cuatro preguntas», de Jacoby, para darse cuenta de todo el progreso que aquellos significaban; Marx no hace la más ligera alusión, ni de pasada, a aquella promesa de Constitución formulada por la Corona en el año 1815, a la que Jacoby estaba apelando constantemente como el alfa y el omega de todo el problema constitucional.

Pero, aun ensalzando a la prensa libre y viendo en ella el ojo siempre abierto del espíritu público, frente a la prensa sujeta a censura, con su vicio cardinal, la hipocresía, fuente de todos los demás, de todos esos vicios repugnantes aun desde un punto de vista meramente estético, que tienen su común denominador en la pasividad y en el apoltronamiento, no desconocía los peligros que también acechaban a la prensa libre. Un orador del estamento de la ciudad había reclamado la libertad de prensa como parte integrante de la libertad de industria. He aquí la réplica de Marx: «¿Acaso es libre la prensa degradada a industria? Es innegable que el escritor tiene que ganar con el trabajo de su pluma para poder existir y escribir, pero jamás existir y escribir para ganar. La primera libertad de prensa consiste precisamente en no ser una industria. Al escritor que la prostituye convirtiéndola en medio material, le está bien empleada, como castigo a esa esclavitud interior, la esclavitud exterior de la censura; o por mejor decir, ya su propia existencia es su castigo». Durante toda su vida, Marx habría de corroborar prácticamente lo que aquí exige de todo escritor: sus trabajos fueron siempre fin y jamás medio; hasta tal punto lo fueron, para él y para cuantos lo rodeaban, que llegó a sacrificarles, siempre que fue necesario, su propia existencia.

El segundo estudio comentando los debates de la Dieta renana versaba sobre la «historia arzobispal», como Marx hubo de escribir a Jung. Este estudio fue suprimido por la censura y quedó inédito, a pesar de que Ruge se ofreció a publicarlo en su Anécdota. A Ruge escribíale Marx, el 9 de julio de 1842: «No crea usted que aquí en el Rin vivimos en ninguna jauja política. Le aseguro que se necesita una tenacidad a prueba de todo para sacar adelante un periódico como el nuestro. Mi segundo artículo acerca de la Dieta, el referente a los líos eclesiásticos, ha sido tachado. En él, demostraba cómo los defensores del Estado se habían colocado en el punto de vista clerical y los defensores de la iglesia en el punto de vista del poder civil. Este incidente es bastante desagradable para el periódico, entre otras razones porque los bobos católicos de Colonia hubieran caído en la trampa, y la defensa del arzobispo nos habría valido nuevos suscriptores. Por otra parte, no tiene usted idea de lo villanamente, de lo estúpidamente además, que han procedido los agentes de la fuerza con este figurón ortodoxo. Y el éxito ha coronado su obra, no puede negarse. Prusia ha tenido que besarle la sandalia al Papa a los ojos de todo el mundo, y nuestras máquinas gobernantes salen a la calle tan tranquilas, sin enrojecer de vergüenza». La alusión final se refiere a que Federico Guillermo IV, fiel a sus aficiones románticas, se había embarcado en negociaciones de paz con la Curia, que agradeció la buena voluntad dándole un bofetón con arreglo a todas las normas del arte vaticano.

Pero no vaya a creerse, interpretando equivocadamente estas palabras de Marx a Ruge, que en ese artículo asumiese seriamente la defensa del arzobispo, para hacer caer en la trampa a los católicos de Colonia. Nada de eso. Cuando, comentando la detención, perfectamente arbitraria, del arzobispo por actos de carácter eclesiástico y la petición de los católicos, que reclamaban que se les procesase judicialmente, decía que los defensores del Estado abrazaban el punto de vista clerical, mientras los defensores de la Iglesia se mantenían en el punto de vista del poder civil, razonaba con una lógica absoluta. Para la «Gaceta del Rin» era fundamental adoptar la actitud justa en aquel mundo revuelto, precisamente por las razones —entre otras— que Marx aducía también en su carta a Ruge, a saber: porque el partido ultramontano, duramente combatido con el periódico, era el más peligroso en el Rin y la oposición se había ido habituando demasiado a librar sus campañas dentro de la Iglesia.

El tercer estudio, formado por cinco grandes artículos, analizaba los debates reñidos en la Dieta en torno a una ley sobre los robos de leña. Con este tema, Marx descendía a la «tierra llana», o como hubo de decir en otra ocasión, expresando la misma idea: se veía sujeto a la incertidumbre de tener que tratar sobre intereses materiales que no estaban previstos en el sistema ideológico de Hegel. Y no puede negarse que, en estos artículos, el problema planteado por aquella ley no aparece tratado con la precisión que la hubiera enfocado años después. Tratábase de la batida de la era capitalista en ciernes contra los últimos vestigios de la propiedad comunal sobre el suelo, de una cruel guerra de expropiación contra las masas populares; baste decir que de los 207.478 procesos criminales seguidos por el Estado prusiano en 1836, unos 150.000, o sea, cerca de las tres cuartas partes, referíanse a robos de leña y a transgresiones contra la propiedad forestal, cotos de caza y guardería.

En los debates sobre la ley a la que nos referimos había triunfado en la Dieta renana, del modo más desvergonzado, superando incluso al proyecto del Gobierno, el interés expoliador de la gran propiedad privada. Enfrentándose con él, Marx con su crítica tajante, tomaba partido «por la muchedumbre pobre y política y socialmente desposeída», pero no por razones económicas todavía, sino con argumentos jurídicos. Pedía que a los pobres, amenazados de ruina, se les garantizasen sus derechos consuetudinarios, cuya base veía él en el carácter oscilante de una propiedad que no tenía el sello manifiesto y claro de propiedad privada, pero tampoco de dominio comunal, en esa mezcla de derecho privado y derecho público con que nos encontramos en todas las instituciones de la Edad Media. Y aunque la inteligencia hubiese destruido estas modalidades híbridas y vacilantes de propiedad, aplicándoles las categorías abstractas del derecho privado tomadas de la legislación romana, en la práctica consuetudinaria de la clase pobre vivía un sentido jurídico instintivo, cuyas raíces eran positivas y legítimas.

Aunque, en punto de visión histórica, este estudio presente también, todavía un “cierto carácter vacilante”, revela a pesar de eso, o acaso precisamente por ello, qué era lo que en último término espoleaba a este gran campeón de las «clases pobres». Por todas partes, en la pintura que hace de las granujadas con que los propietarios de los bosques pisoteaban, en su provecho personal, la razón y la lógica, la ley y el derecho, atentando también muy directamente contra el interés público, para lucrarse a costa de los pobres y los miserables, se ve rechinar los dientes, en este artículo, a toda la personalidad interior de quien lo escribiera. «Para capturar a los que atentan contra la propiedad de los bosques, la Dieta no se ha contentado con romperle al derecho brazos y piernas, sino que le ha atravesado también el corazón». Sobre este ejemplo, proponíase Marx demostrar qué era lo que daba de sí una representación por estamentos de los intereses privados puesta al frente de la obra legislativa.

En este análisis, Marx seguía ateniéndose firmemente a la filosofía hegeliana del derecho y del Estado. Pero no reverenciando al Estado prusiano como el Estado ideal, al modo de sus pedantescos seguidores, sino contrastando la realidad del Estado prusiano con la pauta del Estado ideal que se desprendía de los supuestos filosóficos de que arrancaba el maestro. Marx veía en el Estado al gran organismo en que debían encarnar y realizarse la libertad jurídica, la libertad política y la libertad moral, y en que el ciudadano, súbdito suyo, al someterse a las leyes del Estado, no hacía más que obedecer a las leyes naturales de su propia razón, a la razón humana. En este punto de vista se colocaba todavía Marx para enjuiciar los debates de la Dieta relativos a la ley por los robos de leña, y si pudo poner fin a su cuarto estudio, que versaba sobre una ley relativa a los delitos forestales y a los cometidos en los cotos de caza y en las tierras, no logró ya dar remate al quinto, que habría de coronar la serie, tratando de la «cuestión terrena verdaderamente vital»: el problema de la parcelación.

Compartiendo el punto de vista de la burguesía renana, Marx abogaba por la libre divisibilidad del suelo; restringirle al labriego la libertad de parcelación equivaldría a añadir a su pobreza física la pobreza jurídica. Pero el problema no quedaba liquidado con este punto de vista jurídico; el socialismo francés había puesto de relieve hacía mucho tiempo que la libre divisibilidad del suelo creaba un proletariado inerme, colocado en el campo en el mismo aislamiento atómico del artesanado en la ciudad. Para poder afrontar este problema, Marx no tenía más remedio que debatirse con el socialismo.

Seguramente que él mismo estaba convencido de esta necesidad, y no la hubiera rehuido, ni mucho menos de haber podido llevar a término el plan que se había propuesto. Mas no lo logró. A la par que veía la luz en la «Gaceta del Rin» el tercer estudio, Marx era nombrado redactor del periódico, y el enigma socialista se alzaba ante él cuando aún no estaba preparado para resolverlo.

7. CINCO MESES DE LUCHA

En el transcurso del verano, la «Gaceta del Rin» habíase permitido hacer dos o tres pequeñas salidas al campo social; su autor era seguramente Moses Hess. Una de ellas consistió en reproducir un artículo tomado de una revista de Weitling sobre las casas de vecindad de Berlín, como aportación a un «problema importante de actualidad», tomando además de esa revista la reseña de un congreso científico celebrado en Estrasburgo, en el que se habían tratado también cuestiones socialistas, y añadiendo la observación bastante incolora de que la lucha de la clase desposeída por conquistar para sí las riquezas de la clase media podía compararse a la lucha de las clases medias contra la nobleza en el año 1789, si bien esta vez no dejaría de encontrarse una solución pacífica.

Estas inocentes manifestaciones bastaron para que la «Gaceta General de Augsburgo» acusase a la «Gaceta del Rin» de coquetear con el comunismo. La acusadora no tenía tampoco la conciencia muy limpia, en este punto, pues en sus columnas habían aparecido artículos de Heine mucho más atrevidos acerca del socialismo y del comunismo francés. Lo que ocurría era que la «Gaceta del Rin» empezaba a minar su situación de prepotencia nacional e internacional dentro de la prensa alemana. Pero, aunque los fundamentos de su violento ataque no fuesen muy sólidos, no dejaba de estar formulado con cierta pérfida habilidad. Después de diversas alusiones a los hijos de comerciantes ricos que se entretenían jugando inocentemente con las ideas socialistas, sin pensar ni por asomo en compartir sus fortunas con los canteros de la catedral de Colonia y los cargadores del puerto, se arrancaba diciendo que era un extravío pueril, en un país tan atrasado económicamente como Alemania, amenazar a la clase media, que apenas empezaba a respirar desahogadamente, con la suerte de la nobleza francesa en 1789.

La réplica contra esta explosión venenosa fue el primer cometido que hubo de afrontar Marx ya como redactor; un cometido nada fácil, por cierto, para él, que no era hombre capaz de amparar cosas que creía «chapucerías», pero tampoco podía decir, desde las columnas del periódico, lo que opinaba del comunismo. Lo que hizo, pues, fue desplazar la batalla, dentro de lo posible, al campamento enemigo, acusando al propio acusador de antojos comunistas y confesando honradamente que la «Gaceta del Rin» no era periódico capaz de conjurar con una frase problemas por cuya solución se debatían dos pueblos. Lejos de ello, sometería a una crítica fundamental, «tras estudios detenidos y profundos», esas ideas comunistas a las que ahora, en su forma actual, no podía reconocer ni siquiera realidad teórica, y mucho menos, por tanto, desear ni aun tenerla por posible, realidad práctica; obras como las de Leroux, Considerant, y sobre todo el agudo libro de Proudhon, no podían despacharse fácilmente con unas cuantas ocurrencias superficiales de ocasión.

Es cierto que, andando el tiempo, Marx había de decir que aquella polémica le había hecho tomar ojeriza a sus trabajos de redacción, aferrándose «codiciosamente» a la ocasión que se le presentaba para retornar a su cuarto de estudio. Pero cuando decía esto, en su recuerdo se entretejían más de lo que fuera realidad, como suele acontecer, la causa y el efecto. La verdad era que Marx vivía todavía por el momento, entregado en cuerpo y alma a aquella causa, a la que atribuía demasiada importancia para no romper en gracia a ella con los viejos camaradas de Berlín. Con estos, ya no había nada que hacer, desde que el decreto suavizando la censura había convertido el club doctoral, en el que, a pesar de todo seguía soplando «un interés por los problemas del espíritu», en una sociedad de «hombres libres», en la que se congregaban sobre todo poco más o menos todos los literatos premarxianos de la capital prusiana, para juzgar a los revolucionarios políticos y sociales con la máscara de filisteos sublevados. Ya durante el verano le habían inquietado a Marx estos manejos, decía que una cosa era explicar su emancipación —deber de conciencia—, y otra cosa ponerse a gesticular y a vociferar desde el primer momento de un modo jactancioso. Pero aún abrigaba la esperanza de que, estando en Berlín Bruno Bauer, este evitaría, por lo menos, que hiciesen ninguna «tontería».

Pero Marx se equivocaba, desgraciadamente, al pensar así. Según noticias fidedignas, Koppen manteníase al margen de aquellos manejos, pero no así Bruno Bauer, que no tuvo inconveniente en transformarse en abanderado de las huestes tartarinescas. Sus procesiones mendicantes por las calles, sus escenas de escándalo en los burdeles y en las tabernas, aquellas burlas de mal gusto de que hicieron objeto a un sacerdote indefenso, a quien Bruno Bauer, en la boda de Stirner, alargó las anillas de lata de una bolsa de punto diciéndole que para anillos nupciales eran bastante buenos; todo esto hizo que se concretasen en los compadres las miradas de todos los filisteos domesticados, asombrados unos y llenos de espanto otros, pero puso al desnudo incurablemente la causa que decían representar.

Como no podía ser menos, estas botaradas de los antiguos amigos de Berlín contagiaban también su producción espiritual, y Marx sufría muchísimo con los artículos que mandaban a la «Gaceta del Rin». Muchos de ellos caían bajo el lápiz rojo del censor, pero «tanto por lo menos como el censor —escribía Marx a Ruge— era lo que yo mismo me permitía tachar, en aquellos montones de mamarrachadas escritas en un estilo repugnante, preñadas de subversión universal y vacías de ideas, salpicadas de ateísmo y comunismo (que estos caballeros no han estudiado jamás), que nos enviaban Meyen y consortes, acostumbrados con Rutenberg a una ausencia total de crítica, de independencia y capacidad de juicio, y acostumbrados también a considerar a la «Gaceta del Rin» como órgano sumiso suyo; pero yo no he creído que debía seguir tolerando, como hasta entonces, toda esta avalancha insustancial». He aquí la primera causa de que se «ensombreciese el cielo de Berlín», según frase del propio Marx.

La ruptura se declaró en noviembre de 1842, en ocasión de una visita hecha por Herwegh y Ruge a Berlín. Herwegh estaba recorriendo Alemania, en aquel famoso viaje triunfal en que tuvo ocasión de conocer a Marx en Colonia, trabando con él rápida amistad; en Dresde se reunió con Ruge, e hicieron juntos el viaje a Berlín. En Berlín, no les hicieron ninguna gracia, como era natural, los manejos de los «libres». Ruge tuvo un encuentro muy duro con su colaborador Bruno Bauer porque este le quería «hacer tragar las cosas más ridículas», como por ejemplo la tesis de que había que destruir en el terreno de los conceptos el Estado, la propiedad y la familia, sin preocuparse para nada del aspecto positivo del asunto. Tampoco Herwegh demostró gran complacencia hacia aquellos caballeros, los cuales se vengaron de su desdén pintando y criticando a su modo la conocida audiencia del poeta cerca del rey y su casamiento con una muchacha rica.

Ambas partes litigantes apelaron en su pleito a la «Gaceta del Rin». Herwegh, de acuerdo con Ruge, rogó al periódico que insertase una noticia en que se reconocía que, si bien los de Berlín, individualmente, eran casi todos excelentes personas, con su romanticismo político, sus genialidades y sus jactancias estaban comprometiendo gravemente, como Ruge y él les habían dicho ya de palabra, la causa y el partido de la libertad. Marx publicó esta noticia y se vio luego asaltado por una serie de cartas groseras de Meyen, portavoz del grupo.

Marx contestó, a lo primero, con una absoluta objetividad, sin entrar en el pleito e intentando encauzar debidamente la colaboración de los de Berlín. «Les rogué que se dejasen de razonamientos vagos, frases altisonantes y narcisismos, dando pruebas de mayor precisión, ahondando más en las situaciones concretas y revelando mayor conocimiento de las otras. Les declaré que reputaba inadecuado, más aún, inmoral, deslizar de contrabando, de pasada, en críticas de teatro, etcétera, los dogmas comunistas y socialistas, es decir, ideologías nuevas, y que me parecía obligado tratar del comunismo muy de otro modo y de una manera más fundamental, si se creía necesario hacerlo. Les invitaba, además, a que no criticasen tanto la política en la religión como la religión en la política, por cumplir así mejor a la naturaleza del periódico y a la cultura del público, ya que la religión carece en sí de contenido, no vive del cielo, sino de la tierra, y se derrumba por sí misma, al derrumbarse la realidad invertida cuya teoría es. Y finalmente quería que, ya que se hablase de filosofía, dejasen de jactarse tanto de ateísmo (como los niños que andan diciendo a todo el mundo, venga o no a cuento, que no tienen miedo al cuco), y se preocupasen más de difundir sus ideas entre el pueblo». Estas manifestaciones nos permiten echar una ojeada muy instructiva a las normas fundamentales a las que Marx se atenía para regir el periódico.

Antes de que estos consejos tuviesen tiempo de llegar a destino, recibió una «carta insolente» de Meyen, en la que este le exigía —ni más ni menos— que el periódico no «frenase», sino que diese «lo más que pudiera dar de sí»; es decir, que se expusiera a ser recogido en gracia a ellos. Marx, perdiendo ya la paciencia, escribió a Ruge: «Detrás de todo esto hay una aterradora dosis de vanidad, incapaz de comprender que, para salvar un órgano político, se pueden sacrificar, sin gran pérdida, a unos cuantos fanfarrones berlineses que no piensan más que en sus chismes personales… Ya puede usted imaginarse lo irritado que estaré y los términos, bastante duros, en que habré contestado a Meyen, sabiendo cómo estamos aquí, teniendo que soportar desde la mañana hasta por la noche los tormentos más terribles de la censura, avisos ministeriales, quejas de autoridades, protestas de la Dieta, los lamentos de los accionistas, etcétera, etcétera, y que si sigo en este puesto es porque considero un deber estorbar la realización de las intenciones del Poder, en la parte que a mí me toca». En rigor, esto equivalía a romper con los antiguos amigos de Berlín, que habían tomado todos, quien más quien menos, un triste giro político, desde Bruno Bauer, futuro colaborador de la «Gaceta de la Cruz» y del «Correo», hasta Eduardo Meyen, que habría de morir siendo redactor de la «Gaceta de Danzig», riéndose de su vida perdida con aquel lamentable chiste de que solo podía burlarse de los ortodoxos protestantes, porque el propietario del periódico, un liberal, le había prohibido criticar el Syllabus del Papa, para no perder a sus suscriptores católicos. Otros se sumieron en la prensa oficiosa, y algunos hasta en la oficial, como Rutenberg, que murió, corriendo el tiempo, siendo redactor del «Boletín Oficial» del Estado de Prusia.

Pero por entonces, en el otoño de 1842, era todavía el hombre temido, y el Gobierno exigía que se le alejase. Se había pasado el verano torturando al periódico lo indecible con la censura, pero dejándolo vivir, con la esperanza de que pereciera por sí mismo; el 8 de agosto, una de las autoridades superiores renanas, Von Schaper, informaba a Berlín que el número de suscriptores aumentaba continuamente, habiendo subido de 885 a 1.820, y que la tendencia del periódico era cada día más hostil e insolente. Añádase que la «Gaceta del Rin» pudo conseguir, no se sabe por qué medios, un proyecto de ley matrimonial extraordinariamente reaccionario, cuya publicación prematura indignó enormemente al rey, pues las nuevas trabas que pretendía poner al divorcio provocaron una violenta resistencia por parte de la población. El rey exigió que se amenazase al periódico con la suspensión inmediata, si no daba el nombre del que hubiese facilitado el proyecto, pero los ministros no se prestaron a tejer la corona del martirio para el odiado periódico, sabiendo con seguridad que rechazaría tan indigna sugestión. Se contentaron con alejar a Rutenberg de Colonia, ordenando, so pena de suspensión, que se nombrase un redactor que asumiese la responsabilidad por el periódico en lugar del editor Renard. Al mismo tiempo, nombraron para desempeñar las funciones de censor, en sustitución del que lo venía haciendo y que era ya célebre por su cerrazón mental, un tal Dolleschall, a un asesor llamado Wiethaus.

Marx escribía a Ruge, el 30 de noviembre: «Rutenberg, a quien ya se le había retirado el artículo de asuntos alemanes (en que su misión venía a consistir, sustancialmente, en puntuar), y a quien, gracias a mis instancias, se le había encargado del articulo francés, tuvo, merced a la estupidez inmensa de nuestros provincianos gobernantes, la suerte de pasar por peligroso, aunque no lo era para nadie más que para el periódico. La providencia prusiana, este despotisme prussien, le plus hypocrite, le plus fourbe, ahorró al gerente (Renard) un paso desagradable, y el nuevo mártir, que ya por su fisonomía, su conducta y su lenguaje, sabía representar con cierto virtuosismo la comedía del martirio, Rutenberg, explota la ocasión que se le depara, escribe al mundo entero, escribe a Berlín, diciendo que en él vive, desterrado, el principio de la «Gaceta del Rin» y que el periódico pone proa a una nueva actitud respecto al Gobierno». Marx menciona el incidente desde el punto de vista de lo que contribuye a agudizar su desavenencia con los antiguos amigos de Berlín, aunque no tendría nada de particular que exagerase un poco al burlarse del «mártir» Rutenberg.

Su observación de que el alejamiento de Rutenberg fue «exigido violentamente», con lo cual se le ahorró a Renard, editor del periódico, un «paso desagradable», solo admite, a nuestro juicio, la interpretación de que la empresa se allanó a la «violencia», sin aventurar la menor tentativa para retener al expulsado. Claro es que estas tentativas hubieran resultado infructuosos, aparte de que había razones para ahorrarle al editor todo «paso desagradable», es decir, la necesidad de ser oído oficialmente, trance para el cual no era el más indicado aquel librero, totalmente ajeno a la política. La protesta escrita que hubo de formularse contra la prohibición del periódico con que se amenazaba y que aparece suscrita por Renard, era obra de Marx, como lo acredita el borrador manuscrito que se conserva en la ciudad de Colonia.

En esta protesta, «sometiéndose a la fuerza» se accede al alejamiento provisional de Rutenberg y al nombramiento de un redactor responsable. La «Gaceta del Rin» muéstrase asimismo dispuesta a hacer cuanto esté a su alcance para librarse de la suspensión, siempre y cuando ello sea compatible con el carácter y la misión de un periódico independiente. Promete que en lo sucesivo se impondrá, en lo tocante a la forma, una mayor moderación que hasta allí, siempre, se entiende que así lo consienta el contenido. El escrito aparece redactado con una cautela diplomática de que probablemente no haya otro ejemplo en la vida de su autor; pero si bien sería injusto poner cada palabra en la balanza de precisión, no lo sería menos decir que Marx, en este documento de su juventud, violenta visiblemente sus convicciones. No hay tal, ni siquiera allí donde habla de las intenciones de amistad hacia Prusia que abriga el periódico. Sus simpatías prusianas habíanse revelado no solo en sus artículos polémicos contra las tendencias prusófobas de la «Gaceta general de Augsburgo» y en su campaña de agitación porque la Liga aduanera se hiciese extensiva al noroeste de Alemania, sino también, y muy principalmente, en sus constantes alusiones a la ciencia alemana del norte por oposición a la superficialidad de las teorías francesas y de las mantenidas en el sur de Alemania. La «Gaceta del Rin», decía, era el primer «periódico renano y el único meridional de Alemania» que abogaba, aquí por el espíritu nórdico alemán, con lo cual contribuía a la unificación espiritual de las ramas separadas.

La suprema autoridad gubernativa renana, Von Schaper, contestó a este escrito bastante desabridamente, diciendo que, aun cuando se apartase inmediatamente a Rutenberg y se diese el nombre de un redactor perfectamente aceptable, el otorgamiento o denegación de la concesión definitiva dependería de la conducta que el periódico siguiese. Únicamente para el nombramiento de nuevo redactor se les daba un plazo hasta el 12 de diciembre. Pero antes de que el nombramiento se efectuase, a mediados de diciembre, volvieron a romperse las hostilidades. Dos correspondencias enviadas al periódico desde Bernkastel acerca de la mísera situación de los campesinos del Mosela, movieron a Schaper a enviar al periódico dos rectificaciones, tan poco convincentes por su contenido como desmedidas e intolerables por su forma. La «Gaceta del Rin» dispúsose a poner una vez más al mal tiempo buena cara, y ensalzó la «serena dignidad» de aquellas rectificaciones, una lección para los hombres del Estado policíaco secreto, que serviría «para destruir recelos y consolar la confianza». Pero, después de reunir los materiales necesarios, empezó a publicar, desde mediados de enero, una serie de cinco artículos, con pruebas documentales muy abundantes de que el Gobierno había reprimido con una terrible crueldad los gritos de angustia de los campesinos del Mosela. Esto dejaba en muy mal lugar y desautorizaba hasta los huesos a la suprema autoridad provincial del Rin. Tuvo, sin embargo, el dulce consuelo de saber que el 21 de enero de 1843 el Consejo de ministros reunido en Berlín, bajo la presidencia de S. M., había acordado la suspensión del periódico. Una serie de acaecimientos ocurridos al final del año habían irritado la cólera del rey: una carta porfiada y sentimental que aparecía dirigiéndole Herwegh desde Konigsberg y que la «Gaceta General de Leipzig» había publicado sin conocimiento suyo y contra su voluntad, el fallo del Supremo Tribunal absolviendo a Juan Jacoby del delito de alta traición y del de lesa majestad de que se le acusara y, finalmente, la confesión del Año Nuevo, en que los «Anales» abrazaban «la democracia, con sus problemas prácticos», hizo que los «Anales» fuesen inmediatamente prohibidos, al igual que —dentro del territorio de Prusia—, la «Gaceta General de Leipzig». Ahora llegábale también la hora a la «hermana de prostitución del Rin», con tanta más razón cuanto que la gaceta renana había fustigado duramente la represión contra los otros dos periódicos.

Para tramitar formalmente la suspensión del periódico, se invocó su carencia de concesión —»como si en Prusia, donde ni un perro puede vivir sin su correspondiente chapa policíaca, la «Gaceta del Rin» hubiera podido aparecer un solo día sin llenar los trámites oficiales», comentaba Marx—, y como «razón de fondo» se daba la consabida murmuración de «las tendencias subversivas» del periódico; «la vieja cantinela de intenciones malignas, teorías sin base, ideas perniciosas, etcétera, etcétera», según palabras de Marx. Por miramiento hacia los accionistas, se autorizaba al periódico a seguir publicándose hasta el final del trimestre. «Durante este periodo de agonía, en capilla, ya tenemos doble censura. Nuestro censor, un hombre honorable, está bajo la censura de von Gerlach, presidente del Gobierno del Rin, un mentecato sin más virtud que la obediencia pasiva; una vez compuesto el periódico, hay que presentárselo a la nariz policíaca para que lo huela, y si ventea en él algo que no le parece cristiano o prusiano, el periódico no sale a la calle». Así le escribía Marx a Ruge. En efecto, el asesor Wiethaus fue lo suficientemente honrado para renunciar a la censura, y la sociedad filarmónica de Colonia le premió el hecho con una serenata. Para sustituirlo, fue enviado de Berlín el secretario ministerial Saint-Paul, y tan a conciencia cumplió con su oficio de verdugo, que la doble censura pudo ya ser suprimida el 18 de febrero.

La provincia del Rin tomó la suspensión del periódico como una injuria que a ella misma se le infería. El número de suscriptores subió rapidísimamente a 3.200, y en Berlín no cesaban de recibirse pliegos cubiertos con miles de firmas, solicitando la revocación de aquella medida. Una comisión de accionistas que se trasladó a Berlín y solicitó audiencia del rey no fue recibida por éste; tampoco aquellas peticiones llegaban a sus manos, y hubieran ido a parar, sin dejar huella, al cesto de los papeles, a no ser porque era menester tomar nota de los funcionarios firmantes para amonestarlos severamente. Lo que ya no estaba tan bien era que los accionistas pretendiesen conseguir, suavizando la actitud del periódico, lo que con sus gestiones no habían logrado; esta conducta fue, principalmente, la que movió a Marx a dimitir a su puesto de redactor jefe el 17 de marzo, sin que esto fuese obstáculo, naturalmente, para que hiciese todo lo posible por amargarle la vida a la censura hasta el último momento.

Saint-Paul era un joven bohemio, que en Berlín había rodado por las tabernas con los «libres», y en Colonia tenía reyertas delante de los prostíbulos con los serenos. Pero era, a pesar de todo, un jovencito astuto que no tardó en descubrir dónde estaba el «eje doctrinal» de la «Gaceta del Rin» y la «fuente viva» de sus teorías. En los informes que enviaba a Berlín, hablaba con un respeto involuntario de Marx, cuyo carácter y cuyo espíritu se veía a todas luces que le imponía, a pesar del «profundo error especulativo» que decía haber descubierto en él. El 2 de marzo, Saint-Paul pudo notificar a Berlín que Marx había decidido, «en las actuales circunstancias», romper todo contacto con la «Gaceta del Rin» y abandonar el territorio prusiano. Los genios berlineses tomaron nota de esto, acotando que no se perdería nada con la marcha de Marx, que sus «tendencias ultrademocráticas eran irreconciliables con el principio del Estado prusiano», contrato cual no había nada que objetar. El día 18, el digno censor escribía, jubiloso: «El spiritus rector de la empresa, el doctor Marx, se separó definitivamente ayer, haciéndose cargo de la redacción del periódico Oppenheim, persona realmente moderada y por lo demás insignificante… Yo estoy satisfechísimo con el cambio, y hoy no he invertido en la censura ni una cuarta parte del tiempo que antes le venía dedicando». Y haciendo a Marx, en el momento de apartarse del periódico, un rendido homenaje, informó a Berlín que ahora podían dejar seguir publicando el periódico, sin miedo alguno. Pero sus amos, que le ganaban en cobardía, le dieron instrucción para que comprase secretamente al redactor jefe de la «Gaceta de Colonia», un tal Hermes, intimidando al editor de este periódico, a quien la «Gaceta del Rin» había demostrado la posibilidad de una peligrosa competencia: la jugada de ventaja prosperó.

El 25 de enero, es decir, el mismo día en que había llegado a Colonia la noticia de la suspensión del periódico, Marx escribía a Ruge: «A mí no me ha sorprendido nada. Ya sabe usted cómo interpreté, inmediatamente después de decretarse, la instrucción de censura. No veo en esto más que una consecuencia, y reputo la suspensión del periódico como un progreso de la conciencia política, razón por la cual dimito. Además, ya se me hacía un poco sofocante aquella atmósfera. No tiene nada de agradable prestar servicios de esclavo, ni aun para la libertad, teniendo que luchar con alfileres en vez de luchar con mazas. Estaba cansado ya de tanta hipocresía, de tanta tontería, de tanta brutal autoridad, y de tanto silencio, tanto zigzagueo, tantas retiradas y palabrería. El Gobierno se ha encargado, pues, de devolverme la libertad… En Alemania, ya no tenemos nada que hacer. Aquí, lo único que uno consigue es falsearse a sí mismo».

8. LUIS FEUERBACH

En esta misma carta, Marx acusa recibo de la antología en que aparece publicado su trabajo político primerizo. Esta antología formaba dos volúmenes bajo el título: «Anécdota de la novísima filosofía y publicística alemana», y había sido editada por la Oficina literaria de Zúrich, fundada por Julio Froebel como hogar para los fugitivos de la censura de Alemania. Había visto la luz a comienzos de marzo de 1843.

En ella, desfilaba una vez más la vieja guardia de los neohegelianos, aunque en sus filas no había ya la cohesión de antes, y en el centro aquel audaz pensador que había de enterrar toda la filosofía de Hegel, presentando el «espíritu absoluto» como el espíritu ya dimitido de la teología; es decir, como la fe en un espectro, que veía todos los misterios de la filosofía resueltos en la observación del hombre y de la naturaleza. Las «tesis provisionales para una reforma de la filosofía», publicadas por Luis Feuerbach en la «Anécdota», fueron también para Marx una revelación.

Años más tarde, Engels habría de señalar como punto de arranque de la gran influencia ejercida por Feuerbach en la formación espiritual del joven Marx, «La esencia del cristianismo», la obra más famosa de Feuerbach, publicada ya en el año 1841. Hablando de la «fuerza liberadora» de este libro, que era necesario haber vivido para poderse imaginar, decía Engels: «El entusiasmo fue general, y todos nos hicimos, por el momento, feuerbachianos». Sin embargo, en los trabajos publicados por Marx en la «Gaceta del Rin» no se perciben todavía las influencias de Feuerbach: Marx no «saludó entusiasmado» la nueva concepción, a pesar de todas las reservas críticas, hasta los «Anales franco-alemanes» que empezaron a publicarse en febrero de 1844 y que ya en el título denotaban un cierto eco de las ideas feuerbachianas.

Ahora bien, como las tesis provisionales se contienen ya, indudablemente, en «La esencia del cristianismo», pudiera pensarse que el error al que induce a Engels su recuerdo es de poca monta. Sin embargo, tiene más importancia de lo que parece, pues desdibuja un poco las relaciones y los vínculos espirituales entre Feuerbach y Marx. Feuerbach no dejaba de ser un militante porque le agradase la soledad del campo. Pensaba con Galileo que la ciudad era una cárcel para el espíritu especulativo, y la vida del campo, en cambio, el libro de la naturaleza, abierto ante los ojos de cuantos con su inteligencia sabían leer en él. Con estas palabras, Feuerbach defendía siempre, contra todas las objeciones, su vida solitaria en Bruckberg; él amaba la soledad del campo, no en el sentido apaciguador del que busca la «senda escondida», sino porque sacaba de ella las energías de luchador, inspirado por la necesidad del hombre de pensamiento que anhela concentrarse y que no quiere que el tumulto y el ajetreo le distraigan de la observación de la naturaleza, fuente, para él, alumbradora de toda vida y de todos sus secretos.

El aislamiento campesino en que vivía, no era obstáculo para que Feuerbach peleara en primera línea la gran batalla de la época. Sus artículos daban a la revista de Ruge el filo más cortante y la punta más aguda. En «La esencia del cristianismo» demuestra que no es el hombre quien hace la religión, sino la religión la que hace al hombre. Esos seres superiores que crea nuestra fantasía no son más que la proyección fantástica de nuestro propio ser. Coincidiendo con el momento en que aparecía este libro, Marx se lanzaba a la lucha política, y esta situábale en medio del tumulto de la plaza pública, en la medida en que era posible hablar ya de esto; para esta lucha, no valían las armas forjadas por Feuerbach en su obra. Pero ahora, después de que la filosofía de Hegel se había demostrado incapaz para resolver los problemas materiales que se le plantearan en la «Gaceta del Rin», salían a la luz las tesis provisionales de Feuerbach para una reforma de la filosofía, y venían a dar al hegelianismo como último refugio, último asidero racionalista de la teología, el golpe de muerte. Estas tesis no podían menos que producir en Marx una profunda impresión, aunque se reservase sus críticas.

En su carta del 13 de marzo, decíale a Ruge: «Los aforismos de Feuerbach me parecen desacertados en un punto: hacen demasiado hincapié en la naturaleza, sin preocuparse en los debidos términos de la política. Sin esta alianza, la filosofía actual no llegará a ser nunca una verdad. Ocurrirá, sin duda, lo que en el siglo XVI, en que a los entusiastas de la naturaleza correspondía otra serie de entusiastas del Estado». En efecto, Feuerbach, en sus tesis, no tocaba la política más que con una observación de pasada, que lejos de superar a Hegel, quedaba por debajo de él. En este punto se interpuso Marx, investigando la filosofía del derecho y del Estado en Hegel tan concienzudamente como Feuerbach investigara su filosofía de la naturaleza y la religión.

En la carta dirigida a Ruge con fecha 13 de marzo hay otro pasaje que demuestra cuán profundamente estaba influido Marx, en aquellos momentos, por Feuerbach. Tan pronto como llegó a la conclusión de que ya no podía vivir sujeto a la censura de Prusia, ni respirando aire prusiano, tomó la resolución de marcharse de Alemania, pero no sin la que era su novia. El 25 de enero había escrito ya a Ruge preguntándole si tendría trabajo en el «Mensajero alemán», una revista que Herwegh se proponía editar en Zúrich; pero sus planes salieron frustrados antes de poder ejecutarse, pues Herwegh fue expulsado de la ciudad suiza. Ruge le hizo otras propuestas de colaboración, entre ellas la de redactar en común los antiguos «Anales», transformados y bautizados de nuevo, pidiéndole que, en cuanto estuviese libre de su «tormento de redacción» en Colonia, se acercase a Leipzig para tratar de palabra acerca del «lugar de nuestro renacimiento».

Marx asentía a esto, en su citada carta del 13 de marzo, adelantándose a expresar «provisionalmente» sus convicciones acerca de «nuestro plan» del modo siguiente: «Cuando hubieron conquistado París, algunos invasores propusieron para el trono al hijo de Napoleón bajo regencia; otros, a Bernadotte, y otros, por fin, a Luis Felipe, pero Talleyrand contestó: «O Luis XVIII o Napoleón, no hay más principio que este, todo lo demás es intriga». Lo mismo digo yo: «Fuera de Estrasburgo (o a lo sumo, Suiza), lo demás no es principio, sino mera intriga». Libros de más de veinte pliegos no son libros para el pueblo. A lo más que podríamos aventurarnos sería a lanzar cuadernos mensuales. Suponiendo que los «Anales alemanes» fuesen autorizados de nuevo, a lo sumo llegaríamos sería a hacerle mascullar unas cuantas palabras al difunto, y eso, hoy en día, no basta. En cambio, unos «Anales franco-alemanes» serían ya un principio, un acontecimiento con consecuencias, una empresa con la que podría uno entusiasmarse». En estas palabras, se percibe un eco de las tesis de Feuerbach, donde se dice que el verdadero filósofo, el filósofo identificado con la vida y con el hombre, tenía que llevar en sus venas sangre galo-germana. Su corazón tenía que ser francés y su cerebro alemán. El cerebro reforma, pero el corazón revoluciona. Solo hay un espíritu donde hay movimiento, hervor, pasión, sangre, sensualidad. Fue el espirit de Leibniz, su principio sanguíneo materialista-idealista, el que sacó a los alemanes de su pedantería y de su escolasticismo.

En su carta del 19 de marzo, Ruge se mostró plenamente de acuerdo con este “principio galo-germánico”, pero la tramitación del asunto hubo de dilatarse todavía varios meses.

9. BODA Y DESTIERRO

En aquel agitado año de sus primeras campañas públicas, Marx tuvo que luchar también con algunas dificultades de carácter doméstico. No le gustaba hablar de estas cosas, y solo lo hacía cuando la amarga necesidad lo obligaba a ello; muy al contrario de esos míseros filisteos a quienes la preocupación de sus pequeñas miserias hace olvidarse de Dios y del mundo, él ponía siempre por encima de sus necesidades, por apremiantes que estas fuesen, «los grandes problemas de la humanidad». La vida habría de depararle abundantes posibilidades para ejercitarse en esta virtud.

Ya en la primera manifestación suya que ha llegado a nosotros acerca de sus «miserias privadas» se revela de un modo significativo la idea que él tenía de estas cosas. Disculpándose con Ruge por no haberle podido enviar los escritos que le prometiera para la «Anécdota», escribíale el 9 de julio de 1842, después de enumerar otros obstáculos: «el resto del tiempo se me pasó desperdigado y malhumorado por las más repelentes controversias de familia. Mi familia me puso una serie de dificultades en el camino, que, a pesar de su holgura, me exponían momentáneamente a las angustias más agobiadoras. Pero no voy a importunarlo a usted con el relato de estas miserias privadas; es una verdadera fortuna el que los asuntos públicos incapaciten a toda persona de carácter para irritarse por los asuntos privados». Esta prueba de extraordinaria fortaleza de carácter es la que tanto indigna a los filisteos de hoy y de siempre, con su irritabilidad para todo lo privado, contra el «descorazonado» y frío Marx.

No conocemos nada en concreto acerca de aquellas «repelentes controversias familiares» a que Marx hace alusión; solo volvió sobre ellas, en términos muy generales, al tratar de la fundación de los «Anales francos-alemanes». Escribióle a Ruge que, tan pronto como el plan tomara cuerpo y fuese firme, se trasladaría a Kreuznach, donde, desde la muerte de su marido, residía la madre de su novia, y allí se casaría, quedándose a vivir algún tiempo en casa de su suegra, «ya que, antes de poner manos a la obra, conviene que tengamos terminados algunos trabajos… Puedo asegurarle a usted, sin ninguna clase de romanticismo, que estoy enamorado de los pies a la cabeza, pero muy seriamente. Llevamos siete años comprometidos, y mi novia ha librado por mí los más duros combates, hasta sentir resentida su salud, unas veces con sus parientes pietistas y aristocráticos, para quienes el «Señor del cielo» y el «señor de Berlín» son dos objetos igualmente adorables y otras veces con mi propia familia, en la que anidan algunos curas y otros enemigos míos. Mi novia y yo hemos tenido en estos años más conflictos innecesarios y dolorosos que mucha gente tres veces más vieja, de esa que está hablando siempre de su experiencia en la vida». Esta sobria alusión es lo único que ha llegado a nuestro conocimiento acerca de aquellas luchas en la época de su noviazgo.

No sin esfuerzo, aunque relativamente pronto, y sin necesidad de que Marx se trasladase a Leipzig, fue asegurada la publicación de la nueva revista. Froebel se decidió a asumir las funciones editoriales, una vez que Ruge, persona acomodada, le prometió integrarse con 6.000 taleros, como comanditario, en la Oficina literaria. En el proyecto, fueron consignados 500 táleros para Marx como sueldo de redactor. Con esta perspectiva, se casó con su Jenny el 19 de junio de 1843.

Aún faltaba decidir el sitio en que habrían de aparecer los «Anales franco-alemanes». La elección oscilaba entre Bruselas, París y Estrasburgo. La capital de Alsacia hubiera llenado mejor que ninguna otra los deseos del joven matrimonio, pero la decisión recayó a favor de París, después de que Froebel y Ruge hicieron allí y en Bruselas algunas gestiones personales. Aunque en Bruselas la prensa tenía un margen de libertad mayor que en París, con sus garantías y sus leyes septembrinas, la capital francesa ofrecía mayores ventajas que la belga para dominar la vida alemana. Ruge escribía, dándole ánimos a Marx, que podría vivir en París con 3.000 francos o poco más.

Conforme a sus planes, Marx pasó los primeros meses de su matrimonio en casa de su suegra; en noviembre, trasladó su residencia a París. El último signo de vida que de él se conserva en su tierra natal, al cerrarse este periodo de su vida, es una carta dirigida desde Kreuznach a Feuerbach el 23 de octubre de 1846, pidiéndole un artículo para el primer cuaderno de los nuevos «Anales», y concretamente una crítica de Schelling: «De su prólogo a la segunda edición de «La esencia del cristianismo» creo poder inferir que tiene usted guardado in petto no poco acerca de esa bolsa de aire. Sería un magnífico debut. Schelling ha sabido el cebo con gran habilidad a los franceses, empezando por el flojo y ecléctico Cousin y acabando por el genial Leroux. Pierre Leroux y sus iguales siguen teniendo a Schelling por el hombre que ha sustituido al idealismo trascendente por el idealismo racionalista, a la idea abstracta por la idea de carne y hueso, a la filosofía profesional por la filosofía universal… Prestaría usted un gran servicio a nuestra empresa, y mayor aún a la verdad, si nos diese una característica de Schelling ya para el primer número. Es usted el hombre indicado para hacerlo, por ser precisamente el reverso de Schelling. El pensamiento sincero —hay que creer lo que hay de bueno en nuestros enemigos— de la juventud de Schelling, que no había en él madera para realizar, fuera de la imaginación, más energía que la vanidad, más impulso que el ocio, más órgano que la irritabilidad de una asimilación femenina, este pensamiento de su juventud, que en él no pasó de ser un sueño juvenil fantástico, ha cobrado en usted cuerpo de verdad, de claridad, de seriedad varonil… Por eso yo le tengo a usted el adversario necesario y natural, el legítimo adversario de Schelling, ya que a ello le hacen acreedor sus dos majestades, la de la naturaleza y la de la historia». ¡Cuánta amabilidad hay en esta carta y cómo resplandece en ella la alegre esperanza de una gran campaña!

Pero Feuerbach no accedió a lo solicitado. Ya se había negado con Ruge, después de aplaudir la nueva empresa, sin que la invocación a su «principio galo-germánico» hubiese bastado a reducirle. Sus escritos habían provocado ya la cólera de los poderosos, el bastón policíaco cayó sobre todo lo que había en Alemania de libertad filosófica y los filósofos de la oposición que no querían rendirse cobardemente huyeron al extranjero.

Feuerbach no era alguien que se rindiera, pero no era tampoco hombre que se lanzase osadamente a las olas qué empezaban a erigirse en torno a aquel paraje de muerte. El día en que Feuerbach contestó, lleno de afectuoso interés, pero con una negativa, a las palabras fogosas con que Marx lo reclamaba, fue el día más negro de su vida. A partir de aquel día, vivió ya enterrado para siempre en el más completo aislamiento espiritual.

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