¡Murió Fidel, Viva la Revolución!

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La muerte de Fidel Castro causó distintas reacciones: mientras una parte del pueblo cubano llora la muerte de quien consideran un líder revolucionario hasta el final de sus días, otra parte se alegra por la muerte del tirano. Mientras La Habana se viste de luto, voladores de fiesta estallan en Miami. Mientras una parte de los mandatarios del mundo, empezando por el monigote Donald Trump, celebran la muerte, otros como Barak Obama, se lamentan…

Castro fue una figura controvertida que provocó odios y amores: de antiimperialista en su juventud, querido y respetado por los revolucionarios, terminó bajo la égida del socialimperialismo ruso y denunciado por el proletariado revolucionario por encadenar al pueblo cubano como semicolonia de los nuevos zares de Rusia; de revolucionario defensor de la lucha armada revolucionaria para conquistar la liberación de los pueblos y convertido en ícono de la pequeña burguesía nacionalista, terminó de consejero de paz de las guerrillas del continente que ayudó a formar y financiar, contribuyendo al plan imperialista de desarmar ideológicamente a los pueblos; de defensor de la liberación de los países oprimidos, terminó de peón de brega del imperialismo ruso contribuyendo con tropas a la invasión de países africanos, disfrazando sus incursiones coloniales de «solidaridad internacionalista».

Por eso cavernarios torpes e ignorantes como Trump o Paloma Valencia celebran la muerte de un supuesto representante del comunismo, cuando en realidad Castro nunca fue comunista y por eso también reaccionarios como Santos lamentan su muerte.

Fue un personaje contradictorio y quijotesco: contradictorio porque sus frases socialistas solo servían para ocultar su nacionalismo; y quijotesco, por cuanto su nacionalismo solo era respecto al imperialismo yanqui. Castro si bien fue en sus primeros años una figura revolucionaria antiimperialista, no comprendió la necesidad de vincular la lucha por la liberación a la revolución proletaria, al socialismo y a la dictadura del proletariado. De ahí que en los momentos en que el movimiento comunista internacional deslindaba campos con la nueva burguesía que se tomó el poder en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas – URSS, representada por la camarilla de Jruschev, Castro prefirió ampararse en ella, sellando la suerte de la revolución y el pueblo cubano con uno de los competidores imperialistas: sacó el águila imperial yanqui por la puerta y permitió la entrada al imperial oso ruso por la ventana.

Castro es la demostración viva de que en la época del imperialismo la liberación nacional de los pueblos oprimidos no puede separarse de la revolución proletaria mundial, de la Dictadura del Proletariado y del socialismo como primera etapa del comunismo. Por eso terminó convertido en un dictador como cualquiera otro y en un arrepentido pacifista. Las alabanzas de algunos representantes del imperialismo yanqui, ruso, chino y europeo, y de lacayos del imperialismo como Santos son agradecimientos a sus gestiones, en la misma medida que es repudiado por los revolucionarios que deslindaron con los nuevos zares y comprendieron la vigencia de la violencia revolucionaria para liberar a los pueblos de la esclavitud.

Cuba ya no es el símbolo del antiimperialismo sino un paraíso de los capitalistas extranjeros, principalmente chinos, que encontraron en la isla y sus mandatarios buenos socios para los negocios, como se describe en la serie de artículos publicados en estas páginas, Cuba: el Socialismo Ficción y el Capitalismo Verdadero.

Con Castro muere un ícono del revolucionarismo nacionalista pequeñoburgués, cuyo ejemplo negativo sirve a los revolucionarios proletarios para marcar la diferencia: ¡Murió Fidel, Viva la Revolución Proletaria!

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