LA CALLE DEL BRONX Y LA HIPOCRESÍA DE LA BURGUESÍA

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Todos los medios de comunicación compiten por hacer el mejor cubrimiento de la calle del Bronx en Bogotá, mostrando decenas de desgarradoras historias para justificar el desalojo. Los jefes de la policía declaran que varios de sus agentes fueron desaparecidos allí, ocultando que varios de ellos, militares de alto rango y miembros de la Fiscalía participaban del negocio instalado a las espaldas de su guarnición central. El Presidente y el Alcalde señalan la olla de vicio como su enemiga… Todos se pronuncian a favor de la ciudad, de los niños abusados; se presentan como humanistas y solidarios con los niños esclavizados por las mafias, con los indigentes sometidos y destrozados por el fabuloso negocio de las drogas… El caso de la madre desesperada buscando a su hija, censurado durante meses por las noticias de farándula que abundan en los noticieros, fue convertido en una novela sensacionalista con la cual se vende televisión, radio y prensa.

Como Pilatos se lavan las manos, pero toda la burguesía y sus instituciones son cómplices de este infierno en las barbas del poder central en Bogotá. Los altos mandos y también los intermedios de la policía y el ejército recibían su beneficio económico del negocio de muerte y degeneración que allí se concentraba por medio de vacunas. El sistema financiero, principal parásito social, absorbía cual vampiro las no despreciables sumas de un negocio multimillonario que mata en vida a miles de personas. Los gobernantes se beneficiaban en la medida que este hueco absorbía como un imán la degradación social, el desempleo, la prostitución, la trata de personas, el tráfico de armas, la esclavitud de las drogas. La iglesia misma acaparaba, no solo las almas perdidas y sus limosnas, sino parte de los diezmos ofrendados por los narcos, los proxenetas, los sicarios, los «sayayines»… Y hasta la «izquierda» en el poder en la capital hizo del drama social de las calles del Cartucho y el Bronx un motivo para sacar pecho con programas reformistas de «atención social» con miras a las elecciones por la presidencia en los próximos años.

Pero el mundo burgués no está para defender el interés de los desgraciados, sino para hacer dinero con su tragedia. Por eso venden sensacionalismo, mientras todos ocultan que detrás del desalojo de la calle del Bronx, está el gran capital con su Plan Centro como parte del Plan de Ordenamiento Territorial del Distrito, un plan a 30 años que busca rescatar para los ricachones el centro de Bogotá, donde los grandes capitalistas harán fabulosos negocios, pues devaluada y desocupada la zona, se moverá la caja registradora a favor de los monopolios, cuyos no despreciables desembolsos hasta ahora llegarán a cerca del billón de pesos, que se multiplicarán con proyectos como Ciudad Salud (para ricachones clientes nacionales y extranjeros), hoteles de lujo, centros comerciales, viviendas, universidades, zonas verdes, vías peatonales… y harán del centro de la capital, según el Plan oficial, «un espacio competitivo y atractivo para la inversión pública y privada»; sobre todo, para la inversión privada, donde los pobres constituyen un estorbo y por eso serán desplazados.

Este es el sistema donde manda el dios dinero; donde el amo y señor es el monopolio capitalista; este es el infierno en la tierra que ha hecho el sistema de explotación asalariada en las grandes ciudades. Y mientras exista la explotación capitalista y el Estado putrefacto que la sostiene, las masas seguirán cargando con el peso de su reproducción, incluso con negocios tan degradantes como las drogas y la prostitución que, cerrado el Bronx, florecerán en otras zonas de la ciudad.

A ningún capitalista, ni a sus medios de comunicación o entidades de beneficencia les interesa realmente el ser humano, solo el negocio y la imagen que permite concretar el lucro. Cualquiera que realmente escarbe sobre las causas de este infierno tendría que irse en contra de este sistema de esclavitud, dominación y degradación, se comprometería en serio a denunciar a los principales responsables y tendría que proponer una salida de fondo a la situación: la organización y movilización revolucionaria del pueblo contra las clases dominantes y el Estado que protege sus privilegios y negocios.

De ahí que solo acabando con el capitalismo se podrán exterminar sus lacras, que son consecuencia de la dominación política de una clase parásita, de la explotación económica y de la alienación del trabajo asalariado. Solo un verdadero Estado Socialista, en manos de los obreros y campesinos, basado en el armamento general del pueblo, en el ejercicio del poder por iniciativa directa de las masas; conformado por instituciones legislativas y ejecutivas al mismo tiempo, con funcionarios removibles y elegibles en cualquier momento y remunerados con sueldos de obreros, podrá combatir y acabar con la esclavitud de las drogas, con la prostitución y el sometimiento de las personas más débiles como los niños.

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