La represión del enemigo se puede vencer

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Conscientes de que la actual situación, leímos Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, un clásico de la literatura revolucionaria, escrito por el historiador revolucionario ruso Víctor Serge. Un texto no muy extenso (cincuenta páginas) y, pese a ser escrito en 1925 en el contexto ruso, nos pareció muy vigente; algunos aspectos se asemejan a la situación que vivimos en Colombia. El libro también nos permitió dotarnos de más argumentos contra los clásicos ataques que se hacen al socialismo, el comunismo y la patria de los Soviets. Por todo ello, para motivarlos a que lo lean, presentamos algunas de sus principales ideas.

Ahora, cuando los días y las noches son un océano de ira, inconformismo, decepción, combatividad, orgullo, solidaridad, dolor… Serge nos muestra que «No hay fuerza en el mundo capaz de contener la marea revolucionaria cuando esta asciende, y que todas las policías, no importa su maquiavelismo, su ciencia y sus crímenes, son casi del todo impotentes».

También nos alienta cuando refuerza la idea de que «Un partido comunista, incluso numéricamente débil, representa siempre, por su ideología, a la clase obrera. Encarna la conciencia de clase de centenares de miles o de millones de hombres. Su papel es inmenso, ya que es el cerebro de un sistema nervioso, pero inseparable de las aspiraciones, de las necesidades, de la actividad del proletariado entero». De allí que «La palabra revolucionaria tiene su fuerza en ella misma, sólo necesita ser escuchada».

Víctor Serge hace un llamado a trabajar con la disciplina del partido, por ser esta una «acción amplia, seria, profunda y metódica» contraria «al aventurerismo pequeño o grande». Esto nos da convicciones de que, pese a cualquiera que sea el desenlace de este Gran Paro General, la victoria será del pueblo colombiano. «La revolución es invencible aun antes de vencer».

Al hablar de las fuerzas de la represión nos recuerda que «Ellos defienden servilmente un orden inicuo, malvado, condenado por el mismo desarrollo histórico, mientras que nosotros trabajamos por la única causa noble de nuestro tiempo: la transformación del mundo por la liberación del trabajo».

En lo concreto sobre la represión, Serge plantea que por principio, toda vigilancia es exterior, esta es la vigilancia más sencilla. Se trata de agentes con la única tarea de espiar a la persona, seguirlo para conocer sus actividades, movimientos y contactos. Muchos agentes no saben el fin de tal espionaje y la persona vigilada recibe un sobrenombre. Los informes de los agentes son de una minuciosa exactitud; en los casos más serios dos agentes, sin conocerse, espían a la misma persona, para así confrontar sus informes y que se complementen.

Estos informes son analizados por especialistas que resumen las actividades y los movimientos de la persona, número de visitas, regularidad, duración, etc.; elaboran esquemas que permiten conocer las relaciones de un militante y su probable influencia. Con este trabajo se busca destruir el movimiento revolucionario en el momento de su mayor actividad; por ello tienen como principio dejar desarrollar el movimiento para luego liquidarlo mejor. La reacción muchas veces utiliza como agentes a revolucionarios que se hallan en la miseria que, sin renunciar a sus convicciones, aceptan entregar informaciones por necesidad…

Referente a cuando un revolucionario es detenido, Serge nos alerta que la policía y los jueces acuden a tácticas para sacarle información: agregan a su causa otras acusaciones peores para tenerlo mejor atrapado; buscan convencerlo de querellas entre los grupos, errores de militantes o cosas que hieran su amor propio; presentan al policía paternal que supuestamente se apiada de la suerte de su víctima.

Como lo han vivido los luchadores en este paro, los reaccionarios se han valido de la intimidación buscando contener al pueblo aborrascado, pero con ello solo causan más indignación y odios, «No intimidan sino a los débiles: exasperan a los mejores y templan la resolución de los más fuertes». La represión en definitiva se vale del miedo, «Pero el miedo no anula las necesidades, el anhelo de justicia, la inteligencia, la razón, el idealismo, todas aquellas fuerzas revolucionarias que expresan la pujanza formidable y profunda de los factores económicos de una revolución».

Volviendo a las recomendaciones, Serge señala como un principio organizativo propio de la precaución revolucionaria, no solo en la actual coyuntura sino a cada instante, los militantes deben preguntarse «¿Estará esto de acuerdo con las reglas de la conspiración?», recordando que estas son reglas sencillas, que precisamente por su sencillez se olvidan a menudo y es la imprudencia de los revolucionarios la que termina siendo el mejor auxiliar de la policía. «¿Qué policías talentosos, qué pícaros hábiles se podrán comparar con los revolucionarios seguros de sí mismos, circunspectos, reflexivos y valientes que obedecen una consigna común?».

En el mismo sentido advierte que todo militante deberá considerarse seguido permanentemente; jamás dejará de tomar las precauciones necesarias para impedir que lo sigan. Las reglas más simples son: no dirigirse directamente a donde uno va; dar un rodeo por una calle poco frecuentada, para asegurarse de que no lo siguen; en caso de duda, regresar sobre los propios pasos; en caso de advertir que se es seguido, cambiar de destino.

Hay que tener en cuenta que los buenos policías saben adaptarse a su tarea. El transeúnte más corriente, el obrero en mangas de camisa, el vendedor ambulante, el chofer, el soldado pueden ser policías. Es necesario prever la utilización de mujeres, de jóvenes y de niños entre ellos; sin embargo, también cuidarse de la manía de ver un soplón en todo el que pasa.

En lo concerniente a las reuniones, recomienda escribir lo menos posible, no tomar notas sobre temas delicados; memorizar ciertas cosas (direcciones, números…). En caso de escribir, tomar notas descifrables sólo por uno mismo, usando abreviaturas, inversión y cambio de las cifras. Poner, uno mismo, nombre a las plazas, a las calles, etc. Evitar todas las precisiones (lugar, trabajo, fecha, etc.).

En la correspondencia o mensajería electrónica decir lo mínimo, esforzándose por no ser comprendido más que por el destinatario. No mencionar terceros sin necesidad y en caso de necesidad decir simplemente una inicial. Saber recurrir a artimañas sencillas como trivializar la información. No decir, por ejemplo: “el camarada Pedro fue detenido”, sino “el tío Peter cayó enfermo repentinamente…”

Es preciso desconfiar de los teléfonos porque son muy fácil de controlar. Conocer bien los lugares, estudiarlos con antelación en un plano, fijándose en casas, pasajes, lugares públicos de varias salidas (estaciones, museos, cafés, grandes tiendas). En un lugar público, en el bus, en una visita privada, tener presentes las posibilidades de observación y del alumbrado, tratar de observar bien sin ser observado (sentarse a contraluz: se ve bien y a la vez se es menos visible); no es bueno dejarse ver en una ventana.

Serge aconseja saber callar: «Callarse es un deber hacia el partido, hacia la revolución». «Saber ignorar voluntariamente aquello que no se debe conocer», esto dado que se es responsable de lo sabido, tener información trae consecuencias. No ofenderse por el silencio de un camarada, no es falta de confianza, sino estima fraternal y conciencia del deber revolucionario.

En caso de detención no decir nada, explicarse es peligroso porque se está en manos de profesionales capaces de sacar partido de la menor palabra. Toda explicación les proporciona información valiosa. Mentir es peligroso dado que es difícil improvisar una historia sin defectos. Las confesiones, las malas justificaciones, la creencia en triquiñuelas, los momentos de pánico sí pueden costar caros; lo mejor es una defensa construida de muchos silencios, de pocas afirmaciones y negaciones.

No dejarse desconcertar por el «¡Lo sabemos todo!»; esto es un truco. No creer cuando se nos dice «¡Ya lo sabemos todo por boca de su compañero!», esto ha de ser una razón más para redoblar la circunspección; con unos pocos indicios hábilmente reunidos, el enemigo es capaz de fingir un conocimiento profundo de las cosas. Frente a jueces y policías, no olvidarse de que son sirvientes de los ricos, encargados de las más viles tareas. Nuestra meta, aquí también, debe ser servir a la clase obrera. Por ella en ocasiones hay que hacer del banquillo de los acusados una tribuna, pasar de acusado a acusador; por ella se debe saber callar.

La represión es un arma eficaz en manos de una clase enérgica, consciente de lo que quiere y que sirve a los intereses de la inmensa mayoría. En manos de una clase cuyos privilegios constituyen un obstáculo al desarrollo económico de la sociedad, es históricamente ineficaz. La represión es eficaz cuando va en el sentido del desarrollo histórico; es impotente cuando va contra el sentido del desarrollo histórico.

Finalmente, esperamos que al leer y estudiar esta obra les quede, como a nosotros, la certeza de que: «Cuando se tiene a favor las leyes de la historia, los intereses del futuro, los requerimientos económicos y morales que conducen a la revolución; cuando se sabe con certeza lo que se quiere, las armas propias y las del enemigo; cuando se ha elegido la acción ilegal; cuando hay confianza en uno mismo y sólo se trabaja con aquellos en los cuales se tiene confianza; cuando se sabe que la obra revolucionaria exige sacrificios y que toda devota semilla fructificará centuplicada, entonces se es invencible».

Corresponsales de Cali

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